La supremacía de la civilización occidental o el renacer del totalitarismo

por Germán Rojas

Habitamos tiempos turbulentos en los que las reglas que regían las relaciones internacionales han saltado por los aires, se exacerban los discursos de odio con la consecuente polarización que conllevan, se expanden los autoritarismos, y se afianzan los gobiernos de extrema derecha que llegan al poder utilizando las reglas de la democracia. Las guerras y conflictos proliferan, tanto los acuerdos de alto al fuego como los de paz duran tiempos efímeros, en fin, la inestabilidad en las relaciones internacionales es motivo de grandísima preocupación. Estos son tiempos en que los conflictos son tan numerosos y los hechos que atentan contra la paz suceden a una velocidad tan vertiginosa, que se hace muy difícil poder dar seguimiento cabal a lo que está sucediendo en el mundo.

Este estado de cosas hace que no sea posible percibir en toda su magnitud hechos que exigen ser analizados muy detenidamente por la gravedad que revisten. Seguramente, todos recordamos que, a principios de abril de este año, Donald Trump lanzó un ultimátum a Irán diciendo que, si no se abría el estrecho de Ormuz, él haría desaparecer una civilización entera en una noche. Esta es una frase que deja sin palabras y me hace recordar lo que una vez dijo el escritor argentino, Julio Cortázar: “Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”.

Lo que pasó casi enteramente desapercibido fue el discurso que pronunciara Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano, en la Conferencia de Seguridad de Munich en febrero pasado. Y es necesario recordarlo porque son precisamente estas declaraciones estratégicas las que conducen y orientan las políticas internacionales de largo plazo de Estados Unidos, más allá de las bravatas de su presidente.

Rubio es, según sus seguidores, el ideólogo de la civilización occidental en la era Trump. Inició su discurso atacando simultáneamente el neoliberalismo y la izquierda “woke”.[1] El libre comercio fue explicado como suicidio industrial, el multilateralismo como rendición de soberanía, y el cambio climático y la migración como instrumentos de debilitamiento de Occidente.

En pocas palabras, Rubio anunció el fin a una era de cooperación y entendimiento dentro de la diversidad y la reemplazó por una nueva y engañosa doctrina que se puede resumir en la frase: “la nación protege a su pueblo antes de complacer al mundo.” Una clara demostración de que el lenguaje de la diplomacia es ya una cosa del pasado.

Su discurso, que dicho sea de paso fue ovacionado por la mayoría de los líderes europeos allí presentes, constituyó una declaración de supremacía de la civilización occidental que plantea una dicotomía (falsa obviamente) entre una nueva era occidental o su colapso definitivo si no se hacen las cosas como el gobierno de los Estados Unidos lo desea. Su discurso no fue una invitación a los líderes europeos, sino que fue un manual de instrucciones en el que no se habló de políticas públicas, sino de identidad civilizatoria.

Planteó una cosmovisión terrible: una civilización cimentada en la fe cristiana como en el tiempo de las cruzadas; una civilización basada en la libertad individual que niega la cooperación y la solidaridad; una civilización que se sustenta en una moral estrecha que excluye otros modos de pensar y se plantea como estructura civilizatoria; y una verdad objetiva que dicen poseer y que bien sabemos que no existe. Y todo ello amparado en el ejercicio brutal del poder que detentan.

Rubio anunció una nueva era de competencia entre civilizaciones, donde la economía es arma; la tecnología es dominio; la migración es una crisis existencial y una amenaza; y la energía es una herramienta de coerción. Rubio busca la cohesión interna de occidente como respuesta a las amenazas que representan Rusia y China, que, en su opinión, quieren destruir la idea misma de civilización occidental.

Trump es la persona de las grandes declaraciones rimbombantes. Manipula con el sueño de hacer a “América Grande Nuevamente”, que no es sino volver a imponer el dominio del imperio a nivel global. Rubio es el formulador de la doctrina que busca recuperar el control político, económico y estratégico del mundo. La soberanía no solo la defienden dentro de sus fronteras, sino que también en Teherán, en Trípoli, en Beirut, en Saná, en Caracas, en La Habana, en donde crean que hay una amenaza contra su proyecto de supremacía occidental que quieren imponer universalmente. Con esa visión, Estados Unidos no deja espacio a la neutralidad. Solo hay alineación o confrontación. A través de la política de la amenaza constante, Trump rompe las reglas y Rubio trata de convertir las rupturas en sistema.

Rubio está construyendo el relato del “nuevo Occidente”: hay que salvar la civilización que está amenazada; hay que dejar atrás la diplomacia porque lo que se necesita es una cruzada estratégica; hay que reordenar el mundo sin mucha retórica diplomática, sino con acciones de fuerza. La disyuntiva que ofrecen Trump y Rubio al hemisferio occidental es ser parte de esta cruzada civilizatoria o ser ruina del derrumbe que vaticinan.

Trump no puede dejar de recordarnos a Hitler hoy. Estamos repitiendo, no como farsa, sino como tragedia nuevamente la Conferencia de Munich de 1938. Y miente Rubio, al igual que Goebbels, cuando habla de fronteras y soberanía y orgullo cultural y fe y desindustrialización como traición y de historia que les pertenece y que hacen ellos. ¿Y qué dice la inmensa mayoría de los líderes mundiales? Salvo contadas excepciones, Europa aplaude de pie, América Latina se somete dócilmente, África no dice nada porque sigue estando más allá de la periferia de este mundo, Asia continúa mirando hacia el cielo mientras hace negocios y el Medio Oriente no tiene más remedio que protegerse de las bombas.

Ante este estado de cosas, no es posible permanecer indiferentes ni pasivos, entregando la iniciativa solo a quienes conducen los asuntos exteriores de nuestros países. El mundo de la sociedad civil debe levantar su voz en defensa de los derechos humanos, de las Naciones Unidas y del derecho internacional, exigiendo a su vez que los gobiernos rindan cuentas por sus actos.

Hoy cobra más vigencia que nunca la necesidad de ser testigos de nuestra época y dar testimonio de lo que estamos viviendo. La especie humana es una sola. Los colores de piel, el lugar donde nacimos, nuestras raíces étnicas, las legítimas creencias y diferencias que tengamos no nos pueden dividir.


[1] El concepto de “woke”, o “desperté” en su traducción más literal, surgió en la segunda mitad del siglo XX dentro de la comunidad negra de Estados Unidos y originalmente quería decir estar alerta ante la injusticia racial. En 2017, el diccionario Oxford la definió como: «Estar consciente de temas sociales y políticos, en especial el racismo». Hoy, sin embargo, su uso más difundido es la concepción acuñada especialmente por sectores de ultraderecha y que expresa una manera despectiva para designar a varios movimientos e ideologías progresistas que ellos perciben como agresivos y que expresan todo lo rechazable por ellos: la equidad racial y social, el feminismo, el movimiento LGBTIQ+, el uso de pronombres de género neutro, el multiculturalismo, el uso de vacunas, el activismo ecológico y el derecho a abortar. https://www.bbc.com/mundo/articles/cgr99l7dggdo

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