Descartando el que la Tierra sea plana, lo que nos habría ahorrado bastantes inconvenientes a este respecto, y aun cuando no se trate de una esfera perfecta, es bastante claro que podemos detenernos en cualquier lugar y afirmar con toda la solemnidad del caso, que estamos en el centro del mundo. De hecho, eso ya lo hicieron los habitantes de Rapa Nui, cuando tempranamente denominaron a su remota isla “Tepito o te Henúa”, que significa algo como “el ombligo de la Tierra”. Otros, más prácticos, aunque no menos románticos, decidieron crear un lugar desde la nada y le llamaron “Null Island” (Isla Nula, claro), ubicada a 0º latitud norte y 0º longitud este. En ese apacible rincón atlántico del Golfo de Guinea, una boya señala el punto en que el meridiano de Greenwich atraviesa la línea del Ecuador. Para Julio Verne ese lugar se encontraba en Islandia, específicamente en el volcán inactivo “Snæfellsjökull”, en la península de “Snæfellsnes”, donde se hallaba la puerta que permitía viajar al centro de la Tierra, mientras que para los chinos ese centro no podía ser otro más que “Zhongguo”, que significa “reino medio”, que es el corazón del Imperio. Imaginarios o reales, los lugares que han recibido esa calificación reflejan ciertos atributos, a ojos de quien lo define, que son propios de una singularidad, el ser epicentros de relaciones con el entorno y donde existe una periferia que los reconoce como referencia. Se trata de un centro de gravedad dinámico que es el objeto de atención de la geopolítica.
El centro del mundo
Más allá de la literatura o de los mitos fundantes de la identidad y la cultura de las naciones, podemos decir que el centro del mundo es una construcción social que refleja las relaciones de poder a escala mundial y sus determinantes geográficos. Una arquitectura en la cual, alrededor de un centro metropolitano, se articula una periferia que, bajo distintas modalidades, mantiene relaciones de dependencia con ese centro, las cuales pueden tener la forma de expolio o de cooperación. En términos geopolíticos, el orden mundial resulta de esa relación que en el presente existe entre el centro con su entorno y, diacrónicamente, de la manera en que utiliza la geografía para asegurar sus intereses. Estos son de carácter político, económico y de seguridad. El centro de gravedad del mundo es un actor geopolítico en tanto es capaz de asegurar tanto su posición presente como la futura.
Si bien su potencia económica o lo que hoy denominaríamos como la magnitud de su PIB es una variable de importancia, está lejos de ser una condición suficiente. De hecho, en la historia hemos encontrado distintas grandes civilizaciones con altos niveles de prosperidad, pero con una interacción con su entorno que no se mantiene determinante en larguísimos periodos.
Grandes Civilizaciones

A mediados del siglo pasado, desde la CEPAL se difundió una teoría económica que señalaba cómo las relaciones de comercio existentes provocaban la dependencia de las periferias respecto al centro. Así, el expolio a que estaban sometidas explicaba el estancamiento socioeconómico y las dificultades para avanzar hacia el desarrollo en esas regiones.[1] Algunos años después, la Teoría de la Dependencia, en su vertiente marxista, iría más allá de esa visión, asegurando que el subdesarrollo de las periferias no eran una condición transitoria propia de un camino incompleto hacia el desarrollo. El desarrollo y el subdesarrollo eran dos caras del mismo proceso, donde uno explicaba la existencia del otro.[2] En ese sentido, el orden capitalista era el responsable de las asimetrías y las brechas de bienestar entre los pueblos del mundo.
Vistos los grandes números, en ciertos periodos pueden coexistir más de un centro con sus respectivas periferias, manteniendo, las más de las veces, relaciones conflictivas entre ellos. Sin embargo, en una escala larga de tiempo, de varios siglos o miles de años incluso, el centro del mundo configura una época histórica y sus desplazamientos se pueden seguir en un movimiento horizontal de dirección este – oeste, en el hemisferio norte del planeta. No hay que omitir el detalle de que cerca del 93% de la población mundial habita en ese hemisferio y, por tanto, los grandes procesos que luego se difunden por el planeta, se originan en esa región.[3]
Movimientos de largo plazo
El primer centro del mundo conocido fue resultado de la combinación de condiciones geográficas y de las rutas migratorias de los primeros humanos y, desde nuestra posición en el planisferio, tuvo un sello oriental. Entre doscientos mil y ciento cuarenta mil años atrás, los grupos humanos provenientes de la actual Etiopía se estacionaron en la región conocida como Creciente Fértil, cuya aptitud agrícola provenía de las crecidas fluviales.

