Chile 2026, la crisis de las izquierdas o el necesario retorno a los clásicos

por Luis Breull

En la realidad chilena contemporánea hay un hecho silencioso pero decisivo;
la distinción clásica entre izquierda y derecha ha perdido capacidad explicativa para amplios sectores de la población. No porque haya desaparecido ideológicamente, sino porque ya no se visibiliza de modo eficaz ni organiza la experiencia cotidiana de las mayorías. Hoy, el eje real no es doctrinario, es existencial y refiere a tensiones como estabilidad vs. incertidumbre, protección vs. desamparo, orden vs. descontrol, entre otros. Y en ese desplazamiento, la política tradicional —particularmente en la izquierda— ha quedado conceptualmente desfasada y socialmente desencajada, aunque estructuralmente protegida.

La vigencia olvidada de Karl Marx y Max Weber

Paradójicamente, las herramientas para entender esta crisis siguen disponibles y refieren entre otras claves al materialismo histórico de Karl Marx no como dogma, sino como método para analizar cómo se organiza la producción en la sociedad chilena, cómo se distribuye la riqueza y quién controla esas relaciones. Es decir, volver a mirar la estructura material de la sociedad. Y otro insumo clásico indispensable es el rescate de Max Weber, quien en su tiempo introdujo dimensiones culturales complementarias sobre la sociedad y su modo de entender cómo las personas interpretan su realidad, por qué obedecen o desconfían y cómo se construye la legitimidad. Y así poder comprender el sentido social y las emociones colectivas.

Ambos siguen plenamente vigentes hoy, en torno a un problema que no es teórico. Es político.

Chile ya no es una sociedad de trabajo estable

La izquierda chilena sigue operando sus análisis y construyendo sus discursos, en gran medida, con categorías del siglo XX, pero Chile 2026 es otra cosa; un territorio, un país, una sociedad de informalidad creciente, empleos discontinuos, plagado de plataformas digitales y subempleo profesional.  El “trabajador” ya no es una figura estable. Es una condición frágil que cristaliza en un precariado extendido, cuya característica central no es la explotación clásica, sino la inseguridad estructural de la vida. 

Aquí Marx sigue siendo útil, aunque exige actualización porque no hay que buscar la fábrica, ni la sindicalización como motores de seguridad, sino el riesgo y sus formas de articulación desde los nuevos modos de generar plusvalía y explotación en la relación capital/trabajo.

El nuevo núcleo material es cómo sostener la vida en una sociedad envejecida y endeudada, en la que el conflicto ya no se organiza solo en torno a la producción, sino a la reproducción de modos de subsistencia asociados a pensiones insuficientes, salud tensionada, búsqueda de necesarias redes de cuidados y autocuidados, y acceso cada vez más complejo a la vivienda propia.

Entonces, la pregunta ya no es solo cómo se genera riqueza, sino cómo se logra vivir con un mínimo de estabilidad en medio de tantos focos de riesgo, cambios acelerados y de una sociedad que carece de anclajes. Sin embargo, estas dimensiones han sido desplazadas por discursos simbólicos que no resuelven la angustia material y existencial.

La deuda como nueva estructura de dominación

Chile configuró una anomalía estructural como sustento vital con la sustitución del incentivo al ahorro familiar -clásico hasta las décadas 70/80 del siglo pasado-, por la masificación del consumo, sostenido por endeudamiento creciente a través de la ampliación del crédito como forma de venta del futuro ingreso salarial a costa del acceso a un bien inmediato.  

Esto generó una forma contemporánea de subordinación supraclasista de proletarización vía deuda, cuyas clases medias no se perciben pobres, pero viven financieramente atrapadas.

Aquí el materialismo histórico podría tener una lectura potente. Pero requiere abandonar el lenguaje abstracto y hablar en términos concretos acerca de cuotas, tasas, morosidad y riesgo. 

Seguridad como la dimensión social que reorganiza la política

El crimen organizado, los secuestros y la violencia cotidiana no son solo fenómenos policiales, sino formas de organización económica y territorial que afectan directamente el trabajo, el comercio y la vida urbana.

En este territorio simbólico Weber se vuelve clave, ya que la política no se evalúa solo por su justicia, sino por su capacidad de generar orden legítimo. Y si ese orden falla, la legitimidad colapsa y la ciudadanía se vuelca a buscar protección, no a demandar coherencia ideológica.

