Mientras el mundo parece desconcertado ante la agresividad imperante entre las naciones y las convulsions de la naturaleza, me transporté cinco siglos en el pasado para caminar junto a Felipe de Orléans por la Galería de los Espejos en Versalles mientras las velas multiplican su figura fascinante hasta el infinito. El terciopelo bordado en plata, las plumas que rozan sus hombros y el perfume que deja tras de sí atraen tantas miradas como incomodidades. Algunos cortesanos sonríen. El mundo se sonroja. Otros desvian los ojos. Nadie permanece indiferente.
En la corte de Luis XIV -entre la segunda mitad del siglo 17 y comienzos del 18- el Rey Sol, donde cada movimiento era observado con la precisión de un ritual, Felipe (Monsieur para todos), su hermano menor y heredero hasta el nacimiento del Delfín, eligio un lenguaje propio: el brillo de las telas, el perfume que dejaba una estela, la teatralidad como forma de vivir y resistir. No fue solo un príncipe adornado, al contrario, fue un cuerpo que desafiaba en todos los planos la rigidez del absolutismo, que incomodaba a quienes necesitaban que el poder se viera siempre igual, siempre masculino y vertical.
Ana de Austria, su madre, lo educó para la suavidad. Lo rodeó de mujeres, de juegos delicados, de vestidos que desafiaban la etiqueta. Lo disfrazaba de pastora, de princesa. Algunos historiadores dicen que fue una estrategia para evitar que compitiera con su hermano; otros, que fue un intento de protegerlo de la violencia política que devoraba a los príncipes demasiado ambiciosos, mera sobrevivencia Sea cual haya sido la intención, Felipe tomó ese molde y lo transformó en una forma de poder. No es el poder del trono, sino el poder del símbolo. Pocos en la historia pudieron desarrollar tan públicamente su bisexualidad

La corte lo miró con una mezcla de fascinación y desconcierto. Sus joyas, sus telas brillantes, su gusto por el maquillaje no fueron solo caprichos estéticos: fueron declaraciones. En un mundo donde la masculinidad era un mandato, él se permitió la desviación. Y esa desviación, lejos de debilitarlo, lo volvió impredecible. Un príncipe que no respondió al guion tradicional y obligó a los demás a recalibrar su mirada. La contradicción fue la tónica de su vida y frente a la suavidad, simultáneamente fue un gran militar que obtuvo uno de los triunfos bélicos más importantes para la Francia de su época: vencer en la Batalla de Cassel.
Luis XIV, siempre atento a sacer el mejor provecho de los que lo rodeaban, supo aprovechar esa ambigüedad. Un hermano que no aspiraba al trono era un hermano útil. Un príncipe que podía ser ornamental sin dejar de ser leal. Pero Felipe nunca fue solo eso. En su forma de habitar el cuerpo, en su manera de caminar por los salones, en la delicadeza que convertía en gesto político, él construyó una identidad que no pedía permiso. Una identidad que, siglos después, sigue desafiando la narrativa oficial del absolutismo.
Monsieur amaba por encima de todo la compañía de los hombres. Madame

Sus relaciones con hombres fueron parte esencial de esa libertad. El Chevalier de Lorraine fue el más visible, el más comentado, el más castigado por la mirada de su tiempo. Pero no fue el único. A lo largo de su vida, Felipe cultivó vínculos afectivos con diversos favoritos que circularon por su entorno más cercano. Nombres como Armand de Gramont, conde de Guiche (que se dice, también fue amante de su esposa Enriqueta), Alexis-Henri de Châtillon o Antoine Coëffier de Ruzé, marqués d’Effiat, aparecen una y otra vez en las memorias, correspondencias y rumores de la época.
Algunos ocuparon ese espacio durante breves temporadas; otros despertaron rivalidades y celos que atravesaron la corte. Porque en Versalles los afectos nunca eran solamente afectos. Eran también posiciones, privilegios, accesos, cercanías al poder. Los favoritos formaban parte de una geografía política tan compleja como la de ministros, embajadores o generales.

