Chile envejece a una velocidad que nadie anticipó. En 1990, las personas mayores de 60 años eran el 9% de la población; hoy son el 20%, y hacia 2050 llegarán al 32%, una cifra similar a la de Europa. La diferencia está en la velocidad: a Europa le tomó casi un siglo llegar ahí; a Chile le está tomando apenas unas pocas décadas. La velocidad de este proceso y nuestro frágil “Estado de Bienestar” hacen que estemos poco preparados, material y culturalmente, para abordar todas sus implicancias.
Detrás de este vuelco demográfico hay dos fuerzas. La primera es el avance científico y tecnológico, que permitió elevar la esperanza de vida de 53 años en 1950 a 83 en 2020: treinta años más de vida en solo siete décadas. La segunda es la caída en la tasa de fecundidad, lo cual tiene una explicación más cultural que biológica: en Chile la tasa de fecundidad bajó de 2,6 hijos por mujer en 1990 a apenas 0,98 en 2024.
El resultado es que hoy tenemos una “nueva longevidad”: existe un ciclo de vida más largo en el que ya no se trata de vivir más años, sino que importa lo que se hace con ellos. El viejo paradigma del “envejecimiento” —que entendía la vejez como retiro o declinación— está siendo reemplazado por uno que la concibe como una apertura, donde existen nuevas posibilidades y ya no hay guiones ni modelos previos a seguir. Es un tiempo más largo que requiere una navegación con intención, sentido y resolución.
Un fenómeno que cruza todos los planos

La nueva longevidad no se explica desde una sola dimensión.
En el plano social y cultural, se cuestiona el paradigma de la vida organizada por etapas sucesivas y se promueve una narrativa de envejecimiento con propósito y dignidad. La vejez ya no es una etapa de clausura, sino un ciclo de apertura y reinvención.
Desde una perspectiva económica, se tensionan los sistemas de pensiones y de salud, que fueron diseñados para vidas más cortas. En el mercado laboral, las personas mayores enfrentan discriminación y sus empleos son más frágiles e informales. Sin embargo, emerge con fuerza la Economía Plateada, que visibiliza y destaca la contribución de los mayores a la economía como creadores de valor.
En la dimensión salud, aunque el declive de la vejez parece inevitable, la nueva longevidad enfatiza la posibilidad de un envejecimiento saludable, tanto físico como mental. Ello dependerá principalmente del estilo de vida que se haya adoptado a partir de la juventud. Es por ello por lo que la nueva longevidad se puede ir preparando con muchos años de anticipación de tal modo que las personas puedan desarrollar todo su potencial a lo largo de más años.
En el plano espiritual (gerotrascendencia), se destaca la posibilidad de un crecimiento interior profundo. Adquieren creciente importancia la reflexión, la conexión, el sentido y la vida interior. La nueva longevidad puede comprenderse, desde esta perspectiva, como una etapa de maduración espiritual en la que la persona amplía su conciencia y perspectiva sobre sí misma y la vida.
Desde una mirada ontológica, aparece un nuevo “ser-en-el-mundo”: el “ser-longevo”. Surge la pregunta central: ¿qué hace que valga la pena vivir cuando el tiempo de vida se alarga y el mundo se hace más complejo e incierto? Y la pregunta correlativa: ¿cómo hacerse cargo, con autonomía y “cuidado”, de la propia vida (agencia) y de las relaciones con los demás?
Por último, en una dimensión psicológica, se reconoce que vivimos en “estados de ánimo”. Esos estados de ánimo influyen poderosamente en nuestra actitud y en cómo percibimos nuestras posibilidades. La pregunta que se abre aquí: ¿cuál es el estado de ánimo que decidiremos cultivar para expandir nuestras posibilidades y navegar en tiempos de mayor incertidumbre?
Los cuatro pilares (velas) para una navegación exitosa

Para navegar con éxito en estos nuevos tiempos, hay cuatro velas que toda persona longeva debe desplegar de manera activa.
Tener propósito(s):
La primera vela consiste en contar con un “para qué”: una intención que nos mueva y nos dé sentido para enfrentar cada día. Esto implica mantener un “estado de vigencia” mediante una actividad permanente y una capacitación continua que mantengan viva la curiosidad y la iniciativa.
Cultivar relaciones:
La segunda vela supone mantener vivos en forma activa los vínculos que más nos importan, fomentar nuevas relaciones y la pertenencia a comunidades de propósito más amplias. Cultivar la intergeneracionalidad es parte central de esta orientación.
Aceptar pérdidas y cultivar prácticas marginales:
La tercera vela invita a aceptar las pérdidas que inevitablemente trae esta etapa, compensando con nuevas posibilidades (ganancias). Se trata de cultivar prácticas que antes ocupaban un lugar marginal en nuestra vida —hobbies, nuevas relaciones, conversaciones, aprendizajes, aventuras, etc. — y que hoy pueden hacerse dominantes y fuente principal de sentido.
Cuidar de la mente, el cuerpo y los estados de ánimo:

La cuarta vela descansa en el reconocimiento de que la mente, el cuerpo y los estados de ánimo son plásticos: responden a los cambios y a los estímulos y se pueden entrenar a cualquier edad.
En el caso de la neuroplasticidad se señala que el cerebro sigue produciendo nuevas neuronas aun edades avanzadas y, en el caso del cuerpo, el entrenamiento físico logra detener la pérdida de masa muscular y mejora la plasticidad corporal.
Los estados de ánimo también son plásticos y se pueden gestionar. El desafío es cultivar aquellos estados de ánimo positivos, aquellos que nos movilizan y dejar atrás aquellos negativos, los que nos paralizan o hacen daños. En efecto, los estados de ánimo están anclados en ciertas creencias y/o juicios que los ser humanos tenemos de nosotros mismos y que son producto de nuestra historia y de nuestra cultura.
Entre los negativos están la resignación (“estoy demasiado viejo para esto”); el aburrimiento (“ya no tengo nada de valor que entregar”); la impaciencia (“debería ir más rápido”) y la arrogancia (“ya lo sé todo”).
Entre los positivos están la serenidad para navegar en la incertidumbre; la decisión para vivir cada momento en atención plena; la perseverancia para sostener el rumbo, aunque el camino sea más lento; la ambición para ver posibilidades donde hay dificultades; la determinación para aprovecharlas y, por último, la autoconfianza que nace de saber que hemos sido capaces de aprender y de lograr cosas importantes en el pasado.
La navegación como una metáfora inspiradora

Los grandes navegantes de los siglos XV y XVI —Vasco da Gama, Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, Sebastián Elcano— se adentraron en territorio desconocido sin mapas que los guiaran, movidos por el asombro, el coraje, la ambición y la esperanza. Ese mismo espíritu es el que convoca hoy la nueva longevidad: atreverse a avanzar donde no hay guiones previos.
El poema de Cavafis sobre Ítaca lo resume mejor que cualquier estadística: lo que importa no es llegar a la isla, sino el viaje mismo, con sus aventuras, sus aprendizajes y sus puertos nunca antes vistos. Ítaca dio sentido al camino; sin ella, Ulises nunca habría zarpado. La nueva longevidad propone exactamente eso: emprender el camino con sabiduría, serenidad y toda la riqueza acumulada en el trayecto.