Allende, la fata morgana que todos quieren en su selfie

por Luis Breull

Salvador Allende Gossens, el primer presidente socialista elegido democráticamente en el mundo en plena Guerra Fría, ocupa un lugar simbólico y extraño a la vez en la izquierda chilena contemporánea. Está demasiado presente para pertenecer enteramente a la historia y demasiado lejos para seguir siendo comprendido desde las coordenadas políticas de su tiempo. Reaparece cada septiembre en discursos, murales, fotografías, documentales, poleras y homenajes; y como chivo expiatorio de la crisis democrática que atravesó Chile desde el 11 de septiembre de 1973 y que justificó para sus opositores su derrocamiento por la fuerza y la instauración de una dictadura que perduró 17 años. Una semana antes de cada celebración de Fiestas Patrias su voz vuelve por Radio Magallanes como si aquella mañana permaneciera suspendida en alguna frecuencia del aire. También cabe perfectamente en Instagram, Tik-Tok, Facebook, YouTube y más de algún podcast de audio o video. El hombre que terminó sus días dentro de un palacio bombardeado se ha convertido medio siglo después en compañía frecuente de quienes levantan el teléfono, buscan el ángulo y procuran ingresar ellos también en ese encuadre sélfico.

Algo más que ironía

Allende funciona como una fata Morgana (espejismo o fenómeno óptico que se produce en el mar que muestra objetos en el horizonte lejano como si levitaran o se elevaran en el aire y que debe su nombre al atribuírsele por los hombres de mar al hada Morgana en las leyendas artúricas). El objeto existe, aunque la distancia -física y esta vez también temporal-, y las capas atmosféricas refractan su imagen, modifican sus dimensiones y permiten contemplar figuras superpuestas. Está el socialista marxista, el republicano, el revolucionario institucional, el conductor popular, el presidente de una sociedad aproximándose al quiebre, el hombre armado dentro de La Moneda y finalmente el mártir.

Cada época encuentra aquel que necesita y la nuestra ha añadido la peculiaridad de querer aparecer junto a él… un político y estadista que trascendió con su suicidio como un hombre inconcluso. La muerte política de Allende ocurrió el 11 de septiembre de 1973 y su segunda biografía comenzó aquella misma mañana.

El último discurso posee una fuerza excepcional porque quien habla sabe que probablemente pronuncia sus últimas palabras. Las grandes alamedas, la semilla entregada a otros hombres y la lealtad pagada con la vida abandonaron rápidamente la contingencia de una alocución radial para convertirse en materiales de posteridad.

Las comunidades políticas necesitan hacer inteligibles sus derrotas, porque una derrota desnuda resulta ingrata. Obliga a revisar decisiones, responsabilidades, correlaciones de fuerzas mal comprendidas y convicciones sostenidas quizá con más entusiasmo que fundamento. El sacrificio cambia esa gramática, introduciendo dignidad dentro de la devastación y continuidad moral allí donde la historia acaba de producir una ruptura, porque el proyecto de la Unidad Popular quedó además violentamente inconcluso.

Un gobierno que termina su ciclo puede ser juzgado por sus consecuencias, tanto como una revolución triunfante debe responder algún día por la sociedad que construyó. La experiencia de la UP quedó suspendida y con ella permaneció abierto para siempre el territorio contrafactual de aquello que pudo ocurrir. Allende quedó detenido antes de la vejez política, del retiro, de las transacciones posteriores y del juicio histórico sobre una experiencia terminada. La muerte fija, y lo hace dentro de una iconografía que parece concebida por un dramaturgo clásico. La Moneda ardiendo, casco, fusil, anteojos, humo, radio, gritos, balas, bombas. Difícil competir políticamente contra una fotografía semejante o querer negarla en su magnitud.

