Lenka Franulic. Pionera del periodismo profesional, luz de la memoria.

por Cristina Wormull Chiorrini

Nació en aquel Chile que, a los inicios del siglo XX, todavía respiraba bajo estructuras rígidas, donde las niñas debían aprender a moverse en espacios que no estaban hechos para ellas. Su infancia, en una familia culta del norte de Chile, estuvo marcada por una mezcla de curiosidad y resistencia silenciosa: observaba más de lo que hablaba, entendía más de lo que decía.

Para Lenka Franulic Zlatar, que nació el 22 de julio de 1908, su primera gran lucha llegó en la adolescencia cuando apenas tenía 15 años.  Ella, junto a cinco compañeras, quería cursar sexto año de humanidades, pero en esa época ese curso solo existía en liceos de hombres y no estaba considerado que las mujeres estudiaran el último año bajo la premisa de que a esas alturas de sus vidas ya era tiempo para que se prepararan para ser futuras madres y esposas. La respuesta inicial fue entonces un no rotundo. Ella insistió y su familia la apoyó. Algo no tan frecuente en ese entonces.  Y aunque enfrentó varias negativas, finalmente fue aceptada su petición e ingresó al liceo de hombres de Antofagasta.

Franulic debió así, no solo sentarse cada mañana en un pupitre que no estaba pensado para ella, también debió soportar los espacios de recreos y actividades como la gymnasia que no estaban pensadas para una mujer.  Pero demostrando la gran personalidad que la acompañaría de por vida, caminó entre las miradas de sus compañeros que oscilaban entre la sorpresa y la resistencia.  A pesar de ello, publicó la revista Entre pollas i gallos, donde bajo el seudónimo de Mitsuko, escribía narraciones, chistes y consejos. Y aprobó todas las materias.

Para poder continuar sus estudios, se trasladó con su hermana y su madre (su padre había muerto cuando ella tenía 9 años) a Santiago donde ingresó al Instituto pedagógico a estudiar inglés. Comenzó a moverse en los espacios culturales de su tiempo realizando multiples trabajos de traducción para bibliotecas, archivos, revistas, talleres. Era silenciosa, pero no tímida; observadora, pero no distante. Tenía una inteligencia tranquila que desarmaba cualquier gesto de superioridad. Su trabajo en la Biblioteca Nacional y en la DIBAM la formó en la minuciosidad y en la ética del cuidado documental de la información.

La mujer se casa, tiene hijos y debería dejar pronto el periodismo. Manuel Seoane, director de la revista Ercilla, en 1944.

Como dijimos, su trabajo en archivos y bibliotecas la entrenó en la precisión; pero su escritura en revistas la entrenó en la claridad. En Ercilla, Hoy, Punto Final, La Nación Domingo, su prosa fue limpia, sin estridencias, capaz de captar el pulso social sin ruido.

No fue fácil que aceptaran a una mujer en entrevistas y crónicas.  Lo habitual era que fueran secretarias… nunca periodistas. Nuevamente debió enfrentar el rechazo inicial y probar que era capaz de sortear con éxito los desafíos propios del oficio.

Y lo demostró con creces convirtiendo en parte importante de su trabajo las entrevistas en Ercilla, realizadas en Chile y en el mundo. Larga es la lista de entrevistados y para muestra, mencionamos a Eleanor Roosevelt, el mariscal Tito, Juan Domingo Perón, Fidel Castro, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Nicolás Guillén, Anastasio Somoza, André Malraux, Salvador Dalí y Thomas Mann.  Hay que recordar que en los años cincuenta, no era fácil desplazarse por el mundo.  Al menos, no con la facilidad a la que estamos acostumbrados hoy en día. Pero eso no detuvo a Franulic.

En Chile también realizó entrevistas notables y entre ellas a tres Presidentes de la República: Gabriel González Videla, Carlos Ibáñez del Campo y Jorge Alessandri Rodríguez; y a los dos Premios Nobel de Literatura: Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Entre muchas otras que aburriría mencionar

También incursionó en la literatura y escribió dos libros destacados como obras indispensables por la intelectualidad de la época: Cien autores contemporáneos y Antología del cuento norteamericanoAsimismo, escribió un cuento: Dos centavos de violetas (el único que se le conoce)pero fue el periodismo el que le bebió el alma.

Junto con su amigo y colega Orlando Cabrera Leiva creó el Círculo de Periodistas de Santiago y desde allí empujó la creación de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, donde fue profesora de Periodismo Informativo.

El Periodismo no es un juego, y más que una vocación es un don; es una profesión maravillosa, pero muy sacrificada… María Eugenia Oyarzún.

Lenka –Elena en castellano- trabajó sin descanso, siempre aferrada a su pequeña máquina de escribir (no existian las máquinas eléctricas y menos los computadores) y a las dos cajetillas de Camel que fumaba a diario. Nunca tuvo tiempo para grandes amores, ni menos para hijos, aunque más de alguna vez se rumoreó sobre algunos.

