(Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes
de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces.
Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.
C. Marx. El 18 brumario de Luis Bonaparte)
Ya es un hecho consumado. Keiko Sofía Fujimori Higuchi, se convierte en la nueva presidenta del Perú, con la mayoría de los votos de peruanos que viven en el exterior, que inclinaron la balanza a su favor en los últimos días. Doble hazaña en todo caso, pues controvirtiendo las leyes de la Geografía Matemática, y que hace que en los usos horarios en el hemisferio norte se encuentren adelantados en varias horas respecto del hemisferio sur. Por consiguiente, las mesas receptoras de sufragios cierran 4, 5 o 6 horas antes que en este hemisferio. Las empresas que realizan encuestas a boca de urna, adelantan muestras casi exactas de sus resultados. En Perú, en cambio, y después de meses, fueron los últimos resultados escrutados, conocidos y publicados. En fin, cosas de la vida.
La señora K consiguió esa mayoría relativa y cuestionada, invocando permanentemente, al espíritu de la obra de su padre, Alberto Fujimori, quien en su dictadura realizó efectivamente una obra indiscutida: Intervino el parlamento, la administración de justicia, persiguió y descabezó la locura criminal del movimiento terrorista de Sendero luminoso y, con ese pretexto, persiguió periodistas, violó los derechos humanos de numerosos ciudadanos, e infectó de corrupción el aparato del estado hasta dimensiones nunca vistas. Las consecuencias de unas y otras de sus obras permanecen hasta hoy.

El problema de movilizar voluntades tras pasadas aventuras autoritarias, desconociendo sus rastros de sangre y lodo, es que olvidan, frecuentemente, revisar la totalidad de sus resultados. Y, casi nunca son muy halagüeños: Hitler murió por propia mano a horas de que el ejército rojo llegara al bunker donde se refugiaba, mientras una decena de sus generales fueron colgados por los vencedores en Nuremberg. La Alemania del III Reich sucumbió -derrotada y dividida- durante décadas; Mussolini fue ajusticiado por los partisanos en Milán y su cadáver junto al de su pareja, Clara Petaci, fue profanado por multitudes de un pueblo italiano ávido de venganza. No fue el resultado de todos los dictadores, pero sí de la mayoría. Y el de su padre, no fue excepción. Alberto Fujimori, acabó huyendo en un avión rumbo a Japón, enviando su renuncia por fax al parlamento, extraditado, juzgado, condenado y puesto en prisión durante 16 años. Falleció poco tiempo después de su puesta en libertad ya con 85 años.
Keiko recibe la banda presidencial el mismo día en que se celebra el aniversario de la independencia del Perú, y el cumpleaños de su progenitor e inspirador de su proyecto político. Todo un simbolismo.
Pero, con todo, el advenimiento, por fin, después de varias y sonadas derrotas electorales, de la hija del dictador nipón al palacio de Pizarro, pone al Perú de vuelta a un pasado imposible pero que, de su pesado karma, tendrá que hacerse cargo desde un principio.
Su primer discurso a la Nación ante el parlamento peruano fue de una retórica cuidada y pródiga en tópicos para encender el aplausómetro. Keiko imitó a su padre, que también hacía del pivote de recibir un país en estado catastrófico decadente y mediocre durante decenas de años. Independientemente del cinismo inherente que importa esa afirmación constituye, además, una declaración impúdica, por cuanto para nadie es un secreto que la señora K ha intervenido al poder ejecutivo a través de su partido Fuerza Popular, desde un parlamento dócil, que ha sacado y puesto presidentes títeres a su antojo, entre otras muchas maquinaciones contra el orden político, la nueva presidenta promete arreglarlo todo en los cinco años de gobierno: terminará con el sicariato y la extorción; la corrupción pública; la burocracia estatal, la desigualdad social, el embarazo adolescente, la precariedad de las pensiones, la minería ilegal, el aislamiento de las regiones, los atrasos de la educación y salud pública, la pobreza, el transporte deficiente e inseguro y como no, convertirlos todos en grandes oportunidades de desarrollo y prosperidad nacional.
En su discurso no se hizo mención alguna de los miles de víctimas de violaciones de sus Derechos Humanos por parte del Estado; ese mismo Estado que invocó tantas veces en su discurso para deplorar su lejanía e indolencia con las necesidades de los ciudadanos. Tampoco hizo mención a la posibilidad de una fórmula de excarcelación del presidente Castillo, como gesto concreto de reconciliación nacional.

