En 2009, Richard Haass, Presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, publicó un libro titulado Guerra de Necesidad, Guerra de Elección (War of Necessity, War of Choice, no hay traducción al español). Aunque el subtitulo (Memoria de dos Guerras con Iraq) quería mostrar que la primera (1990 a 1991) como una Guerra que se necesitaba para obligar a Sadam Hussein a poner fin a su invasión de Kuwait, había sido un gran éxito; mientras la segunda (2003 a 2011), fue una invasión para cambiar el régimen político de Iraq, que no era necesaria y, aunque había conseguido derribar a Sadam, había conducido a un desastre mayor que el que se quería evitar.
En este lenguaje, ya de uso común, la gran mayoría de los analistas no dudan en calificar la ofensiva de Estados Unidos contra Irán (apoyada entusiastamente por Israel) como una Guerra Elegida. Aunque el Presidente Trump evita, cuando puede, hablar de “guerra”, porque para hacerla tendría que haber sido autorizado por el Congreso, está claro que se trata de un ataque armado contra otra nación y existían otras formas de obtener los mismos resultados por otros medios.
Ya el 22 de Junio de 2025, Estados Unidos había atacado con bombarderos que volaron muchas millas, los tres principales sitios de enriquecimiento de uranio y posible fabricación de armas nucleares de Irán; y Trump había anunciado la destrucción completa de esos arsenales, aunque días después admitió que algunas instalaciones seguían siendo funcionales. En todo caso, ese ataque había reducido la mayor parte de los posibles sitios y obligado al gobierno de Irán a reiniciar negociaciones destinadas a garantizar que no produciría armas nucleares. Esas negociaciones se estaban llevando a cabo, con la mediación de Omán y la participación técnica del director del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi (candidato de Argentina a la Secretaria General de la ONU); y en el equipo negociador estaba incorporado Jared Kushner, principal asesor de Trump en asuntos del Medio Oriente y yerno del propio Presidente. La ronda de negociaciones, concluida pocos días antes, no había arrojado resultado, aunque se habló de “avances significativos”.
Si esta entonces es, una guerra “elegida”, surgen dos preguntas: ¿Cuáles son los objetivos del ataque? y ¿Qué llevó al Presidente de Estados Unidos a realizar ese ataque ahora, cuando había negociaciones en marcha?

La respuesta de muchos críticos a la primera pregunta es que la intención real de Estados Unidos e Israel era el cambio de régimen en Irán, o sea el fin del “régimen de los ayatolas” para poner en su lugar a otros gobernantes. Había buenas razones para intentar esa posibilidad, alentadas por las movilizaciones masivas que tuvieron lugar en Teherán y otras ciudades, que mostraban la existencia de una fuerte oposición. El primer llamado de Trump al anunciar los bombardeos fue precisamente al “pueblo de Irán” a tomarse el gobierno. Y para ello, con buena información de inteligencia, seguramente de Israel, se procedió a la “decapitación” del régimen, esto es dar muerte a la cúpula del régimen, comenzando por el magnicidio del Líder Máximo, el Ayatola Alí Hoseini Jamenei.
Esta parte de la operación fue claramente exitosa; pero el alzamiento nunca se produjo. Ya la oposición iraní había sido brutalmente reprimida en las semanas anteriores: y ahora no se arriesgaría, en medio de las bombas, a salir a la calle o a reorganizarse. En cambio, el régimen decapitado se reorganizó como pudo, el hijo del Ayatola Jamenei, que antes estaba en una posición muy secundaria, ha sido ungido Líder Supremo, los mandos militares del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica no parecen muy dañados y probablemente se harán cargo del país cuando terminen los ataques, que por ahora continúan. La destrucción continúa por todo Irán, las muertes se multiplican (el más terrible, fue el bombardeo de una escuela de niñas, con más de 160 muertes, que se atribuye a un misil Tomahawk, que sólo tienen Estados Unidos, Reino Unido y Australia) pero el régimen parece destinado a permanecer. Sólo un cambio en el diseño podría modificar esta escena: el envío de tropas norteamericanas o de países aliados que hicieran la limpieza que no puede hacerse con misiles; pero, aunque el Presidente no ha descartado esa posibilidad, ella es altamente improbable: una invasión terrestre masiva requeriría acuerdo en el Congreso y tendría que imponerse al recuerdo de Vietnam, Iraq y Afganistán. Y lo que funcionó en Venezuela no podría realizarse en Irán.

