Preámbulo
El socialismo chileno nació con una convicción que ninguna derrota ha podido extinguir: que la libertad y la justicia social no son valores en tensión, sino las dos caras de un mismo proyecto. Esa convicción atravesó generaciones, sobrevivió dictaduras, se renovó en el exilio y volvió a gobernar. Entre 1990 y 2010, la centroizquierda sostuvo un equilibrio que transformó Chile: conciliar las aspiraciones personales con un Estado que asegurara las condiciones para hacerlo posible. Ese equilibrio permitió transformar la vida de millones de personas, otorgando libertad, estabilidad y prosperidad económica al país. La izquierda democrática tuvo entonces una respuesta para las preguntas de su tiempo: entregó sentido de futuro, reforzó valores, avanzó en igualdad y derechos, y demostró que los cambios se construyen pacientemente, a través de acuerdos y en horizontes de mediano y largo plazo.
Ese sentido de futuro se ha perdido. No de golpe, sino gradualmente. En algún momento ese acuerdo entre Estado y ciudadanía se rompió y dio paso a un vaivén del que no hemos logrado salir. Las razones son múltiples y es necesario asumirlas con honestidad: la crisis de representación que ha desprestigiado a la política; las dinámicas de alternancia que han convertido el voto en castigo al que está en el poder más que en adhesión a un proyecto; la profundización de las desigualdades; los efectos del estallido social en torno a clivajes que desplazaron los ejes programáticos tradicionales; y la dificultad de la izquierda para sacar adelante transformaciones concretas desde la administración del Estado. El resultado es que una izquierda que aspira a representar a las mayorías ha ido perdiendo su capacidad de conectar con ellas y, con ello, su capacidad transformadora.
Esta pérdida se ha expresado con brutalidad en las urnas. Los resultados de la última elección, en la que Chile se sumó al auge mundial de gobiernos de ultraderecha, le dan urgencia a este debate: las fuerzas progresistas obtuvimos nuestro peor resultado electoral desde 1932 y los candidatos más votados representaban ideas ultras, populistas o abiertamente antisistema. Esto evidencia un momento de profunda reconfiguración política en que las fuerzas del autoritarismo avanzan en el mundo y en nuestra región, amenazando libertades y consensos civilizatorios que costaron generaciones conquistar. Pero el desafío más urgente no proviene solo de ese flanco, sino también desde el propio, el de una izquierda que ha privilegiado la afirmación de su identidad y el anquilosamiento de su capacidad de influencia por sobre la construcción de mayorías.
El socialismo chileno tiene la responsabilidad trascendental de reconectar con un sujeto histórico que sigue siendo el mismo en su esencia el que vive de su trabajo y aspira a una vida mejor pero que se ha fragmentado. Hoy ese sujeto es el trabajador formal y el independiente que emprende, la clase media que ha progresado y no quiere retroceder, el joven apático y sin proyecto colectivo, el que vota por seguridad antes que por redistribución, y muchas otras expresiones de una clase cada vez más compleja de caracterizar. Distintas trayectorias, distintos miedos, una misma aspiración: vivir con dignidad, progresar con seguridad y construir un proyecto de vida propio. Nuestra misión es ofrecer a esa mayoría fragmentada un proyecto político conectado con esas aspiraciones y a la altura de los desafíos que hoy presenta la sociedad chilena.
Es esa sensación de orfandad, la de quienes no se reconocen ni en el autoritarismo ni en una izquierda desconectada de la realidad, la que da origen a este documento. Reivindicamos el legado de la izquierda democrática y reformista sin nostalgia y sin complacencia. Sin nostalgia, porque el mundo en que gobernó ya no existe y las respuestas de entonces no bastan para los desafíos de hoy. Sin complacencia, porque sabemos que ese ciclo también acumuló deudas en productividad, en modernización del Estado, en la capacidad de leer el malestar antes de que se convirtiera en estallido y que la autocrítica honesta no debilita una tradición: la hace creíble. Creemos que nuestra misión es reivindicar esas experiencias transformadoras a la luz del siglo presente, en un marco permanente de democracia, derechos humanos y multilateralismo, sin dudas ni condiciones de ningún tipo.
