Una guerra demasiado cara: la OTAN y el 5%

por Patricio Escobar

El comportamiento humano está con frecuencia condicionado por el fenómeno psicológico de la “profecía autocumplida”, para el cual existen sesudas definiciones, pero a cuya comprensión también puede ayudar la vieja historia de la guitarra: María se encamina a casa de su amigo Juan, con el fin de pedirle prestada su guitarra. Por el camino imagina que Juan no se la querrá prestar y se excusará diciendo que se le ha roto una cuerda. Frente a eso, piensa en decirle que ella le puede comprar la cuerda que falta. Pero su tranquilidad no dura mucho porque de inmediato en su mente cree que Juan contestará que la guitarra la tiene su hermana y María, adelantándose, retrucará que ella puede ir a su casa a recogerla. María está feliz porque cree responder muy bien a las objeciones de Juan, pero con angustia se da cuenta que seguramente Juan contestará que su hermana no estará en casa, porque ha salido de viaje. El camino a casa de Juan es una tortura constante en que María imagina con gran angustia mil y una posibilidades de objeciones y otras tantas soluciones en el diálogo con Juan, hasta que arriba finalmente a su destino. Llama a la puerta y abre Juan, cuyo rostro refleja la sorpresa y alegría de ver a su amiga María, pero antes que él pueda siquiera abrir la boca, ella le interpela airadamente: “Sabes qué, Juan, ¡¡puedes meterte tu guitarra por donde te quepa!!”

No sé si es tan graciosa la historia, pero es claro que lo que no tiene gracia alguna es la situación hacia la que se encamina el mundo, particularmente en el frente europeo, y cómo Europa, al igual que “María”, está llamando a la puerta del destino que se ha construido. La dinámica inercial en que lentamente el mundo se despeña hacia el conflicto final que clausurará el viejo orden del siglo XX, se ha acelerado de manera notable con la llegada de Donald Trump a la presidencia norteamericana. Con movimientos erráticos, difíciles de prever, ha acabado golpeando la mesa y enemistándose con todo el mundo, literalmente todo el mundo. Hasta Israel ha quedado en algunos instantes descolocado por el estilo de gestión de Trump.

La guerra que conocemos

Ese mundo al que Estados Unidos ha salido a confrontar de manera esperpéntica ha tenido diversas reacciones. Desde aquellos que se han sometido de manera abyecta, hasta los que se mueven entre el desafío abierto y la omisión. Pero es claro que la sacudida provocada al orden existente inaugura una nueva época para el capitalismo mundial.

Mark Rutte celebrando las ocurrencias de Donald “Dady” Trump

Pocos días después del 22 de febrero de 2022, escribí una columna que buscaba evidenciar que la invasión de Ucrania, o la Operación Militar Especial tal como la llamaron los rusos, era un proceso de curso inevitable que se había iniciado con los acercamientos de la OTAN a Ucrania a principios de este siglo. De allí en más, el guion ya estaba escrito. Extender un tiempo más el dominio de Estados Unidos pasaba por separar a China de Rusia. Si Europa asumía más protagonismo en ese conflicto, Estados Unidos podría guardarse para su enfrentamiento decisivo con su némesis, China. Una Ucrania en la OTAN dejaría a Rusia rendida y con un fuerte compromiso existencial. Se empezaba a modelar un caso clásico de guerra proxy, en que uno o ambos contendientes no representan solo sus intereses propios, sino los de terceros principalmente, que no están directamente en el campo de batalla, dinámica que, por lo demás, cruzó toda la Guerra Fría.

