Cueca para bailar, banderitas para agitar

por Dante Cajales Meneses

Hace varios años que no hemos vivido un cambio de estación tan visible como el que se aproxima. Septiembre, septiembre; […] pueblo mío / verdad que en primavera / suena tu nombre en tus oídos / y tú me reconoces […] escribió el poeta Pablo Neruda. Primavera, salir de la oscuridad del invierno y pasar el cambio de estación como en los viejos tiempos, a la antigua. Hasta hace un año, pasar del invierno a la primavera no se notaba mucho. La lluvia y el frío escaseaban.

Para algunos de mi generación, en septiembre resurgen sentimientos encontrados; se mezclan dolor y alegría en un solo mes. Para unos, recordar fechas dolorosas: batallas y matanzas. Estirar el cuello para mirar el banderón que se enreda en el mástil de diez pisos frente al Palacio de la Moneda cada vez que corre un poco de viento, resulta hipócrita. Para otros, participar cada año de manera entusiasta, vestido de huaso a las celebraciones del dieciocho, cantar el himno nacional con mano en pecho y agitar banderitas es una exitosa forma de cohesión social impulsada por las élites e impuesta a veces por la fuerza para conmemorar nuestra “independencia”. Así como el miedo se utiliza como herramienta política para manipular emociones, polarizar la sociedad y obtener control o rédito electoral. La iconografía que sustenta nuestra mística nacional no es muy diferente; es lo único compartido sin mezquindad por esta caritativa élite: banderas, escudos, himnos de todo tipo. A su proyecto nos hemos ido sumando de generación en generación: mi bisabuelo inmigrante, mi abuelo minero pampino, mi abuelo paterno gañán, mi madre empleada pública. Hemos sido educados en himnos, signos, símbolos, rezos y culpa. En permanente imitación y pleitesía a los que peores nos han tratado; en su momento incas, españoles, británicos, franceses, ayer, estadounidense, hoy. Nos fuimos quedando fuera, rondando en torno al Congreso Nacional, esperando por una ley que nos protegiera de no ir a la guerra a defender los intereses de la élite o ceder las tierras por un trozo de espejo.

Los nacionalismos y el patriotismo mal entendido monopolizan la cultura popular, los idiomas, las tradiciones y la cartografía para normalizar reivindicaciones territoriales o de superioridad que en realidad no existen. Se suele tratar a los ciudadanos solo en su dimensión pasiva, promoviendo y exigiendo una lealtad identitaria o una supuesta superioridad cultural frente a otros países sin promover políticas de derechos sociales básicos. La lealtad identitaria sirve a las élites locales para reproducir esquemas de opresión interna, escondiendo las contradicciones de clase y los racismos estructurales dentro del propio país. Por eso, cada vez que llega septiembre o nuestra selección gana un partido de fútbol, somos tan chilenos. Pero cuando viene un presidente extranjero y nos insulta en nuestra casa, o nos expropian los recursos naturales como el cobre, el litio, las riquezas marinas y forestales en nuestras propias narices, frente a nuestro misterioso mar y enigmática cordillera, el grito de los patriotas es dócil y manso, ausente y muchas veces cómplice. Ser patriotas no es solo llevar una pulserita tricolor en la muñeca, colocarse una manta de huaso, llevar espuelas, tapizar el automóvil de banderitas chilenas, gritar c/h/i. Frente al abuso, los devotos de la patria callan […] hay algunos que se hinchan con gran esmero sirviendo a la codicia del extranjero […] quien se limpió las dos manos con mi bandera / no faltó en mi patria quien aplaudiera […]

No nos reconozcamos como iguales solo en fiestas patrias o en un partido de la selección chilena, porque no lo somos. Sin un cambio de actitud, continuaremos por cien años más cada veinte de septiembre tarareando esa vieja canción de Serrat: […] y con la resaca a cuestas / vuelve el pobre a su pobreza, / vuelve el rico a su riqueza / y el señor cura a sus misas. / Se despertó el bien y el mal / la pobre vuelve al portal, / la rica vuelve al rosal, / y el avaro a las divisas. / Se acabó, / el sol nos dice que llegó el final, / por una noche se olvidó / que cada uno es cada cual. / Vamos bajando la cuesta / que arriba en mi calle / se acabó La Fiesta. Sí, se acabó la fiesta. El capital económico y financiero no tiene patria. Estudios históricos, antropológicos y sociológico y de psicología social definen muy bien este comportamiento, pero llegado el momento, todos bailan su pie de cueca y agitan su banderita chilena, y yo también.

(*) Foto de entrada “La Zamacueca” Manuel Antonio Caro (1835-1903).

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1 comment

Constanza septiembre 10, 2026 - 12:52 pm

Buenisima!! Me encantó

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