Trump, Hobbes, Maquiavelo y Los Simpsons

por Luis Breull

Donald Trump no capturó a Nicolás Maduro… lo despidió. Como en el viejo reality suyo, El Aprendiz, no hubo debido proceso narrativo ni sutileza institucional, solo decisión soberana, cámara encendida y mensaje implícito: you’re fired. El secuestro militar —rebautizado como operación de seguridad— no fue una anomalía, sino la expresión más pura de una época mundial que regresó al estado de naturaleza con escenografía de prime time. Trump no actúa como estadista, actúa como Leviatán mediático que decide, ejecuta y explica después, convencido —como Maquiavelo— de que la virtù consiste en dominar la fortuna antes de que ella domine al príncipe. Los Simpson lo entendieron antes que los cancilleres, en un capítulo de una temporada clásica que hoy revive cuando la política pierde autoridad moral y capacidad coercitiva, y es ocupada por el personaje más ruidoso del set. Y en ese casting global, el Presidente estadounidense no interpreta al villano ni al héroe, sino interpreta al formato de telerrealidad

Trump, virtù y el retorno de los príncipes… De Maquiavelo al nuevo Renacimiento sin derecho

Las acciones duras de Donald Trump, sus bromas serias sobre anexar Groenlandia y Canadá, o su declaración provocadora —tras la muerte de Papa Francisco— de que “le encantaría ser Papa”, no deben leerse como excentricidades. Son actos performativos de poder. Gestos que anuncian un cambio de época: el regreso de la política como lucha entre príncipes, no como administración de normas.

Este es el punto de contacto con Nicolás Maquiavelo. No con el Maquiavelo caricaturizado, sino con el analista lúcido de una Italia fragmentada donde no había árbitro, solo virtù, fortuna y decisión.

No es virtud, es potencia que actúa. En El Príncipe, virtù no significa moralidad. Significa capacidad de imponerse a la fortuna, de leer el tiempo (tempo), de actuar sin pedir permiso cuando la ocasión lo exige.

Trump exhibe virtù en sentido maquiaveliano cuando nombra unilateralmente la amenaza, decide sin consenso, actúa sin esperar legitimación y narra después como si el resultado justificara el método.

La anexión “en broma” no es humor, es ensayo simbólico de soberanía. Decir “quiero Groenlandia” o “Canadá debería integrarse” es marcar territorio discursivo. En Maquiavelo, decir es ya hacer cuando se dispone de fuerza.

La muerte del Papa y la teatralidad del poder

Que Trump declare que le “encantaría ser Papa” tras la muerte de Francisco no es blasfemia ni narcisismo pueril. Es comprensión instintiva del poder como signo. En el Renacimiento, el Papado no era solo espiritual: era un principado temporal, con ejércitos, alianzas y territorio.

Maquiavelo lo sabía: los Estados pontificios eran un ejemplo de poder que no necesitaba justificar su origen, solo administrar su permanencia. Trump entiende —intuitivamente— que el poder simbólico precede al poder jurídico. Por eso se autoimagina en lugares donde se concentra soberanía absoluta. No porque vaya a ocuparlos, sino porque puede nombrarlos.

El mundo vuelve a Europa en los siglos XV–XVI. La analogía es estructural, la Italia renacentista estaba fragmentada en ciudades-Estado: Florencia, Milán, Venecia, Roma. El mundo actual está fragmentado en potencias, Estados débiles y actores híbridos. No había derecho internacional efectivo; hoy tampoco. Había alianzas cambiantes, traiciones, guerras breves y decisivas; hoy, operaciones quirúrgicas y excepcionales. Sobrevivía quien tenía virtù; caía quien se refugiaba en normas abstractas.

Trump actúa como príncipe renacentista en un sistema que ya dejó de ser westfaliano (que defendía la soberanía estatal, la no intervención y el equilibrio de poder entre naciones). No gobierna como burócrata del derecho, sino como actor que disputa posición.

Maquiavelo reafirma que la fortuna favorece a los audaces que aprovechan la ocasión. Cuando el río se desborda, el príncipe debe romper diques, no convocar seminarios. Trump entiende que el multilateralismo está debilitado, el derecho internacional carece de coerción, las democracias están fatigadas y el miedo es el afecto político dominante.

