Artistas que iluminan

por Ignacio Agüero P.

Patricio Guzmán decía que envejece el que quiere envejecer. Con 85 años preparaba su próxima película. Aunque tenía algunos problemas de salud sabía que pensar en ella lo mantenía activo, joven y entusiasta. Pronto viajaría a Chile. ¿qué sería lo que tenía en mente? Desde Paris, donde vivía con su mujer y últimamente su productora Renate Sachse, miraba y pensaba su país. Qué ganas de saberlo, o mejor, de qué la hubiera hecho y nos hubiera iluminado como solía hacerlo. Ya nos hace falta su mirada. En un país con el rumbo extraviado y sin líderes, muchas veces sus artistas iluminan nuestra realidad oscura y difusa. Pienso en Parra, pienso en Ruiz, también Zurita, Eltit, Gonzalo Díaz, Andrés Pérez.

Lo conocí en La Habana en 1984, a la salida del cabaret Tropicana. Fue amable y acogedor. Me dedicó tiempo, me cayó bien. Yo había hecho No Olvidar y él La batalla de Chile, Primer año, Electroshow y Rosa de los vientos. La batalla lo envolvía por completo. Le había destinado 3 años y lo posicionó de inmediato como un referente mundial del cine documental. No era para menos. Había inventado un país y lo había puesto en la pantalla, para siempre. No era el primero. Ya lo había hecho Germán Becker algunos años antes con Ayúdeme usted compadre, pero esto era otra cosa. No se trataba de mostrar sino de explorar, investigar, indagar. Guzmán había inventado también un método para mirar un país, para intentar comprenderlo, que era penetrarlo, buscar debajo de la alfombra para ver lo que estaba pasando, y lo hacía con las formas del cine. Él al lado de la cámara, muchas veces con el micrófono en la mano, y en la cámara un artista mayor, Jorge Müller, alguien que sabía o que aprendió rápido que el encuadre es lo determinante, lo que establece una mirada sobretodo cuando se trata de planos de larga duración. La secuencia del funeral del edecán del presidente Allende, el comandante Araya, es una clase magistral de cine al mismo tiempo que revela la conspiración de un modo que el mismo Shakespeare habría admirado. La película es un compilado de secuencias reveladoras del movimiento de las fuerzas en pugna. Hay películas que relatan cómo Guzmán organizó el rodaje para poder estar en todas partes y seguir el hilo de la sedición y de la organización de las fuerzas democráticas, como si supiera el devenir de los acontecimientos. Luego el montaje con Pedro Chaskell catapultó la película a la maravilla que resultó ser.

Patricio Guzmán en la sala de montaje, La Cruz del Sur (1992). Foto: Patricio Guzmán

 Cuando lo conocí en el Tropicana, estaba recién empezando. Había hecho esta obra monumental, La batalla, pero luego vendría todo lo demás. Hay que ver su filmografía. Por suerte tuvo el empecinamiento de seguir filmando en Chile, y en torno a su imagen central: La Moneda en llamas y la resonancia de las bombas sobre el palacio. Respondiendo a una pregunta de Frederick Wiseman, ese otro enorme documentalista, dijo: «No me puedo alejar de ese momento. Es como si hubiera presenciado en mi infancia el incendio de mi propia casa. Y que todos mis libros de cuentos, mis juguetes, mis objetos, mis historietas, hubieran ardido delante de mis ojos. Me siento como un niño que no puede olvidar ese incendio, que para mí sucedió hace poco«.

La Batalla de Chile, de Patricio Guzmán, es el documental chileno más reconocido en el mundo.

Amaba este país donde no tenía familia casi, obsesionado con la memoria de su experiencia durante el gobierno de Allende. Hoy admiramos su insistencia en no dejar de hablar y ver todo lo relacionado al gobierno de la Unidad Popular, a la emancipación del pueblo en un período que veía poético, lleno de belleza. Su afán obsesivo hacía que trabajara con un fuerte compromiso con la verdad, la memoria y la justicia, pero no se quedaba ahí, sus películas transmitían también su ser creador que podía ver belleza en medio de lo doloroso. Fue una suerte para nosotros los chilenos que cada tanto viéramos venir una nueva película de Guzmán con nuevos descubrimientos y testimonios sobre la historia, que creíamos conocer. Destaca la secuencia, en la película El caso Pinochet, en que un grupo de mujeres relata con detalle, frente a cámara, individualmente, sus torturas. Guzmán logra estos testimonios porque las mujeres confían en él, en su delicadeza y finura pero al mismo tiempo en su decisión de que estos hechos se conozcan.

También la notable secuencia de la astrónoma Valentina Rodríguez en la película Nostalgia de la luz. Respondiendo a un comentario de Joan Garcés presente en una exhibición de esta película en Casa de América en Madrid, Guzmán acepta que en la alquimia del montaje cuando surge lo poético puede aparecer también una dimensión filosófica que es inasible.

 La fuerza de sus películas está creo yo en esta dimensión que va má allá de la promoción de los derechos humanos y el cuidado de la memoria. Hay una fuerza directamente atada a su figura, a su persona. Hizo también otras películas bellísimas que nada tenían que ver con el golpe militar. Pueblo en vilo, Madrid, La isla de Robinson Crusoe, Mi Julio Verne, en las que podíamos ver su ancho campo de intereses, y su versatilidad para moverse dentro del cine documental.

Patricio quería mantener un vínculo con Chile. Fundó, hace treinta años, el festival de Documentales de Santiago que lo obligó a crear un equipo de colaboradores, pensar en la programación, traer invitados y venir todos los años. Es lo que hizo en el primer tiempo, activando fuertemente el mundo del cine documental en Chile, enriqueciendo la vida cultural y ayudando a crear un movimiento de documentalistas que derivó en la creación de la asociación de documentalistas. Si el documental tiene una fuerte presencia en Chile hoy, además de calidad y prestigio, se debe en buena parte al activismo cultural de Guzmán. Por su solo prestigio pudo traer decenas de importantes directores y productores europeos, entre ellos a Claude Lanzmann director de Shoa, quien presentó su película con su duración de 9 horas y media. También trajo a Nicolás Philibert de quien vimos varias de sus películas. El aporte de Guzmán era en serio, comprometido. Él animaba los encuentros con el público, como un gran activista del buen cine, sabiendo que luchaba a contracorriente sin ningún apoyo nunca de la televisión chilena.

Por otra parte tomar clases con Guzmán era una actividad muy apetecida y de alta concurrencia entre los jóvenes. Pues, sus clases estaban muy preparadas. Podía desmenuzar todos los aspectos de la realización de una película con apoyo visual de cada uno, compartiendo fragmentos de cientos de películas que mantenía clasificadas en un orden impecable. Así daba cuenta además que apreciaba la calidad de las peliculas de sus colegas. Qué placer sería volver a asistir a uno de sus seminarios. Al recordarlo se nos viene encima su grandeza.

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