El caos de los celos y el escape a través de la muerte: August Strindberg reflejado en sus personajes

por Karen Punaro Majluf

Para el autor las crisis mentales van de la mano con la prolificidad creativa. En su prolífica obra se encuentran tópicos autobiográficos repetitivos y obsesivos que lo llevan al abismo.

Los actores Mario Horton, Francisco Reyes y Paloma Moreno-Trinidad González llevaron a las tablas nacionales el clásico teatral de August Strindberg, Acreedores; drama que escribió en 1888 en medio de una prolificidad creativa que llevó al autor sueco a crear además las obras El padre, La señorita Julia, y la novela El romántico campanero de Ranö.

Lo primero que hay que comprender es que Acreedores no se refiere a deudores materiales, sino a ese compromiso moral que adquirimos con todos aquellos a quienes les hemos hecho daño. Bajo esta premisa parte la historia de Adolfo(Horton), quien se encuentra solo en un hotel de un balneario acongojado por la abrupta salida de su mujer, Tecla (Moreno-González), tras una discusión. Es en ese momento que conoce a Gustavo (Reyes), un enigmático hombre, mayor que él, que habla con total propiedad sobre la mujer y las razones por las cuales -seguramente en su escapada- lo estaría engañando con uno o más hombres tan jóvenes que rozarían en la adolescencia.

En la puesta en escena que dirigió Alexis Moreno el público cumple un rol fundamental, un espectador que debe creer a uno de los tres acreedores su versión, quizá incluso entenderlo o perdonarlo. Es tal la relación obra-espectador que en una función las personas pueden salir angustiadas por el devenir de los hechos y a la siguiente reírse con los tintes de comedia negra.

“Es un clásico del repertorio moderno occidental. Además, es esencial para comprender al propio autor porque, básicamente, es el propio Strindberg dividido en tres. Está en cada uno de los roles de este drama tan sensible y, a la vez, perverso, oscuro y también tan humano”, comentó Moreno a radio Bío Bío.

Éxito, fracaso, drogras y alcohol

A los 45 años, cuando finaliza 1894, Strindberg llegó a París experimentando un caos existencial que él mismo llamó la “crisis del infierno”. Padeciendo delirio de persecución, la soledad que le dejaron sus dos fracasos matrimoniales y severos problemas económicos, encontró refugio en el alcohol y drogas estimulantes. Tuvieron que pasar dos años para alcanzar el éxito con las obras El padre y La señorita Julia, que estrenó en su teatro. Sin embargo, comenzaba un período de obsesión por el ocultismo y la alquimia; todo en medio de la esquizofrenia que no tenía controlada.

La enfermedad mental lo llevó a creer que era perseguido, a huir de hotel en hotel, a pensar que “alguien” quería envenenarlo. En períodos opuestos al delirio de persecución padeció de delirio místico, lo que lo acercó al catolicismo. En el texto “El “delirio de interpretación en la obra de Strindberg”, Paul Sérieux y Joseph Capgras plantean que el dramaturgo“con acentuada predilección se ha empleado a fondo para dar vida ante nuestros ojos a un interpretador celoso y perseguido, del cual –con talento infrecuente y una singular penetración– describe dudas y convicciones, temores y esperanzas, investigaciones y deducciones marcadas por el sello de la paralógica. No existe, o así lo creemos, en la literatura contemporánea otro documento que dé mayor impresión de ser una obra ‘vivida’ y que pueda ser más legítimamente utilizado por la psiquiatría”.

En 1899 Strindberg ha superado la crisis paranoica y se instala a vivir en Estocolmo. Todo lo experimentado lo deja plasmado en su novela Inferno y en la obra de teatro Camino a Damasco. Y fue precisamente la obra teatral la que lo llevó a conocer a quien sería su tercera esposa: en medio de los ensayos se enamoró de Harriet Bosse, actriz 23 años menor que él con quien duró seis tormentosos años.

Y como en Strindberg el caos viene de la mano de la creatividad, escribió teatro, novela (abarcando todos los géneros literarios), ensayo y textos periodísticos. Pudo abrir su propio teatro, Intima Teatern. Y terminó uno de sus textos más controvertidos, la novela autobiográfica Alegato de un loco; escrita originalmente en francés, que la tortuosa relación con Siri von Essen, su primera esposa, pasando por la fascinación que ella le provocó llevándolo al delirio de los celos y la incesante búsqueda de pruebas de que ella le era infiel.

El círculo de Strindgber alrededor de los celos comienza a cerrarse. Si en Acreedores nos encontramos con personajes que debaten en torno a la infidelidad, en la novela los tópicos se repiten llegando a la misma y única forma que el autor-personaje ve de salir del caos; a través de la muerte.

Jamás confiar

En Alegato de un loco el protagonista se enamora de una mujer casada. Él con solo 27 años la espera hasta que ella se divorcie para, primero ser su amante y luego su esposo. Al igual que sucede en Acreedores, en donde Adolfo comienza el romance con Tecla cuando ella aún estaba con otro hombre, y si bien terminan juntos, el fantasma del anterior, lo llena de inseguridades.   

 En esta novela autobiográfica, el protagonista ya está celoso desde antes de la boda y siendo en ese momento “un amante”, se siente juzgado y afirma ser mirado con desdén en los parques públicos; delirio de persecusión que el autor sufrió en crisis repetitivas durante su vida.

Tanto en Acreedores como en Alegato de un loco, el protagonista culpa de su inseguridad a la mujer, acusandola de vestir provocativo, de causarle depresión y de llevarlo al abismo del suicidio. Su conocida misoginia se puede encontrar despiadadamente en El padre, en donde la mujer culpable es la madre y no una pareja.

Para algunos este componente de castigo femenino no se debe a su esquizofrenia sino a su origen: su madre fue el ama de llaves de su padre, tuvo a sus dos primeros hijos sin estar casada y murió a los 39 años de tuberculosis dejando a August Strindgber huérfano con solo 13 años en 1862. En otoño de ese mismo año, el padre vuelve a casarse y lo hace nuevamente con su ama de llaves, esta vez 30 años más joven. Padre e hijo se separan definitivamente en 1876.


¿Y no se ha sentido, como padre, en ridículo alguna vez? No hay nada tan cómico como oir hablar a un hombre de sus hijos, refiriéndose á «los hijos de su mujer» ¿No se le ha ocurrido a usted nunca esta idea? ¿No le ha asaltado a usted nunca la duda? No digo ya sospecha, porque supongo que su esposa estaba por encima de toda sospecha…

 (El Padre)

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