No hay nada mejor que alguien en quien confías te recomiende una lectura y que, al terminarla, encuentres que tenía toda la razón. Me pasó con la novela Stoner (Fiordo, 2025) de John Williams. El libro venía antecedido de una historia extraña, aunque no inédita en la literatura. Su primera edición fue en USA el año 1965 y, a pesar de que su autor era un escritor conocido, la novela pasó sin pena ni gloria, más o menos como muchos otros libros que fueron descubiertos luego de largos años de olvido. Más o menos como el profesor William Stoner, el protagonista de esta historia.
Si uno lee en la portada de una novela, de cuyo autor no tenía ninguna noticia, una cita de Ian McEwan calificándola como un “descubrimiento maravilloso para todos aquellos que aman la literatura” y, si además en la contratapa le suman las apreciaciones de tipos inequívocamente buenos lectores que la definen como una “de las inesperadas grandes novelas americanas del siglo XX” (Bret Easton Ellis) o que “es una obra maestra. Y punto” (Rodrigo Fresán), las ganas de leerla te hacen salivar y partes en su búsqueda como un adicto, corriendo el riesgo no menor de que tanto halago hiperbólico no sea más que una cierta siutiquería en la que muchas veces caen algunos escritores halagando libros que nadie conoce, preferentemente si sus autores ya están muertos y ojalá sean de al menos un siglo atrás.
Sí, lo pensé cuando vi el objeto físico y pude leer las menciones que he referido. Pero el criterio de mis colegas recomendadores me hizo avanzar en la lectura sin grandes prejuicios. Al terminar la lectura, supe que había leído una gran historia. Si es una obra sublime o no, me cuesta afirmarlo. Pero no dudo en decir que es una gran novela y que nos ofrece un personaje notable, difícil de olvidar. Se trata del profesor William Stoner, un académico de la Universidad de Misuri, en el Midwest americano, entre comienzos del siglo pasado y algo avanzada la mitad del mismo. Su particularidad es, sobre todo, ser profesor, apasionado por su profesión y que la vive intensamente. De hecho, uno podría decir que prácticamente lo único que realiza a plenitud es esa vocación docente. La novela me recuerda, sin duda, la canción de Joaquín Sabina “Eclipse de mar”, cuando luego de enumerar los principales acontecimientos que vocea el diario del día, digamos guerras, crímenes, estafas, tráfico, etc., concluye con los siguientes versos:
“Hoy, amor, como siempre,
El diario no hablaba de ti,
El diario no hablaba de ti,
El diario no hablaba de ti,
Ni de mí.”
Ningún diario habló ni hablaría nunca del profesor Stoner. A lo largo de su vida se experimentaron grandes eventos y tragedias, como la primera y segunda guerras mundiales, la gran depresión, las guerras de Corea y de Vietnam, nació el movimiento hippie, se pusieron de moda las drogas, en fin, en pocas palabras, transcurrió lo fundamental del siglo XX y nuestro profesor no se movió del campus de la universidad, en la pequeña ciudad de Columbia, una típica ciudad universitaria gringa de esas en la que se mezclan de manera muy original el mundo conservador de sus entornos con el progresismo intelectual de los académicos. Y todo esto en esos años donde el medio oeste americano era mucho más rural y campesino de lo que puede ser hoy, y probablemente estaba menos contaminado con la cultura de las grandes y modernas ciudades de las costas este y oeste del país. Lo cierto es que Stoner ya había experimentado su primer gran terremoto cuando llegó a la universidad de Misuri para estudiar agronomía, llevando a cuestas toda la ilusión de sus padres, granjeros pobres, que soñaban con que fuera el continuador de aquel negocio familiar y que, desde el conocimiento, pudiera hacerlo crecer para no depender solamente de la fuerza bruta del trabajo humano. En realidad, la novela comienza con el viaje desde ese mundo rural hacia la pequeña urbe que sin embargo implicaba, de hecho, un giro copernicano en su vida, situándolo no en otro lugar, sino en otra época y otros saberes.
El cambio surge a partir del encuentro con un poema de Shakespeare que lo conmueve pero que no es capaz de descifrar:
“En mí ves el rescoldo de ese fuego
De una juventud hecha cenizas,
El lecho de muerte donde expira
Consumido por lo que era su alimento.
Esto ves, y tu amor se fortalece
Amando bien aquello que ya pierdes.”
Esta perplejidad lo lleva a explorar y enamorarse de la literatura inglesa, de las lecturas, de las exégesis, de los libros, un mundo inimaginable pensando en su origen familiar, inimaginable para sus padres, a quienes tendrá que ocultárselo hasta el momento de ser un profesional universitario. Pero ese mundo será también inimaginable para él y, a pesar de perdurar en su empeño docente, nunca podrá entenderlo del todo. Y cuando digo entenderlo, no me refiero a su comprensión racional, sino a la asunción emocional de una condición docente como su definición personal. Y esto, la verdad, no cambia en nada la vida de Stoner. Pero lo cambia todo. Y el registro de esa transformación, el descubrimiento por parte del lector (y digo “descubrir” porque no es nada de evidente) conforma lo esencial de la escritura. Como pocos libros esta novela transcurre desde lo que no se enuncia ni se revela. La verdad emerge desde la convivencia con el personaje, con el acompañamiento que nos permite mirar su vida sin estridencias ni sombras, como quien a la distancia va ponderando y evaluando la naturaleza de alguien a quien conoce, pero no tanto, alguien de quien se es cercano, pero no íntimo, amable y entrañable sin tomarse necesariamente las confianzas.

Es una muy buena novela. ¿La mejor, la imprescindible, el clásico olvidado? No lo sé. Sólo me consta que la leí con perplejidad y un inmenso placer. Vale la pena arriesgar su lectura, aunque el diario nunca vaya a hablar de Stoner ni, posiblemente, de nosotros, sus lectores.
1 comment
Logra que uno de interese por la novela de Stoner… tomaré el Riesgo y la leeré