Los resultados de la primera vuelta de la elección presidencial en Brasil el 4 de octubre recién pasado provocaron una sorpresa general. En los comandos de los propios candidatos, en la prensa, entre los analistas y la opinión pública nacional y extranjera.
Se sabía que se trataba de una elección disputada, en un escenario político y una sociedad muy polarizados, con dos candidatos con sólidos apoyos y fuertes rechazos, que representan dos proyectos muy distintos de desarrollo nacional y de la inserción de Brasil en el complejo y tenso escenario regional y global.
La mayoría de las encuestas consideradas serias coincidían en que Lula obtendría la primera mayoría, con una ventaja prevista en el nivel o superior al margen de error, y que el pleito se definiría en segunda vuelta en la que se pronosticaba un “empate técnico”
El resultado fue el inverso: Bolsonaro se impuso por un margen algo menor al 2%, Su primera reacción ante el resultado fue declarar con euforia que este marcaba “el fin de la era del PT”. Lula, a su vez, confesó públicamente que “estaba convencido de que iba a ganar en primera vuelta”
Coincidió la elección presidencial con la de gobernadores en los 27 estados de la Federación, la renovación total de la Cámara de Diputados y de dos tercios del Senado,
Lo más destacable de la elección parlamentaria fue el aumento de la votación y representación del Partido Liberal (PL), liderado por Jair Bolsonaro, el padre del candidato, actualmente en prisión domiciliaria, condenado a 27 años por intento de golpe de Estado. En diputados el PL pasó de 99 a 121, y en el senado eligió 19 de los 54 cargos en disputa. Estos avances no se hicieron a costa del PT, que aumentó en dos los 68 diputados que tenía, y mantuvo una bancada de 9 senadores. Perdieron representación los partidos del denominado Centrao o Gran Centro. Se trata de cuatro o cinco partidos más bien conservadores y de derecha, sin definiciones ideológicas muy precisas, con sólidas implantaciones en diversos estados y altamente clientelares. A pesar de haber disminuido su representación eligieron en conjunto cerca de 180 diputados, que son indispensables para que cualquier gobierno cuente con mayorías parlamentarias, en lo que se ha denominado Presidencialismo de Coalición. Estos partidos integraron el Gabinete de Lula, y con seguridad lo harán con quien resulte electo. El apoyo se cobra en cargos ministeriales, en empresas públicas y en la institución de las “enmiendas parlamentarias” que son asignaciones presupuestarias a proyectos de diverso tipo que son indicados por los parlamentarios a través de las jefaturas de bancadas o de los presidentes de ambas cámaras. Son recursos considerables y su asignación es muy poco transparente, llegando a situaciones en que se han sido consideradas gastos reservados. Este tipo de clientelismo es la fuente y causa de los niveles de corrupción que acompañan desde largo tiempo a la política brasileña.
En la elección de gobernadores Bolsonaro ganó en 14 estados y Lula en 12. Lula mantuvo su mayoría en los estados del nordeste, pero la derecha obtuvo victorias en dos de los estados más importante: Sao Paulo y Minas Gerais. Se mantiene la asimétrica distribución territorial del voto donde el PT es hegemónico en el Nordeste – casi un tercio de la población – y la derecha en el Sudeste y Sur donde vive más de la mitad.
En suma, a nivel presidencial la elección refleja una ciudadanía prácticamente dividida por la mitad, pero en los otros niveles claramente la tendencia es a un crecimiento de la derecha liderada por su expresión y liderazgo más radical.
En esta elección se cristaliza un cambio sustantivo en el escenario político del país desde el surgimiento del liderazgo de Jair Bolsonaro y su triunfo en la elección presidencial de 2018. Hasta entonces, y desde el término de la dictadura, básicamente se habían confrontado dos grandes fuerzas encabezadas por potentes liderazgos: Fernando Henrique Cardoso y el PSDB (Partido de la Socialdemocracia Brasileña) y Lula y el Partido de los Trabajadores (PT). En medio, una fuerza importante y maleable de centro, surgida de la lucha contra la dictadura: el MDB (Movimiento Democrático Brasileño) que integró Gobierno tanto con Cardoso como con Lula y Dilma Rouseff. Con todas sus diferencias, que las tuvieron, estas fuerzas tenían una trayectoria y un pensamiento impecablemente democrático y adherían a los valores y principios que inspiraron la Constitución de 1988.

Hoy día el escenario es completamente diferente. El centro y la derecha democrática o han prácticamente desaparecido o están subordinadas al Bolsonarismo`. Su lema es “por Dios, la Patria, la Familia y la Libertad”, para ellos valores sagrados, que están amenazados por el comunismo que en Brasil estaría representado por Lula y el PT. Es un movimiento y un liderazgo autoritario, machista, racista, que pretende la regeneración moral de la nación. En su núcleo más duro juegan un papel central las iglesias evangélicas pentecostales, que ha tenido un fuerte arraigo en el país, especialmente en las clases medias más vulnerables, y que proveen al movimiento de activistas y lideres. Así, por ejemplo, en la pasada elección los dos diputados más votados son dos jóvenes influencers de 30 y 28 años del PL, cada uno de los cuales obtuvo más de tres millones de votos, que han construido su liderazgo en las redes sociales y que representan una ultraderecha intransigente. Evidentemente no todos los electores de Bolsonaro comparten esa ideología, sino que muchos votan al mal menor, motivados por el fuerte sentimiento antiLula y antiPT que se ha diseminado en amplios sectores, especialmente entre las clases medias del sudeste y el sur.

