Canadá, democracia y dignidad.

por Antonio Ostornol

El 17 de septiembre, cuando nos aprontábamos a iniciar oficialmente los festejos patrios que, seamos sinceros, para muchos ya habían comenzado, se produjo un hecho lejos de nuestra casa que me parece de los más relevantes para todos los países del mundo. El Parlamento europeo recibió al primer ministro de Canadá, Mark Carney, para formalizar la invitación a este país para que se integre como el primer estado asociado a la Unión Europea. En esa oportunidad, la autoridad canadiense pronunció un discurso que, para mi gusto, fue de antología (se puede encontrar en YouTube), de esos que debieran en alguna parte ser lectura obligatoria. La estatura política de Carney me recordó a algunos de nuestros grandes presidentes. Tal vez al Frei y al Allende de la mitad del siglo pasado, pero sin la retórica modernista que todos habíamos heredado del siglo XIX; o a nuestros más cercanos Aylwin y Lagos, por el sentido de estado. ¿Qué tiene ese discurso que no puede pasarse por alto? Creo que se trata de la mirada. Propone una mirada hacia adelante, con fundamentos profundos y un proyecto que trata de no ser una utopía, sino una realidad alcanzable.

 Todo parte, según Carney, con la ruptura que la política norteamericana ha producido en el escenario mundial, aunque diplomáticamente no lo enfatice. La irrupción de “un hegemón con malos modales”, que ha supeditado todas sus acciones al beneficio propio y al interés mezquino de corto plazo, que ha utilizado las herramientas que la gobernanza mundial construyó durante décadas (organismos multilaterales, acuerdos económicos, regulación del comercio mundial) como elementos para avanzar hacia la prosperidad del mundo, como instrumentos de presión o de agresión directa para un narcisismo desatado e incontenible que ni siquiera le reporta beneficios a los estadounidenses, sino que a un pequeño grupo de millonarios amigos suyos, como los que gestionarán el petróleo venezolano o quienes están a la espera de la erradicación de los gazatíes y palestinos de Cisjordania para iniciar los gigantesco proyectos inmobiliarios.

Canadá ha sido, a juzgar por las evidencias que se van conociendo, uno de los países más afectados por la política expansionista y agresiva de Trump. El mapa de América del Norte, todo cubierto con la bandera estadounidense, donde literalmente Canadá “desaparecía del mapa”, es la síntesis folklórica del espíritu anexionista del actual gobierno en USA. El propio Trump sugirió que Canadá se transformara en el estado número 51 de la Unión y, uso mis propias palabras, que a ese país no le daba la talla para ser independiente. Cuando los Estados Unidos anunciaron las alzas unilaterales de los aranceles, Canadá fue uno de los países más golpeados. Trump violó derechamente el Tratado de libre comercio entre México, Canadá y ellos, acuerdo que había sido revisado y modificado ya durante su primer gobierno. A pesar de la falta de seriedad y la actitud matonesca de los estadounidenses, Canadá estuvo dispuesta a revisar nuevamente el acuerdo y durante un año estuvo en negociaciones. Pero según lo que relató Carney, en la conferencia en que anunció que se retiraba de dichas conversaciones, “Estados Unidos no ha dejado de cambiar los argumentos esgrimidos para justificar sus actos, pasando del fentanilo a la imposición de impuestos a los gigantes tecnológicos estadounidenses; a la certificación de aeronaves estadounidenses; al reparto de los ingresos de un puente construido y pagado por Canadá; a nuestra política en materia de productos lácteos; a la decisión de algunas provincias de no vender alcohol estadounidense durante una guerra comercial; a un anuncio de televisión en el que se citaba a Ronald Reagan; al humo de nuestros incendios forestales, que amenazaban a nuestras propias comunidades”. Un país que en un año inventa ocho argumentos de muy diversa clase y que no necesariamente se relacionan a las políticas comerciales, solo para no alcanzar acuerdos y dilatar las conversaciones, no actúa de buena fe. Imposible no recordar que esto es una política sistemática de Trump. Lo hemos visto en sus actuaciones en Irán (dos veces lo ha bombardeado mientras se encontraban en plenas negociaciones de paz), en la errática política hacia la guerra de Ucrania, en la vista gorda al genocidio en Gaza mientras proclamaba la paz.