Los redactores de este texto provenimos de un sector cuyas generaciones pasadas se jugaron la vida por la democracia y sus ideales. Somos militantes del Partido Socialista, personas progresistas e independientes de izquierda, unidas por la preocupación común por el futuro del socialismo, su capacidad de renovación y su proyección en la construcción del país. Este documento es el resultado de un proceso de trabajo colectivo desarrollado a lo largo de casi dos años, a través de encuentros presenciales y espacios de conversación. Las 14 tesis aquí presentadas fueron discutidas, contrastadas y acordadas en instancias de diálogo y toma de decisiones compartidas, que buscaron deliberadamente combinar reflexión política, experiencia práctica y vocación pública.
En este documento reconocemos un conjunto de desafíos ineludibles. No es un programa de gobierno ni un catecismo doctrinario: es un punto de partida para un debate que consideramos urgente. Una invitación a quienes comparten la convicción de que nuestro punto de llegada puede y debe volver a ser una fuerza transformadora capaz de construir mayorías, gobernar bien y ofrecer a Chile un proyecto de futuro a la altura de su tiempo.
1. El socialismo chileno ha liderado las principales transformaciones progresistas de las últimas década
La disminución de la desigualdad y la pobreza, el avance en derechos civiles y el mejoramiento en la calidad de vida de millones de compatriotas son legados indiscutibles de los gobiernos progresistas de la Concertación, que, como socialistas, hacemos propios. Parte de las críticas recientes a dicho legado desconoce los esfuerzos de una generación que lideró los años de mayor crecimiento y de reducción de desigualdades en nuestra historia. Reconocemos y celebramos los grandes logros sociales y económicos impulsados por estas administraciones, como la ampliación de la jornada escolar, el Auge, el sistema Chile Solidario, el seguro de cesantía, el divorcio, la despenalización de la homosexualidad y una larga lista de avances que tuvieron un significativo e innegable impacto en la calidad de vida de las y los trabajadores del país.
2. El Estado debe ser robusto y eficaz en su rol de promotor del desarrollo, regulador de la actividad privada y redistribuidor de la riqueza
Como socialistas, creemos en un Estado gestor, coordinador, regulador y eficiente. Un aparato institucional jurídica y logísticamente ágil que, en sana convivencia con las libertades económicas y las fuerzas del mercado, cumpla un rol integrador y redistributivo. Creemos en un sistema mixto construido sobre la base de una relación virtuosa entre lo público y lo privado. Más que una confrontación permanente, creemos en la cooperación entre ambos mundos. La solución idónea para cualquier problema debe ser siempre la más eficiente y la que ofrezca el mayor bienestar y la mayor igualdad.
En este contexto, el rol del Estado debe ser el de propiciar dicho bienestar mediante la promoción y regulación de la actividad privada, así como la implementación de políticas públicas redistributivas orientadas a corregir las distorsiones del mercado y a reducir la desigualdad. El Estado debe, además, habilitar las condiciones para el mejor desarrollo de la actividad privada en el país, pudiendo también participar en el mercado a través de empresas estatales u otras formas de promoción e incentivo del desarrollo.
Para cumplir con esta misión, el Estado chileno debe modernizarse. No se trata necesariamente de reducir su tamaño, sino de asegurar que sus procesos sean los adecuados para responder adecuadamente a las necesidades de la ciudadanía. Instituciones públicas capaces de proveer bienes y servicios adecuados de manera oportuna y efectiva fortalecen el rol del Estado como garante de bienestar social y redistribución. La burocracia excesiva y la rigidez institucional pueden obstaculizar la eficiencia y la innovación en la gestión pública, por lo que es esencial modernizar los procesos, potenciar la digitalización, fortalecer y agilizar la labor funcionaria y promover una cultura institucional orientada a resultados.
3. El socialismo ofrece una alternativa para retornar a la senda del desarrollo y crecimiento económico en Chile
Tras décadas de crecimiento, Chile atraviesa hoy un momento de estancamiento económico. La dependencia de materias primas y la caída en sus precios, la baja productividad, los impactos de la pandemia del COVID-19, la incertidumbre y las incertezas jurídicas de un sistema de inversiones excesivamente burocrático son algunos de los factores que impiden que Chile retome los niveles de crecimiento registrados durante los 90’s y 00’s. En ese contexto, además, la concentración de la riqueza profundiza las desigualdades sociales y económicas que afectan la calidad de vida de las y los más vulnerables, quienes sistemáticamente se ven privados de los beneficios del crecimiento. El modelo de desarrollo chileno requiere ser actualizado; ya no se trata de quién lo administre, sino de corregir sus defectos estructurales.
