La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en un campo decisivo de disputa política, ética y geopolítica, con consecuencias directas para la democracia, los derechos fundamentales y la organización futura del poder. Su desarrollo está asociado a la vigilancia masiva, la militarización, la concentración corporativa, la erosión de controles democráticos y la emergencia de proyectos autoritarios que buscan subordinar la política a la tecnología.
Desarrollo este artículo a partir de tres ejes: el conflicto entre Anthropic y el Departamento de Guerra de Estados Unidos, la figura de Peter Thiel y la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV.
El conflicto entre Anthropic y el Departamento de Guerra
El primer episodio es la tensión entre Anthropic y el Departamento de Guerra de Estados Unidos, originada por el intento del gobierno norteamericano de ampliar el uso militar de Claude, la IA desarrollada por la empresa. Aunque Anthropic acepta colaborar con agencias estatales en ámbitos de defensa, inteligencia, simulación, planificación y ciberseguridad, rechaza usos incondicionales que vulneren principios democráticos, derechos fundamentales o estándares de seguridad. Anthropic establece dos líneas rojas: la vigilancia doméstica masiva y las armas totalmente autónomas. En el primer caso, advierte que la IA puede integrar datos dispersos para construir perfiles detallados de personas a gran escala, con riesgos severos para la privacidad y las libertades civiles. En el segundo, sostiene que los sistemas actuales no son suficientemente confiables para tomar decisiones letales sin supervisión humana.

Este conflicto es sólo la punta del iceberg del dilema actual: quién controla la IA, con qué fines y bajo qué límites cuando su uso afecta la seguridad, la vida humana y la libertad política. La postura de Anthropic aparece como un precedente relevante, pues afirma que incluso los contratos estatales de alto nivel deben estar sujetos a restricciones éticas. Esta controversia anticipa uno de los dilemas centrales de la época: si las empresas tecnológicas actuarán como simples proveedoras del poder militar y estatal, o si asumirán responsabilidad frente a los efectos sociales y políticos de sus sistemas.
El rol decisivo de Peter Thiel

El segundo eje de este artículo es Peter Thiel, figura clave en la articulación entre poder tecnológico, ideología ultraconservadora, vigilancia digital y debilitamiento democrático. Fundador de PayPal y cofundador de Palantir, Thiel aparece como un actor central en la construcción de un nuevo orden político-tecnológico, donde la seguridad, la IA militar y la vigilancia desplazan a la democracia liberal. Su influencia no se limita al mundo empresarial: apoyó financieramente a Donald Trump, impulsó a J.D. Vance y ha obtenido importantes contratos gubernamentales para Palantir, transformando a esa empresa en una pieza estratégica de defensa, inteligencia y control de datos a nivel global. Palantir ha desarrollado herramientas de IA y de análisis generalizado de datos que han sido claves en la persecución de inmigrantes en EE UU, así como en la detención de Maduro, los bombardeos sobre Irán y El Líbano y la persecución de palestinos en Gaza.
Para Thiel, la tecnología está por encima de la política y el desarrollo tecnológico y personal por encima de la democracia. La democracia pierde validez frente al poder tecnológico y por ello promueve la emergencia de una derecha que fusiona religión, tecnología y geopolítica. [1]
Para Thiel, la innovación tecnológica funciona como trascendencia: la IA y el poder computacional podrían evitar el colapso civilizacional. El Apocalipsis surgiría de la crisis de la democracia liberal y la modernización, marcadas por pérdida de trascendencia y mimetismo —globalismo y migraciones—. El Anti-Cristo sería la unificación global, por lo que los “patriotas” deberían construir tecnologías y estructuras capaces de contenerlo, apoyando fuerzas nacionalistas, soberanistas y antiglobalistas y usando la vigilancia y el control como defensas frente al caos o la tiranía global.
