Para iniciar el balance final de la Presidencia de Gabriel Boric conviene precisar una distinción teórica que rara vez se formula con claridad en el debate público chileno. Además del económico y de la específica gestión de recursos, un gobierno puede analizarse -y fracasar- en al menos cuatro planos estratégicos anteriores y diferentes que suelen confundirse: política de comunicación, comunicación política, comunicación a secas y política a secas.
La política de comunicación es la arquitectura estratégica mediante la cual un gobierno organiza su sistema de emisión pública, con fuentes oficiales, jerarquías, secuencias, ritmos, silencios y cierres. La comunicación política es la construcción de legitimidad narrativa para sostener las decisiones del poder, con relatos, marcos, símbolos, alianzas o vínculos emocionales con la ciudadanía. La comunicación a secas corresponde al plano operativo de vocerías, conferencias, redes, estilo discursivo, manejo de crisis y consistencia del mensaje. Finalmente, la política a secas es el ejercicio del poder mismo y su capacidad de gobernar, priorizar, negociar, imponer agenda y administrar conflicto.
Cuando estos cuatro niveles se alinean, un gobierno gana autoridad simbólica incluso en condiciones adversas. Cuando se desordenan, aparece la entropía. Y en ese punto conviene recordar una advertencia que formulé en este mismo medio en enero de 2022, en la columna El talón de Aquiles de la agenda Boric, publicada antes de que el nuevo mandatario asumiera el cargo, donde sostenía que la principal amenaza para la administración entrante no era programática ni ideológica, sino de rigor en el despliegue de su programa de acción si perdía el control del tiempo y de la agenda de interés y de su “no agenda”. Cuatro años después, reviso cuán errado o no resultó ese análisis proyectivo.
Política de comunicación: el vacío de arquitectura
La primera pregunta no es qué dijo el gobierno de Boric, sino cómo organizó su sistema de comunicación como política pública. Y la respuesta es incómoda, porque nunca terminó de existir una política de comunicación coherente.
En toda administración moderna -desde la Cancillería alemana hasta la Casa Blanca exceptuando a Donald Trump y su particular egocentrismo- la comunicación gubernamental funciona como un sistema disciplinado de producción de sentido. Hay una fuente central, una secuencia clara de anuncios, un orden jerárquico de temas y una administración estricta del tiempo político.
En Chile ocurrió lo contrario. La comunicación fue tratada como un conjunto de tácticas reactivas, no como una infraestructura estratégica del poder. Las consecuencias fueron visibles desde el primer año con multiplicación de vocerías sin coordinación efectiva, anuncios desalineados entre ministerios, filtraciones y polémicas que reemplazaban a la agenda oficial, y la constante dificultad para cerrar debates y pasar al siguiente tema.
El resultado fue un fenómeno que la teoría de sistemas denomina entropía comunicacional, con demasiadas señales simultáneas que terminan anulándose entre sí. En este punto mi diagnóstico prospectivo del 2022 resultó acertado. El problema no fue el contenido del programa, sino la incapacidad de jerarquizar y secuenciar su comunicación. En política, perder la secuencia equivale a perder el control del tiempo. Y perder el tiempo equivale a perder poder.
Comunicación política: el relato que nunca logró estabilizarse
Si la política de comunicación fue débil, la comunicación política osciló permanentemente entre dos polos.
Por un lado, el gobierno intentó instalar un relato de transformación generacional de una nueva izquierda, joven, feminista, ambientalista, sensible a las identidades y a las nuevas agendas culturales. Esa discursividad tenía potencia simbólica y un fuerte capital emocional entre los sectores que protagonizaron el ciclo político posterior al estallido social y que fueron su base de apoyo incondicional cercana al 30%.

Pero inmediatamente iniciada su gestión y los primeros hechos públicos de inseguridad (como la frustrada visita de la Ministra del Interior Izkia Siches a la zona de conflicto en la Araucanía, donde fue recibida a balazos), también el país empezó rápidamente a reorganizar sus prioridades en torno a problemas mucho más inmediatos y de fuerte presencia mediática, como la seguridad pública, la migración desregulada, el narcotráfico, el crimen organizado y sus múltiples asesinatos bajo nuevos códigos y el deterioro del orden público.