Un proyecto socialista en Chile debe apuntar a fortalecer la inversión pública y privada en sectores clave, promoviendo políticas que incentiven la innovación y el emprendimiento. Parte del estancamiento en Chile se explica por la insistencia en una matriz productiva extractivista que, tras alcanzar cifras de crecimiento excepcionales en años anteriores, hoy ya no puede generar los márgenes necesarios para mantener un crecimiento que permita beneficiar a toda la población. Hoy Chile debe transitar hacia una nueva fase de desarrollo económico que, a la par de la explotación de recursos naturales, esté centrada en la formación de capital humano y en el desarrollo de la innovación.
4. Un futuro próspero para Chile exige una modernización educacional acorde a los desafíos de un contexto global cambiante
La modernización educativa y laboral en Chile es un desafío que requiere una estrategia integral. Nuestro sistema educacional debe reformarse no sólo en contenidos y estructuras, sino también en el reconocimiento de que el avance del conocimiento y las nuevas tecnologías exigen una formación flexible que permita a las futuras generaciones enfrentar la vida y un mercado laboral en constante transformación. Una nueva educación en Chile debe tener en su centro el cultivo del pensamiento crítico, el trabajo colaborativo y el aprendizaje activo, apuntando a la formación en valores cruciales para la convivencia social, como el civismo, la disciplina, la tolerancia y el respeto mutuo. Es crucial priorizar el desarrollo de capacidades desde la educación parvularia hasta la educación superior, con especial énfasis en la formación de capacidades en edades tempranas.
Pese a la ampliación de la cobertura educativa en las últimas décadas, la movilidad social que esta habilitaría se ha estancado. Por ello, se debe avanzar hacia una desestratificación general del sistema, buscando garantizar que, independientemente del origen socioeconómico, la participación en el sistema educacional garantice la capacidad de contribuir a la sociedad y obtener el reconocimiento necesario. La educación en Chile debe asegurar la igualdad de oportunidades para el desarrollo adecuado de cada individuo.
Entre la educación y el mundo laboral existe una relación que ha de ser sinérgica: las empresas y el Estado deben engranar en la creación de oportunidades acordes con las necesidades contingentes y futuras del mercado laboral. Para impulsar un nuevo modelo de desarrollo, el Estado debe cumplir un papel fundamental: establecer una hoja de ruta para las bases curriculares que integre dicha visión; fomentar la alineación de la oferta educativa con los retornos que los programas entregan; y establecer un marco de competencias común que reconozca las diferentes habilidades adquiridas a lo largo de la vida.
Todo proyecto socialista debe apuntar a que el crecimiento económico y el bienestar social vayan de la mano, promoviendo un desarrollo que no deje a nadie atrás y verdaderamente potencie la capacidad de cada chileno y chilena para contribuir al desarrollo del país.
5. El socialismo debe promover un sistema de salud basado en el bienestar del ser humano en todas sus dimensiones
La salud es el pilar básico del bienestar, de la equidad y de la cohesión social, y debe entenderse como una conjunción de los factores sociales, ambientales y vinculares de las personas. Por tanto, la salud pública se debe entender como la provisión de las condiciones de bienestar integral a lo largo de todo el ciclo vital del ser humano.
El sistema de salud actual necesita un cambio profundo que vaya más allá del tratamiento de enfermedades y considere la integralidad del bienestar, incluyendo aspectos como el medio ambiente, la educación, el trabajo y el entorno inmediato de las personas. La crisis sanitaria que enfrentamos afecta tanto la salud física como la mental, revelando la insuficiencia de ofertas que solo abordan las consecuencias, sin abordar las causas. Además, las desigualdades territoriales, económicas y sociales, junto con políticas segmentadas, agravan la vulnerabilidad y dificultan el acceso a condiciones dignas de vida.
En este contexto, es imprescindible que el Estado asuma su rol como garante de las condiciones básicas para el bienestar y la salud, promoviendo una visión intersectorial que integre todas las políticas públicas, con enfoque en la construcción de hábitos saludables, la prevención y la atención primaria. La salud no debe limitarse solo a la atención médica, sino entenderse como un concepto amplio que involucra la coordinación de diversos ámbitos para crear un entorno propicio para una vida plena. Un enfoque integral en la gestión del bienestar fortalece la presencia del Estado como garante efectivo, sosteniendo tanto a la persona como a la sociedad, y legitima la democracia como un espacio de convivencia orientado al bien común.
