Cuba. Una revolución asediada y mal envejecida

por La Nueva Mirada

Cuba vive la crisis más severa desde el triunfo de la revolución en 1959. Peor que el llamado “periodo especial” generado por el derrumbe y desaparición de la Unión Soviética. Una crisis extremada por el bloqueo energético impuesto por Donald Trump tras el secuestro de Nicolas Maduro en Venezuela y el corte del suministro de petróleo a ese país. Con apagones recurrentes y amenazas de colapso de su sistema energético. Una crisis que tiene a ese país al borde de la paralización.

Manuel Diáz Canel, el presidente cubano se ha visto obligado a reconocer las conversaciones con el gobierno norteamericano buscando acuerdos que permitan paliar la situación. Sin embargo, el gobierno de Donald Trump busca imponerse al tenor su ya reconocido estilo diplomático: No existen condiciones que el gobierno cubano no puede aceptar. Entre otras, la destitución del propio mandatario cubano y el cambio de régimen político, sosteniendo que ese país está en una etapa terminal, sin combustible, divisas, ni alimentos. No tiene nada y sería cuestión de muy poco tiempo para el régimen caiga, no descartando “una toma amistosa” (¿) o no amistosa. “Tendré el honor de tomar Cuba” ha declarado Trump. “Podemos hacer lo que queramos en ese país. Pero primero debemos terminar nuestra tarea en Irán

Foto Reuters

¿Será así de fácil como lo predice el mandatario norteamericano? A juzgar por las declaraciones de la cúpula cubana, descartando de plano la renuncia de su presidente o el cambio de su régimen político, pareciera que no. Diaz Canel ha anunciado “una resistencia inexpugnable” a cualquier intento de intervención armada en su país. Y la situación interna en Cuba es muy diferente a la de Venezuela. No existe una Delcy Rodríguez disponible para encabezar un proceso de transición controlada por el gobierno norteamericano. Las FF.AA. cubanas se mantienen fieles al régimen del cual son su primer soporte, junto con el partido comunista cubano. Y Cuba ha sabido defender su proceso revolucionario por más de 65 años.

Pero Cuba requiere de una fórmula extremadamente compleja para superar su crisis actual. No basta con liberar a medio centenar de presos como “un gesto de buena voluntad” hacia el Vaticano. O permitir la inversión extranjera y de cubanos exiliados. Ya Carlos Rubio, el poderoso secretario de estado norteamericano de origen cubano calificó estas medidas como muy insuficientes. Y ningún país puede vivir mucho tiempo de la ayuda humanitaria que, pese a las amenazas del gobierno de Trump, ha empezado a llegar a Cuba. Se requieren reformas radicales para salvar lo esencial. La posibilidad de decidir soberanamente sobre su futuro.

Pese a haber renunciado a presidir el país hace unos pocos años, Raúl Castro, el heredero político de Fidel, sigue siendo el hombre fuerte de Cuba. Mucho se especula que su nieto, Raúl Guillermo Rodríguez, es quien sostiene el diálogo con las autoridades norteamericanas y bien pudiera ser así, pero es evidente que quién digita esas conversaciones es su octogenario abuelo, que buscará, por todos los medios a su alcance, convencer a los EE.UU. que la única forma de garantizar una transición ordenada, sin que quede claro hacia donde, es el poderoso partido comunista y sus FF.AA.

Donald Trump es pragmático. Lo que verdaderamente le importa son los resultados. No por nada se alió con sectores de chavismo para protagonizar la transición en Venezuela. Y no sería raro que aceptara pactar con Raul Castro un proceso de transición en Cuba. Un proceso que, al igual que en Venezuela, puede ser largo y gradual, pero claramente orientado a recuperar una influencia de la cual EE.UU. ha estado privado por mas de 65 años. La recuperación de la democracia, que nunca fue sólida en la isla, no es una prioridad para Trump. Lo verdaderamente prioritario son los negocios.

Bien pudiera ser que esta fórmula no sea del agrado del exilio cubano, que exige la inmediata caída del régimen. Y tampoco satisfaga a la variopinta oposición interna, pero aparece como la única posibilidad de asegurar una transición ordenada, o “toma amistosa” como la describe Donald Trump.

