¡Que mueran las guerras!

por Juan Enrique Piedrabuena

Perseguidos de cerca por gallinazos,
los guerreros se retiran cansados
por campos inundados por la escarcha,
con manos rotas y miradas turbias.

Al filo de tiempos revueltos,
el cielo se ilumina de malos presagios:
se desploman lunas negras
y caen pájaros asados sobre los campos.

Y como si estuviéramos de fiesta,
el firmamento estalla en explosiones.
«¡Que mueran todas las guerras!»,
dice el papa y el vecino del frente.

Pero vemos el espectáculo
cómodamente instalados

en nuestras poltronas,
atrincherados detrás del televisor.

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