Sesenta maneras de cambiar el mundo

por Luis Breull

Los Beatles querían tomarnos de la mano. Al menos eso parecía en 1963, cuando cuatro jóvenes de Liverpool, con trajes correctos y flequillos inquietantes para los padres, provocaron una histeria que sorprendió incluso a quienes hacían dinero con ella. Seis años después, Lennon pregonaba la paz junto a Yoko Ono, Harrison regresaba de la India tras descubrir a Ravi Shankar, McCartney convertía el estudio en territorio de exploración y Ringo seguía pareciendo Ringo mientras todos buscaban alguna trascendencia. Entre Please Please Me y Abbey Road pasaron apenas seis años y, antes de cumplir treinta, transitaron del amor a la revolución, las drogas, la espiritualidad y la religión, la soledad, la política y la muerte, en medio de guerras y burlas a la monarquía y las élites. Esa aceleración convirtió el porvenir en territorio de disputa. Sus libertades, rupturas y preguntas sobreviven, aunque se haya debilitado la convicción de pensar y construir colectivamente el mundo. Volver a los sesenta, incluso desde la marginalidad de Chile, obliga a preguntarnos cuándo dejamos de imaginar el futuro para administrar el presente.

Cuando cambiar el mundo parecía una buena idea posible

Nací en 1966 y descubrí mi pasión por la música a los cinco años, escuchando una y otra vez What is Life de George Harrison en un single de 45 rpm de 1971. Los Beatles sirven, por eso, como extraordinario artefacto arqueológico de los sesenta. Comenzaron en el mundo de posguerra y terminaron habitando otro paisaje cultural. Entre ambos extremos quedaron los Kennedy, Vietnam, Martin Luther King, Malcolm X, el Che Guevara, mayo del 68, la Primavera de Praga, la píldora anticonceptiva, la minifalda, el LSD, la Reforma Universitaria, la descolonización africana, el feminismo de segunda ola, los derechos civiles, el Pop Art, el Boom latinoamericano, la Nouvelle Vague, la Nueva Canción Chilena, Woodstock, dos computadores conectados y dos hombres caminando sobre la Luna. Vista desde 2026, cuando acabo de cruzar los sesenta años, aquella concentración resulta casi obscena frente a una época que produce millones de videos, opiniones, imágenes y controversias destinadas a envejecer en horas. Los sesenta necesitaron bastante menos ruido para alterar las coordenadas culturales del planeta.

Quizás la primera gran invención de la década haya sido la juventud, hasta entonces tratada como una antesala de la vida adulta. Los sesenta le dieron identidad, estética, mercado, música, sexualidad y voz política. Los hijos comenzaron a decidir cómo vestirse, qué escuchar, cuánto mediría su pelo, a quién amar y qué guerras aceptar. El jeans pasó de ropa de trabajo a uniforme universal, Mary Quant convirtió unos centímetros de falda en discusión moral y Carnaby Street hizo de la moda una declaración generacional. Jimi Hendrix incendió una guitarra en Monterey como protesta ante el poder y las guerras, mientras el body art de Marina Abramovic y Ulay llevaba el cuerpo al espacio público. Pelo largo, marihuana, sexo prematrimonial o cierta música funcionaban como declaraciones de independencia. El mercado entendió pronto la oportunidad y comenzó a vender rebeldía por tallas. Esa habilidad tampoco la hemos perdido.

La píldora anticonceptiva modificó profundamente la relación con el cuerpo al permitir que millones de mujeres administraran con mayor autonomía sexualidad y maternidad. Betty Friedan publicó The Feminine Mystique en 1963 y denunció la insatisfacción de mujeres educadas para realizarse exclusivamente en el hogar. El feminismo de segunda ola llevó a la esfera política el matrimonio, el trabajo doméstico, la maternidad, el placer, el salario y el poder dentro de la familia. En ese paisaje de identidades emergentes, Stonewall en 1969 permitió a gays, lesbianas y otras categorías sexuales ocupar públicamente la calle contra el secreto, la vergüenza y la persecución. Buena parte de las discusiones actuales sobre género, diversidad y autonomía corporal conserva esa genealogía, aunque las redes sociales a veces la presenten como conquista del siglo XXI.

