Ubercracia y neociudadanía sin lazos

por Luis Breull

Al pasar la medianía de la tercera década del siglo XXI, Chile asiste a la cristalización de lo que podríamos concebir como una nueva variante de régimen político, económico y social propio de sociedades modernizadas que nunca alcanzaron plenamente el desarrollo. Un laboratorio que da lo mismo si refiere a comunas metropolitanas como Las Condes, Cerro Navia, Santiago, Ñuñoa, Pudahuel, o a localidades de regiones, es casi obscenamente perfecto y asentado en una democracia electoral estable, teléfonos inteligentes por todas partes, consumo sofisticado, bancarización, aplicaciones capaces de anticipar dónde queremos ir y una economía que todavía tropieza con empleos frágiles, salarios estrechos, informalidad persistente y clases medias que pueden descender varios peldaños antes de terminar de pagar el automóvil con que creían haber ascendido. Bienvenida la Ubercracia.

Develando el nuevo modelo

La originalidad de este entramado sociopolítico radica en una combinación que las categorías de análisis tradicionales explican sólo por partes. El ciudadano conserva derechos políticos y una enorme capacidad de expresión mientras administra individualmente riesgos económicos que alguna vez –hace menos de una década- tuvieron mayor cobertura en empresas, contratos e instituciones. Ahora trabaja, se endeuda, emprende, opina y construye reputación como sujeto formalmente autónomo, aunque depende de infraestructuras financieras y digitales cuya capacidad para ordenar su vida cotidiana supera largamente cualquier poder individual de negociación.

Uber constituye apenas la metáfora perfecta del conductor que posee automóvil, teléfono y libertad para conectarse. El mismo que paga su combustible, la mantención, la depreciación, los seguros y una porción importante del riesgo productivo. Mientras tanto, la plataforma tecnológica de intermediación conserva aquello verdaderamente estratégico, la coordinación de oferta y demanda, la información agregada del mercado, las reglas de acceso y la administración algorítmica de la actividad. Así la propiedad material se pulveriza hacia abajo mientras el poder de coordinación se concentra hacia arriba.

Por eso, la modernidad llegó completa al teléfono bastante antes que al contrato laboral o los nuevos convenios de autotrabajo, y la Ubercracia es en ese sentido el régimen característico de sociedades modernizadas antes de haber conseguido desarrollarse completamente.

Democracia sin soberanía cotidiana

La primera paradoja que emerge en esta nueva realidad es política, puesto que el ciudadano posee soberanía electoral sobre las autoridades públicas, mientras una porción creciente de su existencia queda organizada por poderes privados que jamás eligió. Puede votar para elegir cualquier autoridad representativa, pero carece de mecanismos equivalentes para participar en las decisiones algorítmicas que determinan cuánto vale su trabajo, qué oferta recibe, cómo se calcula su reputación o bajo qué condiciones continúa accediendo a determinados mercados digitales.

Durante el día alguien acepta una tarifa establecida por un sistema cuya lógica desconoce y por la noche puede insultar al presidente de la República desde X con absoluta libertad. La soberanía expresiva funciona impecablemente mientras la económica muestra problemas de conexión.

La plusvalía ubercrática

La innovación económica del nuevo modelo resulta todavía más interesante, porque ahora la fábrica se dispersó por la ciudad y consiguió que una parte de sus máquinas fuera comprada por quienes trabajan en ella. Automóvil, motocicleta, bicicleta y teléfono son financiados por el propio proveedor mientras las calles y buena parte de la infraestructura necesaria pertenecen a la sociedad.

La plataforma organiza una enorme capacidad productiva sin realizar inversiones equivalentes en capital físico y sin concentrar espacialmente a quienes trabajan; menos aún tener que hacerse cargo de una antigua ética de coadyuvar al trabajador en su formación, perfeccionamiento o en su protección social o de salud. El sujeto ahora completamente solo comparece simultáneamente como fuerza laboral, como pequeña empresa y como proveedor de los recursos necesarios para producir un servicio. Un proceso que contiene una eficiencia extraordinaria, en la medida que el trabajador aporta incluso al pequeño capitalista que lleva dentro y sus problemas vitales no lo excusan de seguir rindiendo obligatoriamente ante sí.