Es natural entonces que el debate acerca de cual es el objetivo de prolongar esta Guerra se traslade a Estados Unidos y contamine el debate político nacional. Y la segunda pregunta que hacíamos adquiere vigencia: ¿Cuáles fueron los motivos de Trump al “elegir esta guerra”? La primera respuesta posible es que fue una forma audaz de enfrentar una contingencia interna difícil: la popularidad del Presidente ha caído fuertemente en las encuestas y la elección de noviembre se acerca; el fallo de la Corte Suprema declarando ilegales los aranceles, fue un golpe sustantivo a la estrategia económica de Trump, propinada por un Tribunal en que supuestamente goza de amplia mayoría. El ataque a Irán, una nación cuyo régimen nadie aprecia y que intenta fabricar armas atómicas, podría desviar la atención y concitar reacciones patrióticas.
Pero la reacción iraní no ha sido la esperada y la victoria esperada demora en llegar. En realidad, no sabemos si las muchas bravatas acerca del poder de reacción eran ciertas o Irán no tenía tanto poder defensivo. Las bajas norteamericanas o israelíes han sido mínimas; las defensas han funcionado; los mayores daños que Irán ha provocado son producto de sus bombardeos o ataques con drones a países del área, apuntando a bases estadounidenses en Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Bahréin, Qatar, que han debido absorber daños importantes y se inquietan por la prolongación del conflicto; pero más que eso, por la posibilidad de que, concluida la guerra, Estados Unidos se retire y deje en una situación frágil a su región. Israel ha aprovechado el conflicto para atacar a los remanentes de extremismo en Líbano y otros países, pero eso es también a costa de la inestabilidad de todo el Medio Oriente.
Entre las escasas ofensivas importantes intentadas por Irán, la más visible es el cierre del Estrecho de Ormuz, el paso marítimo que va desde el Golfo Persico hacia el mar de Arabia y al Océano Indico y por el cual pasa al menos el 20% del petróleo y el 30% del gas natural que se comercia en el mundo. Ese estrecho es la mayor arma iraní y nadie podía suponer que no la usaría; el cierre de Ormuz está provocando serias alteraciones el comercio petrolero y gasífero, causando daño a muchas economías. El tema no es solamente de precios, aunque este tema ha sido motivo de mayor atención, sino de abastecimiento; caminando hacia el invierno hay países que no pueden quedarse sin esos productos.

En los días más recientes la retórica se ha ido encendiendo cada vez más en torno a Ormuz, con el paso cerrado, las amenazas de Donald de causar a Irán la mayor destrucción que nunca se haya conocido; y las de Irán de seguir su resistencia y no negociar nada hasta que concluya la ofensiva. Las exigencias de ambos parecen incompatibles, porque Irán debería aceptar el cierre permanente de su programa nuclear o Estados Unidos aceptar su mantención, con garantías como las que existían en el Pacto que Irán firmó en 2015 con Estados Unidos, Rusia, China, Alemania, Francia y Reino Unido, que el mismo Trump desahució en 2018, diciendo que él podía negociar algo mejor, lo cual no ocurrió hasta la fecha. Pero la Guerra Elegida se demora en terminar; y aunque el Presidente que la eligió acaba de afirmar que no durará mucho y que el “es quien decide cuando se termina esta guerra”, si ello ocurre, el final podría dejar al Medio Oriente más desordenado que antes, amenazar al aliado israelí y causar daños sustantivos y conflictos locales en otros países.
Y en cuanto al “elector”, vale la pena recordar que el día en que inició su segundo mandato, se proclamó a si mismo como “Presidente de la Paz”, diciendo que “No estoy aquí para ganar guerras, sino para terminarlas. Para evitar que haya guerras”. Durante su mandato sólo se ha alcanzado la tregua en Gaza; la paz en Ucrania, que según él se podía alcanzar en una semana, aún no se concluye, la guerra sigue en Yemen y Sudán y el Presidente anuncia que Cuba podría ser su próxima aventura. Los fervorosos partidarios del MAGA deben prepararse para un período de mayores conflictos… en nombre de la paz.