En los tres años siguientes, la guerra siguió derroteros previsibles, pero también provocó algunas sorpresas en contrario. Lo previsible fue que Rusia soportó bastante bien todas las sanciones y embargos con que Occidente buscó ahogarla, lo cual acabó impactando los intereses europeos y hundiendo a la locomotora del continente en una feroz recesión y enfrentada al colapso de su modelo de desarrollo. También lo fue el que China entendió que era un actor más y cerró filas con su aliado en el desafío a USA y Occidente que eran los BRICS, dando un soporte inestimable a Rusia, tanto en lo comercial como en la conformación de una red de alianzas en el llamado Sur Global, los mismos que hasta hace pocos años solo requerían de una llamada telefónica del Departamento de Estado para fijar una posición. Para sorpresas, estaba la capacidad de la economía y la industria rusas, para enfrentar las exigencias de un conflicto dinámico que antes del primer año ya había derivado en una guerra de desgaste, y al mismo tiempo la debilidad de occidente para hacer frente a esa demanda. Según el mismo Mark Rutte, secretario general de la OTAN, Rusia cuadruplica la producción de municiones de Occidente, y en general supera en capacidad a la industria militar en que se apoya la OTAN.[1]

La guerra de Ucrania abrió el escenario de un conflicto convencional como no se había observado desde la segunda guerra mundial. Todos los casos posteriores estuvieron caracterizados por la asimetría de los contendientes, el uso de recursos limitados y, en general, por la rápida intervención de la comunidad internacional para lograr encauzar los conflictos por vías diplomáticas. La guerra de Ucrania ha derivado en una guerra convencional que utiliza los recursos más modernos de los contendientes (excepto el nuclear) y donde está en juego la fortaleza económica de las partes como elemento decisivo en una guerra de desgaste.

El desafío norteamericano

Estados Unidos, enfrentado a una carrera perdida de antemano por la supremacía con China, persigue con mucho retraso un aterrizaje suave en un mundo con nuevas correlaciones de fuerza. Emular el ejercicio realizado por el Imperio Británico entre las dos guerras mundiales, que le permitió encontrar un asiento apacible a la sombra de la nueva potencia dominante, es el gran objetivo. Se trata de un macho alfa ya viejo y debilitado, que ha ejercido su dominio de un modo cruel y violento. Por tanto, la única manera de cautelar su existencia futura en el retiro es mediante una posición de fuerza en su etapa de ocaso. Cualquier otra alternativa solo sería una prueba de debilidad que sus antiguas víctimas no perdonarían.

Estados Unidos debe por fin enfrentar que tiene una deuda que no puede pagar y que alcanza los 32,6 billones de euros al año 2024,[2] de los cuales 13 billones se han sumado desde 2020. Tanto los propios ciudadanos norteamericanos tenedores de bonos del Tesoro, como los países que han invertido sus reservas en lo que se consideraba un valor seguro, como Japón y la propia China, prefieren no pensar mucho en la catástrofe que sería un default de esa deuda, y optan por liquidar lentamente esos activos para no alterar las condiciones de mercado, aunque ello es inevitable. 

Elaborado con estadísticas de www.datosmacro.com

Estados Unidos no puede hacer frente a esa deuda porque cada vez le cuesta más caro conseguir nuevos préstamos para pagar los vencimientos que enfrenta año tras año, y su déficit alcanza cotas impensadas hasta hace poco tiempo. Para el año 2024, el déficit norteamericano era equivalente al 7,6% de su PIB. Esto ha llevado a que las agencias especializadas hayan reducido la calificación de su deuda desde AAA, la máxima, hasta Aaa, y luego a Aa1, reducción que mantiene una tendencia negativa. Tradicionalmente, la calidad de la deuda norteamericana era el baremo con que se medía el riesgo país de cada deudor, es decir, si un país tiene 400 puntos básicos de riesgo, significa que debe pagar un 4% más de lo que debe pagar Estados Unidos para conseguir un crédito. Pero eso, en el contexto de que la deuda norteamericana tenía la máxima clasificación (AAA), lo que significaba que el riesgo de impago de esa deuda era prácticamente nulo. No es un misterio el deterioro de la deuda norteamericana, pero sí lo es el cómo se mantuvo la máxima clasificación hasta hace solo un par de años.