Ahí se produjo el hipervisibilizado desfase estructural, porque mientras el discurso progresista enfatizaba valores morales y horizontes culturales, con frecuencia creciente en los medios de comunicación masiva sectores ciudadanos empezaron a exigir respuestas concretas a sus experiencias cotidianas de miedo, de agresiones, robos y crímenes. El problema no fue que el Gobierno no hablara de seguridad, sino que la seguridad nunca se convirtió en el eje narrativo central de su gestión pese a la evidencia de esta percepción social y donde la opción oficial fue responder constantemente con estadísticas como fetiche argumental, cifras incapaces de hacer sentido y plasmarse en imágenes potentes para la ciudadanía que percibía en su entorno una constante criminalidad e incivilidad.
La política, en democracia, es siempre una disputa por el marco emocional dominante. Cuando ese marco se pierde, las decisiones del gobierno de turno empiezan a percibirse como fragmentarias, insuficientes o tardías. Así ocurrió durante buena parte del período 2022-2025. El Gobierno de Boric hablaba en múltiples registros e innumerables vocerías fragmentadas, pero no logró estabilizar un relato dominante capaz de ordenar el conjunto de su acción política (menos si se piensa en la intensidad de sus fragmentadas vocerías sectoriales en “X”).
Comunicación a secas: exceso de voz, escasez de silencio

En el plano más cotidiano -la comunicación práctica- el problema adoptó otra forma compleja con demasiada comunicación y muy poco silencio estratégico.
La cultura política de las redes sociales empuja a responder todo, comentar todo y reaccionar en tiempo real sin priorizar y solo atrapados por la ansiedad. Sin embargo, el Estado no puede comunicarse como un influencer ni como un panelista de televisión, ni como un académco investigador experto.
Si un gobierno habla menos, pesa más. Y durante estos años se produjo una paradoja; nunca hubo tantas declaraciones, entrevistas, hilos digitales, vocerías sectoriales y conferencias; y, al mismo tiempo, nunca fue tan difícil identificar cuál era la palabra definitiva del Gobierno, en manos de quién recaía y con qué lógica o grado de dominio.
Las plataformas digitales jugaron un rol clave en ese proceso. Particularmente la red social X, cuyo diseño privilegia la reacción inmediata, el conflicto moral y la viralización denostativa del error.
En ese ecosistema, la comunicación gubernamental -que buscaba compulsivamente la inmediatez- se degradó, perdió su densidad institucional y terminó compitiendo por atención con trolls, influencers, botsy polémicas efímeras con reiterados errores propios.
Cuando el Estado entra en ese juego, pierde inevitablemente. No porque las redes sean malas en sí mismas, sino porque su lógica es incompatible con la lógica del poder estatal, que requiere jerarquía, estabilidad y control del tiempo. Nada se gana estando en las redes y, en cambio, todo se arriesga.
Política a secas: gobernar en medio de la tormenta

Finalmente está la política a secas, el ejercicio concreto del poder. Aquí el balance es más complejo y menos lineal.
El gobierno de Boric asumió y se desplegó en un contexto extraordinariamente adverso, de polarización política, crisis de seguridad, inflación internacional, debilitamiento institucional posterior al proceso constituyente y un Congreso fragmentado.
Gobernar en esas condiciones exigía una capacidad casi quirúrgica de priorización que nunca se tuvo. El Ejecutivo tendió a abrir múltiples frentes simultáneamente, con reformas estructurales, debates identitarios, reorganización institucional, crisis de seguridad pública, políticas sociales, relaciones internacionales.
El problema no fue necesariamente la ambición programática, sino la falta de secuencia estructurada racionalmente. En política, cada decisión compite por el recurso escaso de la atención pública. Cuando el Gobierno dispersa su agenda, pierde foco y termina generando la sensación que ninguna prioridad se resuelve completamente.
Así se fue configurando un fenómeno clásico en la historia de las administraciones reformistas que remite al desgaste anticipado; no por falta de ideas, sino por incapacidad de ordenar jerarquizadamente el tiempo de la transformación.
