Periodismo basura y manual de angustia para audiencias cautivas

por Luis Breull

Cómo la televisión abierta chilena perfeccionó el arte de emocionar sin explicar, y por qué eso está desfondando algo más que sus balances, en un sistema que desde el año 2014 tuvo un quiebre tendencial definitivo que estructuró drásticos cambios en la inversión publicitaria y el consumo audiovisual. 

La derrota silenciosa… cuando el periodismo dejó de entender lo que cuenta

La crisis del periodismo chileno de alcance masivo no es una anécdota de formatos ni una desviación pasajera. Es una derrota profunda, acumulativa y, sobre todo, silenciosa en sus efectos más dañinos. Derrota académica, porque el conocimiento dejó de ordenar la práctica; derrota profesional, porque el oficio fue reemplazado por la performance; derrota cultural, porque la realidad se banalizó hasta volverse irreconocible; y derrota social, porque lo que hoy se ofrece como información es, en rigor, una infoxicación emocional angustiante y deformante que opera como un placebo colectivo. Un calmante inmediato que no explica nada, pero permite seguir mirando.

El periodista chileno promedio —forzado por el sistema, pero también cómodo en él— ha dejado de ser un productor de inteligibilidad pública para convertirse en un narrador de atmósferas. Ya no investiga, representa. Ya no verifica, solo relata. Y en ese tránsito, el storytelling —esa palabra que llegó con pretensiones de sofisticación— se transformó en una coartada elegante para evitar el trabajo duro: leer datos, entender procesos, jerarquizar información, construir contexto. Porque hacer periodismo de calidad exige herramientas, disciplina y, sobre todo, una pregunta incómoda que hoy rara vez aparece en las redacciones y que a si se entiende realmente lo que se está contando.

El problema no es contar historias. El problema surge cuando la historia reemplaza al criterio y a la información relevante mediante sobreoferta de emocionalidad amplificada, inversamente proporcional al criterio y conocimiento profesional de quienes participan de esa construcción narrativa básica. El guion es conocido y se repite con una eficacia casi industrial; una víctima total, emocionalmente desbordada; un detalle irrelevante elevado a categoría narrativa; una atmósfera cargada de dramatismo; y un cierre moral implícito que no explica nada, pero tranquiliza la conciencia del emisor. Es el teatro de la falsa empatía. Una forma de comunicación que quiere hacer sentir, pero no permite comprender. Y ahí reside su efímero éxito, su peligro y su suicidio.

Porque esta forma de periodismo no solo es superficial, sino cognitivamente regresiva. Bloquea la abstracción, inhibe el análisis, sustituye la estructura por el caso. Un portonazo deja de ser un fenómeno que requiere datos, tendencias, políticas públicas y comparación territorial, para convertirse en una escena emocional que parece representar la totalidad del país. La percepción se distorsiona, la proporción desaparece y la vida cotidiana se reconstruye como un espacio permanentemente amenazado, aunque la realidad sea más compleja y desigual en sus manifestaciones. En ese punto, la información deja de organizar la experiencia social y comienza a deformarla.

El espectáculo y combate en cámara de la política sin argumentos

No es casual que este modelo prospere. Es más barato, más rápido y requiere menos competencias. La alfabetización estadística, la lectura de informes, la comprensión de marcos regulatorios o de política pública -hasta incluso saber sumar y restar- han sido reemplazadas por la habilidad narrativa básica y la sensibilidad expresiva de silabario de kinder. El sistema premia lo fácil y penaliza lo exigente. Y en ese incentivo perverso, el ejercicio profesional —no de todos, pero sí los suficientes— ha renunciado silenciosamente al estándar, cambiando la dificultad por la visibilidad, el rigor por la exposición.

La televisión abierta ha llevado esta lógica a su forma más pura. Los matinales y noticieros extendidos ya no son espacios de información, sino verdaderas cajas de ahorro de angustia cotidiana. Segmentos que podrían resolverse en minutos se estiran hasta el agotamiento, coberturas en vivo sin contenido nuevo se repiten en loop, paneles enteros comentan lo evidente con una seguridad que no se apoya en datos sino en intuiciones amplificadas. Mucho tiempo, poca información. Una forma particularmente odiosa de desprecio por el tiempo del espectador que aún los sigue viendo.