Aplaudida por los suyos y sin la presencia de algunos contrarios (que vestidos de negro y exhibiendo fotografías de las personas asesinadas por la policía durante las protestas sociales del 2022 y 2023 se retiraron del hemiciclo al comenzar su discurso), acompañada de un pequeño grupo de presidentes de ultraderecha como Milei, Noboa, y Kast, más el expresidente chileno Frei Ruiz Tagle, destacaba la ausencia del presidente de Brasil, Colombia e, incluso, N. Bukele de El Salvador. España estuvo representada por el rey Felipe VI, en su calidad de jefe del Estado, pero no por su jefe de Gobierno, Pedro Sánchez.

Más allá de la parafernalia típica de estos actos, la percepción en el ambiente social y político adversarial es de temor. El temor de periodistas de investigación que, como Gustavo Gorriti, enfrenta una persecución judicial por instigación del gobierno, como lo han denunciado Reporteros sin Fronteras y el Comité para la Protección de los Periodistas todo ello como consecuencias de sus célebres investigaciones sobre el caso Lava Jato donde el periodista reveló los sobornos millonarios y financiación ilícita de campañas electorales y los contratos fraudulentos con altos funcionarios -incluidos presidentes peruanos- financiados por la constructora Odebrecht, o la denominada Cuellos Blancos por la que se dio a conocer una gigantesca red de tráficos de influencia, entre otros.
El temor de los fiscales peruanos que, como José Domingo Pérez, integrante clave del equipo Lava Jato que ha manifestado públicamente su temor al ascenso de Keiko al poder, temiendo, incluso, por su vida, como probable primera víctima de un proceso de persecución y venganza política, afirmación que no tiene nada de paranoica: Tras años de investigación por un presunto delito de lavado de activos y organización criminal vinculados al financiamiento de Fuerza Popular, el fujimorismo consiguió el archivo definitivo de la causa cuyos cargos principales se dirigían contra Keiko, y su ratificación por el Tribunal Constitucional cooptado por los éstos. Recientemente, además, abogados de Fuerza Popular han movilizado a sus seguidores para interponer millonarias demandas civiles por daños y perjuicios contra los fiscales Pérez y Rafael Vela pretextando abusos en el uso de sus facultades persecutorias. Además, la remoción de fiscales incómodos para el poder fujimorista ha sido constante.

Existe temor, especialmente, en los magistrados peruanos que merced al copamiento que el fujimorismo ha hecho del Tribunal Constitucional, se repitan los casos en los cuáles se torció la recta actuación de jueces que aplicaron el denominado control difuso, esto es declarar inaplicable una ley considerada inconstitucional, como lo hizo el juez Richard Concepción Carhuancho que como consecuencia de su correcta actuación judicial enfrenta múltiples procesos disciplinarios, una suspensión del cargo y exclusiones al conocimiento de determinadas causas solo porque declaró inaplicable la ley de impunidad al caso de varias investigaciones por homicidio calificado bajo contexto de lesa humanidad, por poner solo un ejemplo.
Existe el temor más que fundado de que con el control del parlamento aunque mayormente en el Senado, que el fujimorismo ha conseguido en alianza con grupos y partidos derechistas, el gobierno persista en la senda de legislar para otorgar impunidad a los crímenes de lesa humanidad como la citada ley de impunidad (L.32.107), el Proyecto de Ley 14.337, denominada tipificación con candados que complementando el texto anterior impone exigencias absurdas para que las masacres y ejecuciones extrajudiciales no logren encajar en la nueva definición jurídica, o la ley 31.990 llamada Reforma de Colaboración Eficaz que recorta drásticamente los plazos para que la fiscalía corrobore los testimonios de los delatores dificultando la desarticulación de las cadenas de mando, y para qué decir la Ley de Amnistía, severamente rechazada por la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) y que asegura la impunidad, entre otros, del terrorista de estado Vladimiro Montesinos.
Existe un temor, también, por las consecuencias de las primeras palabras de la presidenta electa antes de asumir el cargo: Recibo el Perú en un estado catastrófico.

