Segunda parte.
Siempre enfocados sobre el interés de creyentes y no creyentes en la encíclica Magnifica Humanitas, en esta segunda parte examinamos su aproximación a la situación internacional, impactada por la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA). Una vez más, optamos por reproducir en buena medida el diáfano texto literal de la carta papal por sobre la tentación de decir, innecesariamente, lo mismo en estilo propio.
Aunque sería ingenuo o desorbitado pensar que el Papa elaboró esta monumental reflexión pensando en Trump, Xi Jinping o Putin, su propio contenido permite legítimamente ser contrastado con la actual coyuntura internacional. La constatación central es que se consolida en el mundo una “cultura del poder” que relega “el bien común de la humanidad a un segundo plano” y que se expande “normalizando la guerra y persiguiendo un poder militar cada vez mayor, aprovechándose de la crisis del multilateralismo” (188)[1]. Esta revolución cultural encaja con la alianza establecida por “los extremismos religiosos y los fanatismos identitarios (…) con un economicismo irracional” y con unos modos de hacer política que recurren “a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos (…) alimentando el deseo de posesión, la voluntad de dominio, las ambiciones hegemónicas, los abusos de poder” (206).
En este sombrío contexto, la IA puede ser utilizada en forma tal que sirva a los intereses de poderosos grupos de poder económico-tecnológico antes que a “la solidaridad entre los pueblos”[2], produciendo “nuevas formas de subordinación global” (173). Y también, puede ocasionar un grave impacto sobre el medio ambiente, puesto que “los actuales sistemas de IA requieren grandes cantidades de energía y agua, inciden de manera significativa en las emisiones de anhídrido carbónico y consumen recursos de manera intensiva” (101).
Estos riesgos de la IA se ven favorecidos, según Magnifica Humanitas, por “estereotipos o posiciones ideológicas” de sus diseñadores y programadores (102), entre los cuales destacan, como “trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo”, el transhumanismo y el posthumanismo (115). La encíclica enfatiza la peligrosidad de este último, en cuanto critica “el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva” (116), postulado tras el cual se esconde una mentalidad “que tiende a considerar a la persona como un objeto manipulable o un recurso para optimizar” el beneficio de las élites (172).
Distante de la idea ingenua que desecha el carácter primario de la economía y la importancia de los intereses económicos en la vida política, Magnifica Humanitas expone sin ambigüedad su relevancia. Al caracterizar la economía mundial, el Papa parte constatando que sus “principales motores” son “actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos” (5), entre los cuales se cuentan titulares de esas “nuevas formas de propiedad” constituidas por “patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos” (67). A la vez, al abordar el sistema financiero, junto con reconocer la “insustituible” función social del crédito, denuncia que la intermediación financiera desvinculada “de fundamentos antropológicos y morales apropiados, no sólo ha producido abusos e injusticias” sino que es fuente de recurrentes “crisis sistémicas en todo el mundo” (160).
Los dos aspectos expuestos -el industrial y el financiero- se caracterizan, según la encíclica, por una creciente “concentración en pocas manos” (161) a las que no importa la sostenibilidad social(155), la cual, a su vez, es causa de la desigualdad “tanto entre países como dentro de un mismo país” (161). En la base de las desigualdades, se adivina la deformación práctica del concepto católico de subsidaridad, originariamente ligado al principio de solidaridad, el cual, según Magnífica Humanitas, “termina por transformarse en la simple protección de intereses particulares” (73). También, León XIV concibe la desigualdad social como síntoma del desprecio hacia el “principio de la justicia social” que, agudamente, ilustra con palabras de Juan Pablo II, quien lo vinculó a “estructuras de pecado” (79)[3]. En el fondo, reiterando conceptos de Fratelli Tutti, del papa Francisco, Magnifica Humanitas denuncia, como causa estructural de la desigualdad, la vigencia de “modelos económicos que resaltan la eficiencia y el éxito individual” mediante la incontrolada acumulación del capital, y “tienden a considerar inútil o poco rentable invertir en las personas que parten de situaciones de desventaja o que siguen trayectorias de crecimiento más lentas” (158).