Mujer buenamoza, femenina y con desplante hollywoodense, decían sus compañeros de entonces. Mezcla de Greta Garbo y Edith Piaf, como la describió un artículo de La Tercera. Ella parecía ajena a los admiradores que la rondaban; prefería los libros, los viajes, los gatos, las noches de bohemia y epatar con sus opiniones feministas que caían como bombas de racimo en los oídos de sus colegas varones.

Nunca hay que dejar de preguntar, Lenka Franulic.

Hablar de los amores de Lenka, entonces, es entrar en una zona íntima. No fueron muchos, pero los hubo, sin duda.

Entre ellos, se rumorea que Eduardo (así sin apellido) fue su amor iniciático en la Universidad y que era brillante, algo arrogante, sorprendido por la profundidad de esa joven. Cuando él comenzó a incomodarse con su crecimiento intelectual, Lenka simplemente se retiró. Sin escenas. Sin explicaciones. También se habla de Hernán, un periodista formado en las redacciones duras de los sesenta: un vínculo luminoso, respetuoso, sin urgencias. Se acompañaron en años complejos, sin vivir juntos.

Y luego circuló el fuerte rumor (especialmente entre sus familiares) sobre Jorge Alessandri Rodríguez, el soltero empedernido. Quizás ambos lo fueran.  Y sostuvieron, no un romance convencional, sino una amistad profunda, cargada de respeto y complicidad intelectual. Él era reservado y hermético y ella, ética y tranquila. Conversaban sobre libros, historia, país. Él confiaba en ella; ella lo acompañaba sin servilismo. Ese vínculo marcó una etapa importante de su vida emocional. E, indudablemente para él, ella fue importante.

Y estaban los gatos: Mishka, Tiberio, La Negra, Ulises. Sus grandes compañeros. Fueron en realidad, sus grandes amores.   Ella los cuidaba con devoción; ellos le ofrecían presencia sin exigencia. En las tardes de trabajo, un gato dormido sobre los papeles era su manera de recordar que la vida también necesita suavidad.

En sus años de mayor productividad, llegaron los reconocimientos de la mano del estado chileno que le otorgó el premio nacional de periodismo en mención crónica (la primera mujer en obtenerlo) y luego, la Sociedad Profesional de Mujeres Periodistas de los Estados Unidos la aclarmó como la Mejor Periodista de 1958. Una vez más la sorprendió el reconocimiento a su trabajo, lo aceptó con humildad y “ni siquiera celebró”, dijo entonces su amigo: Hernán Millas.  Ha sido la única mujer periodista chilena en obtener el reconocimiento de la entidad estadounidense.

A principios de 1960 asumió como directora de Ercilla, cargo en el que trabajó incansablemente hasta pocos días antes de su muerte, en mayo del 1961.

Tú fuiste la única que creó, sin proponérselo, un curioso movimiento político de simpatía personal que se llamó ‘lenkismo’ y cuya consigna y ritos eran respetados escrupulosamente por todos tus amigos, Tito Mundt, periodista despidiendo a Lenka Franulic.

La enfermedad le llegó de forma sorpresiva con el diagnóstico de un cancer de pulmón (nunca dejó el cigarillo) y murió en su casa de Ñuñoa, una tarde de otoño, con la luz entrando oblicua por la ventana y Ulises, su último gato, dormido a su lado. Quienes la acompañaron en esos días recuerdan que no tenía miedo: tenía una serenidad que parecía venir de lejos, como si supiera que la memoria que había cuidado durante toda su vida seguiría respirando sin ella.

El funeral fue discreto, como ella habría querido. No hubo discursos grandilocuentes ni ceremonias oficiales. Solo colegas, amigos, algunos antiguos amores, y un puñado de personas que entendían que estaban despidiendo a quien había sostenido parte de la cultura chilena desde la sombra. Pero entre los asistentes: Jorge Alesandri y Pablo Neruda.

Lenka fue enterrada en el sector yugoeslavo del Cementerio General de Santiago, en un sector tranquilo Su tumba es sobria: una lápida mínima, una inscripción breve, y a veces —cuando alguien que la quiso pasa por ahí— una flor, una piedra, o una pequeña figura de gato. Sobre la lápida se alza una cabeza, una escultura de Lily Garafulic, una cabeza de líneas puras y contenidas, que parece custodiar su memoria con la misma elegancia silenciosa que ella tuvo en vida.

En la lápida, una línea de Pablo Neruda acompaña su descanso,

“Eras presencia de mujeres y lección para un millón de hombres”.

Después de su muerte, se la ha comparado con frecuencia con la famosa periodista italiana Oriana Fallaci. Pero lo suyo era diferente: el reportaje de fondo, sobre la base de reporteo, documentación y observación personal, más allá de la pura información. Eso, marca una diferencia.

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