Alguien decía que cuando la situación es confusa lo mejor es empezar por exponer bien los datos duros.
Aquí hay algunos relevantes.
En las elecciones del pasado 12 de abril, su aspecto más destacado ha sido la lentitud del conteo de votos, que con 93.94% de actas procesadas, se estima que recién habrá resultados definitivos la segunda semana de mayo. Todo un récord en demora de escrutinios.
Los votos en blanco y nulos superan la votación individual de los candidatos principales.
El ausentismo ha sido uno de los evidentes ganadores: Más de 3.2 millones de ciudadanos no acudieron a sufragar en las pasadas elecciones.
Acusaciones de fraude más o fraude menos, finalmente los que han pasado a segunda vuelta, son Keiko Fujimori que obtuvo 2.802.831 votos y que representa el 17% de los votos totales válidos y Roberto Sánchez, que, con 1.972.248 votos, los que corresponden al 12.05% de los votos válidamente emitidos.
El gran -y mal-, perdedor es entonces López Aliaga que, con 1.944.683 votos, es decir, el 11.88% de los votos válidamente emitidos no pasa a segunda vuelta.
Hay otros datos impactantes: los candidatos de la farándula, – Ricardo Belmont (10.16%) y Carlos Álvarez(7.91%)- juntos obtuvieron más votos que la candidata más votada en primera vuelta, la señora K. Esto habla por sí mismo de la irrelevancia que tuvo la elección para la mayoría de la población peruana.
Dado que, en Perú, el sistema presidencialista se ha transformado, merced a sucesivos cambios constitucionales, en un sistema pseudo parlamentario, pues pueden vacar (destituir) y de hecho vacan usualmente a los presidentes elegidos por el voto popular, es fundamental considerar a la composición del parlamento. Pero, sin desatender un dato relevante: este año por primera vez se vuelve a reponer el senado, desde que Alberto Fujimori lo suprimiera cuando dio el autogolpe de estado en el año 1992.

Por consiguiente, hay que considerar dos factores: la correlación de fuerzas en ambas cámaras y, las facultades de cada una de ellas para que el presidente elegido pueda mantenerse en el poder.
En este último sentido un buen ejercicio es comparar la composición de las bancadas si fuesen elegidos cualquiera de los dos candidatos, para valorar la sustentabilidad de cada uno de ellos.
Si la presidenta es Keiko Fujimori tendría como apoyo de base 22 senadores y 40 diputados de su partido, Fuerza Popular. Una posición sólida como veremos luego. En cambio, si el que gana es Roberto Sánchez, contará solo con 14 senadores y 31 bancadas de diputados de Juntos por el Perú, el partido del candidato de izquierda.
Esta diferencia de apoyos parlamentarios exigirá del candidato izquierdista, permanentemente, -no solo para llegar al poder sino también para mantenerse allí-, el apoyo del partido de centro izquierda Partido del Buen Gobierno del candidato Jorge Nieto, que obtuvo 7 senadores y 18 diputados. Y probablemente también requerirá del auxilio de la izquierda moderada representada por Alfonso López Chau que se quedó con 4 senadores y 10 diputados.

En cuanto a los vaticinios de segunda vuelta, según la empresa demoscópica IPSOS, la cosa está para cualquiera, entre otros motivos porque la diferencia de las anteriores contiendas con K, esta vez está empatada con su contendor: ambos muestran una adhesión de un 38%, algo que Keiko nunca antes había conseguido.
Pero, mucho más importante que lo anterior, es el hecho de que la candidata de derecha ha conseguido bajar en 10 puntos su antivoto (rechazo) hasta llegar al 48%, en tanto que Roberto Sánchez muestra la tendencia contraria, es decir sube su anti voto hasta llegar al 43 %.
Para decirlo con palabras claras: el TCK (Todos contra la Keiko) que pavimentó la derrota de la hija de Keiko Fujimori, en las tres ocasiones anteriores no está resultando ahora.
Para complicar las cosas un poco más, se encuentra la cuestión de la incompetencia mostrada por el ONPE(Oficina Nacional de procesos Electorales) y JNE (Jurado Nacional de Elecciones) pero no solo a causa de sus desaciertos que vaya que fueron hartos, sino porque se ha descargado contra ellos una campaña brutal y sistemática de fraudismo, con antecedentes exagerados cuando no directamente falsos. Eso ha llevado a que la opinión pública peruana, -de suyo desconfiada de las instituciones-, a desconfiar ahora también de la transparencia e integridad de los resultados electorales de la segunda vuelta.
Lo grave es que se trata de una cuestión estructural: Los malos perdedores en elecciones es uno de los males endémicos del Perú. En las elecciones pasadas fue la señora K la que no aceptó la victoria electoral de Pedro Castillo y, ahora, López Aliaga que no acepta su derrota ante Sánchez. La misma estrategia y los mismos medios: instalar una posverdad (o sea una mentira) en alianza con medios, periodistas y redes.

