Lo Feo
En relación con los luctuosos sucesos del día Sábado 3 de enero en Venezuela, empecemos por lo feo. Y digámoslo mal y pronto: Que para los gringos somos basura, la escoria, una mierda. Feo; realmente feo. Y, quizás más feo aun, que acabemos por comportarnos como si lo fuéramos: ¿alguien ha visto comportamientos más indignos que los de la mayoría de los presidentes latinoamericanos frente a un atropello tan flagrante y monstruoso? Da para pensar que nos tratan como merecemos que nos traten.
También es feo que ese gringo con aspiraciones de emperador y estilo de chulo de burdel, llame a sus aliados europeos, otrora soberbios dignatarios de los pueblos originarios de la civilización occidental y cristiana, como los que le vienen a besar el culo. Por supuesto que es feo. Pero más feo es que en esa foto en la Casa Blanca con la Von Der Leyen sentadita junto a los presidentes europeos como alumnos asustados esperando resignados la regañina y amenazas del profesor como diciendo No; ¡Si esto me duele más que a ustedes! porque detrás de esa foto parece que la metáfora utilizada por el gringo se realiza carnalmente.
Y feo es, por supuesto, observar a tantas personalidades latinoamericanas actuar con obsecuencia cuando no con verdadera fascinación por estos actos de prepotencia criminal del gobierno imperialista (¿puedo decirlo?). Es cierto que la prepotencia de un estado omnipotente provoca fascinación en las personalidades fácilmente impresionables. Hitler lo sabía.
Viendo las últimas imágenes se me hace a la razón lo que alguien decía, hace tanto tiempo: Cuando la ética falta por completo, la estética también se resiente.
Si. La cosa está bastante fea, y bastante mala. Pero es bueno destacar aquello dentro de una descripción más general y, ojalá más profunda.
Vamos a intentarlo.
Lo Malo
Lo peor de todo lo que ocurre, es que los gringos han hecho retroceder el Derecho Internacional a la época de la Antigüedad, cuando el Imperio Romano declaraba a los pueblos conquistados más o menos así: ustedes tienen dos opciones: rebelarse o someterse. Si escogen la primera, van a ser derrotados y junto con destruir sus ciudades y pueblos les pasaremos el arado por encima. Además, los haremos esclavos y pasarán a convertirse en la fuerza de trabajo que necesitamos. Si, por el contrario, se someten, tendrán que entregar un tributo a Roma y por contrapartida podrán practicar vuestros cultos y adorar libremente a sus dioses. También, podrán tener sus propios administradores -para que entre otras cosas les cobren los impuestos a sus paisanos- dentro de los márgenes de autoridad que establezcamos. Con el tiempo, y si se portan bien, les extenderemos el derecho a considerarse como ciudadanos romanos. ¿Qué mejor? (¡winner, winner!, diría un gringo).
¿Exageración? Quizás pero no tanto: La destrucción y holocausto de la población de Gaza realizada por sionistas, y apoyada por gringos y europeos (Si, europeos también) puso al mundo mucho antes de la creación de las bases del Derecho Humanitario que es, a su vez, muy anterior al reconocimiento de los Derechos Humanos, pues el primero, (DHI) tiene su origen en las reflexiones de Henry Dunant, que, impresionado por la crueldad con que se trataba a los heridos en la batalla de Solferino (1850) llamó la atención a legislar en favor de la protección de la población civil en las guerras, del cuidado de los heridos, del respeto a los prisioneros. De esa preocupación humanitaria surgió el Primer Convenio de Ginebra de 1864 y la creación de la Cruz Roja y otras organizaciones hermanas como la Media Luna Roja.

Cuando el ejército de Israel atacó, por primera vez, un hospital en Gaza y el mundo occidental guardó silencio, el estado sionista no solo repitió el crimen, sino, al normalizarse el acto de barbarie fue la humanidad la que retrocedió hasta antes de la batalla de Solferino. Y cuando los soldados de ese estado terrorista bombardearon con tanques las carpas que albergaban mujeres con sus niños y ancianos indefensos, y pudimos recordar a Neruda cuando dijo: Yo vi correr la sangre de los niños, simplemente como sangre de niños…y los europeos se negaron a castigar con sanciones efectivas la violación israelí del Derecho Humanitario creado, precisamente por otros europeos, no solo perdió la población indefensa de unos pobres palestinos, sino que perdió también la autoridad moral de Europa arrastrada por autoridades hipócritas en su silencio vil y abyecto.
Y cuando los gringos, después de atacar con misiles botes y lanchas pesqueras (vaya valentía) de pescadores caribeños e impidieron luego el socorro de los pocos náufragos que quedaron, no solo actuaron con crueldad criminal, permitiendo que se ahogaran unos seres humanos desesperados, no solo perdieron los que se ahogaron un día cualquiera, sino que ahogaron también todo el Derecho Humanitario hijo de tanto sufrimiento en esta historia sangrienta, como el Convenio de Ginebra de 1949 que obliga a los estados firmantes (latinoamericanos y estadounidenses entre ellos) a proteger a los náufragos y heridos, incluso en tiempos de guerra.
Pero especialmente cuando el día 3 de enero de 2026, a las 4:30 de la madrugada los yanquis invadieron el territorio de Venezuela, -país con el que no estaban en guerra- asesinando a decenas de funcionarios asignados a la protección del presidente, y lo secuestraron, el mundo retrocedió hasta antes de la paz de Wetfalia que en el lejano 1648, puso fin a la guerra de los treinta años que tuvo como escenario el territorio del Sacro Imperio Romano Germánico ensangrentando a vastos territorios y países europeos y que en lo medular de sus tratados consagraron para el Derecho Internacional tres principios fundamentales: La soberanía de los estados; la no injerencia en los asuntos internos por parte de cualquier potencia extranjera; y el reconocimiento del principio de igualdad jurídica entre países y estados.