Pero el efecto no se agota en la audiencia. Se extiende, como toda deformación cultural eficaz, hacia la política. Los actores políticos que circulan por estos espacios han aprendido rápidamente la regla del juego. No se trata de explicar, sino de rendir en cámara. La visibilidad depende del conflicto, la claridad compleja no genera rating, la moderación es invisible. Y así, el político deja de ser un intérprete de la realidad para convertirse en un performador de polémicas, un gladiador de minutos de exposición. Frases cortas, ataques directos, defensas emocionales, simplificaciones efectistas. Quizá no porque no puedan pensar en profundidad aún, sino porque el sistema no recompensa ese esfuerzo y la “instalación” de su imagen vale más que el precio que paga el público por presenciar ese circo mediático.

A esa mutación se suma un fenómeno aún más corrosivo que refiere a la sustitución del reporteo por el autorreporte audiovisual. Cada vez con mayor frecuencia, autoridades y dirigentes envían a las redacciones sus propios videos —declaraciones grabadas en formato sélfico, cuidadosamente encuadradas y editadas— que los medios reproducen casi sin mediación. No hay contrapreguntas, no hay repreguntas, no hay verificación en tiempo real. Solo un mensaje unilateral que se presenta como información. Es la externalización del trabajo periodístico hacia la fuente, una abdicación silenciosa del rol crítico. La denuncia de Mauricio Hofmann —exconductor de noticias en televisión y radio— apunta precisamente a este punto. Cuando el periodista acepta ese material sin someterlo a contraste, deja de intermediar la realidad y pasa a amplificarla tal como la fuente quiere que sea percibida. El resultado es un espacio público colonizado por micropropagandas con estética informativa.

Lo que se presenta como debate es, en realidad, una simultaneidad de monólogos. No hay escucha, no hay síntesis, no hay avance. Solo fricción. Un teatro de la deliberación donde la política pierde su función clásica —articular conflictos mediante lenguaje racional— y adopta otra más rudimentaria que se contenta con representar conflictos mediante lenguaje emocional. El espacio público deja de ser un lugar de juicio y se transforma en un espacio de reacción permanente. Y en ese circuito cerrado, medios y política se degradan juntos, co-produciendo un clima social donde todo parece urgente, todo parece grave, pero casi nada se comprende.

TVN o el empate como línea editorial y el déficit como modelo de negocio

La crisis general de la TV abierta chilena no se explica solo por mala gestión de uno o dos canales, sino por un desacople estructural entre el negocio televisivo y la reasignación del mercado publicitario. Entre 2014 y 2025, la inversión publicitaria total en medios pasó de $656.410 millones a $1.006.572 millones, pero la inversión en TV abierta cayó de $242.340 millones a $229.782 millones. Es decir, mientras el mercado total creció en términos nominales, la TV abierta se achicó en valor absoluto. En paralelo, el mercado digital subió de $81.497 millones a $543.669 millones en el mismo lapso, convirtiéndose en el principal capturador del crecimiento del sistema. La participación de la TV abierta cayó desde 36,9% del mercado en 2014 a 22,8% en 2025, mientras los medios digitales subieron de 12,4% a 54,0%.

En ese mismo ecosistema en proceso de descapitalización estructural con un mercado publicitario que se expandió sin ella, la situación de Televisión Nacional de Chile no es una excepción, sino la expresión más descarnada del problema. Una ficción y autoengaño para un modelo de industria que ya no existe. Un medio público que, en teoría, debería operar como contrapeso editorial, como espacio de diferenciación y profundidad, ha optado por la peor estrategia posible, la de imitar sin éxito a sus competidores privados. El resultado es doblemente crítico. Por un lado, una señal abierta indistinguible, sin propuesta editorial propia, atrapada en la misma lógica de matinalización, conversación liviana y noticiarios extendidos de bajo valor agregado (con la Doctora Polo y series bíblicas brasileras de comparsas). Por otro, un deterioro financiero estructural que ya no admite eufemismos con pérdidas acumuladas nominales que superan los 105 mil millones de pesos desde 2014, con un nivel de pasivos que se vuelve, en términos prácticos, impagable bajo el modelo actual.

