Historias de bárbaros

por Luz Quilodrán N

Nadie más que un bárbaro, un artesano fuera de lugar como Galileo, se podía atrever a caracterizar cómo se mueven los cuerpos al caer y mostrar que la tierra gira alrededor del sol usando unos simples numeritos, el ritmo de su pulso sanguíneo y unos pobres lentes hechos por él que nadie sabía qué mostraban. ¡El sagrado Universo convertido en una maquinita numérica! Contradijo a los sabios, partiendo por el mismísimo Aristóteles, sin saber lo que hacía, ciego a las honduras en las que se metía, un completo ignaro filosófico, un simplón. Ofendió todo lo considerado decente, sagrado y digno. Algunos aceptaron que a lo sumo podía hacer unos calculitos correctos, pero de ninguna manera captar la esencia de la Creación. Hoy sabemos que el bárbaro inventaba las ciencias naturales, cuestionaba la encantada sacralidad del mundo, la unidad de la filosofía, la sabiduría de tanto sabio presente y pasado y los poderes afirmados en sus conocimientos. 

Cuando los antiguos griegos aprendieron a leer, Platón reclamó en contra de tamaña barbarie. Conocer sin profesor, acceder a la verdad simplemente leyendo, extrayendo información de un libro, solo produciría bárbaros que creen saber, superficiales arrogantes, procesadores de datos. ¡Una evidente barbarie la alfabetización masiva! Se le unieron todos quienes gozaban del poder de ser sabios, miembros de las profesiones reconocidas, filósofos consejeros bien pagados de nobles y ricos. Grande fue el enojo de estos señores con los retóricos, los sofistas, los demócratas opinantes. Gente sin sospecha de la profundidad del ser se creía suficientemente sabia como para pretender gobernar la polis. ¡Se vislumbraron decadencias nefastas!

Para nuestra mirada histórica post facto, Platón perdió la pelea. Una primera vez con el cristianismo, ese platonismo para bárbaros y esclavos que lo entendió todo superficialmente y tomó el viejo mundo por asalto. La segunda vez fue más radical, con la invención de la imprenta 2000 años más tarde. El cacareo en contra de tamaña barbarie fue más grande aún. Sin lectores ni libros baratos, una clase de sabios oficiales dueños de textos, hondos metafísicos, teólogos de las profundidades, poseedores monopolísticos de un saber protegido en su verdad prístina mediante hierros ardientes, declaró foul histórico. Todo, especialmente lo más importante y delicado, sería mal entendido, agarrado superficialmente de manera engañosa por una verdad confundida y a medias sacada de libros sin la guía de quiénes realmente saben. La multiplicación a chaucha del conocimiento era una barbarie a gran escala, una extensión descontrolada de la peor superficialidad, la que se cree profunda. El libro fue acusado con escándalo de destruir la memoria, saturar la mente con información excesiva, impedir la reflexión pausada, la conversación. Y los lectores fueron acusados de solipsistas encerrados en sí mismos, melancólicos, onanistas. ¿Cómo era posible que se lo pasaran todo el día leyendo? Obviamente era una enfermedad la lectura, y anormales los lectores. 

Al parecer la historia la inventan los bárbaros. No se hace en escuelas, instituciones oficiales, en medio de saberes seguros, por sabios y expertos reconocidos. Es traída desde fuera de las murallas establecidas por bárbaros ignorantes y vulgares que desprestigian venerables verdades angulares: El Universo es una Creación Sagrada, sus verdades son accesibles solamente a unos pocos, los más profundos y preparados. Es lo que hacen hoy día los bárbaros de la IA. Descubren las bajuras de la profundidad metafísica en la que nos habíamos instalado nosotros mismos como seres parlantes, el último rincón encantado – por no decir sagrado – del mundo, el caso aparte, el misterio accesible a medias exclusivamente a las mentes más excepcionales, lingüistas, semióticos, densos psicólogos y teólogos. Sus maquinitas conversadoras sugieren que somos más de este mundo de lo que pensábamos, generadores lingüísticos que disparan por nuestras bocas, redes de procesos estadísticos encadenados entre sí sin más asunto que atinarle lo suficiente como para sobrevivir y seguir tirando para delante, sin razones profundas ni verdades en honduras. Sin mayúsculas.  

Aterra la posibilidad de percibirnos a nosotros mismos como seres sin misterio, sujetos no encantados, como aterraron Galileo, la escritura silábica y Gutenberg al de – sacralizar el mundo. Sin embargo, igual que antes seguiremos creando una convivencia que valga la pena, nada más que ahora tenemos que ponerle color nosotros mismos sin pasarnos tanta película de que somos especiales, que somos caídos del cielo.  

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