A 33 años de su estreno, regresa a la cartelera una pieza clave de nuestra escena teatral: El vicio absurdo.
Con la dramaturgia original de Roberto Baeza -quien escribió el monólogo con solo 19 años- y la dirección de Rodrigo Pérez, la recordada producción de 1993 regresa a cartelera. Claudia Di Girolamo vuelve a protagonizar El vicio absurdo, monólogo que relata los últimos momentos de Virginia Woolf antes de ingresar con los bolsillos llenos de piedras al río Ouse, el 28 de marzo de 1941.
Treinta y tres años después de su estreno, El vicio absurdo vuelve a encontrarse con su público desde una perspectiva distinta: la obra hoy dialoga con el tiempo transcurrido, con la experiencia acumulada por sus creadores y con una actriz que vuelve a habitar uno de los personajes más significativos de su trayectoria. Más que una reposición, se trata de un encuentro entre la memoria teatral y el presente.
«Cuando recibí el texto me pareció que me estaba enfrentando a algo peligroso. Sentí inmediatamente un golpe inesperado de enfrentar un lugar teatral, como actriz, que yo nunca había visitado. Y a medida que avanzaban los ensayos sentí como que me entregué al trabajo que me propuso Rodrigo, sí, me entregué no más», explica a Culturizarte la actriz.
La propuesta incorpora un ejercicio de metalenguaje que permite que la obra dialogue consigo misma. Para esta nueva temporada, Roberto Baeza escribió fragmentos inéditos que nacen de las preguntas que Claudia Di Girolamo se formula hoy al volver sobre el personaje, permitiendo que la actriz y Virginia Woolf compartan un mismo espacio de reflexión sin perder sus respectivas voces.
No llegó a almorzar

Virginia Woolf salió de su casa la mañana del 28 de marzo de 1941 con el propósito aparente de dar un paseo. Nunca regresó. Horas después, Leonard Woolf encontraría sobre la mesa dos cartas de despedida, una dirigida a él y otra a Vanessa Bell, hermana de la escritora. Décadas más tarde, la BBC reconstruyó esas últimas horas a partir de los testimonios de quienes compartieron con ella aquel día y de quienes conocieron de cerca el deterioro provocado por su enfermedad.
«Cerca del medio día descubrimos que (Virginia) había desaparecido«, relata Louie Mayer, cocinera de los Woolf, a la BBC en 1970 sobre lo ocurrido aquel día, tiempos en los que vivían en el poblado de Lewes, en Sussex, en el sur de Inglaterra. «En ese entonces solíamos tener campanas para llamarlos a comer. Y yo toqué la campana y el señor Woolf entró al comedor«.
«En la mesa vio dos notas escritas, una tenía su nombre, Leonard, y la otra era para la señora Bell, Vanesa Bell (hermana de Virginia)». «Él tomó la suya rápidamente, la leyó y me dijo: ‘Louie, ¿hacia dónde se fue la señora Woolf? Creo que pudo haberse suicidado'».
Una hora antes, Leonard había visto a Virginia trabajando en su estudio. Ella le comentó que saldría a caminar. Arrastraba una larga historia de crisis nerviosas y sentía que esta vez no lograría sobreponerse. Esa convicción quedó plasmada en las cartas que escribió antes de dirigirse al río, esta vez decidida a concretar lo que a los 22 años no pudo cuando se tiró por una ventana, ni a los 31 tras intoxicarse con barbitúrios.
Leonard querido:
Creo que voy a enloquecer de nuevo. Siento que no podemos atravesar otro de esos tiempos horribles. Y esta vez no me recuperaré. Comienzo a escuchar voces y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que creo que es lo mejor.
Tú me has dado la mayor de las felicidades posibles. Has sido, en todos los sentidos, todo lo que alguien puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que llegó esta enfermedad. Y ya no puedo seguir peleando. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrás trabajar. Y lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto con propiedad. No puedo leer.
Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo… e increíblemente bueno. Quiero decirlo, aunque todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera salvarme solo podrías haber sido tú. Todo se ha marchado de mí, salvo la certeza de tu bondad. Y no puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo.
No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que nosotros hemos sido.
V.
Querida:
No puedes imaginarte lo mucho que me ha gustado tu carta, pero siento que he volver. Es lo mismo que la primera vez: todo el tiempo oigo voces, y sé que no puedo superar esto ahora. Todo cuanto quiero decir es que Leonard ha sido sorprendentemente bueno cada día, siempre; no puedo pensar que alguien hubiera podido hacer más de lo que ha hecho por mí.
Hemos sido perfectamente felices hasta las últimas semanas, cuando este horror empezó. ¿Harás que esté seguro de esto? Siento que le queda mucho por hacer y que seguirá adelante, mejor sin mí, y que tú le ayudarás.
Apenas si puedo pensar con claridad ya. Si pudiera te diría cuánto habéis significado tú y los niños para mí. Creo que lo sabes.
He luchado contra esto, pero ya no puedo más.
Virginia

Los últimos diez años de la vida de Virginia Woolf estuvieron marcados por una extraordinaria intensidad creativa. En ese período publicó obras fundamentales como Una habitación propia, Las olas, The Common Reader: Second Series, Los años y Tres guineas, consolidando una de las producciones literarias más influyentes del siglo XX. Sin embargo, ese momento de plenitud intelectual convivía con sucesivos episodios depresivos y alteraciones del ánimo que se agravaron con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. El bombardeo alemán sobre Londres, que destruyó su casa en 1940, terminó por profundizar un estado de desesperación que ya venía arrastrando.
Leonard Woolf fue uno de los principales testigos de ese deterioro y años después recordó el sufrimiento que implicó acompañar a su esposa durante ese proceso. «Había sufrido una enorme tortura mental, y sentía que se estaba volviendo loca. Fue cuando llegó a esa etapa cuando decidió suicidarse. Y fue terrible observar todo el proceso que pasó hasta que llegó a ese estado«, relató Woolf ante los micrófonos de la BBC.
Su amigo Nigel Nicolson también quiso alejar cualquier lectura romántica sobre la enfermedad mental que padecía la escritora. «Ciertamente estaba enferma. Pateaba, gritaba e insultaba a la gente que más quería. Pensaba que los pájaros hablaban griego y que su madre, que había muerto 30 años antes, estaba en el cuarto con ella«, cuenta Nicolson. «Se necesitaban cuatro enfermeros para controlarla. Pero cuando se recuperaba de estas crisis, nadie era más sano que ella«, añade.
Cuando murió, Virginia Woolf había publicado ocho novelas, biografías, ensayos y una vasta producción crítica que transformó para siempre la literatura moderna. Su obra suele asociarse con la experimentación narrativa, aunque Leonard Woolf insistía en que su verdadera búsqueda consistía en representar el mundo interior de las personas. Más que describir acciones o apariencias, Virginia quería mostrar el movimiento del pensamiento y la intimidad de la conciencia, una exploración que continúa dialogando con lectores y espectadores más de ocho décadas después de su muerte.

«Empiezo a desear un lenguaje parco como el que usan los amantes, palabras rotas, palabras quebradas, como el roce de las pisadas en la acera, palabras de una sílaba como las que usan los niños cuando entran en un cuarto donde su madre está cosiendo y cogen del suelo una hebra de lana blanca, una pluma, o un retal de chintz. Necesito un aullido, un grito”.
(Virginia Woolf)