El resultado de la elección presidencial fue contundente: 58% a 42%. Dieciséis puntos de diferencia, dos millones de votos. Suena brutal y, en cierta medida, lo es. Pero tampoco es la tragedia más grande de nuestra historia política (Hablo de la izquierda y la centroizquierda.). Tragedia fue el golpe de estado. Esa derrota política -mucho más que militar- tuvo un costo gigantesco. Diecisiete años de dictadura y proscripción, miles de muertos y desaparecidos, un país empobrecido, una cultura arrasada y la imposición de un nuevo paradigma social: fuera el comunitarismo, viva el individualismo. Entonces perdimos en toda la línea. Hoy hemos sufrido una derrota, pero seguimos siendo actores principales de la escena política. Un parlamento prácticamente empatado y cinco millones de votos que resistieron una de las campañas más mentirosa que recuerdo.
¿Qué hacer después de la debacle? Todo y nada. Partiendo por lo más simple, a partir de ahora empezarán a acomodarse las instituciones y solo habrá que esperar a que el nuevo gobierno se haga cargo. O sea, nada qué hacer. La democracia liberal tiene esa gracia: los derrotados de hoy podrán ser los vencedores de mañana. Al menos eso constata la rigurosa alternancia entre fuerzas de izquierda y centro izquierda, y fuerzas de derecha y más de derecha en los últimos 20 años. Desde la primera elección de Bachelet, la sucesión de gobiernos ha ido de un lado a otro con religiosa puntualidad. En esta pasada, le tocaba a la derecha. Y no fue solo un tema de recurrencia. Tanto Kast como los otros partidos de derecha (desde demócratas a libertarios, pasando por la vieja UDI y Renovación Nacional) construyeron un discurso que fue incontrarrestable. Chile se cae a pedazos, el de Boric ha sido el peor gobierno de la historia, la delincuencia se derrota con actitud y para ordenar la migración se requiere voluntad política. (Ojo: es cierto que en sus últimas declaraciones el presidente electo empezó a decir que los problemas no se arreglan de un día para otro, que se requiere tiempo, etc. En buen chileno, el Electo está reculando de sus propios dichos de campaña). Y, por supuesto, para crecer, hay que favorecer a los empresarios y a los más poderosos.
A días de la elección, ya hay consenso en que la economía chilena no se desmorona, que combatir el crimen organizado requiere políticas que profundicen la modernización de policías y el ministerio público iniciada en este gobierno, y que ordenar la migración es mucho más un tema de política internacional que de medidas internas. Entonces, por qué no pudimos levantar un discurso público, simple y consistente, coherente en todos los niveles de la coalición de centro izquierda, defendiendo las políticas implementadas por el gobierno de Boric (que, además, han sido exitosas en lo social, económico y seguridad).
Mi impresión es que, de capitán a paje, en la coalición “oficialista” no hubo una apropiación común de un discurso compartido. Tal vez el problema es que no había una línea compartida, o simplemente, no había una línea, un proyecto de futuro, una imagen del país que queremos construir. Creo que ese proyecto se fracturó el 2019. En esos días de octubre, dejando a un lado las dos o tres grandes movilizaciones que se realizaron, todo lo demás era para los partidos de centro izquierda vivir en un traje prestado. ¿Queríamos el desmadre en los espacios públicos o preferíamos una acción política en el marco de una institucionalidad que se respetara? Allí hubo un quiebre, desorientación, cuotas de oportunismo. Este proceso se consagró con el proyecto de nueva constitución (el primero), cuando la propuesta nos condujo a un lugar donde francamente éramos minoría.

Quedamos atrapados en medio del desborde delirante de las estrategias insurreccionales y un apego a una institución del todo ineficiente e incapaz de responder a las circunstancias. Ese proceso, que tuvo sus momentos de gloria cuando la derecha no fue capaz de elegir un 20% de convencionales y que se consagró con la elección del presidente Boric, se vino abajo en el plebiscito del 4 de septiembre de 2022. Y ahí nos deberíamos haber puesto a cantar junto a Emmanuel: “todo se derrumbó, dentro de mí, todo se derrumbó”, porque “desperté de mi locura y pude comprender que me mentías”. El país que una izquierda radical o radicalizada soñaba era una locura. No conversaba con los valores, creencias e intereses de la mayoría de los chilenos. No se trataba de que quisieran otra cosa, muy conservadora y de derechas, como quedó demostrado en el segundo plebiscito. No solo todo se derrumbó, sino que todo era mucho más simple: la agenda del Chile fundacional no les hacía sentido a las mayorías. Era una entelequia que poco y nada conectaba con el mundo del día a día que vivíamos los chilenos.
Y de ahí no salimos. Un fiel y férreo 30% manifestó su apoyo al gobierno de modo inquebrantable. Era más un acto de fe que de apoyo a políticas compartidas. Pasamos a hacernos cargo de los grandes problemas cotidianos de la gente (seguridad, economía, migración) y encontramos caminos inéditos en Chile. Además, sostuvimos una agenda progresista focalizada en los trabajadores que dio sus frutos en las grandes leyes laborales, como el royalty minero, la reforma de pensiones, el salario mínimo, las 40 horas, por mencionar algunas. Esos logros deberían haber sido nuestro caballito de batalla en la campaña, del mismo modo que deberíamos haber relevado los éxitos en la macro zona sur (disminución de la violencia, aumento de la eficiencia y cobertura de la persecución penal), o destacar la desarticulación de los principales núcleos del Tren de Aragua o el control de la frontera en el norte. ¿Por qué estos temas no fueron parte de nuestro discurso? Esta es una pregunta crucial. Será tarea de los partidos indagar en estos temas y también de quienes nos sentimos parte de los que juegan en esta vereda.
Mientras tanto, masticaremos la derrota, apostaremos a la democracia y a la política, como decía Jeannette Jara, estaremos ahí para apoyar todo aquello que mejores las condiciones de vida de las mayorías, y para oponernos a aquellas políticas que busquen perder derechos y beneficios de las personas. No habrá gobierno de izquierda, pero habrá una sociedad progresista que deberá trabajar para transformarse, de aquí a cuatro años, en una opción razonable para un amplio espectro del país. Y si no creemos que eso sea posible, entonces será tiempo de jubilar.