Cada punto de rating que Televisión Nacional de Chile intenta recuperar replicando la oferta del mercado no solo fracasa editorialmente, sino que profundiza su déficit. Porque el mercado —fundado en la demanda real de audiencias cada vez más fragmentadas y migradas a plataformas digitales— ya no sostiene señales generalistas indiferenciadas, donde la señal pública está enquistada en un insalvable cuarto lugar. Persistir en ese modelo es solo una inercia costosa para el Estado, que solo beneficia a ejecutivos que en cada ciclo político se renuevan a sueldos irracionales para una institución en crisis y cuyo fin es el servicio público. Y en este caso es además una renuncia a su función esencial.

A esto se suma un rasgo particularmente problemático, que se ancla a una agenda informativa que parece diseñada para cuotear sillas para la clase política, sin incomodarla demasiado, sin tensionarla, sin diferenciarse en medio de una “teatralización del empate”. Un periodismo de aspavientos sobre dramatizados que casi nadie ve, que no incide, que no jerarquiza, que no construye agenda propia, sino que reproduce —con menor calidad y con un aire entristecido— la misma conversación de los canales privados. En lugar de elevar el estándar, lo diluye. En lugar de ordenar la discusión pública, la replica en su forma más superficialmente nula.

El estándar olvidado o por qué el modelo del New York Times sigue siendo imprescindible

En ese contexto de un país cuyo periodismo se agota en su propia dramatización irrelevante, el contraste con The New York Times no es solo estilístico. Es civilizatorio. El NYT no es relevante porque escriba mejor, sino porque responde a otra lógica. Allí, la realidad no se presenta como una sucesión de escenas, sino como un sistema. Cada noticia está inserta en un marco, cada hecho tiene contexto, cada afirmación exige respaldo. La emoción no desaparece, pero nunca gobierna el texto. Se dosifica, se contiene, se subordina al dato. La edición no es un trámite, es el corazón del proceso para eliminar lo irrelevante, corregir lo débil, ordenar lo disperso.

Su estilo no descansa en una supuesta “buena pluma”, sino en una arquitectura invisible de reglas que ordenan cada línea. Su escritura es una ingeniería que jamás renuncia a la pirámide invertida refinada donde el lead responde de inmediato qué ocurrió y por qué importa, seguida de un segundo párrafo que instala contexto político, económico o social, para luego desplegar un desarrollo progresivo que articula datos duros con narrativa sin perder nunca la jerarquía. En ese sistema, el nut graph o párrafo resumen cumple un rol decisivo explica por qué esa historia existe, fija el marco interpretativo y orienta al lector dentro de la complejidad. Nada es decorativo. Cada párrafo cumple una función. Esa disciplina se sostiene en una densidad informativa controlada donde toda afirmación exige respaldo verificable, múltiples fuentes y una separación estricta entre hechos, interpretación y opinión. 

La economía del lenguaje es radical en NYT; frases limpias, verbos activos, cero adjetivos innecesarios. La carga valorativa no está en la palabra grandilocuente, sino en el contexto construido. El tono, por su parte, no es neutral en sentido ingenuo, sino institucionalmente interpretativo bajo una estética de neutralidad: distancia emocional, rechazo al sensacionalismo y preferencia por la evidencia antes que la reacción. La subjetividad existe, pero está estructurada en la selección de temas y fuentes —institucionales, expertas, académicas— lo que, como advertiría Pierre Bourdieu, configura una forma de encuadre que delimita el campo de lo pensable sin necesidad de imponerlo explícitamente.

Ese rigor formal se traduce en una narrativa híbrida donde conviven micro-escenas humanas con datos y contexto, generando legibilidad sin banalización. El secreto, sin embargo, no está en el talento individual, sino en el sistema de múltiples capas de edición —reporter, editor, copy editor, fact-checking— y un manual de estilo que garantiza coherencia, precisión y consistencia terminológica. La calidad del NYT reside, por tanto, en su capacidad de agenda —definir qué es relevante—, en su profundidad contextual —explicar sistemas y conectar procesos— y en su capital simbólico como validador global de información. Sin embargo, este modelo no está exento de límites: una sobrerrepresentación de fuentes expertas que puede invisibilizar experiencias sociales directas, una moralización implícita en ciertos temas sensibles y una distancia emocional que, en contextos como el Chile contemporáneo, puede percibirse como frialdad tecnocrática frente a experiencias cotidianas de inseguridad o deterioro urbano. Aun así, su valor persiste precisamente en esa tensión; en su capacidad de ordenar el mundo sin rendirse a la emocionalidad inmediata que, en otros sistemas mediáticos, termina por desfigurar la realidad que pretende narrar.

