La obra de teatro, escrita por David Mamet, lleva a escena a dos personajes angustiados; lo que “Nick” y “Ruth” planearon como un fin de semana romántico, termina en un enfrentamiento psicológico inesperado y destructivo.
El escenario representa el porche de una cabaña. Se ve el bosque, se siente cerca el lago. “Nick” y “Ruth” conversan… más bien ella habla, mucho, muchísimo, y él escucha. Así comienza El bosque, pieza escrita en 1977 por David Mamet, y que actualmente se presenta en Teatro Ictus protagonizada por Camila Hirane y Mario Horton.
Con textos rápidos, cortos, sobreponiéndose; escenas calmas, otras violentas; historias del momento que se entrelazan con cuentos del pasado; los personajes hacen del público un tercer eje del relato dejándoles la libertad de interpretar quiénes son realmente los enamorados que pasan un fin de semana en medio de la naturaleza.
El mismo autor describió la obra como una parábola dramática moderna cuyo eje central es descubrir «por qué a los hombres y a las mujeres les cuesta tanto llevarse bien», y es que lo que pretendió ser una escapada romántica termina siendo un enfrentamiento brutal entre “Nick” y “Ruth”, quienes terminan con sus almas desnudas y resquebrajadas.
RUTH: Se podría vivir aquí. ¿No te parece?
(Pausa)
De verdad. Se podría vivir en el campo. Dormí tan bien anoche. Con los grillos. ¿Sabes? Ese ritmo. Esperas. Y lo escuchas. C r i p i t a n. C r i p i t a n. No, no «cripitan».
(Pausa)
No, no cripitan. Las cigarras cripitan. Son las cigarras las que cripitan, ¿verdad, Nick? ¿Las cigarras?
NICK: También los grillos, creo.
RUTH: ¿Sí?
NICK: (Para sí mismo) «Escuché cripitar a los grillos». «Los grillos cripitaban». (En voz alta) Sí.
RUTH: Eso me parecía. ¿Y las ranas qué hacen?
(Inicio El Bosque).
Mientras “Ruth” es expresiva, imaginativa y busca construir una intimidad profunda y un «nido» emocional, “Nick” es reservado, tosco y arrastra traumas infantiles vinculados a esa misma cabaña familiar. El primer detonante de que las cosas no saldrán como las planearon es cuando ella comenta que un oso vivió alguna vez bajo la casa, desatando un miedo irracional en él que lo lleva a contar la historia de un viejo amigo de su padre, soldado de la II Guerra Mundial, quien creía haber sido abducido por extraterrestres para implantarle un chip que lo comunicaba con Adolf Hitler.
NICK: Waltz era un soldado que estuvo con él en la Segunda Guerra Mundial. Un loco. Se había hecho un arreglo en los dientes y después de eso pensaba que su cabeza era una radio. Decía que Hitler le hablaba por ahí y le decía cosas sobre su esposa. Cosas que debía hacerle. Tiempo después se suicidó. Pero antes de eso, él y mi padre salieron al bosque y cayeron en ese hoyo. Muy hondo. Muy, muy hondo. En una mina vieja.
RUTH: Qué horror.
NICK: Waltz le decía que no iban a salir vivos de allí. Le decía que se iban a quedar en el fondo de la tierra. Que nadie los buscaría. Pero mi padre no lo escuchó. Él sabía que los encontrarían.
RUTH: ¿Y los encontraron?
NICK: Sí. Una partida de rescate los sacó esa misma tarde.
Este inquietante relato contrasta con las historias que cuenta Ruth, oscureciendo el espacio y “pavimentando” el camino hacia el vuelco en la relación.
Mamet speak

Lejos de los textos de Arthur Miller o Tennessee Williams, en donde los personajes explican sus sentimientos con monólogos perfectos y elocuentes; el autor de El bosque presenta un diálogo fragmentado, rápido, intenso, sobrepuesto; el llamado Mamet speak.
Los mismos actores (Hirane y Horton) comentaron que mantener el ritmo del texto fue la tarea más compleja al momento de armar el montaje. Hay un ritmo interno que, si se pierde o se ralentiza, hace que la escena se caiga. El texto exige que se lancen las réplicas sin dejar espacio entre una línea y otra. Los personajes de Mamet casi nunca terminan una frase larga. Se interrumpen a sí mismos, cambian de idea a mitad de una palabra o son cortados abruptamente por el otro.
RUTH: ¿Fuiste al bosque?
NICK: Al bosque.
RUTH: Sí.
NICK: No fui.
RUTH: Dijiste que fuiste.
La segunda característica diferenciadora radica en la importancia que tienen los silencios. En sus libretos, las acotaciones están escritas con precisión milimétrica. Una pausa de Mamet no es un momento vacío, es un momento cargado de agresión pasiva, sospecha o terror compartido. Lo que no se dice es siempre tan importante que lo que se dice.
Finalmente, está la importancia del lenguaje el cual es usado como un arma. En sus obras, el diálogo raramente se usa para explicar la trama, sino que su finalidad es manipular, atacar, defenderse, dominar al otro o evadir la verdad. Hablar es una acción física.
NICK: No estás escuchando lo que digo.
RUTH: Te escucho perfectamente.
NICK: No lo haces.
RUTH: ¡Sí lo hago!
NICK: Estás pensando en otra cosa. Siempre estás en otra parte.
RUTH: Estoy aquí, Nick. Estoy justo enfrente de ti.
NICK: No. No lo estás.
RUTH: ¿Por qué me haces esto?
NICK: ¿Hacerte qué?
RUTH: Esto. Separarte. Volverte de piedra.
NICK: No soy de piedra.
RUTH: Lo eres.
NICK: Solo estoy cansado.
RUTH: No es cansancio. Es algo más. Es algo que haces a propósito.
¿Teatro de terror?
No se trata de un montaje de terror como estamos acostumbrados a ver en el cine, sino más bien de un juego psicológico en donde el primer enemigo es el bosque, que termina sacando el lado oscuro de “Ruth” y Nick”.
En la puesta en escena la naturaleza no es un paisaje hermoso; es un espacio hostil, ajeno y amenazante. El verdadero terror radica en el encierro psicológico.

Al no haber más personajes, “Nick” y “Ruth” se vuelven el único espejo del otro. La desconexión y la incapacidad de comunicarse crean un ambiente de asfixia.
En medio de esa bruma que no los deja respirar se abre un panorama desolador. “Ruth” comprende que nada es como lo imaginaba y “Nick” se desarma por completo: tras un brote de violencia emerge el niño asustado que se relaciona una y otra vez con los relatos de su padre.
La obra cierra de manera ambigua: ella conmovida por la vulnerabilidad de él, lo acuna y le cuenta un cuento sobre dos niños perdidos en el bosque que se abrazan en la oscuridad para dormir. Luego otro quiebre, con una atmósfera que deja a los espectadores con preguntas abiertas: ¿Siguen juntos? ¿Lograrán comprenderse? ¿La historia del padre de “Nick” más el irracional temor al oso que alguna vez habitó en la zona de la cabaña, son signos freudeanos de abuso sexual? ¿”Ruth” volverá a ser la chica alegre que sólo quiere ver nevar entre los árboles del bosque?