El regreso de la historia con venganza

por Mario Valdivia

En el Siglo pasado la historia se detuvo. La verdad es que llegó a su fin.

Desde 1917 se construye en serio el orden que acaba con ella en forma definitiva. En la mitad del mundo se le pone término a la lucha de clases, el motor esencial de la historia; hay textos que lo declaran con total seriedad. Lo que se abre hacia adelante es el avance del conocimiento, el diseño y los planes racionales, y resolver las contradicciones aun existentes para imponer ese orden en la humanidad entera y terminar de terminar con la historia. 

Desde 1945 y especialmente después de 1989, con la implosión del orden socialista, hasta 2015, por ahí, se construye el orden que es, ahora sí, definitivo, último. Si la historia es el paulatino reconocimiento de iguales derechos a todos los seres humanos, con el orden democrático liberal global ella encuentra su fin definitivo; hay un famoso libro que lo anuncia con toda seriedad. Lo que queda hacia adelante es la generalización de la razón, el avance del conocimiento, y expandir la inclusión y los derechos mediante el diálogo racional. 

Opuestos, ambos órdenes descansan por igual – como toda oposición – en un trasfondo común que hace posible que se opongan: la razón capaz de presidir la historia, que la trasciende – el racionalismo. Que lo real es racional y hay que hacer de lo racional lo real, orienta las narrativas y la acción. Es la razón la que entiende, justifica y organiza el orden tenido por definitivo en los dos casos.  

La sucesiva desarticulación de los dos órdenes terminales antagonistas cuestiona el racionalismo del trasfondo. Muere la razón y regresa la historia, la contingencia, la interacción in mediada de poderes desnudos, los birlibirloques espontáneos, el devenir sin causa ni justificación, el des – orden, las ´policrisis´, lo caótico, la des – orientación. Y vuelve con una devastadora venganza dirigida en contra nuestra. Es que fuimos, todas, educadas en la razón y moldeadas por su orden escrupuloso, convertidas en niñas buenas, bien comportadas, ordenaditas, razonables, quitadas del miedo al cuco, a la nada que hay más allá de lo oscuro, y frenadas por la tierra firme de los silogismos tranquilizantes y el conocimiento del mundo. Quizás por eso estamos tan desorientados, escandalizadas y espantados por el regreso de la historia y los personajes que vienen con ella.

No es un epifenómeno la muerte de la razón, era el Dios universal, heredero por adopción del viejo Dios venerable. Con su deceso se evapora el soporte de la tierra, triunfa lo injustificable, regresa el desorden, el reino del demonio. Acostumbrados a ser niños buenos, ya no paga la buena conducta, no sabemos qué hacer, y no sabemos qué hacer al no saber qué hacer, acechan el miedo y el resentimiento. Habituados a actuar con justificaciones y exigir justificaciones a las demás, nos desgarra la emoción de quedarnos con preguntas, de actuar desorientados por interrogantes, sin respuestas racionales que decidan por nosotros. 

¿Cómo pudo regresar la historia tan de súbito y de manera tan vengativa? La verdad es que posiblemente nunca se fue, nunca terminó, ni puede terminar. Siempre estuvo lista para regresar, al acecho como un rebelde picor subcutáneo, una constante mala consciencia subcortical. Es que el fin de la historia consistió en proyectos más racionalizadores que racionales. El término de la lucha de clases racionalizó desde el primer día otras contradicciones, otras luchas constitutivas. Y la democracia liberal siempre racionalizó abusos de poder y tiranías, reconocimientos y libertades que no eran los mismos para todos. En el trasfondo, más hondamente, porque la libertad de razonar es la obediencia a un orden sin razón. Lo sabíamos, pero nos hacíamos los tontos con gusto. Los niños buenos creen poder tranquilizarse con fronteras bien establecidas entre Dios y el demonio, protegerse con muros y zanjas oficiales.

Ahora nos toca movernos sin por qué, enfrentar la existencia sin razones, hacer historia o ser arrastrados por ella más que administrar el orden. Admitir preguntas incómodas y angustiosas, quedarnos con ellas, morir con ellas, aprender a florecer con ellas. Tomar verdadera responsabilidad.  

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1 comment

José Sanfuentes abril 23, 2026 - 6:33 pm

Gran provocación, como acostumbra Mario. Excelente.

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