Aquí la plusvalía se tecnifica y perfecciona al surgir del otro convertido previamente en empresa de sí mismo y recurso individual que se autoexplota sin vínculo emocional, cultural ni social con la plataforma de conexión. El trabajador compra y mantiene la máquina, calcula cuánto necesita producir, administra su jornada y prolonga personalmente el tiempo de laburo cuando los ingresos resultan insuficientes. Una parte de la disciplina que antiguamente ejercía la empresa queda incorporada en su propia conducta bajo el espejismo de la nueva autonomía. Aquí una ley de 40 horas tiene relevancia e incidencia “cero”.

La plataforma consigue de esta manera tercerizar hacia el prestador una fracción del trabajo necesario para explotarlo. Ya nadie necesita ordenarle que permanezca conectado tres horas adicionales o que acorte una licencia médica. Las cuotas del automóvil poseen una capacidad disciplinaria bastante eficiente y rara vez requieren departamento de recursos humanos, capacitación Sence, terapias de rehabilitación, cursos de diplomado o coaching ontológico para perfeccionar el modo de canalizar sus emociones en la vieja organización que le empleaba.

La autoexplotación deja así de ser una extravagancia psicológica y adquiere estructura económica pura y dura, aunque no se note, ya que el antiguo capataz perdió el rostro, se convirtió en interfaz y consiguió además que el trabajador llegara con su propio vehículo a un espacio de asignación virtual de tareas, carente de lazos emocionales.

Una promesa de desarrollo anclada a mitad de camino

Chile ofrece durante 2026 una demostración particularmente incómoda de su fragilidad y estancamiento económico. El Banco Central redujo su proyección de crecimiento anual hasta un rango de apenas 0,25 a 0,75 por ciento y el Imacec o indicador de crecimiento de la economía en agosto cayó 1 por ciento interanual. El desempleo alcanzó 9,6 por ciento durante junio y agosto, los ocupados disminuyeron 0,9 por ciento y los asalariados formales retrocedieron 2,9 por ciento. Todo este entramado en simultáneo con una informalidad laboral que llegó al 26,3 por ciento y en donde creció precisamente en ámbitos como el transporte, con un aumento de 8,6 por ciento.

Cuando se contrae el empleo formal, las plataformas pueden transformarse rápidamente en refugio laboral. El trabajador –cualquiera sea su nivel de formación- ahora expulsado de una relación asalariada todavía conserva algo susceptible de convertirse inmediatamente en medio de producción; su automóvil, su motocicleta, su bicicleta, su teléfono y, cuando todo lo demás escasea, su propio tiempo.

La digitalización consigue convertir esas estrategias de supervivencia en mercados organizados tecnológicamente para que la vulnerabilidad deje entonces de constituir solamente una consecuencia indeseada del sistema y empiece a funcionar como recurso productivo.

El nuevo precariado tiene auto

La vieja imagen de pobreza tampoco sirve demasiado para comprender al nuevo sujeto ubercrático… un ciudadano que en Santiago o regiones puede poseer automóvil, teléfono de alta gama, acceso bancario, estudios superiores y hábitos de consumo asociados culturalmente con la clase media. No obstante, su problema fundamental aparece en la fragilidad de esa posición, plasmada en que la mitad de las personas ocupadas en Chile percibió durante 2025 ingresos laborales iguales o inferiores a 680 mil pesos mensuales y siete de cada diez ganaron menos de 963 mil.

La vulnerabilidad a la regresión surge aquí como categoría mucho más fértil que pobreza para comprender la nueva estructura social, con millones de personas que han avanzado respecto de sus padres en consumo, educación, conectividad y expectativas, mientras carecen de suficiente patrimonio y estabilidad para soportar prolongadamente una pérdida de ingresos.

