No existían méritos ni fundamentos. No era el momento. No estaban los votos. Sin embargo, tanto republicanos como libertarios se empeñaron en llevar adelante la acusación constitucional en contra del exministro de Hacienda Nicolás Grau. Sin siquiera consultar previamente a sus aliados de Chile Vamos, que mantenían serias dudas acerca de la pertinencia y oportunidad. En los mismos momentos en que el gobierno pretendía algún tipo de acuerdos con sectores de la oposición buscando aprobar su mega reforma con una mayoría más amplia que los votos del oficialismo.
El resultado no pudo ser más desastrado para el gobierno No tan solo la acusación se rechazó en el senado por una amplia mayoría de 25 votos contra 16 (la décima en cinco años), además desnudó las serias fisuras al interior del oficialismo. Una tensión difícilmente disimulada, que se arrastra desde la campaña presidencial que enfrentó a Evelyn Matthei con José Antonio Kast, cuando el aspirante republicano se impuso ampliamente a la de Chile Vamos. En términos que la exalcaldesa no olvida y que la ha transformado en una de las críticas más acerbas del gobierno.
Las recriminaciones no se dejaron esperar. Las más punzantes vinieron de Matthei. Manuel José Ossandón no se cansó de advertir la derrota y se sumó la presidenta del senado, Paulina Núñez, afirmando que el frustrado intento dañaba al oficialismo. Arturo Squella defendió la acusación, al igual que los libertarios. Una polémica, con ingredientes diversos, anecdóticos o patéticos para algunos, pero reveladores de las tensiones al interior del oficialismo y sus ocasionales aliados.
Todo sucede en el contexto de una ultraderecha convertida en fuerza hegemónica con Kast en La Moneda. Tendencia extendida en el continente, como viene ocurriendo, por ejemplo, en Argentina, Colombia y Perú. Sin una mayor cultura en materia de alianzas, se reitera la tendencia que en nuestro país se resumió en el desprecio por “la derechita cobarde”.
Es muy difícil, para no decir imposible, que el oficialismo logre consolidar una verdadera coalición, como postula Pablo Longueira. Ni tan siquiera un mecanismo permanente de coordinación, como proponen sectores del oficialismo. Todo apunta a una tensa convivencia, en donde subyace la competencia por la hegemonía del sector, con la mirada puesta en las elecciones municipales y la proyección futura del gobierno.

En el trasfondo de lo gestionado por el gobierno de José Antonio Kast en sus más que acontecidos tres meses y medio en La Moneda, resaltan aquellos impulsos de la ola ultraconservadora que recorre el planeta. Su campaña recurrió al miedo, la xenofobia, el chauvinismo y una supuesta decadencia de la gestión democrática del gobierno anterior, sin propuestas muy concretas para enfrentar aquella crítica “emergencia”, como no sea jibarizar al estado, favorecer a los sectores más ricos de la población y apostar al chorreo, que ya fracasara en nuestro país. Tal como lo explicitara reiteradamente el propio Kast en campaña, no representan lo mismo que la derecha tradicional y su apuesta es superarla definitivamente.
El partido nacional libertario no forma parte del gobierno por decisión propia, pero juega un rol muy relevante presionando en las decisiones gubernamentales y legislativas. Fueron los primeros en anunciar la acusación constitucional en contra del exministro Grau, obligando a republicanos a sumarse. No es un misterio que Johannes Kaiser, líder del nacionalismo libertario, aspira a suceder a Kast en la presidencia.
El PDG, que tampoco forma parte del ejecutivo, se ha plegado a los sectores más duros de la derecha para impulsar la acusación y sumarse entusiastamente a condenar a “la derechita cobarde”. No tienen mayor reparo en apoyar al actual gobierno a cambio de pequeñas concesiones que le aporten dividendos políticos que pavimenten el camino de Franco Parisi a la Moneda.
La llamada derecha tradicional no tiene las fuerzas ni las ideas para enfrentarse a la ultraderecha. Sus fronteras son porosas porque la ultraderecha es hija putativa de la UDI y se reclama heredera de Jaime Guzman, reivindicando el legado del régimen militar. Y su llamada batalla cultural no es únicamente en contra del socialismo, sino que incluye a esa derecha tradicional, que no cuenta con un verdadero proyecto.