La confirmación tardía de una advertencia temprana
Mirado desde hoy, el diagnóstico que formulé en enero del 2022 no fue una crítica sino una advertencia prospectiva, porque un Gobierno que pierde el control de su agenda, también pierde el control de su credibilidad.
Durante estos cuatro años esa dinámica se repitió muchas veces. La agenda de la administración Boric fue desplazada por la agenda mediática, más la agenda de la oposición, más la agenda de las redes y la agenda de las constantes crisis por errores no forzados. Y cuando eso ocurre, el Poder Ejecutivo se transforma en un actor reactivo del poder desde la improvisación. La política deja de ser conducción del tiempo y pasa a ser administración del caos contingente.
El nuevo ciclo: los primeros noventa días del Gobierno entrante

José Antonio Kast acaba de iniciar su administración este 11 de marzo con un diagnóstico radicalmente distinto del país, pero enfrenta un riesgo estructural idéntico… ser arrastrado por la misma entropía comunicacional y política que debilitó a su antecesor.
Por eso los primeros noventa días serán decisivos. No solo en materia de políticas públicas, sino en algo más profundo, que remite a reconstruir la autoridad simbólica del Estado. Y esa reconstrucción requerirá medidas audaces para no sucumbir en la misma náusea que ayudó a naufragar rápidamente la administración Boric. A saber:
- Vocería única del gobierno: El primer paso debería ser establecer un principio simple… el Gobierno habla con una sola voz. Esto implica un portavoz central del Ejecutivo, ministros concentrados en gestión y no en opinión permanente, junto con anuncios secuenciados desde una agenda centralizada. La multiplicación de vocerías no democratiza la comunicación; la desordena. En tiempos de crisis, la autoridad se construye reduciendo el número de voces.
- Salida radical de X y redes sociales: La segunda medida -probablemente la más polémica- debería ser que el Gobierno de Chile abandone completamente la plataforma X y reduzca al mínimo su presencia en redes sociales. No se trata de censura ni de desprecio por la tecnología, sino de reconocer un hecho básico; las redes sociales están diseñadas para amplificar conflicto, no para administrar el poder público. Un Gobierno que comunica políticas públicas en un entorno dominado por la viralización instantánea se expone permanentemente al ruido, la manipulación y la distorsión. En cambio, salir de X enviaría una señal poderosa de un Estado que no compite por atención y que comunica desde su institucionalidad racionalmente administrada (independiente de la línea ideológica que ostente).
- Plataforma oficial única de información gubernamental: Una tercera opción para un ejercicio del poder democrático que no repita los errores del anterior Gobierno sería la creación de un centro digital único de comunicación estatal, alojado en el sitio oficial del Ejecutivo. Todo anuncio relevante -reformas, decretos, políticas públicas- debería publicarse primero ahí, con documentos completos, contexto técnico y vocería oficial. Las redes periféricas podrían replicar la información, pero nunca originarla. Es un principio básico de soberanía comunicacional.
- Recuperar el tiempo largo del Estado: Por último, el nuevo Gobierno -o bien el que suceda a Kast en el futuro si este no lo hace- deberá recuperar algo que la política contemporánea parece haber olvidado y que refiere al valor del tiempo largo. Gobernar no es reaccionar; es decidir qué temas entran en la agenda y cuáles no. Y eso implica aprender a decir cinco palabras que hoy parecen prohibidas en política… “esto no es prioridad ahora”.
Epílogo: gobernar el tiempo
El balance del Gobierno de Boric no se reduce a éxitos o fracasos legislativos. Más allá de las “40 horas” u otros proyectos aprobados, legado principal será probablemente otro, esto es haber mostrado con crudeza los límites de gobernar en la era de la hipercomunicación sin una estrategia sólida, estructurada y jerarquizada para su programa.
En un mundo saturado de información y de contenidos basura, el poder ya no pertenece a quien habla más, sino a quien controla el ritmo del silencio y la secuencia de las palabras que vale la pena decir.
Esa fue la advertencia que formulé prospectivamente en enero de 2022. Y esa es, probablemente, una pequeña lección que el nuevo ciclo político debería considerar si no quiere repetir la misma historia.