Ese es su momento maquiaveliano. No crea el caos, lo aprovecha. La audacia —aunque choque— produce legibilidad. Y en tiempos de incertidumbre, la legibilidad es poder. En cambio, el multilateralismo contemporáneo carece de virtù porque confunde legalidad con eficacia, procedimiento con autoridad, consenso con decisión.

En Maquiavelo, eso es ingenuidad letal. Los príncipes que no entienden el tiempo caen, aunque tengan razón. Trump, en cambio, encarna el espíritu del tiempo (Zeitgeist), no porque sea más justo, sino porque se mueve cuando otros declaran principios.

Trump no es un accidente. Es el síntoma de un sistema que volvió al estado de naturaleza. En ese mundo, el soberano no es quien explica mejor, sino quien decide primero. Como en la Italia del Renacimiento, no hay paz perpetua, no hay árbitro último, no hay garantías para el débil. Hay príncipes, virtù, fortuna y lucha. Actúa como estadista ilustrado del siglo XX. Actúa como príncipe del siglo XVI en un mundo del siglo XXI que regresó al Renacimiento, pero con drones, finanzas globales y redes criminales. Maquiavelo no lo habría admirado, pero lo habría entendido, porque cuando el derecho se agota, vuelve la virtù. Y cuando vuelve la virtù, regresan los príncipes.

Trump, el estado de naturaleza y el regreso del Leviatán… o la política internacional sin árbitro, soberanía condicional y fuerza como derecho

La acción militar en Venezuela ordenada por Donald Trump —leída como uso directo de la fuerza para resolver una amenaza definida unilateralmente— no inaugura el caos, solo lo reconoce y su significado profundo no es coyuntural, sino ontológico. Marca el retorno explícito del estado de naturaleza a las relaciones internacionales y, con ello, la reaparición del Leviatán fuera de sus fronteras clásicas.

El estado de naturaleza como condición internacional permanente, ya que en Leviatán Thomas Hobbes distingue dos planos: el Estado civil donde hay ley, soberano y coerción legítima; y el Estado de naturaleza sin juez común y en donde rige la desconfianza, con el uso de la fuerza como factor resolutivo.

Por mucho tiempo la modernidad creyó —o fingió creer— que el derecho internacional había civilizado ese segundo plano. Pero Hobbes nunca sostuvo que el sistema interestatal saliera del estado de naturaleza. Al contrario: los Estados, entre sí, viven como individuos antes del contrato. Sin soberano superior, no hay derecho efectivo, solo equilibrios de poder.

La acción atribuida a Trump no rompe el orden jurídico, sino que expone su ficción. Allí donde no existe un monopolio legítimo de la fuerza global, el mundo ya está en estado de naturaleza.

Del multilateralismo retórico hoy transitamos a la decisión soberana unilateral. De este modo se rompe una arquitectura de derecho internacional que funcionó como sustituto simbólico del Leviatán, con burocracia, tratados, organismos, comunicados, pero sin coerción última. De este modo esa estructura se volvió narrativa y dejó de ser soberana.

Trump retiró el velo al definir unilateralmente la amenaza, decidir sin árbitro, ejecutar sin pedir permiso y justifica después (previo juego mediático de spoilers). Eso es decisión soberana en sentido de resolver sobre la excepción. Y cuando la excepción se normaliza, el estado de naturaleza deja de ocultarse.

Con la conceptualización argumental del Narcoterrorismo como antesala del ataque, Trump disuelve el umbral civilizatorio, debido a que esta particular forma de crimen organizado cumple una función clave al licuar la frontera entre crimen y guerra. Cuando un actor —estatal o paraestatal— es definido como amenaza existencial transnacional, la política deja de ser deliberativa y pasa a ser preventiva.

Por eso, en términos hobbesianos el miedo vuelve a ser el afecto político primario, la seguridad antecede al derecho y la vida precede a la norma. Se reordena la jerarquía, en la que primero se debe proteger, luego explicar. Eso resuena con sociedades saturadas de inseguridad, donde el derecho aparece como promesa tardía.