Piero Corvetto, el exjefe de la ONPE, será ineficiente y probablemente irresponsable, pero no es un delincuente ni tampoco corrupto. Al menos y hasta ahora no hay evidencias contundentes de ello. Los que sí lo son hay que buscarlos en las instituciones que lo detuvieron sin orden judicial entre otros atropellos al estado de derecho.
Como la incertidumbre con respecto al resultado electoral es manifiesta, empieza a producirse la alternativa denominada Hoja de Ruta. ¿De qué se trata? En palabras simples consiste en explicitar la hoja de ruta del candidato/a para que el elector sepa los riesgos que presenta cada uno de ellos. Hay que anotar que esta exigencia política no es nueva: en el año 2011 el candidato Ollanta Humala vencedor en primera vuelta, hubo de presentar su hoja de ruta, (oficialmente denominada Lineamientos de política económica y social para un gobierno de concertación nacional) para el caso de que fuese elegido, coronando el esfuerzo con el éxito y convirtiéndose en presidente en este año. Su propósito era moderar su discurso radical para reducir la desconfianza de los empresarios.
Y, aunque todo indica que los contendientes intentarán formar algo parecido a coaliciones lo cierto es que ambos candidatos deben correrse hacia la moderación si quieren ganar en segunda vuelta. Pero de distinta manera. Roberto Sánchez deberá mostrarse representante de una izquierda democrática, gradualista, y moderna para mitigar al menos el estigma de dogmatismo extremista. Especialmente en lo económico. Y Keiko, por su parte debe mostrarse más dialogante, menos sectaria y confrontacional para separarse algo de la imagen de autoritarismo que arrastra hace años. Ambos representan para todos los demás, amenazas y peligros de toda clase.
Quien sea capaz de mostrarse como el mal menor será el que triunfe. Es cierto que eso parece ser un signo de los tiempos, pero no es menos cierto que aquí, en Perú, la mayoría del electorado desconfía de la clase política en general y, por ello mismo, el miedo estará orientando el voto hasta el momento mismo de sufragar el 7 de junio.
Porque si bien que la Keiko haya ganado en primera vuelta no fue una sorpresa para nadie, del segundo puesto no se puede decir lo mismo. De hecho, la diferencia de votos entre Sánchez y López Aliaga fue mínima por no decir ínfima. Algo más 20.000 votos.
Sin embargo, la verdadera sorpresa fue la alta votación de Roberto Sánchez, en relación con dos candidatos de izquierda. Dos buenos candidatos de izquierda: Jorge Nieto (PBG) que resultó cuarto con el 10,7% de los votos y López Chau que solo dos semanas antes las encuestas lo situaban en un cómodo tercer lugar, fue relegado a un humillante 7º lugar por debajo del 8% de los votos.
¿Cuál fue el factor que movió la aguja en este sector? Parece claro, pero amerita una explicación: Cuando el presidente Pedro Castillo fue destituido, encarcelado y acusado de promover un golpe de estado la gente salió espontáneamente a protestar. El resultado fue una de las mayores represiones a un movimiento popular mediante el uso de helicópteros artillados que dispararon a granel sobre los manifestantes. Murieron entre 49, 50 civiles, campesinos desarmados, según informes de la Defensoría del Pueblo y organismos internacionales de Derechos Humanos.

