Son las diez de la noche del sábado 30 de mayo, uno de los últimos de otoño. Me doy vueltas pensando qué escribiré para La nueva mirada esta semana. Escucho la voz Charles Aznavour cantar; Sa jaunesse.Aznavour cantaba como si su voz musitara una intensa declaración de amor al oído. Cada vez que su voz llenaba con maestría teatral el paso del tiempo en un escenario, fue capaz de transmitir pasión, felicidad, melancolía, desamor, soledad. Escucho la tercera canción; La mamma busco los dos vinilos de Aznavour que heredé de mi madre. La quinta canción; Hier encore. Traigo al presente con emoción el sonido de la lluvia, el mar, el viento, las voces, risas, copas, tazas de café vacías y platos sucios de bares, restaurantes, cafés, terminales de bues, paradas de micro y aeropuertos en lo que alguna vez, estuve y existí. Pienso en los amigos que conocí, que leyeron un poema en voz alta, cantaron una canción, compartieron historias o defendieron apasionadamente sus convicciones filosóficas, políticas o religiosas. Varios de ellos ya no están. La canción se detiene, la música se extingue, la energía que surge con la canción desaparece, las horas avanzan, la vida continúa. Me quedo leyendo la poesía de autores que sabían que el tiempo se les terminaba: Enrique Lihn; Gonzalo Millán; Erick Pohlhammer; Malú Urriola; Carolina Pezoa; Amanda Durán; Víctor Hayden; Germán Carrasco. Tres de ellos: Lihn; Millán; Pezoa se volcaron a buscar en la palabra poética un lenguaje de despedida. Dejándonos tremendos libros en los que describen la rutina de recorrer por la enfermedad que finalmente terminó con la vida de ellos. Los tres títulos que nos dejaron: Diario de Muerte de Lihn, Veneno de escorpión azul de Millán y Circa de mi amiga Carolina Pezoa, con quien preparamos una compilación de autores que escribieron poesía en tiempos tan difíciles como el estallido social y la pandemia. Son libros únicos, notables, lúcidos por una razón que afortunadamente elude a la literatura, y es que son textos escritos desde la urgencia de un escritor al límite. La poesía en estas cuestiones no se trata de literatura, se trata simplemente, de una estrategia de sobrevivencia y autocuidado, el último.

Es antigua, casi cursi la creencia de que la poesía salva y vence a la muerte, pero no por ser arcaica esa creencia sigue siendo menos actual y tal vez la única rebelión posible ante ella, […] aunque el diario de un moribundo siempre quedará trunco. […] La apuesta está en imaginar los momentos en que falta la tierra y se está agarrado a la respiración y el verso que se escribe es el único trozo de tierra posible de acariciar. Estas baladas del dolor de la humanidad en la voz de Aznavour, tan política como compleja, no terminan nunca y no lidian el tenue arte de entrelazar las huellas relativas a las desigualdades sociales, sin malgastar en ningún momento las grietas poéticas que se ofrecen como brillos conscientes de una bruja cósmica que es a veces la vida.

En momentos de encrucijadas, los poetas se dilatan y se despliegan en su esencia, en la síntesis de la propia existencia como seres reales de carne y hueso y sangre que sienten reducir la velocidad de su recorrido. Lihn reaccionó al diagnóstico con asombrosa tranquilidad, por no decir derrotismo, y puso en movimiento la máquina de su compleja intelectualidad para cedernos una cartografía del camino que todos en algún momento andaremos. Millán se propuso combatir y nunca perder la ilusión en el milagro que le podría facilitar la poesía, dejándonos la clara idea de que sanar no termina con la muerte. Carolina Pezoa nos dejó su libro póstumo Circa, en el que, a través de una cuidadosa y decidida poética, nos comparte una lectura de su visión de lo que es vivir con el diagnóstico y el tratamiento contra el cáncer.
Nadie puede saber cuándo la muerte ocurrirá, no se pueden tener datos certeros de su llegada y por eso el budismo afirma que vivir bien es un prepararse para la muerte, aunque lo escribamos y llevemos esa bitácora de muerte. Nunca se está preparado para ello, aunque sepamos que ya viene. No sé quién o qué media entre el que fui ayer y el de hoy. La misma motivación que tuve para comenzar a describir esos sonidos asociados a la vida, que en algún momento nunca más oiremos, y con ello pasaremos al olvido porque la vida continúa, y el sonido de la lluvia, el mar, el viento, la voz de Aznavour grabada en algún formato, se seguirá oyendo, y las tazas, y las copas, y los platos sucios, y las voces en un terminal de buses, en una parada de micro o en algún aeropuerto en los que alguna vez estuve, seguirán sonando, sin mí, sin ti, sin los que vengan a relevarnos algún día.
Foto de entrada: Edward Hopper – De la carencia y el anhelo
Leer notas anteriores de Dante Cajales Meneses