6. La seguridad física es la base del Estado de derecho y condición necesaria de cualquier programa socialdemócrata
Chile atraviesa una seria crisis de seguridad. Los cambios sociodemográficos, así como la crisis de confianza y la inacción del Estado en períodos recientes, han alimentado un escenario de anomia e incertidumbre que ha generado un ambiente de inseguridad generalizada, marcado por una mayor presencia de incivilidades en el espacio público, el florecimiento de nuevos tipos de delitos, un aumento de la violencia y la consolidación de organizaciones criminales que disputan el rol del Estado en algunos territorios.
La percepción de inseguridad y la exposición al delito afectan directamente la libertad de los individuos e inhiben todo proyecto colectivo de la sociedad, mermando el ya deteriorado tejido social en nuestro país. La inseguridad también es un problema de clase, distribuido desigualmente en el territorio nacional. Por lo mismo, consideramos que la seguridad física es una condición necesaria para el desarrollo humano y, por tanto, debe constituir una preocupación central de todo proyecto socialdemócrata.
Para asegurar las mejores condiciones materiales de existencia para todas y todos los chilenos, el socialismo debe promover el respeto irrestricto al estado de derecho, ofreciendo soluciones prácticas, tangibles y efectivas, haciendo un uso serio y responsable del monopolio de la fuerza pública y evitando caer en el populismo punitivista.
7. El socialismo debe volver a situar lo material en el centro de su proyecto en un contexto de seguridad física, social y económica
El socialismo debe interpretar las nuevas realidades del trabajo y reconectar con la aspiración legítima de bienestar material de las mayorías. La clase trabajadora ha cambiado profundamente: hoy está compuesta por personas diversas que viven de su esfuerzo cotidiano, ya sea como empleadas, trabajadoras independientes o emprendedoras, en un contexto marcado por la incertidumbre. El deseo de trabajar, progresar y construir un proyecto de vida propio no puede ser leído como una alienación neoliberal, sino como una expresión legítima de la aspiración humana a mejorar las condiciones materiales de existencia a través del propio talento, esfuerzo y creatividad.
Un proyecto socialista contemporáneo debe reconocer y abrazar este impulso como una dimensión central. Ello exige sistemas de protección social universales, acceso equitativo a oportunidades, políticas de fomento productivo y garantías que aseguren igualdad de condiciones para que todas las personas puedan desarrollar un buen proyecto de vida, con independencia de su forma de inserción laboral. Reconocer la diversidad del mundo del trabajo no implica fragmentar al sujeto social, sino ampliar su comprensión desde una base común de derechos y seguridades compartidas.
El socialismo chileno puede y debe levantar una voz propia en torno al bienestar económico, afirmando que el progreso material y el éxito personal solo son justos cuando se desarrollan en un marco garantizado de seguridad física, social y económica. Un socialismo universalista no niega las diferencias ni las trayectorias diversas, sino que se propone neutralizar las desigualdades de origen, de modo que el destino de las personas no quede determinado por la cuna, el apellido o el lugar de residencia.
8. La vivienda, los barrios y la ciudad son un pilar del desarrollo social y urbano y el Estado debe jugar un rol clave en su gestión y planificación
Reconocemos que la vivienda es clave para el desarrollo personal, la inclusión social y la construcción de barrios y ciudades sostenibles. Por ello, como sociedad, debemos afrontar desafíos actuales, como el déficit habitacional, el incremento de los campamentos y la necesidad de promover una integración social efectiva mediante la creación de nuevos barrios y espacios urbanos.
Para abordar estos desafíos, el Estado debe jugar un rol de mayor amplitud, gestionando políticas habitacionales que sean diversas y adaptadas a diferentes sectores sociales, además de influir en el mercado mediante la gestión del suelo disponible. Mientras los valores del suelo sigan en aumento, la política habitacional seguirá siendo insuficiente para atender a los grupos más vulnerables y reducir las desigualdades urbanas.
El aumento de campamentos tiene múltiples causas y es responsabilidad del Estado construir soluciones que fortalezcan el cumplimiento del Estado de derecho, evitando incentivar asentamientos irregulares. Es imprescindible cubrir la demanda habitacional existente y ofrecer respuestas responsables y sostenibles a los campamentos actuales, promoviendo mecanismos que integren las necesidades sociales con la planificación urbana.