Porque conviene no olvidar, por otro lado, que este mismo parlamento fujimorista ha llevado al estado peruano -mediante iniciativas legales abiertamente inconstitucionales- a niveles insostenibles de endeudamiento público. Falta disciplina fiscal, y el fujimorismo no es precisamente inocente.
¿Pagarán los mismos de siempre? Eso es algo que Dios no ha revelado a los hombres (y mujeres) todavía.
Y existe, por supuesto, el evidente temor de que la nueva mandataria, reeditando los peores momentos para el respeto al Estado de Derecho, se proceda a reprimir criminalmente los actos de protesta y las movilizaciones populares.
Si. Hay temor, pero también esperanza. No mucha, pero algo. O dicho en el lenguaje local al uso: alguito.

La esperanza de que por fin aparezcan los primeros signos de unidad entre las fuerzas de la oposición democrática, como parece demostrarlo, el acuerdo entre Roberto Sánchez, Jorge Nieto, Alfonso López Chau y Ricardo Belmont, todos excandidatos presidenciales convinieron en conformar listas de la oposición en el senado y la cámara de diputados. Con ello se consigue en una lista de consenso que sus partidos estén representados en la presidencia, y la primera, segunda y tercera vicepresidencia, de la cámara de diputados, aunque no así en el senado. No es mucho, pero puede ser un buen comienzo. Sobre todo, si con el tiempo, y la buena voluntad de los dirigentes, se va gradualmente construyendo una estrategia común y ojalá también un programa mínimo común que permita orientar un movimiento que permita construir una mayoría democrática para recuperar el sistema democrático y, especialmente, el equilibrio y respeto entre los poderes del estado.
Existe también la esperanza de que se logre un mínimo consenso para que se persiga eficazmente el sicariato y la extorsión. Sin miramientos y sin dobles estándares. Y, sobre todo, hay la esperanza generalizada, de que se acabe con la inestabilidad política, y la invasión de facultades entre los poderes del estado. Los peruanos empiezan a avergonzarse de los quita y pon de presidentes encargados. En definitiva, hay esperanza de que la autoridad de los centros de poder descanse en la legitimidad de sus instituciones y no en la facticidad de sus contubernios.
Todo lo anterior, sin embargo, navega en las aguas coyunturales. Y esta precisión no es pequeña. Es fundamental. Veo a Perú todavía a medio camino entre el atraso cultural, ideológico, hermenéutico y la apropiación de sentido político en un pueblo atento, consciente, y culto, capaz de ser protagonista de los cambios y reformas que se reclaman urgentemente.
Estoy hablando de un pueblo indiferente a la política en general y a las elecciones de sus representantes en particular. Estoy hablando de pobreza. De la peor de todas las pobrezas. La que proviene de la inexistencia de conversaciones que vivan en el debate democrático, imprescindible para que exista verdaderamente deliberación.
No se atisba, en el nuevo gobierno esa alternativa, pero es probable que, de la dificultad de imponer políticas públicas impopulares y la necesidad de las organizaciones sociales de hacerse oír, surjan las conversaciones de incidencia que impulsen la movilización social, escuela siempre pródiga de crecimiento de la conciencia social y la responsabilidad política, porque como dice la psicóloga feminista M. Esther Harding: El conflicto es el comienzo de la conciencia.