Hablar de la guerra parece fácil. Incluso creo que hay personas que se deleitan con su probabilidad de que ocurran, o de provocarlas, o ser sus protagonistas. Soy heredero de los años sesenta y crecí escuchando hablar de la guerra. En esos tiempos, parecía tan fácil proponer la guerra revolucionaria para enfrentar a los tiranos de los más diversos pelajes (desde los más sanguinarios que acumulaban una estela de muertos, desaparecidos y torturados, hasta los menos violentos que usaban la fuerza del estado para detener los intentos subversivos o las justas insubordinaciones contra las democracias que se resistían a los cambios y perpetuaban las injusticias). La historia, mi historia, siempre estuvo rodeada de esos discursos. Jugué y me fascinaron los soldaditos de plomo o los más modernos de plástico que vestían el uniforme de los “marines” y que yo los camuflaba como soldados reconvertidos en guerrilleros, para impedir una disonancia cognitiva que me dejara daño emocional permanente. Tampoco soy ingenuo y sé que las guerras son parte consustancial a la experiencia humana. No hay historia sin guerra. Pero hoy se vive algo distinto: se ha perdido todo decoro y la condición homicida de la guerra se proclama a los cuatro vientos, desde los más diferentes rincones del planeta.

De acuerdo al conocimiento público y vulgar, probablemente nunca se estuvo tan cerca de una guerra nuclear como durante la crisis de los misiles en Cuba, el año 1962. En las semanas previas al ultimátum que Kennedy dio a Jrushchov para retirar los misiles instalados en Cuba, hubo discursos bélicos, pero recuerdo que casi nunca se dejaba de señalar el riesgo de que dos potencias nucleares estuviesen a punto de entrar en guerra. El mundo observaba con perplejidad que aquello que muchos predecían y todos declaraban querer evitar, estaba a punto de ocurrir. Felizmente las grandes potencias llegaron a un acuerdo del tipo “yo sacó los misiles de Cuba y tú sacas los que tienes en Turquía”. Se hablaba de la guerra, pero nadie la quería. Se asumía que en una guerra atómica no habría vencedores. La destrucción era mutua y eso disuadía de cualquier intento de pasarse de listo y lanzar el primer ataque. Este equilibrio de fuerzas destructivas y mortales estuvo en la base de largas décadas sin conflictos a escalas mundiales.
Hoy la intuición de que con la guerra “todos pierden” no ha sido obstáculo para que muchos gobernantes hablen de aquello de lo que son capaces militarmente y de todo el daño que pueden hacerles a los eventuales enemigos. Hay momentos –no sé si a todos les pasa- que escucho a los principales liderazgos del conflicto en medio oriente y me da la sensación de estar frente a bestias sedientas de sangre, de odio, de codicia y desmesura. Cuando hablan de sus enemigos, cualquier amenaza o advertencia se queda chica. Por supuesto –y no digo nada nuevo- la figura icónica de la falta de templanza en el lenguaje es el presidente Trump. Él ha amenazado con hacer desaparecer a una civilización milenaria, lanzar ataques nunca antes vistos en la historia (y recordemos que en agosto de 1945 su país lanzó dos bombas atómicas sobre Japón que mataron entre 105.000 y 120.000 personas en un día, y que, a finales del mismo año, ya contaban con alrededor de 250.000 personas muertas), producir los daños más grandes de la historia, por mencionar algunas ideas.

Netanyahu y el alto mando israelí no lo hacen mejor. A veces escucharlos recuerda a esas películas donde los malos planean las peores y más feroces represalias contra sus enemigos, imaginando de antemano cómo los destruirán y cómo los harán sufrir. Y no son solo palabras. Recordemos que, por 1.200 personas muertas en los ataques terroristas de Hamas, Israel asesinó en dos años a más de 70.000 gazatíes, la gran mayoría civiles, mujeres y niños. Y no se quedó solo ahí. Estableció un sitio total al territorio, destruyó casi el 100% de la infraestructura de Gaza y provocó una situación humanitaria que por momentos recordaba paradójicamente a la que vivieron los judíos en los múltiples guetos que generaron los nazis en Europa durante la segunda guerra mundial. Se ha hablado, y no sin razón, de la implementación en Gaza de un verdadero genocidio o la aplicación de una estrategia de limpieza étnica. Actualmente Israel controla más del 60% de esa zona y ha reducido a los gazatíes al mínimo para vivir, mientras que Cisjordania es un territorio ocupado por Israel, sin soberanía, con un control total sobre un 60% y el resto ocupado militarmente. Prácticamente todos los días se informa de bombardeos donde mueren civiles.
Así como Hamas instaló el terrorismo como estrategia de resistencia a la ocupación israelí y ha declarado su determinación de destruir el estado de Israel, este último instaló una práctica de asesinatos selectivos tan impresionante que incluso Trump les llamó la atención porque para asesinar a una persona, destruían un edificio entero con los ocupantes que allí hubiera, fuesen o no militantes de Hamas o Hezbolá. A estos grupos no los oímos demasiado porque no acceden a los medios informativos que circulan en occidente, pero tengo la sospecha de que deben ser tan amenazantes y convocantes a la guerra destructiva como sus adversarios. Destruir al otro, hacerlo sufrir, violentarlo, controlarlo, dominarlo, son las palabras que hoy están en el dominio público sin ninguna restricción.