A esta condición de gravedad extrema de sus cuentas, se suma un crecimiento sistemático de demandas y necesidades que cubrir de un tejido social que se desintegra progresivamente. En el imaginario de la sociedad contemporánea, el “país de las oportunidades” y en que cada uno podía labrarse su propio destino, según decía la propaganda, se transformó aceleradamente en un mundo distópico que combina apocalípticas imágenes de la epidemia de fentanilo, con derivas fascistas, criminalidad y políticas domésticas que en el pasado reciente solo llevarían adelante villanos esperpénticos propios de producciones de cine B de Hollywood.

Probablemente Donald Trump y el Deepstate estadounidense tengan claridad de que hay un solo aterrizaje suave posible, aunque muy difícil. Se trata de la reducción del gasto militar. Prepararse para una confrontación con China exige descargarse de Europa y de la OTAN. Si en ese proceso se puede obtener algún beneficio adicional, mejor. De allí viene la demanda por una contribución a los gastos de defensa del 5% a los miembros de la Alianza.[3] El objetivo es que, junto con reducir la carga fiscal norteamericana, no se afecten los beneficios de un sector, el complejo militar industrial, que ha mostrado sobrada capacidad para defender y hacer valer sus intereses en los últimos 75 años, tal como advirtiera en 1961 el saliente presidente norteamericano Dwight D. Eisenhower. 

La expectativa es que los nuevos recursos permitan renovar las plataformas de armamento de la Alianza, cuya base tecnológica es norteamericana, y modificarla está fuera de cualquier expectativa razonable. Estados Unidos podrá retirarse paulatinamente de la defensa de Europa para concentrarse en Asia, pero conservaría su papel como proveedor de toda clase de medios y su mantención. Sobra decir los incentivos que en ese escenario tendría USA respecto a promover la paz en Europa.

Hablamos de un continente que simplemente no tiene la capacidad de responder a la nueva exigencia, independiente de las cartas de buena intención y las promesas. A excepción de seis de los treinta y dos países miembros de la OTAN, los demás tienen importantes déficits en sus cuentas públicas y, entre ellos, aparte de USA, destacan Francia (-5,8% del PIB), Bélgica (-4,5%) e Italia (-3,4%) (ver gráfica anterior). A pesar de que el Tratado de Maastricht limita al 3% esta variable.[4]

Elaborado con estadísticas de www.datosmacro.com

Pero no se trata solo de un flujo anual negativo entre gastos e ingresos del Estado; además acumulan un stock de deuda que se torna cada vez más difícil de manejar. En esta condición destacan los países cuya deuda acumulada supera el total de su producto anual. Grecia tiene una deuda que equivale al 153,6% de su PIB, le sigue Italia con un 135,3%, Estados Unidos con el 120,8%, Francia con un 113,0%, Canadá con el 110,8%, Bélgica con un 104,7%, España con el 101,8% y el Reino Unido con el 101,2% de su PIB. En ese contexto, hacer frente a la demanda norteamericana supondría un esfuerzo para algunos por completo desmedido.

5%, ¿para qué?

Para agravar el cuadro anterior, tampoco se trata solo de un problema de dinero, lo que ya es bastante, sino de la dificultad para transformar a Europa en una potencia militar o al menos poder contar con una amenaza disuasoria capaz de acompañar su aguerrida locuacidad.

Actualmente, entre las 50 mayores empresas de defensa del mundo, sin contemplar las de Rusia, 23 son norteamericanas, 6 son chinas y 13 tienen su base en Europa.[5] En este último grupo destacan la británica BAE System, el consorcio Airbus, la italiana Leonardo, la francesa Thales, la alemana Rheinmetall y la española Navantia. Sin embargo, persisten dos dificultades: la primera es que este gran número de empresas solo produce cerca de un cuarto de lo que produce Rusia en términos de piezas de artillería, tanques, misiles, municiones y drones y, la segunda, es que de cada 100€ que gastan en su producción, 84,7€ son adquisiciones de partes y materiales, y solo 11€ están destinados a I+D.[6] Esto explica que la única empresa exitosa resultado de la colaboración de varios países europeos sea Airbus, que cuenta con la colaboración de Francia, Alemania, Inglaterra y España. En el plano estrictamente de material bélico, la colaboración eficaz solo ha alcanzado para producir un vehículo blindado de transporte de tropas, el programa CAVS (Common Armoured Vehicle System). Hablar de un tanque serían palabras mayores, ni que decir de defensa aérea.

