En este mes de remembranza histórica nacional y enterado medio año de gobierno, es apropiado recordar la inspirada advocación que, al iniciarse su mandato, el presidente Kast hiciese de Diego Portales, único personaje señalado en su primer discurso, y de Manuel Montt, a quien agregó en su primera cuenta pública. Al primero, lo definió como un “hombre claro” cuya “enseñanza” consistiría en que “un país no puede gobernarse solo con ideas” sino también “con carácter” que “no es arbitrariedad”[i]. De Montt, destacó la idea de “que la libertad y el orden debían marchar unidos”[ii].
¿Qué quiso evocar el presidente, qué alcance dar a su añoranza? No es fácil una respuesta instantánea, porque las primeras mitades del siglo XIX y del actual son del todo diferentes. Baste señalar que entonces se ajustaron, mediante un Código Civil, los intereses contrapuestos de los propietarios, pero aún no existía el código que ajusta los intereses contrapuestos de patrones y trabajadores. Entre 1833 y 1860, la ciudadanía activa se restringía a los aristócratas y los grandes propietarios. En cambio, hoy, pese a la larvada despolitizacion de los sectores populares, éstos son parte de la ciudadanía. En aquel entonces, al menos hasta 1850, la censura de prensa y la clausura de los medios por los gobiernos era frecuente. En contraste, pese a que el Chile actual no es un dechado del pluralismo periodístico, la opinión pública inquieta a los gobernantes.
De otro lado, para juzgar a Portales y Montt es determinante considerar que ambos gobernaron en medio de enfrentamientos armados entre facciones del sector social dominante, el primero tras la guerra civil de 1829 a 1830, mientras el gobierno de Montt fue precedido por insurrecciones destinadas a impedir su asunción, que originaron otra guerra civil. Por cierto, eran contextos incomparables con aquel que presidió nuestra última transición gubernativa.
Al indagar aquello que el presidente Kast quiso rescatar de ambos personajes, es dudoso que haya pretendido parangonarse con la semblanza o el talante psicológico de estas figuras históricas. En efecto, todos quienes conocieron a Portales, que no quiso cursar estudios superiores, le asignan ignorancia en materia jurídica y señalan como sus mayores atributos el instinto audaz y un sentido de superioridad que le permitió, con voluntad de hierro, ejercer el poder “sin previo aprendizaje, sin maestros, sin estudio, solo por la fuerza de un instinto poderoso”[iii], que no es el caso de Kast, quien concluyó la carrera de Derecho. Tampoco se observa en el actual mandatario la indisimulada moralidad sexual del ministro Portales, asiduo de chinganas, “orgías y ponchadas”[iv], ni su procaz lenguaje, tan ajeno a sus aliados conservadores, ni, en general, el desprecio a la cultura de la aristocracia, aunque el estanquero fuese parte de la misma. Menos aún comparte el actual mandatario el escepticismo religioso de Portales, más propio de un pipiolo, ni el ceño “un tanto burlesco” o su “fisonomía imponente y altanera”[v] con que lo retratan sus biógrafos. Además, la historia política de ambos es opuesta, pues a diferencia de Kast, Portales no buscó el poder desde joven, sino que entró en la política como furibunda reacción contra ese “débil” Estado que no había protegido suficientemente sus intereses como titular del estanco del tabaco y los licores[vi]. En fin, el ministro decimonónico no murió rico y solo dejó a sus herederos 9.351 pesos[vii], que equivalen a no más de 100 millones de pesos de hoy, lo que no parece ser el caso del actual presidente.
Por su parte, Manuel Montt, “el Negro”, de origen más modesto que Kast, miembro de una familia distante de la aristocracia metropolitana, educado con una beca, adquirió sus bienes personales producto de lo que obró como educador, inspector del Instituto Nacional y servidor público. De otro lado, don Manuel, desde estudiante se destacó como un intelectual brillante, no solo conocedor profundo del Derecho sino devoto de las humanidades y las artes. Como ministro de Instrucción otorgará valor superior al “cultivo del espíritu”[viii] y a “la difusión de las luces en todas las clases del Estado”[ix], una característica que el presidente Kast no ha evidenciado en estos meses.
Quizá, es en el ámbito temperamental que éste se acerca más al maestro de Petorca, calificado por contemporáneos suyos como moralista, frío y más bien taciturno, pero también poseedor de una vigorosa personalidad que hizo de Montt el único de los colaboradores de Portales que “se atreviese a contradecirle y decirle la verdad”[x], un atributo que ignoramos si posee don José Antonio.