La revolución se televisa… luego vendrán el espectáculo y los comerciales

La calle también visibilizó el conflicto racial. Martin Luther King Jr. habló ante cientos de miles de personas en Washington en 1963 y convirtió un sueño en uno de los grandes textos políticos del siglo. Malcolm X expresó una experiencia negra más áspera y menos dispuesta a confiar en la paciencia de los blancos. Muhammad Ali mostró que un campeón mundial podía negarse a ir a Vietnam, cambiarse el nombre, denunciar el racismo y transformar una conferencia deportiva en tribuna política. Las marchas de Selma en 1965 en Alabama revelaron además la potencia de una injusticia vista por millones. Policías golpeando manifestantes negros entraron a los hogares junto a comerciales de detergentes, electrodomésticos y automóviles. La política comenzó a ocurrir también dentro de la pantalla.

John Kennedy había entendido temprano esa mutación. Sus cuatro debates televisivos con Richard Nixon en 1960 fundaron parte de la política audiovisual moderna. Apariencia, iluminación, seguridad corporal y dominio de cámara se incorporaron a las condiciones para gobernar una democracia. Sesenta años después, un candidato puede dedicar más tiempo al encuadre de un video vertical en redes sociales que a explicar una política pública durante cuarenta segundos. Marshall McLuhan advirtió que los medios modificaban nuestra percepción mucho antes de que lleváramos uno encendido en el bolsillo y Guy Debord publicó La sociedad del espectáculo en 1967. Instagram, TikTok, los influencers, los filtros faciales y los presidentes convertidos en productores de contenido todavía pertenecían a una ciencia ficción de mala imaginación.

Vietnam llevó una dimensión siniestra a esa pantalla. Helicópteros, aldeas arrasadas, soldados agotados, napalm, ataúdes y cuerpos llegaron al living de hogares que podían cenar mirando la guerra. Las imágenes comenzaron a disputar credibilidad a las versiones oficiales y esa tensión entre experiencia audiovisual y discurso institucional atraviesa desde entonces nuestra relación con el poder. Hoy cualquiera lleva una cámara consigo y un abuso puede ser registrado, editado y difundido mundialmente en el tiempo de un semáforo. Los sesenta pusieron la cámara delante del poder y nosotros terminamos viviendo delante de ella.

El arte comprendió temprano el tamaño de la transformación. Andy Warhol llevó latas Campbell, estrellas de cine y accidentes al museo, Roy Lichtenstein amplió viñetas de cómic hasta volverlas pintura y Yoko Ono propuso obras intervenidas por el público. El Pop Art incorporó publicidad y consumo a una cultura donde la antigua frontera entre lo elevado y lo popular perdía sentido. Warhol convirtió además al artista en personaje y fabricó su propia imagen con una precisión reconocible para cualquier celebridad digital. Sabía, eso sí, que estaba construyendo una superficie, conciencia que nuestra época suele olvidar.

El cine vivió su propio terremoto. Godard cortó donde supuestamente nadie debía hacerlo, Truffaut convirtió la cinefilia en creación, Antonioni filmó el vacío afectivo de las sociedades prósperas, Fellini mezcló memoria, fantasía y autobiografía en 8 1/2 y Bergman llevó las dudas religiosas y existenciales a primeros planos insoportablemente humanos. Kubrick consiguió en 2001. A Space Odyssey que HAL resultara más inquietante que muchos personajes de carne y hueso. Eran películas que confiaban en un espectador capaz de tolerar ambigüedad, silencios y desconcierto, un pacto que hoy parece temerario cuando una plataforma pregunta a los pocos segundos de inactividad si todavía seguimos mirando.

América Latina dejó en esos años una huella cultural extraordinaria. Cortázar publicó Rayuela en 1963 y García Márquez Cien años de soledad en 1967. Vargas Llosa, Carlos Fuentes y José Donoso integraron una constelación que situó al continente en el centro de la literatura mundial. Macondo podía contener al universo y una novela latinoamericana circular por París, Barcelona, Nueva York o Buenos Aires sin pedir disculpas por su procedencia. En Chile, Violeta Parra investigó el folclor campesino, compuso canciones fundamentales, creó arpilleras y expuso en el Louvre. Su obra derribó jerarquías al demostrar que lo campesino podía ser contemporáneo, lo popular sofisticado y una creadora nacida en San Carlos dialogar con las vanguardias europeas llevando materiales que la buena sociedad chilena apenas consideraba dignos de atención.

Víctor Jara, Quilapayún e Inti-Illimani prolongaron esa operación desde la Nueva Canción Chilena. La guitarra y los instrumentos andinos adquirieron una dimensión política en un país que intentaba modificar estructuras antiguas. La Reforma Agraria intervino la organización rural heredada de siglos, la sindicalización campesina convirtió a trabajadores subordinados en actores políticos y la Reforma Universitaria cuestionó jerarquías académicas y formas de gobierno. Eduardo Frei Montalva hablaba de Revolución en Libertad mientras la izquierda miraba a Cuba y discutía caminos hacia el socialismo. Sectores católicos se acercaban a los conflictos sociales bajo el impulso del Concilio Vaticano II y de una Iglesia latinoamericana que comenzaba a mirar la pobreza con otros ojos. El Chile que elegiría a Salvador Allende en 1970 había sido removido cultural y políticamente durante toda la década.