Al construir viviendas se generan barrios. La vivienda no debe entenderse solo como una solución individual, sino como parte de una construcción colectiva. Los espacios comunes, la convivencia pública y el acceso a servicios como salud, educación, transporte, seguridad y recreación fortalecen el tejido social y mejoran la calidad de vida. Es fundamental potenciar las organizaciones sociales que dan vida a los barrios, que representan la historia y la identidad de nuestras ciudades y que son actores clave en el desarrollo urbano.
9. La emergencia climática se debe enfrentar con convicción, estableciendo los incentivos adecuados para una transición ecológica
El cambio climático representa una amenaza global inminente y Chile, con su geografía diversa y sus ecosistemas únicos, es particularmente vulnerable a sus efectos. A pesar de los esfuerzos realizados, aún falta una respuesta pública y política robusta para enfrentar esta crisis ambiental y sus implicaciones sociales y económicas.
Es necesario hacernos cargo de los efectos ya visibles del cambio climático. Los incendios de gran magnitud y las inundaciones son cada vez más frecuentes, tanto por la variabilidad climática como por el aumento de la vulnerabilidad en el país. Debemos reflexionar sobre la forma en que habitamos los territorios y buscar mecanismos de prevención y reducción de riesgos, con el fin de disminuir el sufrimiento humano que estos desastres provocan.
Aun cuando es urgente retomar la senda del crecimiento económico, los esfuerzos que vayan en esa línea deben venir aparejados de la adopción de políticas para un desarrollo sostenible y estrategias nacionales y multilaterales que aborden la emergencia climática. Fomentar la inversión en energías renovables como el hidrógeno verde, la energía solar y la eólica, donde nuestro territorio tiene enormes ventajas, así como la producción y el uso sostenibles del agua para la minería, la agricultura y el consumo humano, son factores clave para mejorar las condiciones ambientales de nuestro territorio.
10. El socialismo es feminista y debe hacerse cargo de las desigualdades estructurales de género
Creemos en la igualdad de todas las personas y en el compromiso de construir una sociedad en la que mujeres y hombres tengan las mismas oportunidades y derechos. La igualdad de género no solo es un principio de justicia, sino también una condición fundamental para un desarrollo social inclusivo, que respete la libertad individual y permita enfrentar de forma colectiva el devenir de nuestra sociedad.
Reconocemos que las mujeres han sido históricamente subrepresentadas y discriminadas en diversos ámbitos de la vida pública y privada, lo que constituye una injusticia estructural que todo proyecto socialista debe enfrentar con firmeza. Esto pasa por reivindicar y valorar los roles sociales que cumple la mujer en todos los ámbitos de la vida entre otras cosas, el trabajo no remunerado y de cuidado habilitantes de la actividad productiva-, promover y proteger la participación femenina en política y avanzar hacia la erradicación de toda brecha material por concepto de género.
Promovemos además una sociedad en la que el peso de la maternidad y la crianza no recaiga en su totalidad sobre la mujer por su sola condición biológica, ni que se traduzca en castigos laborales y económicos. Para ello y para facilitar su desarrollo integral en todas las esferas, la corresponsabilidad masculina es esencial.
11. La agenda socialista es tanto universalista como sensible a las diferencias materiales
Históricamente, las fuerzas tradicionales de izquierda han centrado su acción política en la igualdad y la justicia social, entendidas ambas como principios universalistas orientados al mejoramiento de las condiciones de existencia de todas las personas y, en particular, de las y los trabajadores. En los últimos años, sin embargo, nuevas fuerzas progresistas han ingresado al campo político, reemplazando, en algunos casos, estas banderas de alcance universal por agendas de identidades particularistas.
Como socialistas, reconocemos el valor de todas las identidades y hacemos propio el afán por alcanzar el mayor bienestar en todos los planos de la existencia humana, sin distinción de raza, origen social, género, orientación sexual u otras condiciones que pueden definir la individualidad. Creemos que la construcción de un proyecto socialista moderno debe tener un enfoque inclusivo y fomentar un debate respetuoso que integre todas las voces de la sociedad chilena, en el marco de un proyecto universalista de igualdad y justicia social que apunte a la construcción colectiva del país.