Cuando el 11 se devoró al 4

El problema comienza cuando el Allende del 11 de septiembre termina devorando al Allende del 4 de septiembre de 1970; uno convoca sacrificio, el otro obliga a estudiar el poder. Allí aparece un Chile económicamente desarticulado, saboteado y políticamente polarizado, atravesado por movilización social, intervención estadounidense, radicalización opositora, conflictos dentro de la propia izquierda y una Democracia Cristiana que transitó desde espacios iniciales de entendimiento hacia una confrontación profunda con el gobierno.

El Allende vivo resulta bastante más incómodo que su estatua, porque como toda figura volcada profesional y vitalmente a la política, negociaba, calculaba, retrocedía, insistía. Había perdido tres elecciones presidenciales antes de ganar la cuarta. Conocía el Congreso desde dentro y dedicó décadas a construir una mayoría política para una transformación que finalmente emprendió habiendo obtenido el 36,6 por ciento de los votos.

Jorge Arrate -economista, testigo y colaborador de Allende- ha regresado muchas veces sobre aquella dificultad y sobre la posterior renovación socialista. Su reflexión terminó situando la hegemonía y la construcción de mayorías en el centro del aprendizaje de la derrota. Más recientemente ha advertido algo que parece escrito para nuestra discusión. El sujeto popular que sostuvo a la izquierda del siglo XX cambió radicalmente y cualquier proyecto actual debe comenzar reconociendo esa mutación, puesto que copiar el pasado carece de sentido.

Carlos Altamirano Orrego, luego del Golpe representó un viaje todavía más desgarrador, complejo y provocador. En Dialéctica de una derrota (1977) emprendió tempranamente la autocrítica de la experiencia, aunque todavía desde las categorías revolucionarias de los setenta. Reconoció errores económicos, sectarismo, desviaciones ultristas y carencia de realismo, mientras atribuía una importancia decisiva a la incapacidad para resolver el problema del poder frente a una confrontación que consideraba inevitable. Años después participaría de una renovación socialista que revalorizó la democracia y el pluralismo, y revisó la influencia leninista y cubana sobre el socialismo chileno. Pocas biografías contienen una ironía histórica semejante, el Altamirano derrotado y el Altamirano renovado contemplan el mismo cadáver con instrumentos distintos, porque la derrota también transforma al que recuerda.

La otra vereda también era Chile

El expresidente Patricio Aylwin obliga a abrir otra ventana. Comenzó a escribir su revisión de la Unidad Popular en 1974 y regresó sobre ella durante décadas, consciente precisamente de la dificultad de alcanzar distancia frente a acontecimientos de los cuales había sido protagonista clave. Su reconstrucción introduce la subjetividad de quienes contemplaron el proyecto político de la UP desde la oposición y sintieron que la convivencia institucional estaba siendo erosionada.

Aquella percepción convivió con una derecha radicalizada, sectores comprometidos en la desestabilización y la intervención estadounidense. Comprenderla tampoco exige compartirla. Permite advertir algo más perturbador que refiere a que una democracia entra en peligro cuando grupos suficientemente grandes comienzan a habitar descripciones incompatibles del mismo país y a actuar sin lealtad a la convivencia común.

Si bien fue testigo muy niño del violento derrocamiento de Allende, el sociólogo y politólogo Alfredo Joignant contribuye a esta reflexión desde una dimensión emocional. Sus investigaciones reconstruyen las representaciones del pueblo y los sentimientos de optimismo, desesperanza y miedo que atravesaron aquellos años, porque las sociedades también se quiebran mediante atmósferas, climas de opinión y percepciones colectivas. Cuando el adversario deja de ser alguien equivocado y comienza a convertirse en alguien cuya existencia amenaza la propia, las concesiones parecen traición y los moderados adquieren esa curiosa condición de personas que molestan simultáneamente a todos.