El Creciente Fértil era un nudo que vio surgir los primeros intercambios entre los humanos que, además de cosas que les eran útiles, intercambiaron signos e ideas. Decenas de miles de años transcurrieron y mientras algunos humanos fueron poblando hacia el sur el continente africano, los más continuaron su marcha hacia el nororiente alcanzando la actual Kamchatka en Rusia, para luego cruzar Beringia y bajar por la espina dorsal del continente americano. Otros se encaminaron hacia el norte y luego de pasar el Mar Negro, se dividieron en dos grupos, los denisovares continuaron su ruta hasta llegar a Siberia y los neandertales se encaminaron hacia el oeste por los senderos de Europa. Aproximadamente, cuando los descendientes de aquellos que pisaron por vez primera lo que conocemos como América arribaban a Tierra del Fuego en el extremo sur, en el Creciente Fértil se ensayaban las primeras formas de agricultura. Las comunidades abandonaban las cavernas para construir las primeras viviendas donde habitar junto a otras especies sometidas a un proceso de domesticación: semillas, plantas y animales.
El centro del mundo estaba al este de Siria, entre los ríos Tigris y Éufrates. Allí las primeras caravanas de migrantes partían en diversas direcciones poblando Eurasia y América, aunque sin apurarse demasiado. Xavier Sala i Martín calcula que el ritmo de avance hasta llegar a Tierra del Fuego fue de 135 metros por año,[4] algo más de una cuadra (¡!). Los movimientos migratorios llevaron las innovaciones en la agricultura de oriente a occidente, ayudados por el hecho de moverse a través de la misma latitud aproximadamente, donde los climas similares permitían reproducir los mismos cultivos. El centro del mundo era un punto de ebullición de conocimientos que combinaba fuerzas centrípetas que atraían corrientes migrantes, y centrífugas, para los que emprendían viajes en distintas direcciones y donde junto a cosas que se intercambiaban, se alimentaba el progreso humano. Era el Neolítico, en cuyo corazón estaba el desarrollo de la agricultura hace doce mil años.
Transcurridos cinco milenios, en que surgieron y decayeron culturas y ciudades, y en que la agricultura multiplicaba los excedentes disponibles, entre las cuencas de los ríos Háng Hé y Yangtsé apareció autónomamente la práctica agrícola. Ello impulsó una dinámica de desarrollo que, al cabo de otros cinco mil años, había transformado a la región en el nuevo centro del mundo. La humanidad se había sedentarizado y alcanzado un alto desarrollo de las actividades agropecuarias. Pero su impacto no estuvo solo en la dieta, el mundo agropecuario había cambiado la faz de las sociedades al generar excedentes que alimentaban rutas consolidadas de comercio y nuevas relaciones sociales que se materializaban en distintas regiones de la geografía.
El nuevo centro de gravedad estaba en China. Diversas culturas y grupos dominantes se sucedieron durante ese periodo, hasta que hace poco más de cuatro mil años se consolidó un periodo de estabilidad asociado al ascenso de la dinastía Xia que intentaba unificar el gran territorio circundante. Le siguió la dinastía Shang en 1.600 a.C. y luego la dinastía Zhou en 1.046 a.C. Mientras los griegos se sumían en la oscuridad con el hundimiento de la cultura micénica, China había consolidado su dominio regional y poseía un Estado centralizado y altamente burocratizado.[5]
Aproximaciones econométricas señalan que en torno al siglo I a.C., el producto mundial se dividía aproximadamente en tres tercios, estando dos de ellos en Oriente, entre India y China y el tercero en la zona de influencia del Imperio romano.[6]

Si bien Alejandro Magno se asomó a las puertas de la India en la construcción de su efímero imperio, para los occidentales el mundo terminaba poco más allá de Constantinopla, en la actual Turquía. Hubo que esperar a que finalizando el siglo XIII Marco Polo dictara el relato de sus aventuras a su compañero de celda de una prisión genovesa, para que el centro del mundo fuera conocido en el rincón más occidental de Eurasia.