12. Frente al antiglobalismo, el socialismo debe ser un bastión de integración internacional
En un contexto global en el que el nacionalismo y el proteccionismo resurgen, es esencial que Chile mantenga una postura activa y comprometida con el multilateralismo y la cooperación internacional. La interacción con otros países es fundamental para abordar desafíos transnacionales como el cambio climático, la migración y las crisis económicas.
14 TESIS PARA UN NUEVO PROYECTO SOCIALISTA EN CHILE
Respetando las bases identitarias de los proyectos que han dado forma a nuestro país y sus tradiciones, Chile debe posicionarse como un líder en la promoción de relaciones internacionales -políticas y económicas- basadas en el respeto mutuo, la cooperación y la defensa de los derechos humanos. Por otro lado, un proyecto socialista en Chile debe reconocer los flujos migratorios como un fenómeno propio de la globalización, pero debe ofrecer alternativas de políticas para que éstos se lleven a cabo de forma ordenada y controlada, resguardando la sana convivencia en el territorio nacional y estableciendo condiciones para que quien venga a vivir a nuestro país sea un aporte al desarrollo social y económico colectivo.
13. El socialismo debe ofrecer alternativas para canalizar demandas sociales legítimas sin caer en la tentación del populismo
El crecimiento de los populismos en el escenario político actual es una manifestación de las crisis de representación y de la desconexión de las instituciones con las demandas populares. Las democracias de todo el mundo, incluida la chilena, han sido testigos de un incremento de la popularidad de discursos polarizantes y movimientos que prometen devolver «cierto orden» perdido por la incapacidad o la malicia de un «establishment» percibido como corrupto y distante. Esta simplificación del discurso político -que apela a las emociones más que a la razón plantea un desafío significativo a los principios de la democracia liberal y constituye una amenaza latente para la convivencia y la cohesión social.
El resurgimiento de discursos populistas refleja una demanda de cambio en un contexto de crisis económica y social, pero también abre la puerta a alternativas autoritarias. Para enfrentar este desafío, es fundamental que el socialismo chileno se presente como una alternativa sólida capaz de canalizar demandas legítimas sin caer en las tentaciones del populismo.
El socialismo en Chile debe reafirmar su compromiso con el diálogo, promoviendo una democracia participativa que no sólo escuche, sino que también integre a todas las voces de la sociedad. El desafío de las fuerzas progresistas debe ser garantizar que el descontento no se convierta en una oportunidad para la manipulación y el autoritarismo, sino en un motor de cambio que fortalezca nuestras instituciones y renueve la confianza de la ciudadanía en la política.
14. La democracia requiere partidos políticos fuertes, una centroizquierda unida y nuevos liderazgos progresistas
La crisis de gobernabilidad en Chile, marcada por una alta fragmentación partidaria, limita la capacidad del país para alcanzar consensos y avanzar en reformas que respondan a las demandas sociales. La proliferación de partidos pequeños y el crecimiento de representantes independientes generan un escenario que dificulta la construcción de alianzas, afectando la estabilidad y la efectividad del Gobierno. Para superar esta situación, es fundamental fortalecer los partidos políticos mediante reformas que reduzcan la atomización, promuevan la cohesión sectorial y faciliten la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo.
Desde una perspectiva socialista, creemos que el diálogo y la cooperación pluralista son esenciales para construir consensos sociales duraderos. La construcción de alianzas programáticas basadas en principios de libertad, igualdad y justicia debe ser una prioridad, evitando que los cargos políticos se utilicen como moneda de cambio. La clave está en articular una ética política que fomente el diálogo abierto y la cooperación entre fuerzas progresistas, en torno a un proyecto colectivo que privilegie el bienestar social por encima de intereses particulares.
Esta visión exige también fortalecer la organización interna del propio campo de centroizquierda, en particular del Partido Socialista, promoviendo el surgimiento de nuevos liderazgos y de espacios de influencia. Reconocer el potencial de sus cuadros técnicos y políticos garantiza la relevancia de la centroizquierda en el escenario político chileno, permitiendo que dicha fuerza articule propuestas robustas y coherentes para un futuro más inclusivo y democrático. Solo mediante el fortalecimiento del diálogo, la integración de esfuerzos y la renovación de liderazgos, Chile podrá avanzar hacia una gobernabilidad más sólida y un modelo político verdaderamente representativo.