El nuevo escenario que ha dibujado Trump en el mundo ha afectado a muchos países. Unos más, otros menos. Pero lo notable del gobierno canadiense ha sido la dignidad de su respuesta. Al final de la conferencia, después de enumerar las medidas que Canadá había tomado para defenderse de la agresión estadounidense, Carney dijo: “La pasada primavera señalé que Estados Unidos intentaba debilitarnos para poder dominarnos. Y les prometí que eso nunca, jamás, ocurriría. Estamos cumpliendo ese compromiso. Canadá se está haciendo más fuerte y depende menos de Estados Unidos. Ya ofrecemos más de lo que ellos pueden quitarnos. Y esto es solo el principio. No tememos los vientos en contra. No nos dejamos arrastrar por las olas, no nos dejamos desestabilizar por los acontecimientos. Somos nosotros quienes trazamos nuestro camino. Somos nosotros quienes forjamos nuestro propio destino. En Canadá, somos dueños de nuestra casa, de un océano a otro”. Este discurso no está hecho desde lo romántico ni de promesas sin sustento. Junto a un pragmatismo y realismo evidentes del primer ministro (no en vano fue presidente de los bancos centrales de Reino Unido y Canadá), su respuesta se construye desde la dignidad de un país soberano, libre y democrático. Detrás de esta respuesta pública y en voz alta hay valores. Carney no está dispuesto a transar en sus negociaciones cuando el interés evidente del agresor es humillarlo. Quedarse calladito, en silencio, e intentar arreglarse por sí solo, no ha sido la estrategia canadiense. Todo lo contrario: ha hablado con claridad respecto de lo importante y ha salido a buscar aliados en la defensa de un mundo agredido. El proyecto de asociarse con la Unión Europea –que también ha sido agredida y muchas veces humillada por Estados Unidos-, es un modo muy interesante de poner proa al embate de quienes creen que con la fuerza se pueden imponer siempre y en todas partes. Caer bajo el dominio de dos grandes potencias no es necesariamente una fatalidad. Carney lo ve de la siguiente forma: “No somos aliados solo para los buenos tiempos. No buscamos acuerdos de suma cero. Nuestro compromiso con el Estado de derecho y nuestra defensa inquebrantable de la dignidad humana, la libertad individual y la democracia comparten las mismas raíces profundas, la misma dedicación constante. Compartimos valores por los que siempre hemos luchado y en cuya defensa debemos permanecer siempre vigilantes. Creemos que una economía fuerte no es un fin en sí mismo, sino el medio para alcanzar una sociedad justa. Somos custodios comprometidos de nuestro patrimonio natural. Creemos que nuestra prosperidad crece cuando se comparte. Estos valores son una elección compartida, no una coincidencia”.

Hoy en todas partes están en riesgo valores muy importantes que, en el transcurso del siglo XX, pensamos se habían consolidado. En nuestra América latina, habíamos logrado deshacernos de las dictaduras de derecha que monopolizaron los gobiernos nuestros durante buena parte del siglo. Esta tendencia se rompió con la irrupción de las revoluciones cubana y nicaragüense, que luego de cierta ilusión democrática devinieron en dictaduras e incluso en formas de nepotismo monárquico. Carney plantea algo determinante: los acuerdos son para salvar la diversidad, el multilateralismo, la defensa del planeta, la democracia. En último término, la dignidad humana. En el mundo de hoy, tenemos opciones: o tratamos de salvarnos solos, sin importar lo que pase a nuestro lado; o buscamos las alianzas necesarias para que la prosperidad alcance a la mayor cantidad de personas en el mundo. Las guerras, el mundo unilateral que sueña Trump, no augura riqueza compartida, sino profunda desigualdad. Por eso es interesante la mirada de Carney: “También quiero ser preciso respecto de lo que no estoy proponiendo. No propongo un tercer bloque para convertirnos en rivales de las grandes potencias, solo que con mejores modales. No buscamos poder para dominar a otros. Por el contrario, buscamos resiliencia para que nadie, nadie, pueda controlar nuestros mercados abiertos, menoscabar nuestra soberanía, amenazar nuestra integridad territorial ni socavar nuestras libertades, nuestras democracias o nuestro Estado de derecho”. No hay gran novedad en los objetivos a lograr, incluso podríamos decir que no se aspira a mucho ni a nada muy novedoso. Pero, como lo he planteado muchas veces, cuando se ha perdido la democracia, pucha que se la valora. Vivir con un estado de derecho, donde se respetan acuerdos básicos de convivencia y se respeta la diferencia, es un gran logro. Por esto Carney plantea que “la diversidad otorga ventajas”, ya que hoy, frente a la crisis geopolítica mundial, “el objetivo no es la autosuficiencia. Es la resiliencia colectiva”.

Creo que me gustaría ser parte de esa alianza. Me gustaría que en Chile pudiéramos construir una trama social donde pongamos los intereses de la dignidad humana en el centro y podamos poner las fuerzas diversas al servicio de una mejor vida para todos. Traspasar el precio de la bencina a los ciudadanos no mejora la vida, pretender estados de excepción sin límites ni controles es lo más parecido a una dictadura, debilitar al estado solo beneficia a los que tienen para sobrevivir. Salir de estas políticas extremas debiera ser una responsabilidad de todos. Por eso aplaudí la carta Vodanovic – Bellollio, porque esos dos dirigentes cambiaban el foco y abrían una posibilidad de avanzar hacia momentos mejores. Me parece que el primer ministro canadiense lo ve con claridad cuando afirma que no le propone a la Unión Europea la constitución de “un tercer bloque para convertirnos en rivales de las grandes potencias, solo que con mejores modales. No buscamos poder para dominar a otros”. Todo lo contrario, nos dice que una “alianza definida no por aquello a lo que nos oponemos, sino por aquello que defendemos: libertad, solidaridad, prosperidad y sostenibilidad. Una alianza que construya resiliencia por lo que nos permite hacer por nuestros ciudadanos y por lo que permite que nuestros ciudadanos hagan por sí mismos. Una alianza suficientemente fuerte para que nadie pueda dictarnos nuestras decisiones. Una alianza suficientemente abierta para que otros puedan sumarse. Una alianza con principios suficientemente firmes para que nuestra fortaleza refuerce el derecho internacional en lugar de intentar reemplazarlo”.

Este discurso debiera escucharse más. Pareciera que estamos en un mundo que se despedaza cada día más y donde los demoledores han perdido la vergüenza, es verdad. Pero podemos afirmarnos en nuestras propias creencias y abrirnos a escuchar a los otros para que podamos tener, por fin, una verdadera resiliencia colectiva.

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