Lo malo, lo verdaderamente malo, no fueron los hechos luctuosos que hemos presenciado en tiempo real y como parte del show mediático en que se ha convertido la política en la actualidad. Lo malo es que detrás de los comportamientos inescrupulosos, se instala en el mundo de hoy una consigna no declarada, un principio que conculca todos los valores en que se asentaba la civilización actual y que se resume en la frase de Maquiavelo en el Príncipe: el fin justifica los medios.
Parece ser que nada es irreversible en la historia de la humanidad. Probablemente porque la humanidad no alcanza a aprender, todavía, el modo de subordinar las luchas por el poder a principios que limiten el uso de la fuerza. Y ya está.
Lo Bueno
La desazón que siento no consigue, sin embargo, acabar con una de mis enfermedades incurables: mi pertinaz optimismo histórico.
Porque, a mi juicio, todo esto trae también cosas buenas, aunque ahora, en medio de la desolación nos cueste valorarlo.
Es positivo, desde luego, que después de lo sucedido, los países menos desarrollados, no esperen, ni en el presente ni en el futuro, más respeto que el puedan hacer valer con sus propios medios, incluidos los militares. Ni busquen alianzas, pactos, tratados o convenios que tengan por justificación otra cosa que el de hacer prevalecer sus intereses. Eso implica, claro está, que su relación con las potencias en pugna debe ser libre, abierta, y desprejuiciada. Y, en la medida de lo posible, (aquí si vale), limitadas a los objetivos que los convocan.
Los acontecimientos recientes nos recuerdan que antes de ser libres e independientes hay que comportarse como tal. Pero no con retórica -algo que tanto nos gusta a los latinos-, sino con hechos. Hechos que no se fundan en considerar unos buenos y a otros malos. No hay tal. Los hay que hoy, y en esta situación concreta, nos favorecen o perjudican.
Hemos aprendido que para la potencia que nos domina somos su patio trasero y que lo que le interesa de nosotros son las materias primas que existen en nuestro territorio. ¡qué buena noticia! No ironizo. Hablo en serio. Porque ¿cómo no va a ser una buena noticia que el imperialismo se desnude de toda máscara y nos escupa en la cara que, para ellos, los del Norte, somos parte de SU hemisferio? ¿Cuándo íbamos a encontrar una mejor oportunidad de reconstruir las relaciones entre nosotros y con los otros sino a partir de esta constatación imperialista?
Ahora podemos decir con toda propiedad y sin eufemismos que no pertenecemos a ningún país o estado, ni alianzas geopolíticas, ni hemisferios. Y, de paso, emulando el estilo versallesco (aquí si ironizo un poco) del presidente gringo, que se puede meter la doctrina Monroe, por el mismo lugar, que sus amigos europeos utilizan para satisfacerlo.
¡Por fin libres de todas las ataduras!

Se abre para Latinoamérica un momento único, para que más allá de toda retórica, y de todas las invocaciones a nuestros santones (San Martín, Miranda, Simón Bolívar, etc.) nos pongamos a trabajar en serio. Hemos tenido buenas ideas de unidad, pero hemos equivocado el camino: juntarnos todos nos llevará siempre a no juntar nada. Los europeos ahora son 27. Y pueden llegar a 31. Y con todas sus contradicciones ya nos gustaría parecernos. Pero empezaron solo seis: Alemania (occidental), Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos. ¿Por qué no empezamos Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, y Colombia? Ya se irán sumando otros. ¿Y por qué no hacemos como los europeos: nos ponemos metas pragmáticas y concretas como homologar los títulos universitarios y abrir los mercados de trabajo? Y después nos vamos a la unificación de una moneda común y vamos avanzando.
¿Qué tiene costos? Si. Todo tiene costos y ahora los estamos pagando al contado. También tendrá costos tener fuerzas militares y policiales comunes, pero sin ellas, son otras fuerzas armadas las que estarán aquí y no precisamente para cuidarnos.
Lo peor que podemos hacer los latinoamericanos, en este momento, es no aprovechar el ninguneo de los gringos, para que nuestras relaciones económicas, dejen de depender de una sola potencia, sea la que sea. O, esperar, que un negrito buena onda nos trate un poco mejor en la próxima presidencia. Y parodiando al presidente de Francia Charles de Gaulle, cuando apoyando la soberanía del Canadá francés, dijo ¡viva Quebec libre! nosotros digamos ahora,
¡Viva la América Latina libre y soberana!