Esta teología del fin del mundo conecta con el evangelismo conservador y su lectura moral del orden social, visible particularmente en iglesias pentecostales y neopentecostales de Brasil y Centroamérica. El neo-pentecostalismo es el principal difusor de retóricas apocalípticas (guerra espiritual, fin de los tiempos, batalla cultural); el catolicismo conservador aporta la moral tradicionalista (familia, orden, autoridad) y las derechas cristianas combinan ambas en discursos de “defensa civilizatoria” frente a la secularización, el globalismo o el colapso moral.[2]
Thiel sostiene que, en la era digital, libertad y democracia ya no serían compatibles. Desconfía de la democracia liberal y propone subordinarla al poder tecnológico, bajo formas de gobierno jerárquicas, corporativas y tecnocráticas. Su ideal es un “monarca tecnológico”: un CEO-soberano que administre el Estado como empresa, sin controles ni deliberación democrática.[3] En esa lógica, la nación funciona mejor si tiene un dueño y no un presidente transitorio; la fuerza se vuelve instrumento de gobierno y el tecnomagnate, nuevo soberano. No sorprende, entonces, que este discurso resulte atractivo para Trump.

La alianza Trump-Thiel se basa en un intercambio claro: Trump elimina obstáculos regulatorios para la expansión de las tecnológicas, mientras Thiel pone el poder de sus empresas al servicio de la agenda política y geopolítica trumpista. A cambio, Trump protege a las grandes firmas digitales estadounidenses frente a intentos europeos de regulación o tributación, incluso mediante amenazas arancelarias.
Thiel recurre a una retórica de crisis: presenta a Occidente en decadencia y promueve respuestas extremas —“mano dura”, rechazo a la inmigración y salidas autoritarias— amplificadas por algoritmos y redes sociales. En esa narrativa apocalíptica, salvar a Occidente exige derrotar al “Anticristo”: el Estado social, la solidaridad, el cosmopolitismo, el progresismo, el wokismo y la protección de las minorías. La semejanza con la realidad chilena no parece casual.
Con sus tecnologías de vigilancia y análisis de datos, Thiel busca fusionar un poder corporativo ilimitado con una gobernanza autoritaria incompatible con la libertad y la democracia. Su ideal sería transformar al Estado en una especie de sucursal de las colosales empresas tecnológicas, vaciando la soberanía de su dimensión democrática. (Estefanía, 2026).

Palantir ocupa un lugar central en esta arquitectura. La empresa desarrolla herramientas de análisis e integración de datos utilizadas por agencias de inteligencia, fuerzas armadas, policías y organismos públicos. Sus sistemas permiten unificar bases de datos, detectar patrones, construir perfiles, priorizar operaciones y apoyar decisiones de seguridad. Son utilizados por entidades como la CIA, el FBI, ICE y policías europeas, además de su papel en tareas vinculadas a migración, defensa y vigilancia. La preocupación principal es que estas herramientas, aunque presentadas como soluciones técnicas, pueden convertirse en instrumentos de control social, persecución política y debilitamiento de derechos civiles.
El pensamiento de Thiel se vincula con corrientes neorreaccionarias como las de Curtis Yarvin, quien propone sustituir la democracia por gobiernos corporativos administrados por CEO-soberanos. Yarvin identifica dos enemigos: “la Catedral”, entendida como la alianza entre universidades de élite y grandes medios que producirían el consenso progresista, y “el Polígono”, la burocracia estatal permanente que ejecutaría ese consenso. Frente a ello, propone el neocameralismo: microestados gestionados como empresas, sin partidos ni elecciones. Estas ideas no son marginales, pues inspiran proyectos concretos al estilo de micro- estados como Próspera, hoy en Honduras, y dialogan con la agenda política de sectores de la derecha tecnológica global.
En el plano ideológico, convergen capitalismo libertario, poder militar, nacionalismo tecnológico y mesianismo religioso. Thiel y otros actores de Silicon Valley presentan a Occidente como una civilización en decadencia, amenazada por enemigos internos y externos. En esa narrativa, la democracia aparece como débil o capturada por élites progresistas, y la respuesta sería reforzar el poder duro, acelerar la innovación y actuar sin restricciones frente a los adversarios. La retórica apocalíptica —incluida la figura del Anticristo— intensifica la crisis y predispone a aceptar autoritarismo, vigilancia masiva y concentración de poder.
La crítica del Papa a la IA

La reciente encíclica Magnifica Humanitas[4] plantea que la IA no es moralmente neutra: su diseño y uso expresan decisiones sobre qué se mide, qué se ignora, qué se optimiza y qué tipo de sociedad se promueve. El clamor del Papa es que su desarrollo debe orientarse al bien común, la dignidad humana, la justicia social y la protección de los derechos fundamentales.