Un tema que queda al desnudo tras el bochorno por la acusación contra Nicolás Grau es el difícil ordenamiento que el gobierno puede conseguir entre sus fuerzas de apoyo. Tradicionalmente el presidente es el líder de su coalición, pero es muy dudoso que esa calidad le sea reconocida efectivamente por las diversas fuerzas que integran el oficialismo. No son menores las diferentes sensibilidades que conviven al interior del propio gabinete de Kast Una más política, representada por los titulares del Interior y de la secretaría general de la presidencia, otra más tecnocrática, que personifica Quiroz en Hacienda, y una más confrontacional, refractaria a los acuerdos y con ambiciones refundacionales.
El llamado proyecto de reconstrucción nacional o megaproyecto es ilustrativo de lo anterior. Hay parlamentarios y sectores de oposición que se han mostrado disponibles para negociar un acuerdo. Incluso han presentado propuestas concretas. Sin embargo, hasta ahora, no han recibido señales de que el gobierno esté disponible para buscar un consenso, más allá de sus dichos. Obviamente La Moneda quisiera aprobar el megaproyecto por mayorías mas amplias que sus fuerzas de apoyo, pero no parece disponible a hacer concesiones que desnaturalicen lo que refuerzan como esencial de su propuesta.
En su más de cien días de mandato el gobierno no ha logrado desplegar su agenda, empeñado en sacar adelante su megaproyecto de reconstrucción nacional, pero ya se anuncian iniciativas como la de abrir CODELCO a la inversión privada, indultar a condenados por delitos de lesa humanidad, modificar la legislación laboral. La verdadera misión que se ha autoasignado el gobierno de José Antonio Kast es la restauración del orden conservador, al que alegremente se han sumado gran parte de la derecha tradicional y, por cierto, los sectores empresariales.
En estos últimos días Kast protagonizó un penoso e indefendible incidente al enredarse en una torpe polémica con un niño y su madre, que daña la imagen de su investidura. Más que negar un incidente grabado en vivo y transmitido al país, el presidente debiera reconocer su error y ofrecer disculpas. Para muchos, demasiado pedir a la personalidad autoritaria del republicano
La disyuntiva de las oposiciones

Es más que evidente que existe más de una oposición. Un amplio espectro que va desde la DC, que sigue reconociendo como su domicilio político en la centroizquierda, hasta el PC, con dos almas claramente diferenciadas. Entre medio, el llamado socialismo democrático, al que se agrega el Frente Amplio, declarado también socialista en su reciente congreso partidario.
Por separado, las diversas oposiciones han iniciado procesos de reflexión acerca de las causas de su reciente derrota electoral, que no tan sólo incluyen un análisis autocritico de su gestión a cargo de los sucesivos gobiernos progresistas, sino también las razones que explican la irrupción de la ultraderecha a nivel global, regional y local. Así como la revisión de la manera de enfrentar aquella batalla cultural a que se desafía el nuevo autoritarismo y el tipo de proyecto que ofrecer al país, así como los liderazgos que se proyectan en el sector.
Cual más, cual menos, los diversos sectores de la oposición deben asumir el nuevo escenario marcado por el fin del orden mundial tal cual lo conociéramos. Los profundos y veloces cambios ocurridos en el mundo en las últimas décadas y los nuevos desafíos que plantea un futuro incierto.
Pese a la heterogeneidad de estas oposiciones hay un elemento que los une y que posibilita actuar unidos en la contingencia. Es la amenaza de la ultraderecha y su propuesta de restauración del orden conservador. Esa fue la oposición que logró recuperar la democracia tras 17 años de régimen militar, en un plebiscito en donde, en contra de todas las predicciones, logró imponer el NO con un mayoritario 54 % de los votos, contra la opción de la dictadura con apoyo de toda la derecha y los poderes fácticos.
Es muy pronto para dilucidar si estas diversas oposiciones están en condiciones de ofrecer un proyecto de país verdaderamente competitivo con el de la ultraderecha. Su principal desafío en la hora presente es el de ser una respuesta eficaz, que no se agote en la protesta y el mero rechazo a las iniciativas gubernamentales, sino que tenga propuestas viables y realistas, que le hagan sentido a la mayoría del país. Ello pasa por recomponer los lazos y los espacios perdidos de diálogo con la sociedad civil, acompañando la movilización ciudadana en defensa de los derechos sociales. Priorizando objetivos como la seguridad, empleo, crecimiento inclusivo, salud, vivienda y educación, sin caer en tentaciones populistas.
Si bien la oposición se encuentra en minoría parlamentaria, cuenta con un considerable poder político e institucional, representado en municipios estratégicos a lo largo del país, federaciones estudiantiles, sindicatos y organizaciones de la sociedad civil, que pueden asumir un renovado protagonismo en la actual coyuntura.
Son grandes desafíos que tan sólo pueden ser asumidos con el rigor y la responsabilidad que se requiere. De eso depende que la irrupción de la ola de ultraderecha que recorre el mundo sea un fenómeno pasajero. La gran interrogante es que mundo les heredaremos a nuestros hijos y nuestros nietos. No deja de ser inquietante.
La reflexión es indispensable. La acción también.