1968 condensó la impaciencia en París, Berkeley, Berlín, Roma, Praga y Ciudad de México. Los estudiantes emergieron como actor político internacional y la autoridad perdió solemnidad. Mayo del 68 dejó grafitis más duraderos que algunos programas y líderes, la Primavera de Praga mostró hasta dónde llegaría la Unión Soviética para impedir un socialismo fuera del control del Kremlin y Tlatelolco reveló la violencia estatal contra los estudiantes. Marcuse circulaba bajo el brazo de jóvenes que cuestionaban el capitalismo mientras otros comprobaban que los regímenes comunistas también enviaban tanques cuando la conversación se alejaba de la ortodoxia. Foucault buscó formas menos visibles de poder en hospitales, cárceles, manicomios, sexualidades y sistemas de conocimiento. Derrida convirtió el lenguaje en territorio de sospecha y Sartre seguía encarnando al intelectual que podía discutir filosofía por la mañana y terminar en una manifestación por la tarde.

Rachel Carson abrió una nueva conciencia ecológica con Silent Spring en 1962, al denunciar los efectos de ciertos pesticidas y mostrar que la misma industria capaz de mejorar la vida podía alterar los ecosistemas. La naturaleza comenzó a perder su antigua condición de escenario inagotable y surgió una sensibilidad que décadas después produciría partidos verdes, legislación internacional y movimientos climáticos, además de esa curiosa experiencia contemporánea de comprar una botella reutilizable fabricada a diez mil kilómetros para sentir durante unos minutos que hemos colaborado con el planeta.

El Che Guevara, la boina y la tarjeta de crédito

La ciencia ampliaba violentamente los límites de lo posible con Yuri Gagarin orbitando la Tierra en 1961, Valentina Tereshkova viajando al espacio dos años después y Christiaan Barnard realizando en 1967 el primer trasplante de corazón humano, obligando a revisar preguntas sobre vida, muerte y límites técnicos del cuerpo. En 1969 los primeros nodos de ARPANET se comunicaron a distancia y abrieron la genealogía de Internet. Ese mismo año Neil Armstrong caminó sobre la Luna ante cientos de millones de espectadores, quizá uno de mis primeros recuerdos de la televisión en blanco y negro cuando tenía tres años.

Ver la Tierra flotando en la oscuridad hizo por cierta conciencia planetaria más que muchos tratados filosóficos, aunque también estuvimos cerca de destruirla. La Crisis de los Misiles de 1962 instaló durante trece días la posibilidad concreta de una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con Cuba en medio. El terror atómico entró en la imaginación cotidiana, alimentó películas, literatura, movimientos pacifistas y una sensación generacional de fragilidad. La revolución cubana ocupó otro lugar decisivo en América Latina al mostrar que un pequeño país caribeño podía desafiar a Estados Unidos. Tras morir en Bolivia en 1967, el Che Guevara se convirtió en icono planetario y la fotografía de Alberto Korda inició una segunda vida en afiches, banderas, poleras, tazones y mercancías. Pocas ironías resumen mejor la capacidad del capitalismo para digerir a sus adversarios que pagar con tarjeta una camiseta con el rostro de quien quería abolirlo.

Woodstock cerró simbólicamente la década con música, barro, cuerpos, drogas, pacifismo y una multitud convencida por unos días de que otra forma de vivir juntos era posible. Hendrix deformó el himno estadounidense hasta hacer oír bombas, sirenas y violencia. La contracultura fabricó rituales, ropas, sustancias, lenguajes y héroes, y al mismo tiempo una industria. La rebeldía comenzaba a cotizar. La tensión sigue con nosotros, porque cada generación inventa alguna insubordinación y poco después alguien descubre cómo convertirla en una línea de productos.

Por eso los sesenta permanecen cerca. Nuestra relación con la sexualidad, la juventud, las minorías, la ecología, la autoridad, los medios, el cuerpo, la cultura popular y la tecnología lleva sus huellas, igual que la desconfianza institucional, la fascinación con la imagen y la idea de expresar públicamente la identidad. Una parte considerable del vocabulario moral y político actual nació o adquirió fuerza entonces. Muchas disputas presentadas como novedades son capítulos recientes de conversaciones iniciadas cuando los teléfonos todavía estaban amarrados por un cable a la pared.