¿Por qué Trump encarna al nuevo Leviatán? No porque sea “autoritario”, sino porque cumple al menos cuatro funciones que Hobbes asigna al soberano y las amplía: 

  • Concentración de decisión, porque el Leviatán no delibera; decide. Trump actúa sin consenso multilateral porque el consenso no decide.
  • Producción de orden por miedo y no por idealización del soberano. Lo legitima porque produce paz. Trump entiende que, en ausencia de árbitro global, el temor a la represalia es el único regulador eficaz.
  • Protección a cambio de obediencia, en el que el contrato hobbesiano no promete justicia, promete seguridad. La popularidad de decisiones duras no nace del cinismo, sino de la experiencia social del desorden. 
  • Externalización del Leviatán como novedad crucial, ya que no se limita al interior del Estado. Se proyecta externamente, supliendo la inexistencia de soberano global. En ese vacío, Estados Unidos actúa como soberano de facto.

Este entramado pone en jaque la autodeterminación como principio absoluto, debido a que en el estado de naturaleza nadie garantiza la legítima autoconducción del débil. Hobbes es brutalmente claro, ya que sin poder suficiente no hay derecho exigible. Así, la acción asociada a Trump consolida una regla tácita. Esto es, que la soberanía se vuelve condicional, que se mantiene mientras el Estado controle su territorio y no exporte amenaza, y que si falla otro decide por él. No es un juicio moral; es una descripción del mundo real cuando el derecho carece de fuerza.

El multilateralismo y el derecho internacional ante el nuevo Leviatán solo refleja nuevamente su derrota conceptual. Su marco normativo presupone árbitros que no existen, confía en reglas sin coerción y prioriza el procedimiento consensuado por sobre la supervivencia unilateral. Trump, en cambio, opera en clave pre-liberal… antes del consenso, el orden; antes del derecho, la fuerza; antes del discurso, la decisión. Y para sociedades que ya viven el estado de naturaleza en sus barrios, ese lenguaje no suena monstruoso, suena realista.

El retorno del estado de naturaleza no es una anomalía trumpista. Es la condición latente de un sistema internacional sin soberano. Trump no la crea, sino la asume. Por eso encarna al nuevo Leviatán y la pregunta incómoda no es si nos gusta, sino si alguien más está dispuesto —o es capaz— de asumir el costo de decidir cuando el derecho ya no alcanza (¿Vladimir Putin? ¿Xi Jinping?). Porque cuando no hay Leviatán, mandan los lobos. Y cuando aparece uno, no pide permiso.

Los Simpson, Trump y la política como reality show… Cuando la sátira entendió antes que la ciencia política

Hay un mérito que la teoría política contemporánea debería reconocer con humildad: Los Simpson entendieron hace prácticamente 26 años y antes que casi todos que la política del siglo XXI no sería ideológica, sino mediática, y que su lógica no sería la deliberación, sino el espectáculo permanente. Cuando la serie mostró a Donald Trump como presidente, no estaba haciendo futurología; solo estaba leyendo correctamente la mutación del poder.

La risa era un método de conocimiento y el chiste, una hipótesis sociológica. Trump no irrumpe en política, sino que la coloniza. No llega a ella para aprender sus reglas sino para reemplazarlas. Y lo hace desde un laboratorio perfecto, el reality The Apprentice (El Aprendiz). Allí se ensayó durante años el modelo que luego se trasladaría intacto al Estado y la Casa Blanca. El conflicto permanente como motor narrativo, la humillación pública como pedagogía, la eliminación ritual del perdedor (You’re fired… “Estás despedido”), la hipervisibilidad como sinónimo de poder y una moral básica en la que sobrevive quien impone su voluntad.

Mientras la política tradicional prometía estabilidad, Trump llegó para ofrecer trama. Y en la era de las pantallas, la trama vale más que todo. El Aprendiz fue su escuela de soberanía y visto con distancia, fue una pedagogía pre-política. No enseñaba a administrar empresas, sino a habitar un ecosistema darwinista donde no hay lealtades duraderas, el mérito es performativo, la amenaza es constante, el poder se acumula humillando y la autoridad no se explica, solo basta con exhibirla y hacer gala mediática de ella.

