La impetuosa proliferación de los centros de datos, impulsada por la inteligencia artificial, devora recursos, genera pocos empleos y encuentra resistencia ciudadana.
El ombligo del mundo
En tres condados del norte de Virginia -Loudon, Fairfax y Prince William- se encuentran unos 260 de los casi 600 centros de datos en todo el estado por los cuales pasa más del 60 % del flujo de internet a nivel mundial. Un apagón en la región dejaría al planeta descolgado de la red.
Estos nódulos digitales consumen más del 75% de la electricidad generada por ese estado para alimentar un enorme ecosistema de operación de “la nube” e intricadas redes de fibra óptica en seis millones de metros cuadrados de edificación. Uno solo de los edificios en esa región ocupa 930.000 metros cuadrados.
En todo el mundo se estima que hay entre 11.800 y 12.000 de estos centros de datos y EE.UU. encabeza la lista con unos 5.400 centros o casi el 45% del total.
La multiplicación de estos edificios con su contenido de computadoras gigantescas ha salpicado lejos: unos 22 centros de datos de gran escala instalados y en operaciones en el área metropolitana de Santiago de Chile con más de 30 planificados para 2028. Otra decena y media de centros de datos aprovecha la red de energía confiable y las telecomunicaciones de Uruguay.
Aunque durante los 18 a 36 meses que dura la construcción de los edificios la obra puede emplear entre 400 y 600 trabajadores para un centro de 50 megavatios, la operación de los centros de datos ocupa apenas decenas.
También es temporáneo el empleo de arquitectos e ingenieros: los data centers existen dentro de edificios cuadrangulares, de estética mísera y cablerío protegido.
El entusiasmo por la inteligencia artificial la cual impulsa el desarrollo de más centros datos, y más grandes, para la realización de vastas cantidades de búsquedas y cálculos. Los microprocesadores (chips) más recientes que hacen posible esas operaciones usan cinco veces más electricidad que sus antecesores.
La inteligencia artificial, que engulle agua, energía eléctrica, territorio y que demanda de manera efímera mano de obra humana para su sustento físico, descarta a los constructores y acelera la suplantación de los humanos en casi todas las otras áreas de trabajo.
Dos siglos después

Esta semana la gobernadora de New York, Kathy Hochul, decretó una moratoria hasta julio de 2027 en la aprobación para la construcción de data centers nuevos en ese estado donde ya operan 133 de tales instalaciones.
Es la primera decisión de un estado de la Unión y refleja la resistencia creciente de la ciudadanía a la expansión de los centros de datos.
La oposición a la propagación de estas instalaciones tiene diferentes motivos.
Una queja es la de residentes en áreas cercanas a los nuevos edificios que han de convivir con el rumor constante que causan los grandes ventiladores, colocados en las azoteas, para mantener fresco el interior de los centros de datos. Asimismo, un estudio de la Universidad de Florida encontró que el ruido generado por la actividad humana causa estrés a las aves e interfiere con sus ciclos de reproducción.
También hay preocupación por el agua que se emplea para la refrigeración en el interior de los edificios. Varias compañías operadoras de centros de datos rehúsan divulgar información sobre sus sistemas de refrigeración alegando que están bajo su propiedad intelectual.
Northern Virginia Bird Alliance (NBVA), una organización dedicada a la protección de las aves señala que “el asunto de más presión inmediata es la demanda de electricidad”.
“La expansión rápida de los centros de datos para atender los requerimientos de IA empuja la ya exigida red de energía a sus límites”, indicó el grupo.

La compañía Meta tiene en desarrollo un “súper centro” en Louisiana que usará casi dos veces tanta energía como toda la ciudad de New Orleans.
“El apetito voraz de los centros de datos por energía eléctrica podrá atenderse solamente con un incremento de la capacidad de generación”, señaló NBVA. “Esto significa que se demorará el retiro de servicio de las plantas generadoras que usan carbón y gas para reducir las emisiones que contaminan el aire, y hará inevitable la construcción de nuevas plantas de generación”.
La renuencia tiene otro ingrediente: la desconfianza con que la tecnología en general, y la inteligencia artificial en particular encuentra entre la gente más joven.
Una encuesta de la firma Gallup encontró en abril que, si bien el 51 % de las personas que tienen actualmente entre 14 y 29 años de edad dan cuenta del uso de IA, “las emociones negativas hacia IA se han intensificado en el último año”.

“La generación Z no está convencida de que IA realce la creatividad o el pensamiento crítico”, señaló Gallup. “La mayoría cree que se pagará un precio por IA, en particular en el aprendizaje. Las personas de esta generación que están empleadas se hacen eco de estas preocupaciones y son más las que los riesgos de IA superan los beneficios y su confianza en la tarea con asistencia de IA es menor que la realizada exclusivamente por humanos”.
Muchas son las personas jóvenes que se preguntan cuál es el beneficio de una educación universitaria para carreras que quizá no existan en pocos años.
“El actual sistema de educación pone en deuda y encierra a los estudiantes”, según el escritor inglés Mark Fisher. “Paga por tu propia explotación, insiste la lógica. Incurre en una deuda así puedes conseguir el mismo empleo de baja categoría que hubieras podido conseguir si hubieses dejado la escuela a los dieciséis años”.
Con el agravante de que, gracias a IA, incluso la pega sirviendo hamburguesas también está siendo sustituida por robots.
Allá por los comienzos del siglo XIX los artesanos ingleses protestaron, con más o menos violencia, contra la introducción de los telares industriales y las máquinas de hilar. Esos avances tecnológicos permitían el empleo de obreros menos calificados y peor pagados que los artesanos que perdían sus empleos.
El impacto ambiental, social, laboral, educativo y aún sobre la salud física y mental causado por IA es un asunto que, cuando empiezan ya a calentarse los motores electorales, ignoran por igual el Partido Demócrata y el Partido Republicano.
El papa León XIV, en cambio, luce más sintonizado y en su primera encíclica formuló una defensa del bien común frente al poder de la tecnología y abogó porque el control de la inteligencia artificial no permanezca en manos de pocos.