Pensar tomaba tiempo antes de obtener la solución

Quizás la distancia más inquietante con 2026 aparezca en la capacidad de los sesenta para imaginar futuros desde convicciones que podían comprometer una vida completa. Algunas abrieron emancipaciones y otras justificaron fanatismos, violencia y dogmas con muertos en todas las trincheras ideológicas. Aun así, exigían estudiar, leer, discutir, organizarse, equivocarse y permanecer años dentro de una idea. Marcuse reducido a un reel, Violeta Parra mirando las métricas de Gracias a la vida, Foucault corrigiendo Las palabras y las cosas según sus seguidores o Lennon consultando al SEO qué verso podría viralizarse provocan risa porque muestran cuánto cambió nuestra experiencia cultural.

Disponemos de una cantidad de información inimaginable para cualquier intelectual de los sesenta y esa abundancia produce una nueva intemperie. Saber que algo ocurrió reemplaza a menudo la necesidad de comprender por qué. La velocidad simula información mientras dificulta relacionar hechos, reconocer antecedentes y establecer jerarquías. Una controversia parece definitiva por la mañana, otra la reemplaza en la tarde y al día siguiente ambas se han borrado. Vivimos rodeados de urgencias que envejecen en horas.

La utopía requiere tiempo, silencio, atención y lecturas largas. También caminar sin audífonos hasta que una idea termine de formarse, mirar un cuadro durante veinte minutos, escuchar una sinfonía completa, leer un ensayo cuya conclusión está a ciento cincuenta páginas o tomar un café sin revisar el teléfono. Incluso aburrirse, aquella experiencia fértil que obligaba a la mente a llenar el vacío. Hoy cada espera admite una pantalla y cada duda una respuesta instantánea, en un parque del sector oriente de Santiago o en la plaza de un pueblo apartado.

La generación digital creció en una economía de la interrupción donde los estímulos compiten por segundos de atención. El algoritmo aprende qué retiene la mirada y devuelve una versión refinada de nuestros deseos, temores, prejuicios y curiosidades. Elegir requiere conocer alternativas y formar criterio exige atravesar materiales que contradigan nuestras preferencias. La promesa algorítmica evita buena parte de esa fricción al escoger qué escuchar, mirar, leer, comprar, qué ruta tomar, quién podría atraernos y qué opinión confirmará lo que ya pensamos. La inteligencia artificial agrega otra posibilidad y puede redactar la idea antes de que sintamos la necesidad de pensarla.

El problema alcanza la construcción de interioridad. Recordar, relacionar, buscar, seleccionar, escribir, orientarse, esperar e imaginar contenían pequeñas fricciones cognitivas. Perderse enseñaba una ciudad, memorizar un número permitía llamar, recorrer una biblioteca llevaba a un libro, escuchar varias veces un disco revelaba una canción inadvertida y una página mediocre podía preceder a una frase propia. La eficiencia digital elimina parte de esas fricciones y con ellas espacios donde se formaba criterio. La máquina ahorra tiempo y queda pendiente saber qué hacemos con él.

El algoritmo también quiere cambiar el mundo y sabe cuál te gusta

Los datos entregan una respuesta poco heroica. Seguimos mirando la pantalla y deslizando el dedo, saltando desde una notificación hacia contenidos que olvidamos minutos después. La economía de la atención convirtió la dispersión en modelo empresarial y cada instante de concentración profunda representa tiempo perdido para plataformas cuya rentabilidad depende de mantenernos circulando. El efecto ya aparece fuera de la pantalla. Cuesta sostener lecturas extensas, conversaciones sin interrupciones, películas lentas y argumentos complejos. Incluso la política comprime conflictos históricos en consignas compartibles. Perder atención también erosiona la profundidad histórica.

Los sesenta tuvieron consignas, simplificaciones y entusiasmos colectivos, pero también bibliotecas. Estudiantes y militantes discutían a Marx, Freud, Sartre, Marcuse, Fanon o Althusser en universidades, partidos, sindicatos, parroquias, cafés, revistas y sobremesas interminables. Leer quinientas páginas jamás garantizó sensatez, aunque entregaba densidad a la equivocación. Hoy una convicción política completa puede formarse después de tres videos consecutivos recomendados por una plataforma.