Es posible que el desenlace tome algún tiempo. El muy dudoso que demore Donald Trump en proclamar una victoria definitiva en Irán, que aún se ve lejana e incierta. Pero el tiempo juega en contra de Cuba, que desesperadamente necesita de una salida rápida a su crisis multisistémica de sobrevivencia. Los códigos humanitarios de Trump no garantizan precisamente un aporte en dicho sendero de urgencias. 

A continuación, reproducimos un artículo de Samuel Farber publicado en Nueva Sociedad, que toma posición frente a la encrucijada que hoy vive la isla 

Cuba: ni autoritarismo ni protectorado, democracia

AP/Ramón Espinosa

Por Samuel Farber

La situación de Cuba se agrava día a día. A la incompetencia del régimen se suman las amenazas -y el ahogo económico- del gobierno de Donald Trump. En este marco, es fundamental no confundir el apoyo internacional al movimiento democrático con la injerencia estadounidense, que minará la futura autonomía nacional y puede llevar al país a un régimen neocolonial como ya conoció en el pasado.

Cuba se encuentra inmersa en el que quizás sea el momento más difícil desde enero de 1959. La situación política sigue empeorando, con la sistemática represión de todas las protestas colectivas, sean estas espontáneas como las del 11 de julio de 2021 u otras movilizaciones locales que han ocurrido desde entonces, o un poco más organizadas, pero menos masivas, como la liderada por la académica Alina Bárbara López Hernández. Incluso su iniciativa de portar un letrero en blanco en un parque de Matanzas ha sido motivo de represión estatal.

La economía sigue cayendo en picada, con el gran descenso del turismo y la virtual desaparición de la industria azucarera. En gran parte, el responsable de todo esto ha sido el gobierno cubano, que ha priorizado la construcción de hoteles para rentarlos a las compañías hoteleras internacionales a expensas de inversiones mucho más necesarias. Al mismo tiempo, el régimen continúa con sus desmanes económicos, como el sistemático maltrato a la agricultura a través de la agencia estatal Acopio, y la insuficiente autonomía y facilidades productivas para los pequeños campesinos privados. A todo esto, hay que añadir que el muy autoritario sistema político es en sí un factor económico determinante: es fuente de apatía, indiferencia e irresponsabilidad económica dada la escasez de incentivos, económicos o políticos, que podría proveer el control democrático desde abajo, patrocinado por un sindicalismo independiente y por los mecanismos de control democrático creados por los trabajadores en sus lugares de trabajo.

No obstante, el embargo/bloqueo estadounidense es un elemento no menor para llegar a la crítica situación económica imperante en la isla. Además de la prohibición de vender azúcar en los mercados del Norte, vigente desde la década de 1960, y del veto a la inversión estadounidense en Cuba, el gobierno de Donald Trump empeoró considerablemente el cuadro con su prohibición de los viajes de estadounidenses y, aún más importante, con las poderosas presiones ejercidas sobre la banca internacional para impedir el otorgamiento de créditos al país. De hecho, hace tiempo que la Unión Europea se quejó formalmente de la ilegal política de extraterritorialidad de Washington, cuando sancionó las actividades económicas de firmas europeas en Cuba.  

Las consecuencias de la invasión de Venezuela

Los hechos del 3 de enero, cuando fuerzas militares estadounidenses aterrizaron en Caracas y secuestraron al dictador Nicolás Maduro, han transformado la situación de Venezuela, pero también la de Cuba. La importancia de este hecho reside no solamente en que Venezuela ya no proveerá petróleo a la isla (el suministro ya había descendido antes del 3 de enero), sino en la envergadura que el mismo Trump le ha dado a la acción militar en Caracas. En la realidad política posterior al 3 de enero, es de suma importancia, tanto política como legal. Trump proclamó de manera descarada que Washington gobernará Venezuela, y en aras de justificar históricamente su invasión, ha invocado varias veces al presidente William McKinley (1897-1901), un activo impulsor del imperialismo estadounidense, y ni más ni menos que la Doctrina Monroe en toda su plenitud colonialista.