Desde otra perspectiva analítica e ideológica, el cientista político Daniel Mansuy, nacido en 1978, se introduce medio siglo después a este debate y desplaza la pregunta hacia aquello que la muerte hizo con la memoria. En su ensayo Salvador Allende – La izquierda chilena y la Unidad Popular estudia precisamente las sucesivas interpretaciones que las izquierdas construyeron sobre Allende, su liderazgo y el significado de su final. De acuerdo a su tesis, el gobernante admite preguntas sobre conducción, economía, partidos y mayorías; mientras que el sacrificado ingresa en un territorio emocional dominado por la consecuencia personal, el coraje y la muerte. Separarlos parece cruel y confundirlos sale históricamente caro.

Puccio (hijo) rompe el espejo

Es justo en medio de este debate que resulta pertinente valorar una reciente reflexión divulgada en redes sociales por el dirigente socialista Osvaldo Puccio. Su testimonio introduce una perturbación especial porque proviene de alguien que estuvo dentro de La Moneda aquel 11 de septiembre, acompañado por su padre, estrecho colaborador de Allende, y que luego conoció la prisión y el exilio. Cincuenta y tres años después cuestiona precisamente la mistificación contemporánea del personaje.

Su reproche a la conmemoración de los cincuenta años contiene una frase devastadora, porque afirma que quienes la organizaron (el gobierno del expresidente Gabriel Boric), consiguieron fabricar un Allende sorprendentemente parecido a ellos mismos o a aquello que imaginaban ser. Aquí la fata morgana deja de ser una metáfora nuestra y se convierte en una disputa dentro de la propia memoria allendista.

Puccio recuerda además que la recuperación democrática exigió organización, convencimiento, mayorías y una discusión profunda contra las visiones vanguardistas. Su generación tuvo que preguntarse por qué había sido derrotada y revisar las respuestas. La memoria adquiría así una función incómoda e imprescindible para aprender una lección histórica. 

Su crítica contemporánea apunta hacia otra tentación, la de una comunidad política que puede enamorarse de sus propios códigos hasta confundirlos con la sociedad. Puede hablar consigo misma creyendo que conversa con Chile. Puccio interpreta bajo esa clave también el fracaso constitucional de 2022, al que considera una derrota en gran medida autoinferida por la izquierda. Es su juicio político -discutible como cualquier lectura de causalidad histórica-, pero su intuición sobre la autorreferencia resulta bastante más fértil, porque el problema sobrevivió a los comités centrales y ahora dispone de algoritmos.

Se busca pueblo

Salvador Allende perteneció a una izquierda apalancada en la construcción de sujetos colectivos fuertes. Partido, clase trabajadora, sindicatos y organizaciones populares estructuraban pertenencias relativamente estables. Aquella política exigía conocimiento, convicciones fundadas, disciplina, permanencia y cierta subordinación de la biografía individual a empresas concebidas para durar generaciones. Hasta la palabra compañero contenía una antropología distinta de la izquierda del siglo XXI, que habita otra sociedad y otros códigos relacionales.

El trabajador industrial perdió la centralidad simbólica que poseía para el marxismo, los partidos dejaron de ordenar la existencia completa de sus militantes, al tiempo que fueron surgiendo en Chile -y en el mundo- movimientos articulados alrededor de identidades, experiencias de discriminación y comunidades de reconocimiento. El individuo contemporáneo compone sus pertenencias, entra y sale de ellas y conserva una autonomía individual frente a las organizaciones que habría resultado desconcertante para buena parte de la cultura militante de 1970… y en medio de esa fragmentación reaparece Allende como curiosa suerte póstuma; un dirigente formado dentro de una cultura política extraordinariamente orgánica termina convertido en icono portátil para una época de identidades portátiles.

Arrate ha advertido con lucidez precisamente que la izquierda actual enfrenta una sociedad profundamente distinta y carece de aquel sujeto popular activo que sostuvo sus logros durante el siglo XX. Joignant acaba de plantear algo todavía más incómodo al describir una izquierda contemporánea melancólica, con bases sociales transformadas y dificultades para hablar nuevamente al conjunto del pueblo. Y paradójicamente en medio de ese dilema Allende presta allí un servicio póstumo formidable al proporcionar gratuitamente pueblo cuando cada vez más cuesta descubrirlo de nuevo.