Elaborado con estadísticas de www.datosmacro.com

El gasto promedio en defensa que actualmente tienen los países de la OTAN está en 1,87% de su PIB, pero las condiciones de deuda y déficit fiscal de los países miembros dificulta enormemente siquiera plantearse la meta comprometida. Dada la heterogeneidad del gasto en defensa y el PIB, la brecha de unos respecto al 5% exigido no supone triplicar el gasto total. Al año 2024, el gasto total en defensa que realizan los países de la OTAN alcanza a 1,27 billones de euros. Ello implica que cada ciudadano de estos países destina anualmente 652,8€ de sus impuestos a tal fin. De aplicarse el 5% comprometido, el gasto subiría a 2,55 billones de euros con un per cápita cercano a los 1.310€. Esta eventual mayor disponibilidad de nuevos recursos financieros, dada la debilidad de la industria europea, estaría destinada a alimentar el complejo de industrias de defensa norteamericano, lo que ayuda a responder al “para qué” de ese 5%.

Sin embargo, ello tampoco es tan automático. En el papel, la declaración conjunta de la última cumbre de la OTAN en La Haya definió, de manera unánime, una meta a 2035 de un gasto en defensa de los países miembros del Tratado Atlántico equivalente al 5% de su PIB. Pero ello es solo eso, un papel. Por lo demás, no resulta descabellado pensar que Europa dentro de la OTAN no está interesada en echarle pelos a la sopa justamente en momentos en que debe cerrar el acuerdo arancelario con el mismo Trump.

En esa hipótesis de la imposibilidad, sabemos que los países tienen ingresos y gastos, y generalmente los últimos son mayores que los primeros, fundamentalmente para hacer frente a las necesidades de inversión, lo que genera un déficit. Ese déficit es cubierto con deuda, habitualmente. Hasta ahí no hay nada extraño, salvo que las cosas se salgan de control, lo que, lamentablemente, viene ocurriendo con una frecuencia muy desagradable. Ya se trate de crisis que reducen los ingresos por la menor actividad, catástrofes (pandemias, por ejemplo) que incrementan los gastos o alteraciones en los mercados de deuda que castiga las tasas de interés. Independiente de la razón, se crea una situación adversa, como la que tenemos hoy. Bueno, también ayer, y seguro que mañana.

No obstante, aún quedan alternativas para ir en ayuda de los vendedores de armas norteamericanos. Si incrementar el déficit público sumando un nuevo gasto no contemplado se ve difícil, por decir algo, lo mismo ocurre con la opción de incrementar la deuda. Supongamos por un momento que el mercado de fondos pierde la razón y decide prestarles dinero a estos países para que lo gasten en armas. El escenario sería catastrófico puesto que, entre cinco a diez años, no solo supondría multiplicar por dos una deuda que ya asciende a 53 billones de euros, sino llevar el déficit a cotas impensadas solo considerando los intereses que deberían pagar economías quebradas para conseguir esos fondos. Sin embargo, queda una alternativa: reducir gastos “prescindibles” para financiar la solidaridad con el complejo militar industrial norteamericano.