La China de hace dos mil trescientos años, hacía mucho que había consolidado su Estado con instituciones centralizadas, establecido relaciones políticas y comerciales que le permitían influir decisivamente en su entorno geográfico y desarrollado los elementos centrales de su cultura inspirada en las enseñanzas de Confucio (551 a.C. – 479 a.C.), alcanzando incluso el extremo oeste del mundo conocido por los caminos que recorrían las caravanas comerciales, de la Ruta de la Seda. Sin embargo, esas relaciones de intercambio que llegaban hasta el corazón de Roma no eran suficientemente sólidas como para pensar en una relación efectiva de dependencia para con occidente. Finalmente, el comercio entre ambos era principalmente de bienes de lujo (seda, piedras y metales preciosos y objetos de vidrio), que no respondía a necesidades básicas de ninguno, que obligara a una interacción permanente y fluida.
Nueve mil kilómetros de distancia, hace más de dos mil años, era una barrera infranqueable para las relaciones centro – periferia. El oeste de Eurasia necesitaba un centro propio y ese arribaría una vez que Roma abandonara su sistema republicano, para establecer el Imperio en el siglo I d.C. Mientras en China se consolidaba una nueva dinastía, los Han, el emperador Adriano enviaba embajadores a la corte imperial de Liu Yi. China continuaría teniendo un lugar dominante en Oriente, pero el extremo oeste probaba constituirse en centro metropolitano, pero resultaría una experiencia efímera.

En torno a los siglos I a.C. y I d.C., ambos polos eran fuerzas relativamente equivalentes en cuanto a grandes números. Tenían una magnitud de producto similar, que era un tercio del total cada uno.[7] En cuanto a la población, el Imperio romano en toda su extensión albergaba cerca de 54 millones de personas, mientras que China contaba con 59,6 millones.[8]
A lo largo de su historia ambos polos enfrentaron amenazas externas. En el siglo XIII, la dinastía de Gengis Kan, los Yuan, tomó el poder en China; sin embargo, la integridad del imperio no se vio afectada. La nueva clase dominante buscó apoyarse en una burocracia funcionarial y meritocrática encargada de la administración del Estado. Los pueblos de las estepas, descendientes de Gengis Kan y su nieto Kubilai Kan, impulsaron una avasalladora expansión hacia el oeste, que arribó a las puertas de Viena, creando el mayor imperio territorial que, a pesar de tener su fuerza militar habitando las estepas en tiendas, su corazón estaba en la Ciudad Prohibida.
Oriente y Occidente
La metrópoli occidental fue una estrella fugaz, aunque Roma resumía en su existencia social y política significativos avances acumulados autónomamente desde la era de la Grecia Clásica. A partir de mediados del siglo III d.C., comenzaría una decadencia inexorable. Aunque su desaparición recién culminaría dos siglos después con la ocupación del imperio romano por parte de los pueblos germanos. Los mil años de sobrevida de su heredera Bizancio no la califica como equivalente a la significación de la propia Roma o de China. Occidente continuaría sin poder competir en dominio.
Para el año 1.000, según las estimaciones de Proyect Maddison, China se mantenía generando en torno a un tercio del PIB mundial, pero Occidente ya no superaba el 13%. Ese mundo occidental que en la Baja Edad Media acababa de constituir el Sacro Imperio Romano Germánico, que se definía como heredero de la antigua Roma, recién comenzaba a tratar de reintroducir el dinero, mediante acuñaciones de oro, plata y cobre para las escasas actividades comerciales que trataban de renacer en espacios urbanos que, a su vez, recuperaban lentamente un papel económico y social luego de siglos de oscuridad.

Al mismo tiempo, China se encontraba bajo la dinastía Song que, en sus tres siglos de vigencia, fue la primera que introdujo el uso del papel moneda en las transacciones (dinero fiduciario), creó una fuerza armada profesional y generalizó el uso de la brújula en las misiones marítimas que se emprendían. Aunque probablemente se les recuerde también por la creación de la artillería con el uso militar de la pólvora.