Seguidamente, al auscultar el pensamiento político íntimo de nuestros personajes el presidente Kast se puede ver expuesto a serios dilemas si pretendiese identificarse con ellos. Porque ciertamente sería preocupante que el actual gobernante, siguiendo a Portales, considerase que “la democracia que tanto pregonan algunos es un absurdo en los países como los latinoamericanos”[xi]; y también si, en sus adentros, coincidiese con don Diego en quejarse de que la Constitución no permita la “prisión de individuos sin orden del juez competente, pero en los cuales pueden recaer fuertes motivos de que traman oposiciones violentas al Gobierno”, porque, entonces, “¡para qué carajo sirven las constituciones y los papeles!”, de lo cual Portales infería que “esa señora que llaman La Constitución hay que violarla cuando las circunstancias son extremas”[xii], como lo hizo en 1830, al apresar y expulsar del país a José Joaquín de Mora, por el solo hecho de haberlo criticado en la prensa.
Acaso, por lo que ha demostrado en estos seis meses, Kast se acerque más a la firme creencia de Manuel Montt en el orden, pero con respeto irrestricto a la Constitución y la Ley[xiii], aunque recordando su respaldo igualmente irrestricto a Pinochet, podría ser que, en lo recóndito de su conciencia, siguiendo a Montt cuando fue ministro de Bulnes, apeteciese establecer el delito de opinión, o bien, disolver alguna colectividad opositora, como lo hizo aquél con la Sociedad de la Igualdad, en 1850.

Con todo, si observamos la cristalización del pensamiento inspirador de Portales y Montt en el siglo XIX, es improbable que ningún gobernante actual pudiere reeditarlo. Su paradigma fue la Constitución oligárquica de 1833, que concibió la presidencia de la República como continuadora de la autoridad colonial, cuyo titular, además de co-legislador, era jefe del poder judicial y podía suspender el imperio de la Constitución con el solo acuerdo del Consejo de Estado, cuyos integrantes los designaba el mismo…Hoy, a diferencia de 1833 y a pesar de la Constitución de Pinochet reformada, el orden constitucional no “solo ha fijado su atención en los medios de asegurar la seguridad y el orden público”[xiv], como lo hizo la carta portaliana, sino también en las libertades y los derechos humanos. Y aunque el actual presidente coincidiese con los estanqueros en temer a “esa democracia absoluta” que incluía las elecciones provinciales y, en cambio, valorase “la aristocracia moderada y necesaria para equilibrar el poder popular”[xv], le sería muy difícil siquiera plantear tal retroceso. Y, como ha quedado en evidencia con el retiro del proyecto de reforma constitucional del ministro Arrau, que instauraba un nuevo estado de excepción constitucional, la sociedad política de hoy no se muestra dispuesta (todavía…) a que un presidente, como lo hizo Montt, gobierne la mitad de su mandato bajo estado de sitio.
Tampoco parece probable que el irrespeto hacia el derecho, característico del ministro estanquero, para quien “las formas legales son con la mayor frecuencia las protectoras del crimen”[xvi], pueda sostenerse en la actualidad. Por cierto, el mismo desprecio a las leyes lo comparten muchos seguidores de José Antonio Kast que, por ejemplo, acusan al Instituto Nacional de Derechos Humanos de “defender delincuentes” cuando ejerce sus atribuciones legales contra abusos de agentes del Estado. Sin embargo, es poco probable que el desaire al estado de derecho pueda consumarse hoy sin mayores consecuencias institucionales. En resumidas cuentas, si con su evocador homenaje a Portales Kast quiso vincularse a algunos rasgos de lo que fue el ejercicio del poder de aquel, no hay certeza de hasta qué grado pueda hacerlo.
Obligado es recordar que Portales, desde el mando de Interior, Relaciones Exteriores y Guerra, comenzó a ejercer el restaurado modelo de poder autoritario sin dictar ley alguna [xvii] y lo hizo “con todo”, imponiéndose sobre su presidente, el general Joaquín Prieto.