El resultado no es un periodismo frío, como a veces se caricaturiza, sino uno que entiende que la emoción sin mediación es epistemológicamente peligrosa. Que sentir no es lo mismo que comprender. Y que la función del periodismo no es acompañar emocionalmente a la sociedad en sus tiempos muertos y disputas intrascendentes entre vecinos, sino ayudarla a entenderse en la vida en sociedad y en el ejercicio del poder de las autoridades. Esa es la diferencia decisiva.

El estilo del The New York Times no es solo una forma de escribir, sino un dispositivo de poder y un dispositivo cultural de ordenamiento de la realidad, donde la forma determina el fondo, la jerarquía del dato define la interpretación y la edición construye verdad institucional. En términos del sociólogo Niklas Luhmann, se podría decir que el NYT opera como un sistema que reduce complejidad, pero al hacerlo, también decide qué complejidad desaparece.

Por eso ese modelo no solo es necesario, sino cada vez más imprescindible para un periodismo de calidad. En un mundo saturado de estímulos, donde la información compite con el entretenimiento en las mismas plataformas, el valor no está en impactar, sino en ordenar. En reducir complejidad sin falsearla. En construir una inteligencia pública capaz de distinguir entre lo importante y lo accesorio, entre lo estructural y lo anecdótico, entre el dato y la impresión o sensación.

El periodismo chileno masivo, en su versión actual, ha optado por el camino inverso. Ha convertido la información en estímulo, la realidad en relato anecdótico, la comprensión en sensación íntima. Funciona, sin duda. Retiene audiencia, genera conversación, produce hábito. Pero no sirve. No orienta, no explica, no permite tomar decisiones informadas. Es un placebo eficaz que calma momentáneamente la ansiedad de saber, pero no entrega conocimiento.

Y cuando una sociedad comienza a sentir más de lo que entiende, el deterioro es silencioso pero persistente. Se decide mal, se delibera peor, se confía menos. El periodismo deja de ser un mediador racional y se convierte en un amplificador de incertidumbre con empatía. Todo parece más intenso, más urgente, más insoportable, y más digno de empatía emocional. Y, sin embargo, la realidad sigue ahí, esperando ser explicada.

El contraste con la televisión chilena es brutal. Donde el NYT sintetiza, jerarquiza y depura, la televisión abierta chilena extiende, repite y diluye, produciendo una forma de comunicación particularmente odiosa que se caracteriza por mucho tiempo de exposición y poca información. Segmentos que podrían resolverse en 2 minutos se estiran a 20, paneles que podrían aportar contexto se limitan a comentar lo evidente, coberturas que deberían informar se convierten en loops narrativos. Esto no es solo ineficiencia. Representa una forma de desprecio por el tiempo del espectador.

Recuperar el estándar no es un asunto de formatos ni de buenas intenciones. Es una decisión cultural y profesional que implica incomodar y exigir más a quienes ejercen el oficio, reinstalar la disciplina intelectual, volver a jerarquizar, a sintetizar, a pensar antes de publicar. Implica, en definitiva, abandonar la comodidad del manual de storytelling para cuarto básico y asumir que el periodismo —cuando es tal— no está para emocionar, sino para comprender.

Uno de los principales efectos de esta TV en la sociedad chilena es su saturación emocional y desarme cognitivo. Cuando este modelo se vuelve dominante, ocurre algo decisivo, debido a que la gente siente más de lo que entiende. Y eso tiene efectos políticos en decisiones basadas en la percepción, agendas públicas desordenadas y debate degradado. El periodismo deja de ser un mediador racional y pasa a ser un amplificador de incertidumbre.

Porque el problema nunca fue que el periodismo dejara de ser interesante. El problema es que, en demasiados casos, dejó de ser exigente consigo mismo y se acostumbró a desentenderse de los efectos que genera con esta conducta. Y cuando eso ocurre, lo que queda puede seguir pareciendo periodismo… pero ya no cumple su función esencial en el sistema democrático, como insumo irreemplazable para ciudadanos informados, que entienden lo que leen y son capaces de entender la realidad y sus múltiples complejidades.

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