La vida de Emilia Serrano, se tejió entre intrigas cortesanas, amores extraordinarios y una identidad que ella fue moldeando como mascara para sobrevivir al desarraigo y la pérdida. ¿Cómo se puede perder el rastro histórico de una mujer que en su tiempo se codeó con Lamartin, fue la agente literaria de Alejandro Dumas para los países de habla hispana, frecuentó la corte de Isabel II, fue protegida del presidente mexicano Porfirio Díaz y pudo ver en vida dos biografías publicadas sobre sus andanzas?
Emilia Serrano nació en Granada el 3 de enero de 1834, y nació allí, casi por azar. Su madre llegó a la ciudad en avanzado estado de gestación, acompañando a su esposo Ramón Serrano García, un vallisoletano de familia hidalga que decía venir para establecerse como notario. Pero esa versión nunca fue cierta: Ramón nunca abrió notaría alguna. Había sido oficial de la Guardia de Corps de Fernando VII y era hombre de confianza de Agustín Fernando Muñoz, futuro Duque de Riánsares y esposo de la regente María Cristina. Todo en los documentos de la época, indica que llegó a Granada como enviado político (en realidad un espía) en una ciudad considerada un foco liberal durante la primera guerra carlista.
En ese intrigante clima que no solo se da en los espías mostrados por Ian Fleming en las novelas de James Bond, nació Emilia, hija única de una familia que vivía entre la lealtad cortesana y la movilidad forzada. Sus primeros años fueron un tiempo nómade que quizás influyó en su futuro deambular. Cuando la regente fue exiliada en 1840, la familia Serrano García se integró a la cohorte que la acompañó a Francia y Granada quedó atrás como un escenario inicial, donde siempre sería una extranjera.
París abrió otro mundo para la familia de Emilia. El padre ingresó al cuerpo diplomático de Isabel II, lo que llevó a la familia a viajar por Alemania, Irlanda, Belgica e Italia. Emilia creció entre desplazamientos, idiomas diferentes y sociedades muy diversas. A los diez años ingresó al Colegio del Sagrado Corazón, en París, donde recibió una formación rigurosa y precoz que le permitió a los catorce años publicar sus primeros poemas y colaboraciones en revistas. Su inteligencia llamaba la atención en los exámenes públicos, donde comenzó a perfilarse una identidad que mezclaba disciplina, curiosidad y una temprana vocación literaria.
La adolescencia parisina fue decisiva. Emilia se formó en un ambiente donde convivían la diplomacia, los salones literarios y la efervescencia cultural del siglo XIX. También, costumbres un tanto relajadas para el resto de Europa y el mundo. Leía con voracidad, escribía con soltura, aprendía idiomas con naturalidad. París la convirtió en una joven cosmopolita que junto al dominio de diversas lenguas, era capaz de moverse entre mundos distintos.

Fue en un examen público del Sagrado Corazón donde José Zorrilla la vio por primera vez. Él, ya era un joven poeta célebre por Don Juan Tenorio pero que, pese a su fama nacional en España, continuaba siendo un muerto de hambre e intentaba incursionar por Paris en busca de un mejor pasar. Entre las anécdotas iniciales estuvo entregar un premio a una jovencita muy despierta. Le entregó el premio y quedó prendado de la inteligencia y figura de aquella adolescente.
No se volvieron a ver hasta un par de años después, en el Teatro Italiano de París, donde José Zorrilla asistió a una sesión de Rigoletto. En un palco divisó a la familia Serrano García acompañada de su hija Emilia, que ya tenía cumplidos los catorce años y llamaba la atención por sus cualidades. Zorrilla procuró reanudar su antigua amistad empezando a frecuentar periódicamente la casa de la joven a la que le recitaba poemas. La familia Serrano García era vieja conocida del poeta, lo que facilitó la reanudación del vínculo. Pero lo que creció entre ellos fue un amor que desafiaba las convenciones de la época. Era evidente que Zorrilla (que superaba la treintena y estaba casado) bebía los vientos por la precoz adolescente. El poeta la convirtió en su Leila particular. Comenzó a dedicarle algunos versos y obras enteras. Cuando la madre fue consciente del enamoramieno del poeta, comenzó a llevársela de viaje para apartarla de él. Pero Zorrilla la siguió por todas partes y se encontraba en secreto con ella.
En ese tiempo el poeta escribió La Rosa de Alejandría y la Serenata a Leila, ambos libros inspirados y dedicados a Emilia, su musa. Emilia –con sólo catorce años– había sido dada en matrimonio a Heinrich Wilson, un barón de acaudalada familia alemana. Pero Zorrilla continuaba frecuentándola para leerle versos y no está claro si llegó a concretarse el matrimono con Wilson porque no existe documentación al respecto, aunque ella haya usado su nombre durante muchos años.