Lógicamente, sería penoso suponer que el señor Kast, al evocar al triministro, se estuviese colocando en el lugar del presidente Prieto e identificando al estanquero, por ejemplo, con su ministro Quiróz…Tampoco es imaginable que, siguiendo su prioridad por la seguridad, el presidente asimilase la delincuencia actual a esos bandidos que Portales encerraba en carros-jaula que los exhibían por las calles. No son comparables los hermanos Pincheira con el crimen organizado contemporáneo. Antes bien, obligados por la discreción, convengamos mejor en divisar al presidente Kast reemplazando esos carros-jaula por una cárcel, como lo hizo Montt siguiendo el modelo europeo. Aunque, claro está, la cárcel de Montt congregó solo a procesados y condenados por delitos y no a inmigrantes en espera de su expulsión[xviii]…

Rastreando la trascendencia histórica, quizá la obra material de los gobiernos ayude a desentrañar mejor qué sentido posee aquella identificación discursiva del mandatario con Portales y Montt. Ambos, pero especialmente Portales, fueron precedidos por casi un decenio de lucha entre, por una parte, el predominio las libertades y la descentralización política, denominada por los pelucones “anarquía”, y por otra, la implantación del autoritarismo centralizado. Este se impuso con Portales, cuyo principal legado, que fue la Constitución de 1833, reincorporó al tipo de gobierno republicano la esencia del antiguo orden político colonial[xix], que se correspondía mayormente con la estructura social y la economía heredadas de la monarquía. En concordancia con tal logro, la presidencia de la República fue concebida como continuadora de la autoridad colonial, con un titular del Ejecutivo que, además, era colegislador y jefe del poder judicial, y que, en caso de conmoción interior, se encontraba facultado para declarar un estado de sitio y suspender el imperio de la Constitución, con el acuerdo del Consejo de Estado, designado por él mismo…
Consecuencia del nuevo orden fue, también, la supresión de las asambleas provinciales y de todo asomo autonómico regional y local. Además, en la práctica, la nueva carta fundamental permitió la restauración de los mayorazgos, hasta su abolición definitiva, en 1857.
Volviendo a la remembranza de Kast, ¿alguien podría sostener como posibilidad actual una restauración, por ejemplo, de la Constitución de 1980, en su versión original? Concedamos que dos políticas aplicadas por el ministro estanquero podrían inspirar al actual presidente. La primera consistió en la drástica reducción de los gastos de la Administración, que sí ha reeditado el actual ejecutivo, y en la expulsión, sin mediar un debido proceso, de cientos de empleados públicos, una “obra” que posiblemente esté, recóndita, en la mente del actual gobernante. La segunda medida, en el contexto de su implacable persecución física a los ladrones de la ciudad y al bandidaje en el campo, fue dotar al país de la primera policía militarizada, mediante la reorganización de la entonces débil Guardia Nacional y su extensión a lo largo del país, lo cual podría relacionarse con la idea actual de fortalecer el Cuerpo de Carabineros, aunque esta no puede ser identificada solamente con el actual gobierno.
En cuanto se refiere al decenio de Manuel Montt y, también, a su paso por el ministerio de Instrucción, es aún más discutible presumir que, al invocar su nombre, Kast haya considerado su obra de gobierno, porque, en efecto, si bien el partido Montt-Varista, postulaba el autoritarismo, “fue progresista en materia económica”[xx], lo cual le permitió sustentar el gobierno más realizador del siglo XIX, hasta Balmaceda, el primero que merece el título de progresista, puesto que convirtió al Estado en impulsor de la modernización, lo que explica la admiración que por Montt tuvo el presidente Lagos. Amén de haber dotado al país de un Código Civil, otro de Comercio y de la primera ley que reguló las sociedades anónimas, asoció al Estado y capitalistas privados para el desarrollo del ferrocarril a Valparaíso e inició el de Santiago-Talca; impulsó el más extenso plan de obras públicas, construyendo caminos y puentes; estimuló el cabotaje marítimo comercial, desplegó el telégrafo y la primera red de correos, y promovió la innovación tecnológica en la minería. Toda esta obra fue concebida estratégicamente, por Montt y su ministro Antonio Varas, como la infraestructura requerida para el desarrollo industrial y la expansión comercial del país y de sus provincias. Más aún, construyó nuevos hospitales en catorce ciudades del país.