La introducción de nuevas variedades de arroz de maduración temprana en la actividad agrícola, tuvo efectos de aceleración e incremento de la actividad comercial en la región y de aumento de la población. Hacia el siglo XIV, durante la dinastía Ming, la población bajo dominio del imperio de China alcanzó los 200 millones de habitantes. En igual momento, los 70 millones que vivían en Europa se redujeron prácticamente a la mitad como efecto de la peste negra que azotó a casi toda Eurasia.
En 1520, el Sacro Imperio Romano Germánico que había nacido con Carlomagno el año 800 experimentó cambios importantes al ocupar el trono el rey Carlos I de España, nieto de los Reyes Católicos, que a la cabeza del Imperio sumó a su título de rey de España el de emperador Carlos V. La posición de España frente al mundo se había expandido notablemente con la llegada de los europeos a las Indias Occidentales, llamadas luego América. Se convertía en la puerta de entrada de incontables riquezas en metales preciosos y de salida de abundantes mercancías que se dirigían en sentido contrario. Europa se había transformado en un centro de gravedad occidental que, aun cuando no podía desplazar a China, que era la principal potencia marítima del mundo bajo la dinastía Ming, incrementaba notablemente su participación en la generación del PIB mundial. Mientras China participaba con el 35%, Europa occidental se empinaba hasta el 18% del PIB mundial. Es en este periodo en que se establecen los contactos más permanentes de China con España y Portugal.
La dinámica económica que empujó el desarrollo capitalista se iniciaba en la producción americana de oro y plata, que ingresaba al circuito de producción capitalista a través de España. Pero este reino no estaba en condiciones de producir las mercancías que se demandaban y, además, debía solventar los compromisos financieros con los banqueros del norte de Europa que le adelantaban los recursos que necesitaba para financiar sus guerras. La llamada acumulación originaria, punto de partida del capitalismo, alimentaba la manufactura de la actual Bélgica, Alemania y los Países Bajos.

El desarrollo capitalista que nace en el seno del Sacro Imperio consolidó entre los siglos XVI y XVIII un centro de gravedad en Occidente y preparó las condiciones para el dominio global que alcanzaría luego de las Guerras del Opio entre 1839 y 1860. El capitalismo, en su etapa imperialista transitaba desde un mercantilismo tardío a una economía liberal. Al tiempo que David Ricardo publicaba su obra “Principios de Economía Política y Tributación” (1818), obra fundante del liberalismo junto a la “Riqueza de las Naciones” de Adam Smith (1776), Inglaterra, apoyada en su armada, llevaba el libre comercio hasta los confines del mundo. La civilización occidental como nuevo centro de gravedad en el mundo, imponía las relaciones capitalistas sin contrapeso.
El potencial de innovación que fue desplegado desde la primera revolución industrial en adelante, hizo de occidente una fuerza incontrastable. El occidente capitalista, que a principios del siglo XIX tenía una contribución al PIB mundial cercana al 30%, cien años después había crecido hasta el 70%. Como contrapartida, China, en el mismo período, pasó del 41% a una participación en torno al 12% del PIB mundial.[9] El corolario del enfrentamiento entre ambos polos, fueron las guerras del opio, donde China fue humillada bajo la potencia colonial de Occidente.

La consolidación del nuevo centro de gravedad en el mundo se alcanzó luego de la segunda revolución industrial. La electricidad y el petróleo para los motores de combustión interna, empujaron al capitalismo occidental a nuevas cotas de desarrollo y dominio, aunque ese proceso no estuvo ausente de reordenamientos en la geopolítica del poder. Entre la primera y segunda Guerra Mundial, el imperialismo inglés cedió paso a Estados Unidos y el nuevo centro de gravedad de occidente atravesó el Atlántico en dirección oeste. Hacia mediados del siglo XX, China solo era responsable del 4% del PIB mundial, pero un nuevo actor aparecía en escena con un 14% del PIB total, la URSS. Esto no afectaba el dominio económico y geopolítico occidental, pero creaba las condiciones para el inicio de un reordenamiento que tardaría setenta años en materializarse.
