(Publicado por solicitud del grupo de progresistas retirado Mayulermu, como parte del proyecto “Qué Hacer Con La Izquierda, presumiblemente desde la izquierda”)
Una disposición anímica sin alegría parece ensombrecer a la izquierda. En el mundo, no solamente en Chile. Basta leer las entrevistas, las memorias, los ensayos interpretativos, las columnas de opinión, las declaraciones de sus partidos, el talante afectivo de sus dirigentes de cuerpo presente. Después de procesar material nativo los modelos de lenguaje reconocidos sugieren melancolía, tristeza, depresión, ninguno alegría ni entusiasmo. Y no es necesario ponerse digitalmente tan sofisticado, o nerd, para sintonizar de manera similar con los y las izquierdistas, basta con parar la oreja y afinar la mirada.
Se podría entender de dónde viene la tristeza. El Siglo XX entero, como resumen, puede decirse que consiste en una gran derrota de la izquierda, del gran proyecto de creación de una nueva sociedad histórica radicalmente igualitaria. El fracaso de la gran estrategia del socialismo de estado, si se lo pudiera caracterizar de esta manera. La tristeza sería el resultado de esta derrota con sus costos humanos consiguientes. Comprensible. ¡Una derrota estratégica!

Sin embargo, la izquierda sufrió incontables derrotas sin caer en la melancolía. Desde el punto de vista de las expectativas y las promesas, la historia de la izquierda es un rosario de derrotas y frustraciones. La Comuna, la Revolución Alemana, la Guerra Civil española, la Guerrilla Boliviana del Che, los asesinatos masivos en Camboya, Mayo de 1968, la Revolución de los Claveles en Portugal, la Primavera Árabe, las democracias populares… Cada una de ellas reafirmó la alegre disposición de la izquierda. Curó en cada caso sus heridas, lloró a sus muertos y honró a sus héroes, enfrentando las derrotas como eventos especialmente ricos en aprendizaje. Derrotas, sí, pero antes de nada nuevas experiencias para un intocado proyecto histórico, lecciones imprescindibles para nuevas estrategias. Sin embargo, en algún momento la derrota fue tratada como histórica, no solamente estratégica. El propósito histórico de la sociedad radicalmente igualitaria quedó en entredicho. La imagen de lo que había que construir se borroneó por un escepticismo hondo que se fue instalando sobre la posibilidad misma.

Quizás, posiblemente, la derrota de la izquierda en Chile por el golpe contra Allende y su gobierno podría marcar el emerger de la tristeza en la izquierda en el mundo, el fin del alegre sacar lecciones estratégicas para un futuro claro y luminoso. Cuando la izquierda en vez de reafirmarse históricamente por las lecciones aprendidas de la derrota opta por renovarse como agente histórico, convirtiendo el presente en futuro y eliminando de este el pasado. De modo inconsciente, quizás con un tantico de mala fe, la Concertación olvida bajo la nueva estrategia democrática, la certidumbre de su derrota histórica. En cualquier caso, desaparece en ella el propósito de traer al mundo una nueva sociedad radicalmente igualitaria, y la claridad de en qué consite esta. Más tarde cuando los “autocomplacientes”, a pesar de su inteligencia a menudo superior, son incapaces de suprimir con argumentos la tristeza de los “autoflagelantes”, quizás es por su propia falta de alegría. La izquierda renovada renueva su tiempo histórico, con el presente operando de futuro sin rememorar el pasado. Desorientada y confundida por lo mismo en un mundo diferente, movedizo y contingente, la luminosidad de la memoria que opera olvidada en el presente la carga de melencolía.
El estado de ánimo no es una emocioncita que se pueda modificar cambiando de lugar o compañía. Es lo que nos fija con más fuerza al pasado, a diferencia de las ideas, las estrategias y tácticas, las opiniones, los valores, la ideología, que podemos cambiar al correr del lápiz BIC. Entes aéreos, estratosféricos, distantes de la acción movilizada directamente por la disposición afectiva. Se le esfumó a la izquierda la claridad de su proyecto y su ser histórico. Siente en los huesos confusión, no alegría, bajoneo y escepticismo al no poder hacer presente ante sí misma, y para otros, un futuro propio históricamente singular. Sigue deseando la igualdad radical, eso dice, cuando menos, pero no tiene idea de en qué consiste ni cómo hacerle. Ocurre por primera vez desde que, más o menos, Marx inventa la posibilidad. Sin un propósito definido y confundida consigo misma, la izquierda pierde la alegría que tenía en el pasado.
Es muy decimonónico y racionalista el ánimo de confusión que acompaña a la falta de claridad futura, a la ausencia de metas y orientaciones precisas. Cuando los solemnes viejos libros fallan, no saber qué dirección tomar y tener que inventarla paso a paso conturba en vez de desafiar, deprime en vez de alegrar. Cuando la apertura de la historia le produce miedo a quién podría inventar otro futuro. Cuando el ánimo anacrónico de ansiar la certidumbre sigue operando.
Este no saber en qué consiste la sociedad radicalmente igualitaria, ni cómo atinarle, más vale que se convierta precisamente en la alegría de una izquierda operada de los nervios que le produce un futuro abierto por inventar sin mapas ni destino. Quizás una radicalmente otra, nueva. Provocada por la posibilidad de desafiar el futuro monomaníaco que el capitalismo le depara por delante, con el corazón alegre y sin mayores claridades. Alegre precisamente porque no las hay y debe/puede inventarlas por su cuenta. Más a tono con el nuevo siglo de futuro incierto y posibilidades contingentes, más abierta a la creación que a la planeación, a la acción innovadora riesgosa que a la estrategia sobre seguro, con pocas ideas fojas. Más en sintonía con la bullente cultura cotidiana actual, en constante diferenciación impredecible en todos los campos del acontecer social. En contraste con esta alegría bulliciosa, la tristeza de la izquierda es difícil de soportar.

¿Tendrá que ser otra o podrá ser la de antes transformándose a sí misma sin miramientos por una decisión histórica? Una nueva izquierda que no necesita de modelos sociales preestablecidos para sentirse segura de sí misma. Alegre por la posibilidad variopinta que se le abre en contraste con la fijación monomaníaca sin contenido del capitalismo de acumular capital sin propósito alguno.