El ciudadano ubercrático puede haber ascendido e igual seguir viviendo permanentemente con miedo a descender o a que el automóvil estacionado frente a la casa represente simultáneamente la conquista y, llegado el desempleo, el nuevo puesto de trabajo.

Una clase sin conciencia de clase

En los siglos XIX y XX la fábrica industrial concentraba espacialmente a trabajadores sometidos a relaciones productivas semejantes y los mantenía juntos durante suficiente tiempo como para que pudieran reconocerse. De aquella convivencia surgieron sindicatos, partidos, negociación colectiva y culturas políticas duraderas.

La plataforma realiza una operación diferente que destruye esos viejos nexos, concentrando económicamente actividades clave mientras dispersa espacialmente a quienes las ejecutan. Miles pueden padecer simultáneamente la misma precariedad sin experimentar esa simultaneidad como un nosotros.

El otro adquiere incluso una condición ambigua de alguien parecido a mí, porque enfrenta los mismos problemas y, al mismo tiempo, compite conmigo por el próximo viaje. Una fraternidad muy difícil de cultivar cuando ambos esperan que el algoritmo llame primero a uno. Ahí se encuentra una de las claves antropológicas de la Ubercracia. El mundo común permanece y lo que se deteriora es la capacidad de reconocerse políticamente dentro de él a través de otros.

La política atrapada en el presente

La precariedad modifica además la experiencia del tiempo al hacer que el ingreso de hoy pague las necesidades de hoy y la aplicación recompense la disponibilidad inmediata. El próximo viaje posee una realidad tangible que la jubilación situada treinta años adelante difícilmente puede plasmar.

El precariado digital habita biografías mucho más discontinuas; hoy conduce, mañana reparte, después vende algo por internet y entretanto busca empleo formal. Su identidad productiva empieza a parecerse a las pestañas abiertas de un navegador y quien debe resolver permanentemente la próxima jornada dispone de menos espacio material y psíquico para imaginar los próximos diez años. La precariedad económica termina produciendo una precariedad del futuro… Y sin futuro resulta difícil construir política más allá de la próxima urgencia.

Neociudadanos sin lazos

La ciudadanía del siglo XX se organizó alrededor de instituciones intermedias donde había que soportar reuniones largas, escuchar a un dirigente latero, discutir con personas desagradables y regresar por propia voluntad la semana siguiente al mismo ritual. Sindicato, partido, asociación profesional, junta vecinal, universidad, parroquia o club deportivo obligaban a convivir con otros sin disponer del misericordioso botón digital para dejar de seguirlos.

Aquella incomodidad tenía una consecuencia civilizatoria enorme que producía tolerancia, alteridad y lazos duraderos. La nueva plataforma laboral y las redes sociales multiplican conexiones mientras individualizan la experiencia como forma de sobrevivir en un medio darwinista que favorece al más fuerte. El ciudadano puede relacionarse diariamente con centenares de personas y permanecer débilmente vinculado con todas ellas.

La red proporciona además una compensación psicológica extraordinaria al hacer que todo individuo pueda volverse visible, denunciar, insultar, viralizar y recibir miles de adhesiones antes del almuerzo. La vociferación visibilizante entrega la gratificación inmediata de haber participado, mientras transformar esa expresión en acción colectiva exige justamente aquello que escasea, duración, alteridad y futuro.

La Ubercracia entra a la urna

La elección presidencial chilena de 2025 dejó indicios interesantes de esta transformación, siempre evitando la ingenuidad de atribuir comportamientos individuales a partir de estadísticas comunales. La pobreza territorial dejó de corresponder mecánicamente con una identidad política. A escala nacional mostró asociaciones positivas con las votaciones de Kast y Parisi y negativas con Jara y Matthei, mientras en la Región Metropolitana el patrón cambió y la asociación positiva más intensa con pobreza correspondió a Parisi.