Más allá de la injerencia sobre Venezuela a través del control del país -el gobierno venezolano deberá someter periódicamente sus presupuestos a la inspección de Washington-, Trump sigue con su insistencia en anexar de una u otra manera a Groenlandia, para de esta manera consolidar sus credenciales monroístas, dado que ese territorio autónomo forma parte de Dinamarca, precisamente el tipo de potencia europea que Monroe quería eliminar de su banquete colonialista. 

Vale la pena notar que en toda esta fiesta imperial y colonial hubo también algo completamente nuevo: el hecho de que Trump desdeñó la tradicional hoja de parra utilizada por muchísimo tiempo por Washington y no dijo absolutamente nada sobre la democracia, la libertad y todos los demás tópicos ideológicos tradicionales de la política exterior estadounidense para justificar sus intervenciones en el extranjero. En lugar de eso, habló sin tapujos sobre la recuperación de «nuestro» petróleo, que diferentes gobiernos venezolanos habían tenido la osadía y temeridad de considerar parte de la riqueza natural e histórica de su país.

Es muy lamentable que muchos cubanos, tanto en la isla como en el exterior, hayan aprobado las medidas de Trump, pero no por eso debemos ser cómplices de ese apoyo que nos compromete moral y políticamente, perjudica a nuestra causa democrática aun a corto plazo e invisibiliza a aquellos que, siguiendo su deber como ciudadanos, toman en serio la independencia de su país.

Sin embargo, lo más grave para nuestro pueblo es que, como resultado de su «victoria» en Venezuela, a Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, se le subieron los humos a la cabeza. Durante el mes de enero, los principales medios estadounidenses han reportado que Washington está considerando seriamente un conjunto de acciones contra el gobierno cubano antes de fin de este año. El más alarmante de estos planes incluiría un bloqueo marítimo a Cuba, con el propósito específico de interrumpir su importación de petróleo desde cualquier país extranjero. Obviamente, esto significaría, mucho más allá de la presente crisis en Cuba, un colapso casi total de la economía cubana que podría llevar al país a una situación caótica al estilo de Libia o Siria.

Un bloqueo total a la entrada de petróleo a Cuba y otras tácticas de esa índole, en el marco del largo embargo/bloqueo, sería una agresión no solamente contra el gobierno, sino también contra el pueblo cubano en su conjunto. Por lo tanto, debería provocar un rechazo de la oposición democrática. Eso no quiere decir, en absoluto, que la oposición democrática se alinee con los propósitos, términos y retórica del gobierno cubano. De hecho, esta sería una gran oportunidad política -aunque lamentablemente en medio de una gran tragedia- para que la oposición democrática mostrara en la práctica el carácter fraudulento de los reclamos patrióticos del sistema político autoritario unipartidista vigente en Cuba.

Al mismo tiempo, los planes de Trump pueden incluir otra estrategia, algo así como una invitación a sectores del régimen cubano para lograr un acuerdo al estilo venezolano. De hecho, no es muy difícil imaginar, por ejemplo, que los generales que dirigen el poderoso Grupo de Administración Empresarial SA (GAESA) podrían considerar esa «solución» para proteger sus intereses. Se ha reportado que Alejandro Castro Espín, el hijo de Raúl Castro, se habría reunido con representantes de Trump para llegar a algún tipo de acuerdo sobre las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Si estas negociaciones resultan en la liberación de los presos políticos cubanos, sería una buena noticia, pero hay que estar muy alerta con respecto a la posibilidad de un acuerdo al estilo venezolano, que mantendría al presente régimen en el poder, apoyado por una intervención estadounidense.  

¿Qué significa el principio de la autodeterminación nacional?

Por más de un siglo, se ha hablado extensamente sobre el derecho a la autodeterminación nacional. Este tema recibió mucha atención a raíz de la Primera Guerra Mundial, cuando colapsaron tanto el Imperio Austrohúngaro como el Otomano, lo que liberó, al menos virtualmente, a un gran número de países que habían sido sometidos por esos imperios, sobre todo en el centro y sureste de Europa, así como en Oriente Medio. En este contexto, es de interés notar que políticos como el entonces presidente Woodrow Wilson, así como el líder bolchevique Vladímir I. Lenin, cuando hablaban de autodeterminación, se referían a la autodeterminación de las naciones, no de los Estados o gobiernos.

