Hay figuras que llegan a una época antes de que esa época esté lista para recibirlas. Lola Hoffmann fue una de ellas: una mujer que abrió ventanas cuando Chile todavía vivía con las cortinas corridas, una terapeuta que entendió el amor como conciencia y la crisis como oportunidad. Su vida, marcada por desplazamientos, búsquedas y revelaciones, es también la historia de una revolución silenciosa, un cambio profundo en la sociedad.

Helena Jacoby nació en los albores del siglo XX, en 1904 en Letonia, en una familia judío‑alemana acomodada donde la disciplina convivía con la expectativa de obediencia. Tras la Primera Guerra Mundial, los Jacoby se trasladaron a Friburgo, y fue allí donde Helena tomó su primera decisión radical: estudiar medicina. Su familia se opuso, pero ella avanzó igual, con esa firmeza serena que más tarde sería su sello. En la universidad coincidió con Heidegger, Wilhelm y Carl Gustav Jung; no fue discípula directa, pero respiró el mismo aire intelectual, la misma inquietud por comprender la conciencia humana desde sus zonas más profundas.
Terminada su tesis, partió a Berlín para especializarse en el estudio de las hormonas. Berlín era entonces una ciudad vibrante, peligrosa, llena de promesas. Allí conoció al fisiólogo chileno Franz Hoffmann. Se enamoraron con rapidez y en 1931 emprendieron el viaje a Chile, donde ella comenzaría a transformarse en Lola Hoffmann.
El sufrimiento de hoy es ese concepto de propiedad. ‘mi’ marido, ‘mi’ mujer. Esa palabra ‘mi’ es el sufrimiento. El ser humano no puede ser propiedad de otro ser humano. Puede ser tremendamente generoso, tremendamente amoroso, pero no puede ser propiedad de otro ser y sentirse como tal. Lola Hoffmann.

Ya instalada en Santiago, Lola aprendió castellano, tuvo dos hijos y se integró al mundo científico con disciplina admirable. Trabajó en el Instituto Bacteriológico y luego en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Chile. Durante años colaboró ad honorem en las investigaciones de su marido: la época no toleraba que una mujer recibiera sueldo por trabajar junto a él. Ese gesto —trabajar desde un lugar invisible— sería una de las primeras grietas que más tarde la empujarían a buscar un camino propio.
A los 46 años cayó en una depresión profunda. En medio de ese periodo tuvo un sueño que ella misma describiría como epifanía. Franz, intentando animarla, le regaló un viaje a Europa. Fue allí donde Lola tomó la decisión que cambiaría su destino: estudiar psiquiatría. De vuelta en Chile se adentró en la interpretación de los sueños, buscó enlaces entre fisiología y psiquiatría, y entró a trabajar en la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Chile. Exploró la neurología, la autohipnosis, y comenzó a construir una mirada que integraba cuerpo, mente y espíritu.
Muchas veces la mujer no tiene conciencia de su infelicidad. No entiende qué le pasa, pero el hecho es que siempre está muy cansada, aburrida, histérica, nerviosa. Y el drama se desencadena cuando los hijos crecen y se van de la casa. Entonces siente que no es útil para nadie y que no tiene nada que hacer. Otro hito es cuando termina el período de ser objeto sexual para el hombre. De repente descubre que no es nada, que no es un ‘yo’ aceptable para sí misma. Nuestra época pone un énfasis enorme en la juventud y no tenerla es una crisis feroz. Lola Hoffmann
Volvió a Alemania por un par de años para perfeccionarse y en 1959 regresó a Chile para instalarse como psicoterapeuta. Durante los años sesenta participó en ensayos de terapia grupal, experimentó con marihuana como herramienta terapéutica, practicó hatha yoga, aprendió a traducir el I Ching. En 1983 fundó la Casa de la Paz, síntesis de su búsqueda: integrar ciencia, espiritualidad y transformación personal. Su visión del amor fue siempre adelantada a su época. Para Lola, el amor no era posesión ni contrato: era un acto de conciencia. La pareja, decía, es un laboratorio donde se revelan las sombras y también la capacidad de ternura. El deseo no era pecado, sino energía vital; la crisis no era fracaso, sino oportunidad para crecer juntos o separarse sin violencia.
El deseo es la fuerza que nos mantiene vivos. Lola Hoffmann
En su vida afectiva, esa ética se encarnó en dos vínculos decisivos. Con Franz Hoffmann compartió historia, hijos, trabajo y silencios. Él la apoyó en momentos cruciales, pero también representó los límites de una época que la obligaba a permanecer en un lugar secundario. Su relación fue más intelectual que expansiva, más práctica que reveladora.

Con Tótila Albert, en cambio, vivió un amor que desbordó los moldes. En una de sus visitas al taller del escultor, Tótila le mostró una figura humana emergiendo de la piedra, mitad cuerpo, mitad espíritu. Lola la observó largo rato. No miraba la obra: lo miraba a él.
“Esto eres tú —le dijo finalmente— y esto es lo que despiertas en mí.”

…ella (Lola Hoffmann) tuvo una relación secreta y muy larga con el escultor Tótila Albert, que fue fundamental en el giro que ella le dio a su vida ya entrada a la madurez. Él se mantuvo casado, igual que mi abuela y, además de Lola, tenía a otras mujeres. Mi abuela aceptaba esa situación, porque aprendió a creer en el amor libre«. Leonora Calderón, nieta de Lola Hoffmann.
Ese episodio marcó un punto de inflexión. No fue un amor destinado a durar, pero sí a abrir, no hubo posesión, Lola nunca se separó de Franz. Pero a partir de Tótila, Lola ya no volvió a concebir el amor como acompañamiento: lo entendió como expansión. El cierre con Franz fue de otra naturaleza. En sus últimos años, Lola lo cuidó con serenidad. Una tarde, él le tomó la mano y murmuró:
—Gracias por todo lo que hicimos juntos. Lola respondió: Y gracias por lo que no pudimos hacer.
No era reproche: era aceptación. Reconocía la vida compartida y también los límites, las zonas donde cada uno siguió su propio camino. Un cierre sin épica, pero con verdad.
La crisis es un regalo de la vida. Lola Hoffmann

Entre sus célebres pacientes, estuvo el escritor peruano José María Arguedas, quien en las cartas que le envió por años le decía mamita y le confesaba que ella lo había salvado de la muerte. Pero los demonios de Arguedas pudieron más y en 1969, se suicidó.

La presencia de Lola Hoffmann abrió un territorio que Chile no sabía que necesitaba. Su manera de hablar del deseo sin culpa, de la pareja sin posesión, de la crisis sin miedo, permitió que generaciones se miraran con más honestidad. Mientras se convertía en un referente para las mujeres de avanzada, los sectores más conservadores la criticaron llamándola “la separadora”. Si una mujer iba a su consulta, seguro dejaba a su marido, contaba el mito. En la terapia rompió con el modelo autoritario y abrió la puerta a una práctica más humana, más dialogante, más profunda. Su legado no está solo en sus pacientes ni en la Casa de la Paz: está en la manera en que Chile empezó a pensar el amor, el cuerpo y la libertad. Una revolución silenciosa, pero decisiva.

La libertad interior es la única que no puede quitarnos nadie/ Lola Hoffmann
Lola Hoffmann murió en 1988 sin ver el término de la dictadura. Sus últimos meses la encontraron muy débil aunque nunca dejó de aterder a sus pacientes. Solo una semana antes de morir se levantó una noche y se cayó quebrándose la cadera… tan solo días después murió dejando a muchos y muchas desconsolados.