Toda esta gigantesca realización habría sido impracticable mediando una reducción del presupuesto y del sector público, como la que actualmente promueve el gobierno de José Antonio Kast. Por el contrario, don Manuel Montt fortaleció la Administración y el patrimonio fiscal, promulgó la primera ley orgánica de municipalidades, creó la Caja de Crédito Hipotecario y la Caja Nacional de Ahorros, dio paso al sistema monetario que originó la creación de bancos comerciales para favorecer el crédito y gestionó con visión de Estado la inmigración europea con destino al Sur del país.

Además, también con visión de Estado, el educador, materializó su veneración a la Humanidades y las Bellas Artes. Si como ministro de Instrucción había sido promotor clave en la creación de la Universidad de Chile, como presidente la dotó de un ámbito privilegiado destinado a la Filosofía y las Humanidades, y le encomendó la supervisión de los establecimientos de educación básica. El presidente Montt aumentó el presupuesto de la Biblioteca Nacional, creo decenas de bibliotecas públicas populares, promovió el cultivo de la historia patria, mediante certámenes juveniles, y construyó el Teatro Municipal de Santiago. Y, por cierto, su obra mayor en la transformación social del país fue el inédito impulso de la educación pública, gracias a la duplicación de la cantidad de escuelas, y la creación de la Escuela Normal de Preceptores y Preceptoras (destacando el propósito de la educación femenina popular, “esa otra mitad de nuestra población”, e incluso la instrucción de los reos)[xxi]. Fundó La Escuela de Artes y Oficios y la Escuela de Bellas Artes, refundó el Museo de Historia Natural, construyó el primer observatorio astronómico y, al concluir su gobierno, promulgó la trascendental primera Ley de instrucción primaria gratuita. Para la ejecución de algunas obras, con criterio amplio, su gobierno contrató a destacados científicos y humanistas extranjeros, como el sabio polaco Ignacio Domeiko, quien llegó a ser rector de la Universidad de Chile. Fue Domeiko quien se dio cuenta de que Montt fue “un hombre de transición, es decir, del paso de un Chile colonial a un Chile moderno”, y calificó textualmente al montt-varismo como el “partido progresista”[xxii]. En tal sentido, cabe destacar que ese mandatario, conservador y autoritario, también legó a sus sucesores una reforma electoral mediante la cual se estableció un registro electoral permanente y atenuó el voto censitario, permitiendo la inscripción de soldados y clases del ejército y de los policías, sin consideración a su renta, como ocurría con el resto de los ciudadanos.
Desde luego, toda aquella inmensa obra estatal habría sido imposible sin el fortalecimiento de la Administración y un crecimiento del gasto público, especialmente en educación, el cual se triplicó entre el inicio y el término del gobierno montt-varista[xxiii].
Es natural que, como todos los chilenos, el presidente Kast admire la figura de Manuel Montt, pero resulta difícil comprender en qué puede consistir su identificación con el gobierno del gran presidente decimonónico, en circunstancia que la administración Kast incentiva el mercantilismo liberal, se orienta a la jibarización del Estado, desalienta la investigación científica y desprecia el cultivo de las humanidades.

De todo lo reseñado, se colige que no existen, actualmente, condiciones para reeditar aquello que de Portales y Montt tanto dicen admirar Kast y sus partidarios. En consecuencia, ¿qué sentido y alcance puede tener aquella reverencia del presidente Kast a sus figuras? Sería osado y hasta irrespetuoso suponer que mencionó a Portales y Montt para evitar hacerlo con el Innombrable a quien apoyó, por cuya reelección votó en 1988 y cuya dictadura reivindicó desde el parlamento.
Si nos atenemos al tenor literal de las palabras presidenciales, lo que dijo admirar de Portales es su “carácter” político. Pero ¿qué es el carácter sino un concepto indeterminado y científicamente equívoco? Si nos atenemos a la definición de la RAE, como lo habría hecho su contemporáneo don Andrés Bello, carácter es el conjunto de cualidades que distinguen a una persona, por su modo de ser u obrar. Y de todos los antecedentes disponibles se desprende que, en los hechos, Portales actuó como un dictador que arrasó con las libertades individuales y sometió al presidente Prieto, de quien fue una especie de titiritero. Y como tal dictador gobernó hasta el final, cuando dictó el famoso “decreto de los consejos de guerra permanentes”, para ““remover (de los juzgados ordinarios) las causas que favorecen la impunidad de los delitos políticos” (sic)[xxiv]. En este aspecto, luce engorroso suponer que el actual presidente se identifique con tales perfiles de estos personajes, especialmente el del presidente Prieto, lo cual le obligaría a buscar un estanquero entre sus secretarios de Estado… ¿quizá el ministro Quiróz? Porque si algo singularizó al ministro Portales fue su liderazgo incontestable al interior del gobierno, donde no le era posible a otros ministros y funcionarios actuar ni hablar por cuenta propia; un liderazgo que, además, hacía inimaginable, por ejemplo, una rebelión de los alcaldes que obligase al gobernante a retractarse de una iniciativa. En fin, si una ilusión del señor Kast era reencarnar el carácter de Portales quizá hoy se sienta frustrado.