La revolución encontró un smartphone

La política contemporánea ocurre además dentro de un régimen de hipervisibilidad permanente. El dirigente político debe aparecer, reaccionar y producir señales continuas de existencia. Una reflexión política compite en la misma pantalla con una guerra, una celebridad, un gato y algún almuerzo fotografiado desde arriba. Es el viejo caudillismo armando una prótesis tecnológica formidable donde ya no necesita balcón; tiene cuenta en X.

Atravesamos un momento histórico en que la visibilidad comienza a confundirse con relevancia y la reacción con deliberación, y la política queda sometida al presente continuo de su propio algoritmo, que descubre rápidamente que la indignación posee mejores cualidades comerciales que la duda.

Allende entrega exactamente aquello que semejante aceleración dificulta producir, esto es, espesor, densidad política, profundidad, trascendencia… Su trayectoria fue larguísima, de ministro a senador, presidente del Senado y cuatro veces candidato presidencial. Dedicó décadas a construir una hipótesis política, por lo que hoy una fotografía junto a él o un posteo en su nombre permiten adquirir en segundos una genealogía que intelectualmente cuesta bastante más elaborar. Así llegamos entonces a la selfie.

Sonría, compañero

La selfie política parece una banalidad al tiempo que puede ser uno de los gestos antropológicos más transparentes de nuestra época. Quien se fotografía junto a una figura histórica declara pertenencia y al mismo tiempo introduce su propio rostro dentro de esa tradición. El yo entra físicamente en la genealogía. No obstante, aquí aparece una contradicción formidable, en la que una figura histórica asociada al sacrificio personal por una concepción colectiva de sociedad termina convertida en fondo simbólico para la autorrepresentación individual. El yo se fotografía con el nosotros.

La izquierda contemporánea critica frecuentemente el individualismo producido por el capitalismo tardío mientras habita una cultura profundamente individualizada. Las redes agregaron otra exigencia que remite a que la pertenencia debe además mostrarse. Allende queda entonces detrás y el presente ocupa el primer plano.

Fata morgana con cámara frontal

Quizás allí se encuentre la razón contemporánea de su extraordinaria supervivencia, porque Allende representa una promesa inconclusa y proporciona densidad simbólica a una política que encuentra dificultades crecientes para producirla. Conecta luchas fragmentarias con una genealogía común, entrega continuidad histórica a proyectos todavía imprecisos y recupera la imagen de pueblo allí donde la individualización vuelve difícil construir sujetos colectivos estables.

Muchos jóvenes que levantan hoy su rostro difícilmente querrían vivir dentro de la cultura política de 1970. Sus jerarquías partidarias, códigos de género, disciplina militante y buena parte de su imaginario económico pertenecen a otro tiempo. Hoy, en cambio, buscan algo distinto de una política que parecía creer profundamente en sí misma.

Puccio aporta finalmente la pieza que faltaba, ya que estuvo en La Moneda aquel 11 de septiembre y ahora viene a advertir, cincuenta y tres años después, que algunos herederos han fabricado un Allende demasiado parecido a ellos mismos.

Tal vez la pregunta clave de hoy es saber cuánto de sí misma deposita cada izquierda sobre Allende para reconocerse después en la imagen y no cuánto Allende permanece dentro de la izquierda chilena. Arrate, Altamirano, Aylwin, Joignant, Mansuy y ahora Puccio observan refracciones diferentes, en que ninguna agota al personaje y juntas permiten distinguir al menos el mecanismo. La fata morgana cambió de lugar y Allende permanece al fondo del horizonte… Nosotros levantamos el teléfono y cuando miramos la pantalla sentimos, por un instante, que la historia acaba de confirmar quiénes somos.

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