Progresivo, burócrata, violento

por Luz Quilodrán N

El Estado es violencia. Punto aparte

Quiénes se declaran progresivos le han dado legitimidad a esa violencia de varias maneras, con democracia proletaria, democracia popular, democracia liberal, democracia social, democracia radical. Y se han dejado tranquilizar con la violencia del Estado al confundirla con su legitimidad. Pero, legítimo o no, el Estado es violencia, imposición armada de mandamientos. Es mejor no olvidarlo y tener cuidado con él. 

En Estados Unidos ICE asesinó directamente en pocos meses a 9 personas en la vía pública, no todas inmigrantes ilegales, además de ser responsable de numerosos fallecimientos colaterales de detenidos ocurridos fuera de los lugares de custodia. Obviamente no fue Trump quien asumió la responsabilidad, fueron agentes y jefecitos del ICE quienes pagaron la cuenta. Una movida política de antología, en este caso en versión trumpiana, la de enrolar agentes violentos para lavarse las manos anticipadamente y pre – culparlos de sus actos criminales. 

Sorprende que progresivos de muchos países se sumen a movidas por el estilo, lanzando a militares a cuidar las calles. Entrenados rigurosamente en matar enemigos, por necesidad procederán a hacer aquello para lo cual han sido educados. Y por necesidad serán castigados, ellos y ellas, no los políticos y las políticas que les encargaron hacer lo que saben. Por supuesto que estos y estas enmarcarán las acciones militares mediante reglas y protocolos de uso de la fuerza. Es una gran lavada de manos anticipada porque es una doctrina militar archi sabida que en cuanto se desata un enfrentamiento se acaban instantáneamente los planes y las reglas. En una movida estatal trumpiana, se usan militares para mostrar decisión ante la opinión pública, al tiempo que como víctimas propiciatorias pre – cocinadas. La verdad es que dan ganas de sacar a estos progresivos, arma en mano, a cuidar las calles para que aprendan a tomar responsabilidad más allá de idear reglamentos torcidos. 

En el mismo sentido sorprende también que progresivas de todos lados prohíban por ley el uso de redes sociales a menores de edad. Castigarán a las compañías que permiten la participación de niños y jóvenes en las redes si esa ley se desobedece. Pero todos saben, mal que mal en su mayoría los legisladores son adultos con hijos e hijas, que son ellos – padres y madres – quienes utilizan las redes para sacarse de encima la demanda infinita de sus vástagos. Serán los mismo que les abrirán puertas laterales para acceder a ellas. Es comprensible, espacialmente en hogares con dos salarios, la gran mayoría de ellos. Lo que es menos comprensible es la jugarreta burocrática sutilmente violenta. Demostrar públicamente con leyes terminantes que algo importa, cuando íntimamente no lo hace.    

El progresismo debe calar mejor las consecuencias de su infatuación histórica con la violencia concentrada del Estado. Una es que, convertido en burócrata, ha renunciado a moldear la vida social directamente sin depender del poder externo del Estado y sus leyes; liberándose así de paso de vivir de acuerdos con los estándares que promulga legalmente. Antes se llamaba lucha ideológica, pero ahora que las ideas y el racionalismo han perdido pedigrí, cultivo de prácticas sociales y formas de existencia progresivas. Tiene algo de la floja indolencia pasivamente violenta del burócrata este reflejo ordenador estatista, siempre por encima de las realidades sociales que se buscan reconfigurar mediante mandamientos explícitos. Demuestra la tranquilizada resignación de las progresivas y progresivos sobre las posibilidades de aprender y cambiar del ser humano, precisamente quienes se dicen humanistas. Ante los desafíos de los libertarios y las tecno optimistas desaforadas, los progresivos se convierten en el partido del orden reactivo y la violencia estatal. Mejor sería que recuperaran las calles, las consciencias, los hogares, las organizaciones… Una segunda consecuencia es que al enfocarse en el Estado Nacional el progresismo ha botado a la basura la vieja y honrosa tradición internacionalista, sea por chovinismo, o una cómoda resignación. Sin ella, no tiene posibilidad alguna de confrontar los principales desafíos del presente, todos globales, cuando menos de otro orden de magnitud que las posibilidades de actuar del Estado, independientemente de toda su violencia. Ante ellos, ¡progresivas y progresivos del mundo, uníos! 

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