Lo que los juristas afirmaban, o sea, que se había desarticulado un golpe de estado, pero que nadie había visto, se convirtió en la persecución de los partidarios del presidente, que la gente afirmaba y que el gobierno desconocía. Todavía siguen abiertos los expedientes sobre acusaciones de homicidio que alcanzan a los más altos mandos militares y policiales de la época. La impunidad es, hasta ahora, el resultado.
Lo anterior sirve para entender que el presidente Castillo, preso junto a varios otros presidentes, sin condena, constituye un recuerdo vivo y permanente para sus seguidores, de una expropiación de la soberanía popular. Esto fue, precisamente, lo que Roberto Sánchez entendió perfectamente en el fondo y en la forma: Cuando advirtió que si era elegido indultaría a Castillo y se puso el gorro característico del expresidente, se puso los votos de sus adherentes. Y estos, los votos, no eran pocos. Fueron suficientes para llegar, aunque raspando, a un segundo lugar.
Si esto es cierto no es menos cierto que donde está la fuerza de Sánchez -el apoyo de los seguidores de Castillo– es donde se encuentra su principal debilidad. Porque más allá del estrecho marco de sus leales militantes hay un vasto espacio de la opinión pública que no quiere por nada del mundo que los luctuosos sucesos del año 2022, se repitan.
Y esa es una de las encrucijadas: la de las izquierdas peruanas.
Keiko en tanto se muestra disciplinada con el marketing. Y poco más. Muchas sonrisas y relajo. Escabullendo los grandes debates que, probablemente, a juicio de sus estrategas, disipa los riesgos de una exposición. Pero la cuestión de fondo es sencilla: esta elección definirá, finalmente, cuanto pesa en la actualidad el fujimorismo 2.0 o sea, el de la señora K.
Conviene no olvidar en este sentido que el fujimorismo bebe de dos manantiales: la locura criminal del Sendero y la corrupción desatada del gobierno de Alan García. Y aunque esta es una chequera cada vez con menos fondos, todavía mantiene una reserva no despreciable que, además, recibe algunas ayudascomo el recrudecimiento de los delitos relacionados con el crimen organizado que, subliminalmente que sea, opera en este mismo sentido.

Tampoco conviene olvidar, que la señora K, en su día, intentando desmarcarse y sobre todo no pagar los costos derivados de las causas por violación de los derechos humanos que afectaba a su padre declaró que no lo indultaría si obtuviese la banda presidencial. Ello le costó la desafección de parte de los fujimoristas, pero con todo hay un ethos fujimorista que apoya a la candidata.
Sin embargo, la señora K tiene una deuda mucho mayor y no derivada del gobierno de su padre: su participación medio oculta y soterrada pero efectiva en los tortuosos procesos políticos en los que su partido y bajo su férrea autoridad ha participado: los diputados de Fuerza Popular vacaron presidentes y pusieron otros; cambiaron la constitución del tribunal constitucional para controlarlo; actuaron en la persecución y sustitución de la Fiscal Nacional; legislaron en favor de los culpables de la explotación de la minería ilegal; persiguieron jueces de la república por razones políticas; y detrás de todos estas fechorías está la marca indeleble de la candidata.
Keiko tiene sus propios crímenes: En su día la fiscalía le imputó cargos por lavado de activos, pertenencia a organización criminal, obstrucción de la justicia, y falsa declaración en el caso conocido como Cócteles.
Pero el verdadero peligro que la hija de Alberto Fujimori representa es la posibilidad de construir en su gobierno una deriva autoritaria con control aún más férreo de casi todas las instituciones del estado.
Entre ambos extremos, la derecha autoritaria de Keiko y la izquierda dogmática de Sánchez, el pueblo peruano tendrá que decidir, pero no solo porque no haya alternativa entre ellas, sino porque hay algo peor: un poco más allá, o acá, de cada una de ellas, se encuentra el abismo.