El filo vivo del rucio de los cuchillos

por Felipe de la Parra Vial

Nunca fueron buenas las segundas versiones, ni menos las terceras. Ni qué decir de las cuartas. Sin embargo, el decir popular se equivoca con la última versión de la obra de Luis Rivano, “El rucio de los cuchillos”, estrenada recientemente en el Teatro Nacional Chileno.

La versión última de “El rucio…”, dirigida por Cristián Plana, rompe la regla. Y eso es muy sano en el teatro y, en general, en la creación artística.

La versión actual de la obra de Rivano asombra por su gran factura dramática, por una puesta en escena como si fuera su primer estreno. Sorprende. Maravilla.

Cuando termina la obra, el público de la sala Antonio Varas, atónito, anonadado, solo atina por largos segundos a quedarse en silencio. No es la primera función. Me acongoja el mutismo de los espectadores. Hasta que estalla. Sin exagerar. Una ovación ilumina el escenario con los actores con rostros agradecidos, impresionados. Largos momentos de aplausos y vítores. Sí, vítores. Y es solo una función de sábado, en la segunda semana de su puesta en escena, lejos de su estreno.

Un premio merecido, una alegría, a los que observamos el trabajo teatral desde la búsqueda del talento y la ternura, por la aceptación de la belleza en la creación dramática.

Y eso pasa. Uno descubre a un “Rucio” como si fuera la primera vez. A una “Guille”, como si fuera la primera vez. A un “Tolo” como si fuera la primera vez. Y todo es una primera vez. Hay nuevas preguntas a la memoria original cuando vimos la obra por primera vez. Y no es otra obra. Es la misma. Es otra, sin embargo. Y eso pasa, no más. Aunque conozcamos el final.

Todo sucede en los sesenta, dicen. Todo podría estar pasando hasta el día de hoy. Es la historia de los desamparados. Los de afuera. Aquellos que no existen en los planes sociales y que se inscriben en el listado de los “patos malos”, en “los cogoteros” de antes. Son los mismos que trafican, los que vienen saliendo de “la cana”. Los que hablan en “coa”. Los venidos de “la pobla”. Son los mismos cafiches, putas y mostaceros que se repiten en las historias que abren los noticieros. Los de las primeras páginas del Clarín de antaño.

Son aquellos personajes de la obra de Luis Rivano, que se asoman en todas sus páginas y que el conoce de memoria. Un registro auténtico que contribuye a la verdad teatral.

Todo sucede arriba del escenario de la Sala Antonio Varas. Aquí, la escenografía no tiene murallas, a pesar del escenario ancho y profundo. Las sombras son sus ventanas y puertas. La iluminación habla por sí sola. Ilumina la oscuridad. Demarca los espacios. Las luces ponen el tempo a las acciones dramáticas.

El sonido juega un rol genial. Un efecto usado en el momento justo, sin reiterarlo, que potencia las voces de los protagonistas. Un recurso sobrio que linda en un resultado sorprendente y que cuida la conversación sin ser protagonista. Se anotan un poroto, sin duda.

Los trabajos de escenografía e iluminación de Kristian Orellana y de Benjamín del Río, en el diseño sonoro, resultan de primer nivel. Un gran aporte. De ese talento que no necesita el destello y la ampulosidad para hacerlo bien en búsqueda de llamar la atención. Que convence sin el artilugio efectista. Justo y creativo.

Por su parte, la mano rectora de su director, Cristián Plana, -con asistencia de Catalina Rozas– es certera. Talentosa. Logra darle el ritmo al desencadenamiento de la trama, al final dramático. Es una de las claves de que la obra pase volando. Es el knock out de la técnica literaria de los finales de los cuentos.

El otro logro de Plana es el desempeño que logra con los protagonistas arriba del escenario.  

La actuación realista, sobria de los protagonistas, es parte de lo que explica el buen devenir de los acontecimientos del relato teatral. La vieja enseñanza de la sobriedad en la construcción de los personajes es una de las primeras claves para reconocer una buena actuación, como me enseñó mi padre, el viejo Edmundo. Son tan buenas sus actuaciones, que son serios candidatos a ser premiados como las más importantes de este año.

Alexis Moreno es el cafiche arrogante, choro y aprovechado. Camila Brito, encarna a la prostituta con encanto, sensualidad, feminista, sin sobreactuarse. Diego Varas Fuentealba, “el rucio” destaca por su timidez y su personalidad construida en la desesperanza. Cada uno en lo suyo, sobrios, templados, sin aspavientos, muy buenos. Creíbles en la humanidad que encarnan, en cada uno de sus personajes.

La puesta en escena de Plana, Moreno, Brito y Varas, junto a su equipo técnico, representan un imperdible de las presentaciones dramáticas de este año. El afilado cuchillo del rucio se clava en los buenos estrenos de la cartelera del teatro de la calle Morandé 25.

La temporada de “El rucio de los cuchillos” de Luis Rivano ha sido un acierto del Teatro Nacional Chileno. Una vez más. Ha rescatado un clásico de la dramaturgia chilena y lo ha potenciado a las nuevas audiencias, cultivando su rol protagónico en la escena nacional. Esto, gracias al financiamiento del Fondo de Apoyo a Teatros Universitarios otorgado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Ficha Artística: Dramaturgia: Luis Rivano | Dirección: Cristián Plana |Asistencia dirección: Catalina Rozas | Elenco: Alexis Moreno, Camila Brito, Diego Varas Fuentealba | Diseño escenografía, iluminación y afiche: Kristian Orellana | Diseño vestuario: Franklin Athos Sepúlveda | Diseño sonoro: Benjamín del Río | Maestra de baile: Francisca Infante | Producción: Teatro Nacional Chileno. La presentación de la obra contó con el financiamiento de la Línea de Apoyo a Teatros Universitarios del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

(Hay que destacar que esta producción ha considerado dos funciones especiales dirigidas a estudiantes. Una, el día 23, sucedida ayer, y el 30 de septiembre. La primera tuvo lugar en la sala Antonio Varas y la segunda se trasladará hasta el Centro Cultural Espacio Matta de la comuna de La Granja.  El resto de las funciones se realizarán con normalidad en Morandé 25 a las 19.30 horas hasta el sábado 3 de octubre.)

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