Cada cierto tiempo, la vida me regala momentos de profunda belleza. Suele ocurrirme con algunas lecturas o encuentros inesperados. A veces con un buen grupo de estudiantes que me llena de energía. Ahora, la generosidad de un amigo, José Miguel Barrios, que me invitó a presentar su primer libro de ficción (Pretéritos e imperfectos. TRAINEL Ediciones, 2025), me permitió disfrutar de un gozo tranquilo, algo nostálgico, como una emotiva revisión de un viejo álbum de fotos familiares.”
José Miguel es un poco menor que yo, pero por esos azares de la existencia (algunos años coqueteando con la economía), compartimos nuestra formación como profesores en la misma época. Esto ocurrió en los años oscuros: en 1976 éramos parte del grupo de 60 jóvenes que ingresamos a Pedagogía media en castellano, en el Instituto de Letras de la U.C. que, si no me equivoco, por esos años dirigía nuestro querido Agustín Letelier. Éramos pocos estudiantes de sexo masculino. Juan Carlos Palazuelos, Francisco Rodríguez, Ángel Cossio, Ángel Villegas, José Miguel Barrios. Olvido a algunos, lo sé, y les pido excusas: hablo de hace 50 años atrás. Algunos queríamos ser escritores. Incluso incursionamos en talleres o derechamente los organizamos. No había sido el caso de José Miguel, o al menos yo no lo sabía. Por eso fue una sorpresa cuando me llamó para decirme que luego de largas décadas había decidido poner su ejercicio soterrado de la escritura (que alguna vez pude apreciar en Facebook) en el formato de un libro.
Se trata de 23 relatos que, mayormente, se ajustan al formato de cuento. Es decir, son textos con narradores bien definidos, donde se construye una tensión creciente que, al decir de Cortázar, se resuelve con un final sorprendente que “gana por nocaut”, configura atmósferas nítidas y significativas, y rara vez extravía el punto de vista, etc. O sea, cuentos hechos y derechos que no hablan precisamente de un principiante. José Miguel conoce el oficio, aunque sea su primer libro. Pero además incorpora otras formas de narración donde se aproxima al ensayo, al periodismo narrativo o simplemente a la crónica. Ahora, si uno levanta la vista y mira el conjunto de textos aparentemente independientes unos de otros –y efectivamente lo son- puede apreciar o intuir que hay un flujo subterráneo que se desplaza a lo largo de todo el libro. Casi podríamos hablar de una novela encubierta, que va recorriendo la memoria de una generación más menos como la nuestra o la de nuestros padres. En cierto sentido, es la historia de Chile desde los 50 en adelante que se va plasmando de relato en relato, a través de una especie de protagonista fantasma que, en el recuerdo de lo cotidiano, va pasando por familias, casas, barrios, escuelas, parroquias, universidades y trabajos, y además va marcando grandes procesos histórico – culturales, como las migraciones del campo a la ciudad, el ascenso social de las clases medias, el gobierno de la UP o el golpe de estado

Parte de la gracia de estos relatos es que construyen la memoria a partir de las crisis afectivas y emocionales de los personajes. Por ejemplo, para hablar del conservadurismo religioso de mediados del siglo pasado, nos ponemos en el lugar de un niño enfrentando la primera comunión o la violencia machista de un padre; para hablar de intolerancia, escuchamos a un niño que confirma la condición de un tío homosexual y las burlas que se le hacían por ser distinto; para hablar de pobreza, nos muestra a unas mujeres solas que luchan por el amor de un muchacho más joven. Si se trata de hablar de Allende y la UP, un adolescente nos contará la historia de su padre orgulloso de trabajar en la construcción del edificio de la UNCTAD y asistir a los tijerales acompañado de su mujer, a instancias del propio presidente. En la mayoría de los relatos se nos presenta una imagen de la familia compleja: por una parte, es un lugar de fuertes conflictos (etarios, culturales, políticos, económicos), donde hay embarazos no deseados, relaciones adúlteras, divorcios, crisis laborales, etc., pero siempre hay una mirada final más amorosa. Nuestro narrador no se permite abandonar a sus creaciones. Los acompaña, los ayuda a encontrarse a sí mismo y en eso alcanzar sus fortalezas. Los relatos que transcurren en el ámbito escolar, donde se releva el protagonismo de docentes, permiten desplegar en toda su fuerza el carácter profundamente humano del proceso educativo, donde un sujeto profesor, con toda su historia a cuestas, se cruza con niños o adolescentes atravesados por conflictos existenciales que solo pueden resolverse desde un momento de acogida.
El libro tiene un tono general nostálgico. En cierto sentido, solo en algún grado leve, podría pensarse que la perspectiva es la de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Incluso, alguien podría sentir, a veces, que la nostalgia de esos tiempos pasados edulcora un poco el recuerdo. Puede ser. Pero creer que ese matiz es dominante en la escritura constituiría un gran error. Hay amor al pasado, es verdad. Aparecen barrios, botillerías, la avenida Independencia, Recoleta, la población Sumar y la fábrica de textiles, la botella de pisco con cuatro colas, los cafés con piernas. En fin, para quienes pertenecemos a las generaciones que crecimos en la segunda mitad del siglo XX, habrá un abanico de pequeñas señas de la memoria compartida que posiblemente nos generen más de una emoción. Pero los momentos que Barrios recoge en sus relatos no se focalizan en un deseo de volver a ese pasado, sino a rescatar los elementos de quiebre que, de alguna manera consciente o inconsciente, nos permitieron avanzar desde ese pasado hacia lo que somos hoy. Son las experiencias crecedoras o las destructivas las que importan, las que conducen a la vida o a la muerte. En este sentido, son experiencias profundamente existenciales y humanas.
Por último, este es un libro que se deja leer con facilidad. Tiene un tono cercano, como si los narradores o los protagonistas nos estuvieran hablando despacito en un marco de mucha familiaridad. El lenguaje es sencillo, con giros hacia las formas populares, pero sin exagerar. Cada tanto da gusto encontrarse con algunos chilenismos de esos que ya no se usan y cuando uno los dice en clases los estudiantes se quedan mirándote como si les hablaras en lenguas. Imposible no disfrutar.
Por último, el título, me parece, es todo un acierto. Es un texto “pretérito” y también “imperfecto”, porque la memoria es subjetiva, varía de una a otra persona, y varía en el tiempo dentro de cada una. Y la palabra va haciendo su labor: teje la historia para rescatar la memoria. Lindo libro. Vale la pena leerlo. Es de esos que se puede leer en gotas o en un torrente y no nos va a defraudar.
1 comment
Antonio ostornol
Gracias por tu escrito con respecto a libro
De autor apreciado y respetado por tu generoso espíritu
De tal manera que lo leeré y por lo que tu cuentas lo disfrutaré
A pesar de ser pretérito e imperfecto
Reitero mi gratitud