El Papa advierte que la IA no puede entenderse como una herramienta neutral ni puramente técnica; que el control de plataformas, datos, infraestructura digital y capacidad de cómputo se concentra crecientemente en grandes actores económicos y tecnológicos, muchas veces fuera del control público. Al concentrar datos, infraestructura y capacidad de cálculo en manos de pocos actores privados, tiende a reforzar desigualdades, opacidades, exclusiones, manipulación y nuevas formas de dependencia, especialmente cuando la información personal y colectiva se transforma en un recurso estratégico.
La encíclica subraya que el desarrollo de la IA está asociado a la vigilancia masiva, la militarización, la concentración corporativa, la erosión de controles democráticos y la emergencia de proyectos autoritarios que buscan subordinar la política a la tecnología. Denuncia que los sistemas de IA inciden directamente en oportunidades, reputación, trabajo, acceso a servicios, libertad y derechos. Cuando decisiones sensibles —como empleo, crédito o trato institucional— se delegan en algoritmos sin responsabilidad humana, aumenta el riesgo de que éstos reproduzcan sesgos, excluyan a personas sin posibilidad de apelación y revistan la injusticia de una apariencia de objetividad algorítmica, sin responsables políticos visibles ni posibilidades reales de apelación
De ahí que el texto papal exija criterios éticos claros, controles públicos efectivos, participación social y una regulación de los datos como bienes comunes, especialmente cuando están en juego bienes públicos y derechos fundamentales.
Thiel, en cambio, ve todo límite ético a la IA como debilidad civilizatoria y amenaza al liderazgo tecnológico de Estados Unidos. Para él, regular antes de tiempo equivale a ceder ventaja estratégica a potencias rivales, a China, en particular. Alega que el Papa representaría el Anti-Cristo y operaría como un aliado objetivo de China.[5]
Para Thiel, prudencia, seguridad y bien común debilitan a Occidente frente a rivales menos regulados. Para el Papa, la IA no puede quedar subordinada sólo a intereses corporativos, militares o nacionales. La disputa opone competencia sin límites a regulación democrática guiada por dignidad humana, justicia social y control público.
La IA se ha convertido en una tecnología de poder capaz de redefinir la democracia, la soberanía y la vida social. El Papa nos llama a reconocer que la IA no es neutral, que es necesario someterla a deliberación democrática, proteger los datos como bienes comunes, limitar su uso en vigilancia y decisiones letales, y establecer regulaciones nacionales e internacionales que aseguren responsabilidad humana, transparencia y control público.
Entre el 14 y el 16 de julio 2026, se realizará en Castel Gandolfo uno de los eventos mundiales más relevantes en décadas.[6] Invitados por el Vaticano, se encontrarán 30 Premios Nóbel junto a otros científicos, académicos de principales universidades, representantes de los principales organismos internacionales, ex jefes de estado y representantes de Open AI, Google Deep Mind, Anthropic y AARU para discutir sobre seguridad internacional, gobernanza de la IA, desarme nuclear, armas autónomas y una economía orientada a la Paz. Se espera que de allí surja una Declaración de Roma que abra el camino para una paz desarmada y desarmadora en la era de la IA.
Thiel en América Latina
En Europa, España, Francia y Alemania comienzan a limitar la presencia de Palantir en áreas sensibles como inteligencia militar, defensa, telecomunicaciones, infraestructura crítica e información estatal, al tiempo que buscan desarrollar capacidades tecnológicas propias. En el Reino Unido, se cuestiona su presencia en el sistema público de salud y se bloquean contratos con la policía. Estas reacciones reflejan una preocupación por la soberanía tecnológica y por la dependencia de proveedores vinculados a agendas políticas ajenas al control democrático europeo.
América Latina aparece como un espacio especialmente relevante para la expansión de Thiel, quien ya ha sostenido reuniones con presidentes de Ecuador, Paraguay, Argentina y Chile, todos de derecha o ultraderecha. En Argentina, su cercanía con Javier Milei se expresa tanto en encuentros políticos como en su instalación temporal en Buenos Aires. Milei, por su parte, defiende una IA libre de regulación prematura y ve en ella una vía para multiplicar la productividad. Thiel reorienta parte de su estrategia hacia América del Sur, aprovechando gobiernos afines que faciliten la entrada de sus ideas, empresas e inversiones.