Al examinar los resultados de la revolución tecnológica, la encíclica acusa a quienes piensan “que las nuevas tecnologías beneficiarán automáticamente a todos” de ignorar su evidente sometimiento a la “lógica de hoy”, que el Papa define como “pocos tienen demasiado y demasiados tienen poco” (161). Un “aspecto decisivo” de esta prevención papal hacia las innovaciones tecnológicas, incluida la IA, es “la concentración del poder en el mundo digital” (96), donde el “control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación”, un poder que elude “el control público”(95)
Por ultimo, León XIV, reitera lo sentenciado por Francisco, en cuanto la crisis medioambiental “no se trata de una cuestión sectorial, sino del aspecto ecológico de la crisis socio económica contemporánea” (43), la cual se podría agravar si se subestima el impacto ambiental de los actuales sistemas de IA (101).
Sin duda, el aspecto central de la encíclica es la caracterización de la nueva “cultura del poder” en el mundo y su impacto en los pueblos. El Papa recuerda que los “grandes actores económicos y tecnológicos” (95) que disponen del poder se asientan en grandes potencias que compiten en “la carrera por desarrollar tecnologías cada vez más poderosas, o por asegurarse su control, según una dinámica deshumanizante que parece no conocer límites”. Así, en esta “Babel moderna” se desarrolla “el enfrentamiento a distancia entre imperialismos contrapuestos”, o bien, entre potencias que aspiran a conquistar primacía. A este enfrentamiento está ligada “una multiplicidad de conflictos locales” (185).
Un terreno privilegiado de tal confrontación es el ciberespacio creado por los sistemas informáticos, en el cual se libran combates que se caracterizan por “los ataques informáticos, la manipulación de datos y las campañas de influencia orquestadas con la ayuda de la IA”, que “pueden desestabilizar países enteros, incluso antes de que se llegue a un enfrentamiento armado abierto” (225). En este tramo del análisis, la encíclica vuelve sobre aquel “aspecto decisivo” de la debilidad de los estados en el control de las plataformas digitales (95).
Penosamente, Magnifica Humanitas reconoce que el colonialismo no es un fenómeno de ayer sino una peripecia actual que amenaza con una era no “postcolonial, sino colonial bajo otra forma”, con “un rostro inédito”, puesto que “no solo domina los cuerpos”, como ha sido en el pasado, “sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable”. A la antigua y aun presente extracción de recursos naturales que distingue a los colonialismos, el actual se caracteriza, según el Papa, por “una nueva lógica de extracción” que abarca “flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos”, preponderantemente en los países más frágiles. Estas son, para León, “las nuevas ‘tierras raras’ del poder”, que incluyen “los datos sanitarios de poblaciones enteras” cuyos propietarios pueden “moldear las necesidades y los mercados”. De este modo, es posible “transformar el conocimiento (…) en herramienta de dominio “(178), tal como señalaba Francisco respecto a “la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN” (5)[4].
Un efecto adicional “menos visible pero no menos grave” de la concentración del poder informático y algorítmico recae, según la encíclica, directamente sobre la libertad y la igualdad de las personas, especialmente las más vulnerables (56), el cual consiste en la gestación de “un poder nuevo”, capaz de “perfilar, prever y orientar los comportamientos, a menudo sin que las personas tengan plena conciencia de ello” (171).
El panorama descrito favorece, según la carta papal, la perversión de la política que se observa diariamente en tantos países, donde sus actores, incluso algunos gobernantes, recurren “a la desinformación” que encuentra en la IA “un potente multiplicador” (132), también “a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos”, alimentando entre otras perversiones “los extremismos religiosos y los fanatismos identitarios (que) se alían con un economicismo irracional” (206).