En occidente el fin de la Segunda Guerra Mundial dio lugar a ese reordenamiento señalado en el mapa geopolítico, en que se dibujaba un capitalismo mundial con un centro de gravedad en Estados Unidos. Mientras tanto, en el extremo oriental, China enfrentaba uno de los peores momentos de su historia como actor geopolítico. Entre 1927 y 1949 se desató la guerra civil entre las fuerzas del Partido Comunista de China y el Partido Nacionalista Chino, conocido como Kuomitang, la que solo se interrumpió durante la invasión japonesa en la II Guerra Mundial. El triunfo del PCCh acabó con las fuerzas nacionalistas refugiadas en la adyacente isla de Taiwán, bajo protección norteamericana.
La revolución China puso en marcha la construcción de un nuevo orden social para una población de 541 millones de personas, que diez años más tarde llegarían a 672 millones y a 807 en la década siguiente. Para 1980 la población era de 987 millones de habitantes, que al acabar el siglo XX ascendían a 1.267 y en los últimos registros a 1.410 millones, magnitudes solo comparables a las de India. Esto es un contexto necesario a la hora de observar la reaparición de China en el escenario geopolítico mundial y los desafíos de política interna que ha debido enfrentar en ese proceso.
En los primeros años de la revolución, el PIB per cápita de China no llegaba a los cien dólares (US$ 89,7) y tardó en duplicarse casi treinta años.[10] En el intertanto, hubo avances y retrocesos en su capacidad económica y en el bienestar de la población, como lo fue el llamado “Gran Salto Adelante” entre los años 1958 y 1962, que perseguía acelerar la industrialización del país, pero que en la práctica supuso una contracción del 25% del PIB. La revolución cultural, cuyo objetivo era neutralizar el papel de elementos “pequeñoburgueses” que obstaculizaban la transformación socialista también acabó con importantes costos sociales y una situación de estancamiento, en tanto permitió un muy limitado crecimiento cercano al 20% entre los años 1966 y 1976.

Desde inicios del presente siglo se evidenció la consolidación de una dinámica de expansión en diversos planos de China. En lo político había construido un modelo de interacción regional fundado en la cooperación para el desarrollo que le permitió concentrarse en el objetivo geopolítico de extender redes políticas y de abastecimiento de recursos para alimentar su expansión. En el plano social, sentó las bases de una sociedad con un fuerte crecimiento del segmento de ingresos medios, que daba sustento a la demanda interna que llevó su economía a un ascenso espectacular en el escenario internacional. Anteriormente, entre los años 1960 y 1980 el PIB se incrementó en 3,2 veces. De 1980 al año 2000, lo hizo en 6,3 veces y desde ese año 2000 hasta 2024 el crecimiento fue de 15,3 veces,[11] lo cual supera largamente la expansión de los países capitalistas durante las revoluciones industriales.
El proceso de reformas económicas dentro de la revolución china comenzó en 1978 cuando ascendió al poder Deng Xiao Ping, proceso cuyo detalle da para varias otras columnas al menos, y vino a cumplir el objetivo del “Gran Salto Adelante” que antes se buscó con la industrialización acelerada. Este notable crecimiento ha llevado a que China el año 2024, según el Banco Mundial, tenga un PIB medido en paridad de poder de compra que representa el 19,3% del PIB mundial. Le sigue USA con el 14,8% y la Unión Europea con el 14,2%.[12] Las estadísticas del Fondo Monetario Internacional reflejan prácticamente lo mismo, con un 19,7%, 14,8% y 14,1% respectivamente.[13]
Sin embargo, no se trata solo del comportamiento del producto, sea en su volumen total o dividido por el número de habitantes. China ha experimentado en las últimas décadas un crecimiento de su influencia no solo en la región, en que se ha convertido en el primer socio comercial de los distintos países, como es el caso de Japón, Corea del Sur y de la propia Unión Europea.[14] Además, ha extendido sus redes políticas y de influencia en distintas otras regiones, particularmente en África y América Latina. Para ello ha puesto el acento en la cooperación para la construcción de infraestructuras, que en muchos lugares han constituido el principal cuello de botella para el desarrollo. Esta cooperación se ha traducido en financiamiento a través del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y la propia construcción mediante asociaciones de empresas chinas y los diferentes estados, política que se ha fortalecido con la creación del New Development Bank (NDB) en el seno de los BRICS.