El hallazgo relevante está en la fragmentación… Territorios sometidos a vulnerabilidades semejantes produjeron respuestas electorales diferentes y las antiguas correlaciones entre posición socioeconómica e identidad partidaria perdieron capacidad explicativa. El voto obligatorio llevó además a las urnas a una sociedad donde sufragar y pertenecer políticamente son cosas cada vez menos equivalentes.

Buscar un supuesto voto Uber sería una caricatura, en gran medida porque la Ubercracia describe algo bastante más profundo. Nos provee de ciudadanos sometidos a condiciones materiales semejantes que pueden desarrollar respuestas electorales radicalmente diferentes, porque aquello que se debilitó es precisamente la maquinaria social que convertía experiencia compartida en identidad colectiva; el voto permanece y la pertenencia se vuelve volátil, susceptible de consolidar constantes alternancias de poder.

Un nuevo régimen para sociedades que todavía quieren desarrollarse

La Ubercracia surge precisamente de esa modernización desigual que no describe solamente una nueva forma de trabajar ni el crecimiento de las plataformas digitales. Designa un régimen donde la precariedad deja de ser una falla periférica del desarrollo y empieza a cumplir una función económica, social y política. Produce disponibilidad laboral, disciplina al individuo mediante sus propias necesidades y desplaza hacia él costos y riesgos que antes permanecían parcialmente alojados en empresas e instituciones.

Ahí está su innovación histórica. La Ubercracia privatiza la supervivencia mientras socializa la incertidumbre. Millones enfrentan inseguridades parecidas, pero cada uno recibe el encargo de resolverlas por su cuenta, al hacer que el fracaso aparezca como biografía individual aun cuando sus causas se repitan estadísticamente por cientos de miles.

Por eso el rasgo decisivo de la Ubercracia no es la ausencia de comunidad material… Nunca hubo tanta gente viviendo problemas tan parecidos y reconociéndose tan poco políticamente en quienes los comparten. El mundo común existe y lo que se debilita es el lazo capaz de transformar esa semejanza en conciencia colectiva.

De ese sujeto ubercrático comienza a emerger también una nueva moral política de sentido común, aferrada a recuperar control sobre aquello que siente amenazado en su vida inmediata, el trabajo, el ingreso, el barrio, la seguridad, las fronteras y alguna certeza posible sobre mañana. Y aquí aparece la gran paradoja política de la Ubercracia; una parte de la derecha contemporánea gana consistentemente las elecciones en la región y consigue cobijar ese malestar ofreciendo orden, autoridad, control y autonomía individual mientras al mismo tiempo sus concepciones económicas resultan ampliamente compatibles con el ecosistema de plataformas, desregulación, individualización del riesgo y conversión del trabajador en empresa de sí mismo que alimenta aquella incertidumbre. Ofrece un relato político de protección moral frente a un desorden cuya arquitectura económica en buena medida acepta, administra o promueve. La izquierda enfrenta la paradoja inversa de conservar categorías narrativas históricas para cuestionar la desigualdad y la precarización, pero todavía muestra dificultades para transformar la inseguridad cotidiana, el temor al descenso y la pérdida de control experimentados por este nuevo sujeto en sentidos igualmente reconocibles de orden, pertenencia, sociedad y futuro. La Ubercracia podría estar produciendo así una de las ironías políticas más fértiles de nuestro tiempo, una derecha capaz de representar culturalmente al sujeto que su economía contribuye a producir y una izquierda que pretende representarlo socialmente mientras cada vez comprende menos su nueva moral cotidiana.

El futuro fue durante siglos el territorio privilegiado de la política porque permitía convocar a desconocidos alrededor de una promesa común o una utopía. No obstante, la Ubercracia empieza a vaciar precisamente ese territorio y pese a que no necesita acabar con las elecciones ni silenciar al ciudadano, le basta con mantenerlo suficientemente ocupado en el presente administrando su propia incertidumbre para que hoy pueda votar libremente por quien quiera, sabiendo que mañana, de todas maneras, tendrá que volver a conectarse, porque igual que otros millones de individuos que viven lo mismo, se deben salvar solos y, ojalá, con el pasajero de ruta más larga.

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