Chile 2026/2030 o el país que se cansó de sí mismo

por Luis Breull

La célebre expresión de Albert Camus en su libro “La Muerte Feliz” que refiere a que al final uno necesita más coraje para vivir que para quitarse la vida, puede ser perfectamente el marco de referencia para proyectar el devenir de un país que en plena campaña electoral presidencial -en vez de desplegar sueños y esperanzas-, asiste desconfiado al agotamiento del sinsentido público y a la desesperanza devenida autoritarismo silencioso. Un seguro proceso de alternancia que promete la vuelta al orden y a los viejos relatos políticos de imágenes del necesario “padre severo” para tutelar o resguardar la vida democrática que solía mencionar Jaime Guzmán a mediados de los años 70 para justificar la dictadura.

El bostezo democrático de un país sin épica

En Chile ya no se grita contra la democracia… se bosteza frente a ella. La Encuesta CEP de marzo-abril 2025 mostró que apenas un 44,2 % prefiere la democracia, mientras un 33,5 % responde “da lo mismo” si el régimen es democrático o autoritario. La cifra —inédita en la historia de la medición— revela la fatiga de un sistema que dejó de convocar afectos y adhesiones.

Los rastrojos obsolescentes de la mayoría de los partidos políticos dan cuenta del extravío tanto su ethos histórico como la pérdida de buena parte de sus afiliados y la identificación ciudadana; en tanto las instituciones derrumbaron su credibilidad, su sentido, su propósito de servicio y la política su capacidad de prometer, canalizar y materializar. En 2026 la democracia no desaparecerá, pero se transformará en un nuevo trámite notarial, en brisa fresca con aroma a restauración autoritaria y proceso rutinario de gestión sin épica. 

La seguridad como nueva religión civil

La tasa de homicidios en 2024 llegó a 6,0 por 100 mil habitantes (1.207 víctimas), el registro más alto de la historia reciente, según el Centro para la Prevención de Homicidios del Ministerio de Seguridad Pública. Para un país que se definía como “isla de estabilidad”, fue un terremoto sociocultural no reconocido.

La seguridad devino religión civil. Sus templos son los noticieros; su dogma, la “mano dura”; su clero, alcaldes y algún presidenciable prometiendo más cámaras y más cárceles.

El dilema es brutalmente simple, o seguir el modelo Bukele, reduciendo homicidios a niveles europeos a costa del sacrificio de derechos; o emular a Ecuador, militarizando el espacio público sin control territorial y cediendo barrios al crimen organizado.

Ambos caminos son distópicos. El primero sacrifica democracia en nombre del orden; el otro sacrifica orden y democracia en nombre de la impotencia. Chile hoy oscila entre ambos espejos como fatal esperanza.

La economía del desencanto y la cesantía ilustrada

La macroeconomía muestra señales de estabilización. El producto interno bruto en torno al 2 % y la inflación convergente al 3 %. Pero detrás, la fractura se agudiza con un 8,9 % de desempleo en abril-junio de 2025.

A esto se suma un fenómeno corrosivo y del que nadie se hace cargo. Esto es, la nueva cesantía ilustrada y la rápida obsolescencia profesional, donde la mano de obra contemporánea comienza la procesión de salida del empleo formal al promediar los 35 años (considerándose profesionales caros en relación a los recién egresados). Según Fundación SOL, más de un millón de personas con estudios universitarios o de posgrado trabajan fuera de su área; el subempleo profesional alcanza al 40 %. Ingenieros que hacen repartos, magísteres en contratos temporales, doctores transformándose en máquinas de producción intelectual para rankings de financiamiento, y funcionarios públicos y ejecutivos acumulando diplomas inútiles dentro de la nueva industria académica de los cursos de posgrado.

El efecto político es claro: una clase media educada, frustrada, se vuelve terreno fértil para discursos de mano dura o refundación populista. El resentimiento ilustrado es nitroglicerina cultural.

La vejez como fractura social, la hiperdigitalización y algoritmos

Chile envejece rápido y mal. El Censo 2024 registró que los mayores de 65 años son el 14,6 % de la población, con 79 adultos mayores por cada 100 menores de 14.

Se abren dos mundos que se bifurcan: La vejez ilustrada, con salud privada, pensiones robustas y consumo cultural sofisticado. Y la vejez precarizada, con jubilaciones mínimas, listas de espera y escasa alfabetización digital.

No es solo una fractura económica, sino cultural y política… La primera tiende al progresismo liberal; la segunda, atrapada en el miedo, se refugia en el autoritarismo securitario. Chile se convierte en laboratorio de dos formas de envejecer, dos formas de votar, dos formas de encarar la esperanza de vida mayor.

Chile es el país más conectado de Sudamérica con un 94 % con acceso a internet y un 74,7 % de usuarios activos en redes sociales. La política ya no ocurre en el Parlamento sino en los feeds de internet y las redes sociales. De aquí devienen dos efectos simultáneos: una ciudadanía capaz de articular protestas en horas con movilizaciones aceleradas. Y procesos crecientes de desinformación tóxica, que multiplicará odios y miedos en una población ya polarizada y desconfiada.

El recuerdo del 18 de octubre de 2019 permanece, pero la tolerancia a la violencia cayó. Los jóvenes prefieren boicots digitales o huelgas de consumo. El algoritmo reemplazó la plaza y ahora organiza, excita y cancela.