Y Emilia quedó embarazada. ¿De quién fue fruto aquel embarazo: del Barón de Wilson o de José Zorrilla? Según Narciso Alonso Cortés, biógrafo de Zorrilla (Zorrilla, su vida y sus obras), es evidente que la niña que tuvo Emilia fue resultado de los amores secretos del poeta con la muchacha. José Zorrilla no pudo enfrentarlo y emprendió veloz huida a México en 1855, lamentando no tener valor para hacer frente a la situación. Ese mismo año volvió a dedicar otra obra a Leila (La flor de los recuerdos). El día de la despedida, la enamorada Emilia acudió al muelle con la niña en brazos. Algún tiempo después, ella le envió una fotografía que el poeta guardó durante toda su vida y fue descubierta en su escritorio cuando falleció en 1893. La fotografía se la había hecho el año 1854, cuando la dejó embarazada.
El Barón de Wilson falleció a los tres años del supuesto matrimonio. Emilia Serrano García recibió en herencia el apellido de su marido (Wilson) y una considerable fortuna (misterio no resuelto hasta el día de hoy). A los 18 años de edad se encontraba viuda y con una hija. Para su desgracia poco tiempo después, cuando apenas tenía cuatro años, falleció la pequeña Margarita Aurora.
El caso de la hoy casi desconocida Emilia Serrano resulta de entrada en verdad extraordinario y sorprendente, tanto por la vasta extensión de su obra como por la naturaleza aventurera y dinámica de su trayectoria biográfica, digna de convertirse por sí misma en materia novelada. Así, frente a una gran mayoría de escritoras del siglo XIX que permanecieron durante toda su vida prácticamente recluidas en sus localidades de origen, Emilia Serrano viajó por todo el mundo desde su más temprana infancia. Carmen de Burgos (Colombine), revista La Alhambra el 31 de marzo de 1911
Tras separarse de Zorrilla y la muerte de su hija Margarita Aurora, Emilia avanzó con determinación en su vida. Entre 1857 y 1861 fundó y dirigió la revista La Caprichosay luego La Nueva Caprichosa, y colaboró en numerosas revistas, convirtiéndose en una de las periodistas más activas del siglo XIX. Su escritura combinaba elegancia, curiosidad y estrategia: sabía ocupar espacios que no estaban pensados para mujeres.

Pero su verdadera realización llegó con los viajes por América. Hizo más de treinta viajes en una época en que aquello no era común, menos para las mujeres. Recorrió todos los países americanos, desde la Patagonia a Canadá, entrevistó autoridades, observó instituciones y escribió sobre mujeres americanas con una mezcla de respeto y fascinación. Obras como Maravillas americanas y América y sus mujeres revelan una mirada híbrida protofeminista.

En paralelo, comenzó a construir su identidad pública como Baronesa de Wilson, título sin sustento jurídico claro pero eficaz como estrategia literaria y social. También usó el nombre de Emilia Serrano de Tornel, entre muchos otros seudónimos. Sus autobiografías son imprecisas, sus fechas dudosas, sus genealogías adecuadas al momento. Pero esa ambigüedad fue su herramienta: entendió que, para existir en el mundo cultural del siglo XIX, una mujer debía inventarse.
En uno de sus regresos a España, en 1874, conoció al médico catalán Antonio García Tornel. Contrajo matrimonio con él y fijó su residencia en Barcelona, pero aun así continuó viajando a América en soledad o acompañada de Tornel, conocido masón.

Su vida creativa fue fecundísima. Publicó más de veinte tomos sobre la historia de América, sobre América y sus mujeres; miles de artículos en torno a la etnografía americana. Según la historia, es la periodista con mayor número de artículos, reportajes y libros publicados. Algunos de sus libros alcanzaron tiradas de 150.000 ejemplares (Almacén de señoritas, dedicado a su hija fallecida).
Si Emília Serrano hubiere nacido en el mundo anglosajón, hoy en día seria conocidisima, pero ella una granadina universal andaluza, está olvidada por el mundo de la cultura española. Anónimo
Permaneció activa hasta prácticamente el día de su fallecimiento, ocurrido en Barcelona el 1 de enero de 1923. En ese momento se descubrió que probablemente su fecha de nacimiento no estaba correcta y había ocurrido diez años antes de lo que ella señalaba y tenía casi noventa años.