En la esfera de las relaciones internacionales, Magnifica Humanitas observa que esa nueva “cultura del poder” se manifiesta en un “estado de beligerancia permanente”, que “es un mal y hay que llamarlo por su nombre” (210), un mal que es causa y, a la vez, se ve favorecido por “la crisis del multilateralismo” (188, 201). El Papa sostiene que luego del colapso de los regímenes comunistas y con la globalización, el mundo dejó atrás el sistema internacional de post guerra basado en el derecho internacional y experimenta un retroceso caracterizado por el debilitamiento de “las instituciones creadas para salvaguardar la idea de un destino común de los pueblos y de un bien común a nivel mundial” (201). Las con-causas que confluyen en esta crisis actual son principalmente de carácter estructural, pero también se alude a la falta de “una voluntad compartida” de apoyar, reformar y reconocer la autoridad moral de instituciones como las Naciones Unidas. Con todo, quizá el sustrato más propio de la crisis del siglo XXI es, según la carta papal, que la globalización, caracterizada por confiar “casi ciegamente” en los mercados, “ha suscitado reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas” cuyo resultado, “lejos de un auténtico multilateralismo”, aparece “más bien como un multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro” (201) y que “facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones”.
En tal contexto, la denuncia más potente contenida en Magnifica Humanitas es la sustitución “de la fuerza del derecho internacional” (…) por el supuesto ‘derecho del más fuerte’”, así como la elusión o el debilitamiento de “los tribunales competentes en crímenes de guerra hasta los tribunales llamados a resolver las controversias entre estados (…) con consecuencias devastadoras para la cultura política y la convivencia” (202), como las producidas por las guerras en Europa y el Medio Oriente.

Según la encíclica, la crisis del multilateralismo y la expansión de la “cultura del poder” han determinado “la normalización de la guerra” (189). Lo que debía ser “una extrema ratio, sujeta a rigurosos límites éticos y jurídicos y, en cualquier caso, a un horizonte político orientado a la paz”, hoy se rehabilita “como instrumento de política internacional” (190). En este punto, León XIV recalca la condena moral que formulara a propósito de la amenaza de Trump de acabar con la civilización en Irán: “cualquier proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable” (64). Lo que plantea no es solo la amenaza de un futuro catastrófico sino un presente estremecedor: “nuevas guerras, tal vez aún más peligrosas que las anteriores, ya que tienden a perder todo límite ético”, basadas en decisiones que “parecen ser guiadas casi exclusivamente por cálculos económicos, defendidas a través de ilusiones mediáticas, euforias artificiales y ‘sueños’ que inevitablemente se desvanecen, generando frustración y nueva violencia” (207). Esta perversa inspiración es la que explica el recurso a “bombardeos contra civiles, a ataques contra hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, a abusos que afectan a los niños”, a los cuales el Papa califica de “escándalos que hieren a la humanidad misma” (216).
Alimenta esta vorágine “el crecimiento de la industria bélica”, que “prospera precisamente gracias a los conflictos” y merced a “la estrecha conexión entre los intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas” (193).
En la era de la Inteligencia Artificial, la encíclica sitúa como “ámbito aún más dramático de la guerra” el desarrollo de la “lógica cognitiva” de la competencia armamentística, una “carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica” (110) que puede hacer “más rápida e impersonal la decisión sobre la vida y la muerte” (182). Específicamente,”la IA entra en estos procesos como factor de aceleración” y si bien “puede potenciar la defensa y la protección de los civiles (…) también puede bajar el umbral del uso de la fuerza(…) y alimentar una cultura en la que el enemigo queda reducido a un dato y la víctima a un daño colateral” (183).
También las plataformas mediáticias y digitales, según se desprende de la encíclica, están revolucionando la propaganda de guerra y generan “entornos informativos fragmentados” y «algoritmos que premian el enfrentamiento, pueden amplificar la polarización y el resentimiento, acelerar la propaganda y dificultar el discernimiento común”, con “narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo”. En suma, “la humanidad está cayendo en la cultura violenta del poder” que invoca la teoría de la “guerra justa” (192).