Del agente al paciente y la impotencia chilena

El sociólogo Pedro Güell ha descrito con claridad el drama contemporáneo, en el que la sociología del cambio dejó de hablar de agentes colectivos y se convirtió en un catálogo de pacientes sociales. Pasamos de teorías que ofrecían horizontes de acción a descripciones pesimistas que naturalizan el futuro como una inercia predecible e inevitable.

En Chile, este tránsito se encarna en la secuencia 2019-2025, pasando del estallido como hiperagencia voluntarista (“el pueblo despertó”) al fracaso constitucional como hiperdecepción. El sujeto colectivo se transformó en un paciente que ya no actúa; solo resiste.

La política es hoy el reflejo de esta impotencia. El populismo secuestró y sustituyó al sujeto social que protagonizó estas tres décadas y media de democracia por un superagente personalista que promete encarnar la voluntad fragmentada. La cesantía ilustrada y la vejez precarizada son su correlato social nos arma un paisaje de grupos sin horizonte que votan entre resignación y populismo. Con ofertas electorales que ante el conocimiento y la capacidad buscan la empatía como si se tratara de un coaching ontológico cesante que postula a un cargo en alta dirección pública.

El actual instante país es de tribus o clivajes culturales que se juegan sus días en procesos de creciente polarización identitaria. La izquierda y la derecha sobreviven, pero el verdadero eje es orden vs libertades. Se suman grupos divididos entre seguridad vs pluralismo migrante, extractivismo vs ecologismo, tecnofilia vs exclusión digital o agenda valórica vs conservadurismo moral.

El híbrido que emerge es inquietante y en cierto sentido incuba la esquizofrenia del securitarismo en lo público y progresismo en lo íntimo. Cárceles llenas, pero aborto legal. Más militares en la calle, pero ojalá se apruebe la eutanasia garantizada.

Para tales escenarios y efectos, el ejecutivo y el parlamento se orientarán a la búsqueda de prime time televisivo y la política seguirá más pendiente del rating de un noticiero o matinal que de conectarse cara a cara con sus votantes y su militancia. Cada operativo policial televisado pesa más que una reforma judicial. Cada trending topic vale más que una reforma a ley de pensiones. Y cada entrevista con un rostro de franjeados matinales es más relevante que leer en detalle un proyecto de ley.

Así resurge el Estado-espectáculo del que hablaban los situacionistas éticos de los años 60 del siglo XX… Un Estado fuerte en anuncios y errático o débil en ejecución y cumplimiento objetivo. La democracia se convierte en una extensión de los reality show de encierro de famosos: un ritual guionizado de ficción dramatizada que simula realidad, episódica, adictiva, olvidable.

Tres fricciones decisivas y un epílogo dramático

Después del ascenso al poder del futuro gobierno -probablemente conservador y alineado con la derecha chilena más clásica-, Chile no vivirá un apocalipsis ni un renacimiento. Vivirá algo peor y que a nivel mundial viene siendo diagnosticado por la creciente crisis de poder de las democracias contemporáneas frente al globalismo de mercados y a la estrucuración hiperconcentrada de la generacion de riqueza desde el modelo de las plataformas y sistemas digitales: una distopía administrada, sostenida por la promesa de orden y la resignación del reencauce en la ruta hacia este anhelo. 

Mejorar los niveles de seguridad pública tensionará el Estado de derecho. La tentación de sacrificar garantías en nombre del orden será constante. La cesantía ilustrada mantendrá su presión frente a la estructura productiva orientada a la sustitución creciente, la reconfiguración mediante inteligencia artificial y la emigración de algunas industrias a la subcontratación en otros países más baratos. Sin reconversión laboral, el talento educado seguirá incubando resentimiento político, y sin perspectivas de una vida decente, envejecer será un tema cada vez más complejo y relevante para la ciudadanía del Chile que transitará su segundo cuarto de siglo.

La fractura entre vejez ilustrada y precarizada puede definir mayorías políticas antagónicas, en las que para progresar en calidad de vida se necesitarán de modo imprescindible tres mínimos acuerdos: a) Seguridad sin espectáculo, con persecución financiera al crimen y control real de cárceles. b) Trabajo sin humillación, con políticas de inserción para la cesantía ilustrada. c) Vejez con dignidad, con un pacto de cuidados y alfabetización digital senior.

Lo que viene para Chile no será resuelto con relatos inspiracionales ni con la cómoda retórica de que “el futuro está abierto”. Los indicadores son testarudos; transitamos una democracia fatigada con un tercio de su ciudadanía indiferente, una tasa de homicidios que ya no se puede ocultar bajo eufemismos, un desempleo que golpea con dureza a los profesionales formados para un país que nunca llegó, y un envejecimiento social que divide a los viejos entre privilegiados con pasaporte cultural y olvidados en la fila del consultorio. 

La pregunta decisiva no es si habrá más discursos de campaña o mejores frases para Twitter, sino si la clase política será capaz de gobernar en serio y tomarse en serio a sí misma más allá de aspirar a un cargo que les financie la vida. Si podrá administrar recursos escasos con inteligencia y responder a las necesidades concretas de una población que ya no espera milagros, sino solo mínima eficacia objetivable. Si la política chilena decide volver a ser un espacio sociocultural creciente con sólidas bases ideológicas (cualquiera sea su orientación), podrá aún rescatar legitimidad. Si prefiere seguir creyendo que su rol se agota en ser talentosa narradora de historias o locuaz entrevistado/a en un matinal televisivo, corre el riesgo de hundirse en su propia irrelevancia pestilente. Un Gobierno y un Parlamento de cuentacuentos en un país cansado de sí mismo.

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