“Una golondrina sola no hace verano”[15]
El último medio siglo ha visto resurgir un centro de gravedad asiático en la geopolítica mundial, al mismo tiempo que se produce un eclipse del que emergiera con el capitalismo en occidente y se volviera hegemónico en los últimos dos siglos. Esto significa que no solo estamos en presencia de una potencia económica, sino de un poder central que condiciona su entorno y en sus relaciones dibuja un nuevo orden que progresivamente se hace hegemónico. Por momentos puede resultarnos preocupante por la incertidumbre que provocan las grandes transformaciones y también porque generalmente se acompañan de convulsiones. Pero eso se explica por una determinación contingente que tiene la vida humana. Quien escribe y quienes leen estas páginas, hemos nacido y vivido bajo un cierto orden social y nos cuesta imaginar lo que supone el que sea algo esencialmente histórico y, por tanto, condenado a ser superado por uno nuevo.
En los últimos doce mil años el centro del mundo ha estado en oriente; en los primeros ocho a diez mil años en el Creciente Fértil; y en los cuatro mil últimos años, ese centro de gravedad de la geopolítica mundial se desplazó hacia las cuencas del río Yangtsé y el Huáng Hé (conocido en Occidente como río Amarillo), que desembocan en el mar Amarillo cerca de Shanghai y en el mar de Bohai, próximo a la ciudad de Jinan, respectivamente. En todo este extenso periodo, surgió un centro alternativo en el seno del Sacro Imperio Romano Germánico en que se desarrolló el capitalismo. Ambos centros de gravedad convivieron tres siglos hasta que a inicios del siglo XIX el centro oriental radicado en China se eclipsó por completo y la geopolítica mundial giró preferentemente en torno al occidental de Inglaterra y Estados Unidos, situación que comenzó a cambiar desde el último medio siglo aproximadamente, en que se recomenzó el ascenso de China y se inició el declive progresivo del capitalismo occidental.

Las características del ascenso chino dan para varias toneladas de papel o incontables bits, pero no deja de ser curiosa la manera en que en occidente miramos el proceso, generalmente con una visión obtusa que desconfía de todo lo que no se parezca a lo que conocemos. Discutir acerca de si en China hay o no democracia o qué tan capitalista o socialista es su modelo político social, puede acabar siendo de una simpleza a veces algo penosa. En rigor, un par de siglos de dominio en el contexto de los últimos diez mil años, no da ni para una golondrina, mucho menos para un verano.
(*) Imagen de entrada: Tomado de mumuchu.com
[1] Berzosa, Carlos (2016) “Raúl Prebisch y la economía del desarrollo”. Revista de Economía Crítica. Universidad Complutense de Madrid. Pág. 131.
[2] Valenzuela Feijó, José (2022) “Tiempos de lucha: la UP, el CESO y el enfoque de la dependencia” Revista Tramas y Redes. CLACSO.
[3] https://www.geografiainfinita.com/2015/11/el-hemisferio-humano-en-el-que-vive-el-93-de-la-poblacion-mundial/
[4] Sala i Martín, Xavier. (2023) “De la sabana a Mart” Ed. Rosa dels Vents. Barcelona
[5] Gernet, Jacques (2018) “El mundo chino” Ed. Crítica. Barcelona.
[6] https://www.economist.com/graphic-detail/2012/06/20/more-2000-years-in-a-single-graphic
[7]https://www.rug.nl/ggdc/historicaldevelopment/maddison/releases/maddison-project-database-2023
[8]https://www.rug.nl/ggdc/historicaldevelopment/maddison/releases/maddison-project-database-2023
[9] https://www.rug.nl/ggdc/historicaldevelopment/maddison/releases/maddison-project-database-2023
[11] https://datos.bancomundial.org/indicador/NY.GDP.MKTP.CD?locations=CN
[12] https://datos.bancomundial.org/indicador/NY.GDP.MKTP.PP.CD
[13] https://www.imf.org/external/datamapper/PPPSH@WEO/OEMDC/ADVEC/WEOWORLD
[14] https://oec.world/es/profile/country/kor
[15] Expresión que usa Don Quijote en la obra de Cervantes, primera parte, capítulo XIII, y que utiliza por primera vez Aristóteles en “Ética a Nicómaco”.