El fenómeno del bolsonarismo se inscribe en el amplio movimiento de fortalecimiento de la ultraderecha a nivel mundial encabezado por Trump. De allí la total complicidad entre ambos. En materia económico social el programa de Bolsonaro se asemeja al de Milei, en su rígido y radical neoliberalismo
Los resultados del 4 de octubre abren un amplio conjunto de temas de análisis y reflexión. Hoy día me concentro en dos: los escenarios de segunda vuelta y las consecuencias del triunfo de uno u otro de los contendientes.
Sin duda Bolsonaro parte con ventaja para la elección del 25 de octubre. Con casi seguridad mantendrá el 47% de los votos ya obtenidos. Solo requiere poco más del 3% para obtener la mayoría absoluta. En primera vuelta hubo tres candidatos que obtuvieron más del 2%, en total 7,3%. Todos de centro y derecha. Ya uno, Ronaldo Caiado (2,18%) anunció su apoyo a Bolsonaro. Los otros dos, hasta ahora, se han mantenido neutrales
La campaña de Bolsonaro insistirá en la línea de la anterior con un reforzamiento de los temas de seguridad ciudadana, en una línea inspirada en la política de Bukele, y la denuncia de la carestía y el endeudamiento para llegar a fin de mes.

Lula necesita aumentar en poco más del 5% su votación anterior. Difícilmente los conseguirá entre los que votaron a los otros candidatos y no parece razonable buscar que una fracción de los votantes de Bolsonaro cambien de opinión en tres semanas. La campaña se orientará a movilizar a parte de los más de 30 millones de personas que no fueron a votar, y entre ellos a los mayores de setenta y los más pobres, manteniendo su considerable ventaja en el nordeste y mejorando en el sudeste. Le será necesario, además, revisar su discurso y propuesta. Algunos de sus énfasis en la campaña anterior simplemente no dieron resultados. Uno fue la defensa de la soberanía del país frente a la amenaza del Trump y la de explotar nuevas fuentes de riqueza y prosperidad, como los minerales críticos y las tierras raras. Otro fue las denuncias, fundadas, de actos de corrupción de Flavio Bolsonaro y miembros de su familia. Con seguridad su campaña apuntará a que su rival amenaza eliminar las fuertes políticas de protección social que su Gobierno ha profundizado, avalado por sus resultados. De hecho, durante su última gestión la pobreza ha disminuido significativamente, el desempleo está en mínimos históricos y el salario mínimo ha aumentado sobre la inflación.
Todo indica que, a pesar de la ventaja inicial de Bolsonaro, la contienda aún no está resuelta y habrá que esperar los resultados del 25 de octubre, en un clima de total descrédito de las encuestas como predictoras de resultados.
Las consecuencias del resultado de la elección sí son totalmente predecibles, al menos en el terreno internacional. Si triunfase Lula, Brasil seguiría una posición autónoma en la disputa por la hegemonía mundial entre los EEUU y China, mantendría su orientación de promover la integración de América Latina, y en particular de América del Sur, y su activa presencia en los BRICS. Lula ha anunciado su voluntad de construir una alianza estratégica con Europa y Brasil ha sostenido históricamente una política de buscar un buen entendimiento con los EEUU.
Si triunfa Bolsonaro su política exterior será del mayor alineamiento posible con los EEUU de Trump. Ya ha anunciado que adherirá al Escudo de las Américas y declarará organización narco terrorista a los carteles nacionales de la droga, con todas sus consecuencias.
En tal hipótesis se produciría una situación inédita en América Latina desde los tiempos más álgidos de la Guerra Fría: la completa alineación de la mayoría de sus gobiernos con los EEUU de Trump, que ha declarado formalmente que considera a la región su patio trasero. La diferencia es que esta vez lo harán gobiernos elegidos democráticamente. En un momento de reconfiguración del orden internacional los gobiernos latinoamericanos – con la sola excepción de México y Uruguay – habrían resuelto no tener una voz propia capaz de defender sus intereses, y subordinarse a una potencia cuya hegemonía está severamente cuestionada.
Una dificultad para una completa alineación será la importancia de China para el comercio exterior brasilero. Un 29% de las exportaciones van a ese mercado, entre ellas una gran cantidad de soja que es unos de los pilares de la agroexportación. Los empresarios de ese sector son los mas abiertos bolsonaristas. Será delicado también para ese eventual Gobierno la permanencia de Brasil en los BRICS.
Finalmente, cualquiera sea el futuro Gobierno, el país enfrentará una aguda crisis institucional en el poder judicial. El Supremo Tribunal Federal ha sido en los últimos años el gran arbitro de los principales conflictos político -institucionales, en la medida que oficia también como tribunal constitucional. Durante la reciente campaña electoral ha sido acusado de intervención política y algunos de sus miembros de indicios de corrupción. Hoy día sus nueve integrantes están divididos y algunos enfrentados entre sí y muy desprestigiado ante la opinión pública. A ello hay que agregar la crisis más soterrada del funcionamiento de sistema de Presidencialismo de Coalición.