Eso es -en miniatura-, el estado de naturaleza hobbesiano, pero televisado, editado y monetizado. Trump aprendió y enseñó que mandar es producir miedo inteligible, no consenso.

Cuando luego gobierna, no cambia de registro, solo sustituye el escenario, en donde hará gala de otros recursos clave de la telerrealidad: el narcisismo, el egocentrismo y la política-espejo. Trump no es narcisista a pesar de los medios; es narcisista porque entiende los medios. Su egocentrismo no es patológico, solo es funcional y en la lógica de la telerrealidad existir es ser visto, ser visto es ser relevante y ser relevante es mandar.

Mientras la política clásica pide contención del ego, lo que Trump hace es hipertrofiar el yo porque sabe que la audiencia no cree en instituciones, cree en personajes. Así, la política se convierte en casting permanente, y el líder en una marca total y a escala global. 

Los Simpson lo intuyeron de modo preclaro: Trump no representa una ideología, representa un formato de acción y de comunicación que se afirma en la amoralidad permanente y la convivencia amenazante. En su universo no hay bien ni mal; hay ganadores y perdedores. La moral es reemplazada por una ética mínima de supervivencia. Esto jaquea a la política tradicional, que aún fingía operar bajo valores universales.

Trump normaliza la contradicción abierta, el cambio de posición sin culpa, la amenaza como estilo comunicacional y la acumulación simultánea de poder, dinero y visibilidad. No es cinismo, porque representa la coherencia de la lógica del reality. En The Apprentice nadie esperaba justicia; lo que se quería era presenciar el espectáculo de humillación y de garrote con zanahoria. En la política trumpiana ocurre lo mismo. 

Es por eso que Los Simpson se instalan como teoría política involuntaria. Su grandeza irónica y anticipatoria fue comprender algo esencial… cuando la política pierde legitimidad simbólica, esta será ocupada por el entretenimiento. Por eso, Trump no destruye la política, sino que busca reemplazarla por algo que ya tenía audiencia. Algo que escandaliza a los analistas y tranquiliza a millones de adherentes: no promete orden jurídico, promete orden narrativo. En un mundo caótico, alguien que “manda” —aunque mande mal— resulta tranquilizador.

Podríamos así configurar un nuevo arquetipo de príncipe-payaso funcional, en el que la persona de Trump encarna una figura antigua con ropaje posmoderno. Un remedo de príncipe grotesco, mitad soberano, mitad bufón. Y Maquiavelo lo habría entendido bien, porque a veces la burla protege mejor que la solemnidad, y el miedo se administra mejor con humor cruel que con tecnocracia. Los Simpson lo satirizaron en forma genial y no había que tomárselo en serio para acertar. Bastaba con mirar la televisión. Al final, el año 2000 Los Simpson no predijeron al Presidente Trump, sino el colapso de la política como esfera autónoma. Él solo hizo lo evidente: convirtió el Estado en un prime time, la soberanía en rating, y el Leviatán en personaje. La risa fue el aviso. La telerrealidad, el método. Y la política… el último set en caer.

Epílogo para una historia por venir

Hoy no estamos frente a un exceso de Donald Trump, sino frente a un déficit de mundo. Cuando el derecho internacional de la ONU se vuelve declamativo, la soberanía se licúa y la política se transforma en administración temerosa, alguien ocupará ese vacío con decisión, fuerza y relato. Trump no es el origen del problema, sino su síntoma más exitoso. Como el Leviatán de Hobbes, no promete justicia; promete orden. Como el príncipe de Maquiavelo, no pide permiso; aprovecha la ocasión. Y como en Los Simpson, la sátira dejó de ser advertencia para convertirse en crónica. El verdadero escándalo no es que la política haya sido colonizada por la telerrealidad, sino que la telerrealidad haya resultado más eficaz que una política incapaz de proteger, decidir y mandar. 

En el mundo que viene —y que ya llegó de su mano y la de otros líderes mundiales y presidentes de países como China, Rusia, India, Pakistán, Irán, Turquía o el ex bloque europeo oriental— no ganará quien tenga mejores principios, sino quien se atreva a ejercer poder territorial, militar, económico, mediático, cuando los demás aún están redactando comunicados.

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