El caso de Próspera, en Honduras, funciona como ejemplo concreto del proyecto tecno-oligarca. Próspera es una Zona de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE) situada en Roatán, Honduras, con una superficie cercana al doble de Mónaco y vuelos directos desde Miami y Houston. Cuenta con autonomía fiscal, impuestos mínimos, tribunales propios bajo derecho anglosajón y facultades para organizar sus servicios de seguridad, educación y salud. Peter Thiel figura entre sus principales financiadores.
Existirían unas tres decenas de ciudades chárter en funcionamiento, con financiadores recurrentes como Balaji Srinivasan, Peter Thiel, Marc Andreessen y Patri Friedman, nieto de Milton Friedman. El objetivo de Próspera sería “construir el futuro del gobierno humano: gestión privada y con fines de lucro”, convirtiéndola en “la ciudad startup” más desarrollada del mundo (NYT, 2024). Obtener la residencia física en Próspera, sujeta a una serie de compromisos, otorga derecho a voto para elegir a los dirigentes del ZEDE: un voto por cada metro cuadrado que se posea. Es decir, el regreso al voto censitario de los tiempos coloniales.[7]
Aunque las ZEDE fueron derogadas y declaradas inconstitucionales en Honduras, Próspera sigue operando y mantiene litigios internacionales contra el Estado. Esta experiencia representa el retorno de formas censitarias y corporativas de gobierno, bajo la promesa de eficiencia, innovación y libertad económica. Su objetivo declarado de escalar globalmente su modelo de gobernanza refuerza la preocupación por la exportación de estas fórmulas.
Según la web de Próspera (prospera.co/es), en 2025 operarían allí 413 empresas. Junto a firmas inmobiliarias, bancarias y turísticas, destaca un amplio sector médico dedicado a medicina regenerativa, rejuvenecimiento, longevidad, biotecnología con células madre, implantes y terapias personalizadas con péptidos. La zona se ha hecho conocida por sus instalaciones médicas experimentales, que realizan ensayos clínicos sin cumplir las normas de la FDA estadounidense.
Dado el historial de Thiel, su ideario ideológico, su visita a Chile, sus reuniones con José Piñera, Johannes Kaiser y con el presidente Kast en La Moneda son hechos políticamente muy significativos, sobre todo porque no ha sido posible conocer el contenido de la conversación sostenida con el mandatario. Dadas las iniciativas que Thiel promueve en el mundo y su desprecio por las instituciones democráticas parece sensato debatir sobre las implicancias de las inversiones provenientes de Thiel cuando puedan afectar soberanía, datos, infraestructura crítica, inteligencia, seguridad o funcionamiento de la democracia.
[1] J. Estefanía: “Nuevas distopías: transformar el Estado en una sucursal de los gigantes tecnológicos”, El País, 25 de abril, 2026.
[2] “Cristianismos, derechas y conservadurismos en las Américas”, David Díaz Arias. Gema Kloppe-Santamaría. Kevin Coleman. Matthew Philipp Whelan. [Editores/as]CLACSO – CALAS. ISBN 978-631-308-236-0. Buenos Aires, marzo de 2026
[3]“La República Tecnológica: Poder Duro, Pensamiento Débil y el Futuro de Occidente”, de Alexander C. Karp (co-fundador y director ejecutivo de Palantir) y Nicholas W. Zamiska (asesor legal de Palantir). Ed. Tenos, 2025.
[4] Magnifica Humanitas. Encíclica sobre inteligencia artificial, ética y gobernanza global, León XIV.
[5] [5] International Business Times: “Peter Thiel Accuses Pope Leo XIV of Acting as a ‘Chinese Communist Agent’ Over AI Rules”, International Business Times, 5 de julio, 2026.
[6] Castelli Notizie, 1 de julio 2026.
[7] El voto censitario limita el derecho a voto a los ciudadanos que cumplen ciertos criterios económicos, sociales o educativos, generalmente relacionados con la propiedad o el pago de impuestos. En Chile se eliminó en 1887, bajo la presidencia de Balmaceda. Durante la dictadura de Pinochet, Carlos Cáceres, ministro del Interior, proponía que se retornase al voto censitario en la Constitución de 1980.