La IA desafía: ¿Es que los seres humanos somos una especie de rocola? Cargados de narrativas aprendidas que emiten enunciaciones que salen de nuestras bocas cuando se aprieta el botón TALK. Obviamente no pueden salir otras, ¿de dónde vendrían?, somos terrenos, no nos es dado crear de la nada.
Tenemos un generador lingüístico que habla de lo que hay cargado en la memoria. Narra, explica, justifica, seduce, dramatiza, hace chistes, con las conversaciones en las que ha sido entrenado. No depende de nosotros, no está bajo el comando de nuestro yo: dice lo que dice usando las palabras y los términos que memoriza, sin decisión nuestra. Simplemente abrimos la boca y sale el rollo. Para quienes creen que nos define el lenguaje, esto podría ser un serio problema, deberían reconocer que somos rocolas cargadas – entrenadas con lo que ya hablaron. Es asunto de ellos.
Eso que somos y reconocemos que la IA no es, con seguridad no consiste en habilidades lingüísticas. Probablemente hay un nivel más primordial de la vida humana que el lenguaje. La vida cotidiana trascurre en su mayor parte sin hablar. No es solo que tenemos emociones, sentimos, sin hablar, generalmente actuamos sin hacerlo. Configuramos lo que hacemos con palabras, lo explicamos, lo justificamos, lo disculpamos, lo evaluamos, lo ofrecemos etc., pero no lo hacemos siempre. Dice un filósofo del lenguaje que generalmente existimos en silencio, aunque el lenguaje aprendido está ahí, presto a configurar.

De hecho, reconocemos casi como algo obvio que nuestra seriedad no estriba en hablar, en el lenguaje. Podemos decir cualquier cosa, opinamos sobre todo y cambiamos de opinión sin dificultad alguna. El generador lingüístico es sobreabundante y descomprometido. Sin embargo, necesitamos cumplir y que las personas cuenten con nosotros, nos sacrificamos, damos la vida por otras, amamos y odiamos no pronunciando palabras adecuadas sino en un instante de silencio, sin decir nada. Es obviamente diario ofrecer y prometer, creando la espera de un acto silente, no de unas palabras. Y si se trata de una promesa de palabras, lo que se espera no son ellas, sino el acto de pronunciarlas. Saludar, disculparse, insultar, hacer un discurso, no son palabras, son actos cuyas consecuencias pesan.
Así como durante tiempos más etéreos un ser humano tenía esencialmente mente pensante o hablante, además de cuerpo, hoy día se pone de moda definir al ser humano fundamentalmente por su cuerpo. Se supone que es el asiento de las emociones, de todo lo que nos pesa, lo que tiene seriedad y gravitación. El cuerpo sería entonces lo que nos diferencia de la IA. Puede ser, pero no me tinca. El lenguaje también es una actividad corporal, material, no mental, y las palabras no gravitan por sí mismas. ¿En qué sentido gravitan sensaciones corporales que se mantienen privadas, incluso emociones fantasmas que no movilizan acciones?
Se decía que todo lo que ocurre pasa en el lenguaje. Ahora algunos dicen que todo lo que pasa ocurre en el cuerpo. Seguramente ambos son falsos. Normalmente la acción es silenciosa, y de otro lado, podemos ser cornudos, estar en guerra, ser premiados, sin que nuestro cuerpo sepa nada al respecto. Prefiero pensar que lo gravitante, lo real, lo serio, es quiénes somos en las relaciones sociales. Nuestra identidad es seguramente lo que más cuidamos, aquello que hace fundamentalmente al ser humano. Habitualmente más incluso que nuestra integridad física, como lo dejan en evidencia tantos afanes extremos por superar récords sociales, deportivos y tecnológicos de toda clase. Partir con el individuo, su mente – lenguaje o su cuerpo, hace muy difícil entender al ser humano, es mejor partir con el peculiar ser social que somos.
Se me ocurre que es más difícil encontrarnos con un Robinson que con alguien que no siente emociones, o sin lenguaje.