Elaborado con estadísticas de www.datosmacro.com

Lo primero que se aprecia en esta gráfica es constatar lo que ocurre cuando una población se envejece: el gasto en Salud se dispara respecto a Educación. Pero yendo a nuestro tema, la primera barra celeste de izquierda a derecha corresponde al gasto en Educación de este grupo de países seleccionados; la de tono amarillo, al gasto en salud; le sigue una verde oscuro que representa el gasto actual para contener y amedrentar a Vladimir Vladimirovich Putin; y la de un tono verde más claro, el gasto comprometido del 5% del PIB de cada uno. En todos los casos supone superar el gasto en Educación, que en distintos países es fuente de crecientes demandas sociales. En promedio, para estos países implica triplicar el gasto en defensa, lo que es por completo inabordable desde el momento en que, a pesar de los cuantiosos recursos destinados a encender el “patriotismo” y el temor en la población, la sociedad no se muestra muy proclive a vestir de verde oliva. En España, solo el 34% de los jóvenes estaría de acuerdo en la reintroducción del Servicio Militar Obligatorio, porcentaje que aumenta en los mayores hasta el 44% y entre los votantes de VOX.[7]

La conclusión más obvia es que los países miembros de la OTAN, o al menos los de mayor peso, saben que ese compromiso es por completo inviable, puesto que no hay gobierno que sobreviviera a la magnitud del ajuste necesario. Esto con independencia de la vía escogida, se trate de aumentar el déficit o de acumular mayor deuda de los países, aun cuando pudiera ser mutualizada. El mismo Mark Rutter, siendo ministro de finanzas de los Países Bajos, se negó a aceptar esa alternativa para los países del sur de Europa durante la crisis de 2008, pero ahora le parece bien, incluso aunque suponga pretender financiar gastos corrientes con deuda, alternativa definitivamente descabellada. No obstante, parece que, en realidad, todos confían en que para el año 2035 Donald Trump desde hace tiempo ya esté sepultado y nadie vuelva a preguntar por ese compromiso absurdo. Entre tanto ya verán qué hacer frente a la amenaza rusa. Pero el 5% está bien donde está, en una declaración.

La profecía autocumplida

La viga maestra de la campaña destinada a involucrar más activamente a Europa en la guerra de Ucrania ha buscado relevar el carácter expansionista de Rusia. El origen del actual conflicto lo hemos tratado ampliamente en otras columnas y diversos analistas lo han comentado. Entre ellos destaca el francés Emmanuel Todd, que realiza el más pormenorizado análisis del proceso y las relaciones históricas entre Ucrania y Rusia[8], unas relaciones que se enturbiaron definitivamente cuando la OTAN buscó completar su expansión hacia el este al tratar de incorporar a Ucrania. Rusia evaluó que a esa distancia la disuasión nuclear, base de la “frialdad” de la guerra fría, ya no era factible, y se opuso a ello. El golpe de Estado contra Yanukovich, con la participación directa en las calles de Kiev de la secretaria de Estado norteamericana para Europa, Victoria Nuland, fue un hito decisivo para Rusia, y motivó su apoyo a la rebelión de las provincias del Donbas en el este de Ucrania. Esta condición explica el control territorial que busca obtener Rusia en el actual conflicto, y las condiciones de neutralidad y desarme de Ucrania en un eventual armisticio. 

Al margen de las circunstancias actuales, desde la segunda guerra mundial en adelante las fronteras de la URSS y luego de Rusia no se han visto alteradas, y las guerras en que ambas entidades participaron en ese periodo no han supuesto adiciones territoriales. Más allá del carácter de esos conflictos, y estrictamente en términos de fronteras y territorios, en el caso de la URSS, esta se vio involucrada significativamente en las guerras de Corea y Vietnam, en Afganistán, y actuó como policía en apoyo a los gobiernos de Checoeslovaquia, Hungría y Alemania Democrática en los intentos reformistas de los años sesenta. En el caso de Rusia, intervino en Abjazia a principios de los años noventa, en las dos guerras de Chechenia (1994 y 1999) y en 2008 en Georgia. En ningún caso se tradujo en anexiones. La explicación más plausible es que Rusia posee un territorio extremadamente extenso, con una población insuficiente para ocuparlo y que, además, tiene una baja tasa de fertilidad que no mejora esas perspectivas. Mientras Europa tiene 71 habitantes por km2 y Estados Unidos 36,2, Rusia solo tiene 8,6 habitantes por km2. En ese territorio que le pertenece está la mayor parte de las reservas de RR.NN. del planeta, y no se aprecia una razón que explicara otra conducta.

