Así como al parecer cada vez resulta más difícil leer esos libros de muchísimas páginas, que incluso son tan pesados que cuesta mantenerlos en las manos, parece que también cada vez se hace más complejo seguir las largas e infinitas series de televisión. Eso al menos indican las tendencias de las plataformas de streaming, donde cada día tienen más relevancia las llamadas miniseries, que se extienden por 6, 8 o 10 capítulos, y raramente por más. Las razones profundas de esta transformación no las tengo para nada claras, pero me imagino que algo tiene que ver en eso asuntos tales como el estrés laboral y / o doméstico, la exposición voraz a medios digitales que producen efectos dopamínicos inmediatos y hacen que la concentración y retención de los contenidos sea una dura tarea. En fin, seguro que la vida construida sobre los estímulos múltiples transforma en una complicación destinar por puro placer, ingentes horas a la lectura de una novela o programarse con precisión computarizada para no perderse ni un solo capítulo de una serie que podría tener, sin mucho esfuerzo, cien o más. Por eso, mis respetos a las novelas breves y a las miniseries. Todo esto lo digo con un solo propósito: recomendar el visionado de la miniserie “Al este del edén”, en Netflix.

La serie está inspirada en la novela homónima del premio Nobel John Steinbeck (1962), que fue publicada en 1952 y transformada en película en 1955, con la dirección de Elia Kazán y el rol protagónico de un emergente James Dean. Si bien la novela era un texto largo para el género (más de seiscientas páginas), este fue reducido a una película muy exitosa de ciento quince minutos, para ofrecerse hoy en la cartelera de Netflix transformada en una miniserie de siete capítulos (una hora aproximada cada uno), dirigida por Zoe Kazán, nieta del responsable de la primera adaptación de la novela. Toda la historia transcurre entre fines del siglo XIX y comienzos del pasado, y sigue el devenir de una familia a partir de la guerra civil y las primeras décadas del siglo XX, en los territorios de la joven California, donde uno de los hijos de la familia Trask, Adam, decide emigrar para fundar una nueva vida. Y esta vida –las anteriores y las futuras- se cruza con Cathy, una mujer que surge desde el misterio y el secreto, que se mueve en una emocionalidad turbada por algún conflicto interior que, de una u otra forma, nos conecta con la experiencia del mal, o derechamente con el mismísimo demonio.

Esta versión, si seguimos a los críticos, propone una originalidad respecto a las anteriores. Precisamente, transforma la vida de Cathy en el eje del relato. Todo comienza cuando ella llega a la casa de los hermanos Charles y Adam Trask, que vienen de reencontrarse luego de un largo distanciamiento, primera guerra mundial entre medio, motivado en buena medida por la bestialidad de un padre que, en cierto sentido, nos recuerda que, en los orígenes de cierto orgullo estadounidense, se esconde una brutalidad pervertida por la codicia y la violencia. De ese proceso han sido víctimas estos hermanos, que deben enfrentarse a esta mujer que aparece arrastrándose en el portal de su casa, ferozmente agredida. Ellos la acogen porque son familia de bien. Adam cuidará y se enamorará de Cathy, más allá de su propia dignidad. Charles, en cambio, percibirá la maldad que habita en la mujer y la violentará, como se encuentran dos iguales. Los principales personajes sueñan con hacer el bien, es cierto, pero están dominados por el mal.
Hasta aquí, la historia se perfila como una saga familiar asociada fuertemente a la idea de la construcción de una nueva nación, moderna e innovadora, que crece conquistando los límites de todos los territorios, propios o ajenos, materiales o espirituales. Es también el retrato de un mundo donde el sálvese quien pueda y cómo pueda, hace que la violencia se perciba como el eje donde se forja el héroe moderno, que no transige su libertad frente a la adversidad de ningún tipo. Y también es el mundo del vicio, de la perversión, donde la mujer paga los precios más caros. El tema de la rectitud moral, de la disputa entre el bien y el mal, de la libertad humana para elegir entre uno y otro, se vuelve entonces el lugar donde cada personaje debe definirse. La historia tiene un carácter bíblico, sin duda, configurado en torno al relato de Caín y Abel. De hecho, el lugar al cual Dios expulsa a Caín después de matar a su hermano es, precisamente, la tierra de Nod, es decir, la tierra que está al este del Edén. Ahora bien, esta historia no es una paráfrasis de aquel relato, ya que aquí nunca sabremos con certeza quien fue el expulsado –si Caín o Abel- ni donde se encuentra el este del paraíso, y hasta podríamos imaginar que es la propia Cathy –homicida, prostituta, manipuladora de los sentimientos humanos-, la que concentra en ella misma todos los roles y lugares imaginables.

Posiblemente no es la miniserie número uno de la televisión, pero es una gran historia. El problema moral nos queda al final como una pregunta abierta al público: estamos condenados a ser Caín y Abel en esta tierra, o podemos elegir. Es nuestra libertad un valor tan elevado que nos excusa de matar, traicionar, o dañar por placer, incluso a quienes solo desean nuestro bien. El relato cruza tres generaciones de la familia Trask. A excepción del padre fundador, todos los demás cruzan sus destinos con el de Cathy. Y si bien su mundo les resulta atractivo, también los aterroriza. Al final, tendrán que elegir. Como siempre, como cada día. Podemos creer que simplemente existimos y estamos al arbitrio discrecional de fuerzas muy superiores a nosotros, fuerzas inescrutables, difíciles de capturar y dominar. Sin embargo, y con esto me quedo después de ver la serie en un fin de semana, al final elegimos. Sumarnos al miedo, reconocer al otro, acuartelarnos en nuestras pequeñas y oscuras fortalezas, no son fatalidades, sino opciones. Nunca estaremos condenados a vivir el mundo que se nos impone. Esa idea que nos hace ver esta historia es el principal argumento para afirmar, sin tapujos, que vale la pena verla y meditarla.