Imaginar un futuro exige una representación compleja del presente. Sin memoria sobre cómo llegamos hasta aquí, cada fenómeno parece nuevo y cada generación redescubre problemas ya discutidos. Así regresan autoritarismos, supersticiones y prejuicios antiguos con vocabularios renovados. El algoritmo posee memoria infinita para almacenar nuestros datos y ninguna obligación de construir memoria histórica para nosotros.

La política también ha reemplazado parte de sus utopías por la administración emocional del presente. Indignarse, adherir, cancelar, viralizar o repudiar responden a estímulos inmediatos, mientras construir una sociedad exige estudiar, deliberar, organizar, persuadir, diseñar y sostener. La democracia necesita imaginar consecuencias todavía inexistentes y la cultura digital premia la reacción instantánea. En esa diferencia temporal se juega buena parte del empobrecimiento político contemporáneo.

La rebeldía también se ha replegado. Los jóvenes de los sesenta quisieron cambiar la universidad, terminar una guerra, transformar las relaciones raciales y sexuales, redistribuir la tierra, revolucionar el arte o alcanzar la Luna. Muchos se equivocaron y algunos sueños acabaron en pesadillas. La desconfianza posterior hacia los grandes relatos desplazó buena parte de esa energía hacia el pequeño relato personal. El cuerpo, la dieta, la apariencia, el perfil, el género, los consumos, las rutinas y la marca personal concentran una transformación que deja al mundo afuera, enorme y difícil, mientras cada individuo administra su pequeña república digital.

La paradoja es feroz. Nunca fue tan sencillo acceder a una biblioteca, escuchar grandes interpretaciones musicales, recorrer un museo, consultar archivos históricos, aprender un idioma o leer investigaciones de universidades del planeta. El mismo dispositivo contiene a Bach y un video de quince segundos de alguien cayéndose de una silla, ofrecidos con idéntica indiferencia. Elegir sigue siendo una responsabilidad humana.

La inteligencia artificial puede expandir intelectualmente a quien es capaz de preguntar, referenciar, aplicar criterio y ser curioso. También puede entregar una respuesta antes de la incomodidad necesaria para formular bien la pregunta, resumir el libro antes de leerlo, proponer argumentos antes de atravesar la duda, ordenar ideas antes del saludable desorden del que surgen asociaciones inesperadas e incluso imitar una voz. La discusión decisiva sobre ella quizá termine lejos de los laboratorios y se juegue en nuestra disposición a conservar facultades cuya automatización ya es posible. Podemos delegar memoria, escritura, orientación, cálculo y búsqueda; pero un músico debe seguir practicando escalas, un matemático resolviendo problemas y nosotros leyendo novelas, aunque una máquina pueda ejecutar, responder o resumir esas tareas en segundos. En esas aparentes ineficiencias se forma una mente pensante y autónoma.

Vuelvo entonces a los Beatles y la distancia adquiere otro sentido. Love Me Do, Tomorrow Never Knows, A Day in the Life, Revolution y Come Together pertenecen a los mismos cuatro músicos atravesando una década que los obligó a cambiar. Nadie podía anticipar en 1963 dónde terminarían seis años después. Esa incertidumbre formaba parte de la aventura. Experimentaron, fracasaron, se aburrieron entre ellos, discutieron y se pelearon, leyeron, viajaron, escucharon músicas desconocidas, tomaron drogas, buscaron maestros espirituales y entraron cientos de horas a un estudio sin conocer exactamente el resultado. La creación ocurrió dentro de esa demora.

Horizontes con espejo retrovisor

Sesenta maneras de cambiar el mundo caben en aquella década porque millones de personas todavía consideraban que el futuro era una tarea humana. Una píldora, una marcha en Alabama, una novela de García Márquez, una arpillera de Violeta Parra, una barricada parisina, un campesino chileno recibiendo tierra, una guitarra incendiada, una lata de sopa entrando al museo, un corazón latiendo dentro de otro cuerpo, dos computadores comunicándose a distancia y una huella humana sobre el polvo lunar surgieron de personas obsesionadas durante años con algo que todavía no existía.

Tal vez allí se encuentre la fractura más profunda con nuestro tiempo. Aquella generación discutía qué mundo quería construir. La nuestra recibe permanentemente un mundo seleccionado de acuerdo con sus preferencias anteriores. El algoritmo aprende de nuestro pasado para mantenernos cómodamente dentro de él, cuando imaginar exige salir de esa habitación. Y para hacerlo quizá tengamos que recuperar una experiencia que comienza a parecer revolucionaria. Apagar la pantalla, soportar el silencio y permanecer el tiempo suficiente frente al mundo hasta volver a verlo y explicarlo con nuestros propios ojos e intelecto.

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