La intervención de la OTAN en la guerra de Ucrania con la provisión de armamento de diverso tipo, municiones, equipamiento, preparación de tropas y oficiales e inteligencia, se ha realizado repitiendo de modo incesante que se trata de una política preventiva de defensa, puesto que, en caso de la derrota de Ucrania, Rusia no detendrá sus conquistas. 

Sin embargo, esta es una hipótesis de conflicto que no se sustenta en ningún análisis medianamente serio. Las diferencias de poder militar nominal entre Rusia y la Alianza Atlántica resultan demasiado evidentes, y Rusia las tiene absolutamente claras. Esto, sin contar con que el PIB agregado de los países de la OTAN es 25 veces mayor que el de Rusia, y que tienen 6,6 veces su población. Ello implica que la única condición en que Rusia atacaría a los países de la OTAN sería frente a un escenario de riesgo existencial del Estado, frente a lo cual, y dada la magnitud de un adversario que no puede derrotar, ese ataque tendría que ser con armamento nuclear, con todo lo que ello supone. Esto implica que la hipótesis de un conflicto con la OTAN con el fin de conquistar algún territorio es insostenible. 

Sin embargo, y a pesar de que no existe ninguna razón de peso para sostener la hipótesis de la amenaza rusa, los países de Europa en medio de una huida hacia adelante por la situación del frente de batalla apuestan por ese conflicto, y un paso decisivo es la disposición a incrementar el gasto en defensa, aunque no sea del 5%. En esa dirección, tanto Inglaterra como Alemania han fijado una posición a la que adhiere Polonia y los países bálticos, y que supone pasos irreversibles en esa dirección. Cuando una de las partes en conflicto está convencida de que no tiene otro camino, no necesita más argumentos, y tampoco una razón válida para dar el paso final. Todo parece indicar que ese paso será imperceptible, y solo nos enteraremos cuando haya una respuesta y la situación no tenga retorno. Siempre se podrá echar mano de un casus belli verdadero o falso. Siempre habrá un acorazado Maine que se hundirá en el puerto de la Habana propiciando la guerra entre USA y España o un Golfo de Tonkín pleno de lanchas vietnamitas dispuestas a acabar con las fuerzas de la democracia occidental. Luego de eso, un escenario difícil de prever.


[1]https://es.euronews.com/my-europe/2025/07/16/produce-rusia-en-tres-meses-la-municion-anual-de-la-otan

[2] Todos los datos que se presentan de aquí en adelante provienen de www.datosmacro.com

[3] Si supusiéramos que todo el gasto en defensa de los países se destinara a la OTAN, el presupuesto global sería de 1,2 billones de euros. Si USA se retirara de la OTAN y los demás subieran al 5% su contribución, el presupuesto quedaría prácticamente igual.

[4] https://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/?uri=LEGISSUM:xy0026

[5] Defense News. https://people.defensenews.com/top-100/

[6]Escudo Digital, diario de seguridad y tecnología. https://www.escudodigital.com/defensa/quien-es-quien-industria-militar-europea.html

[7]https://elpais.com/actualidad/newsletter-kiko-llaneras/2025-03-22/quien-quiere-recuperar-la-mili-datos-por-edad-sexo-e-ideologia.html Un dato interesante son algunas ingeniosas voces de la derecha española que buscan apaciguar a la ultraderecha señalando que la migración podría ser una respuesta frente a las necesidades de engordar un poco el músculo militar. La cara de los fascistas era similar a la de muchos franceses que en 1998 festejaban el título mundial de futbol, aunque lamentaban más en privado que en la selección hubiera, principalmente, jugadores de piel un tanto oscura.

[8] Todd, Emmanuel (2024) “La derrota de Occidente”. Ed. AKAL. Madrid, España.

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