La situación de Europa me llama especialmente la atención. Dada su historia, uno imaginaría que debiera ser la más renuente a la instalación de los lenguajes bélicos. Los sufrieron dos veces en el siglo XX y en ambas el desenlace fue el desarrollo de conflictos bélicos de gran envergadura. En estos años, como respuesta a la invasión de Rusia a Ucrania, se observan nuevamente los lenguajes de guerra. Todo indica que, luego de un período en que la OTAN se fue expandiendo hacia el oriente, el enfrentamiento con Rusia iba a ser inevitable. No se decía en voz alta pero las cosas se encaminaban hacia ese escenario hasta que llegaron. Y en vez de desarrollar una estrategia que lograra un gran pacto con Rusia que beneficiaría a todos, se ha optado por la línea confrontacional lo que, de tanto decirlo, capaz que termine transformándose en realidad. Se vuelve a hablar de una Europa guerrera, combatiendo a los rusos –lo que suena, por último, razonable ya que están al lado y con la cara pintada- pero también aterrados con los chinos. Y lo más triste es que, hasta ahora, prácticamente son intrascendentes.

En nuestro vecindario, aunque no parecieran avizorarse nubarrones bélicos entre estados, ya hace mucho rato que priman en las políticas internas los lenguajes guerreros. La reciente elección de Abelardo de la Espriella es sintomática. Saluda como militar, habla de hacer la guerra a medio mundo, pareciera querer beber sangre a como dé lugar. Sigue la línea de los históricos apologistas de la guerra en ese país (guerrillas y paramilitares con sus respectivos referentes civiles). Algo similar tenía el discurso chavista. Su belicosidad, su arrogancia del poder, su fraseo permanente de la guerra terminó en guerra, y en derrota. Milei se dio el gusto de ir a Brasil e insultar al presidente Lula en su propio territorio. Y acá en Chile, la derecha llegó al gobierno con un lenguaje de confrontación solapado que le ha costado moderar ahora que tiene el poder. Y nuestro centro, centroizquierda e izquierdas, todavía no saben cómo darle con el palo al gato.
Lo más desilusionante, en mi opinión, es que pareciera no haber conciencia del riesgo que implica dejar espacio a los lenguajes de guerra. Hay un dicho popular que en este sentido es muy decidor: “palabras sacan palabras”, que debiera complementarse con esa idea de que el lenguaje conforma realidad. Hay que hablar de la paz y sus formas operacionales: la diplomacia, los acuerdos, los consensos. Si no cuidamos nuestras palabras y nos arrastramos a las ofensas, las amenazas, las mentiras, la denostación, muy fácilmente podríamos pasar a la acción. Si la memoria no nos falla, nunca debiéramos olvidar que las peleas (no las discusiones ni los intercambios de insultos) en el parlamento chileno, y los enfrentamientos a piedrazos en las calles, antecedieron a lo más parecido a una experiencia de guerra en el Chile contemporáneo: la dictadura militar y su reguero de horrores.
Hablar de guerra es fácil. Ver sus consecuencias es inaceptable. En este sentido, para producir una suerte de efecto vacuna, miremos las escenas en las ciudades en guerra: Kiev, Gaza, Teherán, Líbano, Alepo, Bagdad y tantas otras. Están en YouTube, no es difícil encontrarlas. Y ahí está el único resultado palpable de glorificar los lenguajes guerreros.
1 comment
Excelente tu artículo Antonio!
Así es, la banalidad de la guerra !