Eso quiere decir que el respeto a la autodeterminación nacional no depende de lo buenos o malos que sean sus gobiernos y, por lo tanto, no es un premio reservado para los gobernantes que se «portan bien». Ciertamente, cuando en 1935 la opinión pública internacional se unió en la defensa de Etiopía contra la invasión italiana, no lo hizo porque apoyaba al emperador Haile Selassie, cuyo brutal régimen incluía incluso la esclavitud en su sistema social y político. En muchísimos países, estas personas consideraron que, además de la oposición a la expansión del fascismo italiano, el rechazo a la invasión se basaba en el principio de que correspondía a los etíopes decidir los destinos de su país, lo cual naturalmente no incluía los destinos de las tierras no etíopes gobernadas por el imperio de Selassie.

En nuestro caso, la autodeterminación nacional significa que son los cubanos, y solamente los cubanos, quienes tienen el derecho y la obligación de resolver los problemas tan graves que afronta la isla, como lo son el autoritarismo arbitrario que ni siquiera reconoce sus propias leyes y la ausencia de los elementos básicos de la democracia en el sistema unipartidista. No podemos confiar en ninguna de las potencias imperialistas extranjeras como nuestras liberadoras sin hipotecar seriamente el futuro de Cuba, como está sucediendo ahora mismo en Venezuela, que busca ser transformada en un protectorado estadounidense.

Eso no quiere decir que los cubanos democráticos no vayan a necesitar ayuda del exterior para conseguir sus metas liberadoras. Los mambises que pelearon por la independencia fueron apoyados en gran parte por los cubanos y amigos de Cuba en el exterior. El periódico Patria, fundado por José Martí en Nueva York en 1892 para organizar la lucha armada en Cuba contra el gobierno español a través del Partido Revolucionario Cubano, no fue financiado por el gobierno estadounidense, sino por los cubanos residentes en Estados Unidos, especialmente los tabaqueros cubanos de Florida. 

Es importante señalar que el autofinanciamiento de los movimientos de oposición favorece muchísimo sus esfuerzos organizativos, mientras que su financiamiento por gobiernos, como el de Estados Unidos, además de fortalecer su dependencia política, estimula la pasividad organizativa. En todo caso, es importante señalar que Trump ha prácticamente eliminado su financiamiento a organizaciones tradicionalmente sostenidas por el gobierno estadounidense, como Radio Martí –lo que provocó su cierre–, así como a publicaciones como Diario de Cuba, que ha logrado sobrevivir hasta ahora.

Se estima que hay más de un millón y medio de cubanos y cubano-estadounidenses en Estados Unidos y aproximadamente un cuarto de millón de cubanos que residen en España, además de decenas de miles distribuidos en otras partes del mundo. Lamentablemente, hay cubanos, especialmente en Florida, que han escogido el camino del autoritarismo trumpista, a pesar de que este está maltratando a sus compatriotas tanto como al resto de los inmigrantes latinoamericanos sometidos a la arbitrariedad de las milicias del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés).

El problema no es que los cubanos se hagan anexionistas, una política que por cierto no tiene futuro alguno por la sencilla razón de que ni el Congreso estadounidense, con o sin mayoría demócrata, ni el propio Trump aceptarían a ese país como el estado número 51. Lo que sí es muy posible es el desarrollo mayor de una corriente de opinión cubana neocolonialista o plattista –en relación con la Enmienda Platt de 1901, que, en el contexto de la ocupación militar, sometió a Cuba a los intereses estadounidenses–.

Pero hay también muchísimos cubanos en Estados Unidos que no se han comprometido con el trumpismo. Creo que esto último facilita la creación de un movimiento democrático de los cubanos en el extranjero para luchar contra la arbitrariedad y el autoritarismo en Cuba. Finalmente, no debemos desdeñar a la sociedad civil estadounidense como otra fuente de apoyo para los cubanos de sensibilidad democrática. En este contexto, hay que mencionar a organizaciones independientes como Amnistía Internacional y Human Rights Watch que, durante muchos años, han denunciado los abusos a los derechos civiles y democráticos en la isla.

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