El descalce sindical o la política para una sociedad que ya no existe

La izquierda chilena que participó del gobierno de Gabriel Boric insistió en ideas, relatos, demandas y medidas de fortalecimiento sindical clásico, tales como el intento fallido de legislar la negociación por rama.  

Pero este empeño enfrentó una realidad donde millones de trabajadores ya no tienen empleador estable o están fuera del sistema formal. Esto produce una disonancia estructural entre lo que se propone como solución industrial frente una sociedad postindustrial precaria.

El resultado no es solo ineficacia; es una nueva desconexión.

El Estado como refugio de pocos y la nueva fractura material

Entremos ahora en uno de los territorios más sensibles y clave en consolidación de la profunda contradicción que separa a la clase política y sus militancias respecto del resto.

Mientras la sociedad vive en incertidumbre, inseguridad y en precariado estructural, una parte relevante de las élites políticas —ligadas fuertemente a los partidos de la actual oposición y parte del oficialismo tecnocrático— ha encontrado en el Estado (el sector público) estabilidad, protección contractual y continuidad laboral resguardada.

El efecto más nítido es la conformación de una burocracia politizada que opera como clase protegida. Esto no es solo clientelismo. Pasó a ser una nueva forma de diferenciación material entre quienes viven del riesgo y quienes desde el mundo público viven fuera del riesgo bajo el eufemismo de “servicio público”.

El quiebre entre estructura y sentido

Es en este espacio social contradictorio o estructuralmente dialéctico que convergen Marx y Weber en Chile del siglo XXI. Desde Marx la izquierda no está leyendo correctamente la estructura material al ignorar la deuda, la precariedad y la informalidad. Y desde Weber, al no comprende el sentido social dominante y subestimar el miedo, perdiendo su legitimidad.

Entonces el resultado es doble, primero por una desmaterialización que reza y sermonea sobre derechos, pero no da cuenta de las condiciones reales de vida; y segundo, por una deslegitimación que no logra conectar a las élites políticas con la experiencia emocional de la sociedad y sus mayorías.

Este encapsulamiento y falsa legitimidad moral cruza principalmente a las izquierdas chilenas en tanto fuerzas políticas, al no interpretar la nueva estructura social ni comprender el sentido cotidiano de vida de la gente, cuestión que deriva en algo más grave que un error, porque la aísla y se encapsula en su propio lenguaje.

La izquierda -desde sus expresiones más extremas- hasta el centro político, validan su discurso internamente y refuerzan así su identidad simbólica, pero pierden en forma creciente y sostenida el contacto con la realidad externa. Así emerge una falsa legitimidad moral que se percibe justa y se relata con ganas, pero no es vista por el resto de la sociedad como eficaz ni empática con las prioridades de vida. Y en política, como enseñó Weber, la legitimidad no se declara, sino que se reconoce desde el espacio social completo.

La nueva fractura política

Los puntos anteriores conforman un eje /izquierda / derecha que se vació de contenido y sentido, y que perdió centralidad como factor de clasificación identitaria real. La verdadera división hoy es otra: quienes ofrecen explicación, pero no solución, y quienes ofrecen solución, aunque sea simplificada. O más crudamente, la fractura entre política discursiva y política de protección filo populista.

El materialismo histórico sigue vigente, pero exige volver a mirar las estructuras fundantes de la realidad social y la interacción de las personas, que hoy se resuelven en deudas, inseguridad personal y familiar, precariedad laboral y envejecimiento colectivo por baja natalidad. Weber sigue vigente, porque recuerda que sin legitimidad no hay poder sostenible ni hay autoridad reconocida que se respalde en el largo plazo.  

Cuando una izquierda abandona ambos planos no comprende la vigencia de su propio sustrato ideológico. Reemplaza el análisis crítico por hiperinflación narrativa, la realidad por discurso y la búsqueda de legitimidad social por autovalidación moral, dejando de representar a la sociedad y a los sectores más precarizados. Un momento en que la historia no se detiene, simplemente cambia de manos.

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1 comment

Francisco Zañartu abril 10, 2026 - 9:52 pm

Muy bueno el artículo. Da cuenta de una situación que no sólo ocurre en Chile. Felicitaciones

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