Sin embargo, por encima de todos ellos emergió la figura del chevalier de Lorraine. No fue simplemente un amante entre otros. Fue el hombre cuya presencia acompañó a Felipe durante décadas, el vínculo al que regresaba una y otra vez pese a los exilios, las intrigas y las prohibiciones. La historia los terminó recordando juntos porque su relación sobrevivió a aquello que suele destruir los afectos cortesanos: la conveniencia, la distancia y el tiempo.
Si la ambigüedad era su lenguaje político, el Chevalier de Lorraine fue su gramática íntima. En una corte donde todo se sabía y nada se decía, la presencia del Chevalier era un secreto a voces: un hombre de mirada afilada, ambicioso, capaz de moverse entre intrigas con la misma soltura con que Felipe se movía entre sedas. Cuando el Chevalier se convirtió en un peligro para el rey Sol, éste lo exilió sin dudar un segundo.
No hay que volver a darle ocasión de mostrar tanto mérito. Atribuida a Luis XIV tras la victoria de Felipe en la batalla de Cassel (1677)
El Chevalier regresó años después, cuando las aguas políticas se calmaron y Luis XIV decidió que su presencia ya no representaba un peligro. Ese retorno fue una victoria íntima de Felipe, aunque nunca del todo pública.
Sus apariciones eran estudiadas con la precisión de un actor que conoce el efecto de la luz sobre la tela. Las capas de terciopelo, las plumas, los diamantes que parecían multiplicarse en su pecho no eran caprichos: eran una declaración estética que desbordaba la masculinidad rígida del absolutismo. Mientras Luis XIV imponía su autoridad desde la sobriedad calculada, Felipe respondía con brillo, con exceso, con una feminidad performativa que descolocaba a quienes necesitaban que el poder se viera siempre igual.
La corte murmuraba sobre Monsieur. Decían que exageraba, que provocaba y que se disfrazaba. Pero Felipe sabía que en un mundo donde todo era símbolo, él podía construir uno propio. Cada prenda era una frontera; cada gesto, una fuga.
Esa performatividad no era inocente. Era una forma de ocupar el espacio sin disputarlo, de existir sin competir, de afirmar una presencia que no buscaba el trono pero tampoco aceptaba la invisibilidad. En los salones de Versalles, Felipe era un espectáculo que obligaba a mirar de nuevo. Un recordatorio de que el poder no siempre se ejerce desde la espada o el decreto: a veces se ejerce desde el cuerpo, desde la estética, desde la capacidad de transformar la mirada ajena.

Pero también tuvo relaciones significativas con mujeres, y no desde la obligación, sino desde la complejidad. Su matrimonio con Enriqueta de Inglaterra fue un vínculo lleno de matices: afecto real, celos, tensiones políticas, una cercanía que sorprendía a quienes esperaban frialdad. Enriqueta entendió que Felipe no era un esposo convencional, y aun así construyó con él una alianza que mezclaba cariño, diplomacia y una forma particular de intimidad. Desgraciadamente, Enriqueta murió misteriosamente a los 26 años, tras numerosos partos de los cuales sobrevivieron tres hijos.
Tras su muerte, se casó con Isabel Carlota del Palatinado con la que mantuvo una relación menos pasional, más compañera. Isabel Carlota aceptó sin escándalo la vida afectiva de Felipe con hombres. Lo defendió, lo acompañó, lo comprendió. En sus cartas se percibe una convivencia donde la honestidad era más importante que la apariencia, donde la libertad afectiva de Felipe no era una amenaza, sino parte de su naturaleza. De esta union nacieron cuatro hijos.
Esa coexistencia de afectos —masculinos y femeninos, íntimos y políticos— revela la paradoja central: el príncipe que la corte quiso reducir a un rol ornamental fue, en realidad, uno de los hombres más libres de Versalles. Libre para amar sin esconderse. Libre para construir vínculos fuera de la norma. Libre para negociar su lugar sin renunciar a su identidad. Uno de los primeros de quien sabemos practicó libremente aquello que se dio en llamar “sexo fluido” en los libertarios setentas.
Años después de su muerte, Saint-Simon escribió que con la desaparición de Monsieur la corte pareció quedarse «sin vida y sin acción». Tal vez era el reconocimiento involuntario de una verdad que Versalles nunca terminó de admitir: mientras Luis XIV gobernaba el reino, Felipe había animado su escena
Mientras Luis XIV construyó un reino de mármol y solemnidad, Felipe levantó otro, más íntimo, más frágil, más verdadero: un reino hecho de telas, de perfumes, de alianzas afectivas, de silencios que resistían, de libertades que no necesitaban proclamarse. Un reino que no buscaba gobernar, sino existir.
En esa sombra luminosa —tan suya, tan improbable— Felipe de Orléans dejó una huella que sobrevivió al Sol. Una huella que permite mirar la historia desde otro ángulo: el de quienes, aun sin ocupar el centro, transforman la escena.