Sí contiene mayor asidero la asociación de Kast con la idea de “libertad dentro del orden”, que se ajusta totalmente al pensamiento y la actuación del presidente Montt, y solo parcialmente, al ideario de Portales.
Con base en este concepto, el cual enfatiza un “orden” impuesto desde arriba, que contiene las libertades, la restauración conservadora del siglo XIX marcó su rechazo al liberalismo europeo, que postulaba la libertad fundada en la razón como condición natural de las personas. Con certeza, sería injusto pensar que, como ocurrió en las décadas de los treinta a cincuenta del siglo XIX, Kast entienda aquella noción decimonónica de orden como la de una autoridad presidencial carente de responsabilidad política, facultada para suspender el imperio de la Constitución y crear tribunales extraordinarios. Sin embargo, tampoco se puede negar la evidencia de que su reiterado discurso prioriza la imposición del orden por sobre las libertades. Esta es su auténtica visión de la sociedad. Y no podemos pedirle que la abandone solamente porque en el siglo XXI parezca más difícil que en el ochocientos gobernar con facultades extraordinarias o aprobar leyes que conculquen las libertades y los derechos individuales.
[i] Primer discurso, desde el Palacio de La Moneda. Oficina del Presidente de la República, 11 de marzo de 2026.
[ii] Cuenta Pública 2026, 1 de junio de 2026.
[iii] Vicuña Mackenna, Benjamín, Portales y su juicio, en en Portales Juicio Histórico, Ed. Del Pacífico. Santiago, 1973, p.88.
[iv]Lastarria, José Victorino, Don Diego Portales, juicio histórico, en Portales Juicio Histórico, Ed. Del Pacífico. Santiago, 1973, p.23
[v] Ibid, p.13.
[vi] Los cinco días, entre el 29 de marzo y el 3 de abril, en que Portales fue diputado suplente, por una decisión paterna, son una insignificancia biográfica.
[vii] Vicuña Mackenna, Op.cit, p.100.
[viii] Ministro Manuel Montt, Memoria Ministerial de Justicia, Culto e Instrucción Pública,1844.
[ix] Ministro Manuel Montt, Memoria Ministerial de Justicia, Culto e Instrucción Pública,1842.
[x] Alvarez, José Antonio, carta a Manuel Montt, en Cartas con Historia, Ed. Los Andes, Santiago, 1998. p.41
[xi] Portales, Diego, Carta a José M. Cea, desde Lima, marzo de 1822. En Cartas con Historia, Ed. Los Andes, Santiago, 1998, p.34.
[xii] Portales, Diego. Carta a don Antonio Garfias de 6 de diciembre de 1834. En Fariñas, Carmen, Epistolario de Diego Portales, U. Diego Portales, Santiago,2007, Tomo II, pág. 589.
[xiii] Sagredo, Rafael, Historia Mínima de Chile, Turner Publicaciones, Madrid, 2014, p. 131.
[xiv] Constitución Política de 1833, párrafo introductorio.
[xv] El Araucano, órgano oficial del gobierno de Chile, 9 de julio de 1831.
[xvi] Lastarria, Op.cit, p.36.
[xvii] Donoso, Ricardo. Las ideas políticas en Chile, FCE, México 1946, p.103.
[xviii] Pinto, Julio, Caudillos y Plebeyos.La construcción social del estado en América del Sur.LOM educiones, Santiago, 2019, p. 128
[xix] Sagredo, Rafael, Op, cit, p.25.
[xx] Ibid, p.131.
[xxi] Ministro Manuel Montt, Memoria Ministerial de Justicia, Culto e Instrucción Pública,1842.
[xxii] Sagredo, Rafael, Op cit, p.151
[xxiii] Ibid.
[xxiv] Decreto de 2 de febrero de 1837.