Por último, el Papa alerta sobre la “preocupante pérdida de la memoria histórica” y coloca como ejemplo “la desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales”, lo que “facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado” (191).
Como ya lo sabemos, pese a la valiente crudeza de su denuncia, Magnífica Humanitas concluye con un mensaje de esperanza teologal con perspectiva cristiana, afincado en la luz del Crucificado Resucitado. Pero no es una esperanza ingenua o ilusoria, pues contiene un programa de acción que haría posible salvar a la humanidad para que, como la Nueva Jerusalén, “recupere sus cimientos sólidos y su fin ultimo” El programa propuesto por León es realista, porque “comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos” (218).
En el ámbito economico, considerando que “las teorías que prometen un bienestar general automático suelen resultar ilusorias”(158), convoca a no “confiar únicamente en la ‘mano invisible’ del mercado” (163) y defiende un “Estado presente” a través de “decisiones que hagan que el crecimiento sea inclusivo desde el principio” (158), entre las cuales propone “instrumentos de redistribución que corrijan los desequilibrios, incluso mediante sistemas fiscales que alivien la carga sobre los más débiles y exijan más a quienes disponen de mayores recursos” (162), pero también el apoyo estatal a las empresas “creando condiciones favorables para el empleo, fomentando el trabajo donde escasea y defendiéndolo en tiempos de crisis”(168).
La encíclica también plantea el desafío de modificar “los actuales parámetros de medición” del desarrollo, basados en el PIB, e incluir otros que son “esenciales para el bienestar general de las personas y del medioambiente” (159).
Asimismo, la propiedad es objeto de este programa, el cual enfatiza que “las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos”, deben incluirse “entre los bienes que están destinados universalmente a todos” (67), impidiendo que su gestión quede en manos de pocos actores (72).
Enfrentada a la revolución digital y la irrupción de la IA y para enfrentar el riesgo de que la era digital sea “colonial bajo otra forma” (178), la encíclica plantea entre, otras propuestas, someter “a control público el uso de los datos y de las tecnologías”(80), reglamentar la propiedad de los datos, la cual “no puede confiarse solo al sector privado”(108), garantizar “una distribución equitativa de los beneficios de la innovación”(163) y “soluciones tecnológicas más sostenibles para reducir el impacto sobre el medioambiente”(101).
Ante la crisis del multilateralismo y la normalización de la guerra, el llamado de Magnifica Humanitas es a re-fortalecer la ONU y el sistema internacional mediante “reformas profundas” y no solo “ajustes técnicos” (226), revalorizar los derechos humanos y cumplir con el “deber de protección hacia los que huyen de persecuciones y amenazas” (123). También reitera el imperativo de generar una “cultura de la negociación”, mediante la diplomacia (221), y “hoy más que nunca” “la superación de la teoría de la “guerra justa” (192).
De cara a la era digital, el Papa aborda la necesidad de “desarmar la IA”, sometiendo su uso “en el ámbito bélico (…) a las restricciones éticas más rigurosas (197), y exige de quienes planifican, entrenan, autorizan, emplean esas armas y deciden atacar con ellas, la obligación de rendir cuenta de sus decisiones, siguiendo una “cadena de responsabilidades (…) identificable y verificable”, bajo el criterio de “la distinción y la protección de los civiles” (199).
Por fin, dirigiéndose principalmente a los responsables de las naciones, León les invita a “desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo” (213).
[1] Magnífica Humanitas, 188. En adelante, todos los números entre paréntesis corresponderán al texto de la Encíclica, prescindiendo de las notas al final.
[2] León XIV, presentación de Magnifica Humanitas. Vatican News, 25.05.2026.
[3] Cf. S. Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 36-37: AAS 80 (1988).
[4] Cf. Francisco, Carta encíclica Laudato Si (24 mayo 2015), 104: AAS 107 (2015)