Qué se teje

por Mario Valdivia

(Publicada por encargo del grupo de progresistas retirados Mayulermu, como parte del ProyectoQué Hacer Con La Izquierda, presumiblemente desde la izquierda”)

1.- El estado impotente.

El soberano legitimado democráticamente por la Revolución Francesa, pero mantenido como soberano, pierde poder como tal. El creador histórico del orden social mediante ucases se debilita en comparación con la tecnología y la cultura digitalizada. Ellas cambian la vida social cotidiana – grupal, individual, íntima del yo – más allá de la capacidad de aquel de decir pío. Mediante leyes el estado procura crear un mundo ordenado y estable en medio de un torbellino de cambios. No puede, la tosquedad de aquellas les impide alcanzar la granularidad del espacio tiempo de la realidad social donde ejercen su agenciamiento la tecnología y la cultura digitalizada. Las divisiones que organizan su orden son penetradas y derruidas sin esfuerzo por la molecularidad microscópica y la fugacidad temporal de las prácticas sociales del mundo a su alrededor. Súbitamente envejece en mala, un anciano arrumbado de maneras reaccionarias, mañoso e impotente.   

2.La democracia convertida en juego perdedor

Lo es el control democrático de este estado impotente. Más fuerza y gravitación tienen la tecnología y la cultura digitalizada. Incapaz de hacer nada muy potente con los efectos desestabilizadores masivos de aquellos mediante leyes, la democracia se desvaloriza, pierde adeptos, se la acusa de ser la responsable de la incapacidad del estado. Las mismas que demandan una forma de vida democrática – igualitaria en términos económicos, de trato y consideración, inclusiva y transversal, según se dice ahora… – se desafectan de la democracia como institución política estatal. Piden mano fuerte. Y no son la únicas, lo hacen todos quienes han alcanzado posiciones que quieren estabilizar.

3.- Brutalidad

El miedo del soberano herido de impotencia aguda impone la brutalidad. El estado busca recuperar el poder perdido mediante la fuerza convertida en violencia brutal. La zanja, el tetrápodo y el muro en vez del pasaporte, el detector de metales en escuelas en vez de la bienvenida al niño, la expulsión de las calles como delincuentes peligrosos de víctimas de la falta de trabajo formal y viviendas, el trato de criminal de guerra de una banda organizada enemiga en vez de delincuente, el campo de concentración en vez de la cárcel, militares en la calle – entrenados para matar – en vez de policías, el edificio pulverizado para alcanzar a un enemigo, la ciudad devastada para eliminar un destacamento, fábricas de tanques en vez de automóviles, explosivos en vez de fertilizantes, presupuestos de guerra en vez de servicios sociales, la brutal amenaza oculta bajo la advertencia ´quédense en su casa´ por el calor, como si todos tuvieran aire acondicionado, y el calor no fuera res publica sino res naturalis.  Y todo a la vista del respetable, conversado en la tele, los diarios y los restobares en el lenguaje y el talante de la anécdota que encanta escandalizando, ´cacha que la población en riesgo son los niños y los ancianos, van a morir hartos, chuta´… Tuvo que aparecer el papa católico, con lo poco de micrófono que le queda, a hacer visible la brutalidad normalizada, a estas alturas por todos. 

4.- De soberano terrestre a piloto marino

Protegerse en un mundo líquido (dijo un sociólogo) en ebullición, sin tierra a la vista, no se puede hacer con defensas hidráulicas, sobre todo si se es más bien pequeño. Hay que lanzase a la navegación, no queda otra. Si el estado ha de sobrevivir, no desparecer en un hoyo negro de impotencia nostálgica, debe dejar atrás el rol de arquitecto y convertirse en un piloto navegante. Es el indicado para preservar la barca “Nación”, no hay otro, no lo hace la tecnología ni la cultura, ni cada navegante en su vida diaria. No solamente timonearla en el amplio mundo hacia un Norte en permanente modificación a medida que avanza, especialmente pilotearla en la constante diferenciación de ella misma, el devenir de su identidad. Es una embarcación inestable que viaja en una dirección que no persiste, sometidas ambas a cambios omnipresentes, rápidos e incesantes. Como sostiene un filósofo, tal como ocurre patentemente con los seres en el Siglo XXI, ambas se mantienen como las mismas solo en tanto que diferentes, diferenciándose. Se actualizan una y otra vez como la misma Nación, en tanto que otra, transformada, y la misma dirección estratégica en tanto que diferente. Algo que siempre fue así, pero que la granularidad del espacio tiempo social del presente convierte en esencial. Y así como vale para la embarcación y su norte, también lo es para el mismo estado – piloto – timonel. Solo uno en constante diferenciación puede mantenerse como piloto de la transformación de la barca y su destino estratégico. Seguramente es el gran desafío del estado: persistir diferenciándose en un mundo donde lo cierto es la incerteza, lo estable es la inestabilidad, y lo mismo es el cambio.   

5.- Un espacio tiempo social con una nueva granularidad

La tecnología y la cultura digitalizada penetran molecularmente todas las prácticas de la vida cotidiana: las finanzas, la producción, el trabajo, el consumo, la familia, la intimidad, la reflexión del yo consigo mismo, los hábitos y las conversaciones no reflexivos… En su ser molar el estado opera con menos pixeles de los necesarios para actuar con eficacia en una existencia altamente pixelada. Sus leyes, detenidamente estudiadas porque quieren estabilizar, afectan negativamente a tantos como ayudan y persisten durante demasiado tiempo antes de ser modificadas. En contraste con la vida social de la que es parte, el estado es tosco, lento y pesado. Como soberano responsable cree que debe actuar sobre seguro, ordenando de acuerdo con razones más o menos universales y dando estabilidad, vale decir sin los pixeles necesarios.  

La granularidad del espacio tiempo social del presente diluye los órdenes habituales y la oposición entre ensayo y acción, teoría y práctica, conocer y hacer. Es difícil imaginar a un soberano actuando de esta manera, ¡tamaña liviandad! Pero no le queda otra al piloto en la tormenta. La velocidad de la conversión de lo nuevo en obsoleto impide la acción planeada y sobre seguro.

Exige hacer ensayando, conocer actuando, teorizar sobre la marcha, cruzar el torrente haciendo aparecer las piedras tanteándolas, como dice un pensador chino muy actual. No hay otra. Quizás no se trata más que de sacar las consecuencias de lo descubierto por el Adelantado, que capitalismo y tecnología disolverían todo lo sólido en el aire.   

Más vale no olvidar que la tecnología y la cultura digitalizada instalan un espacio tiempo que el estado soberano no penetra, en el cual es impotente. Y que un estado débil abre paso a la brutalidad como sentido común de todos, demócratas y no tanto. Por eso, más vale aumentar su poder para timonear. Si darle capacidad de agenciar eficazmente en la granularidad del espacio tiempo de la vida social actual es permitirle demasiado, lo convierte en un soberano demasiado poderoso, hay que recordar que ya ha sido destronado. Se trata solamente de un timonel en constante diferenciación. Un poder más entre los otros embarcados que hoy día inventan el mundo con más facilidad que él, y que una democracia, por natura en constante diferenciación – voluble, incluso -, presumiblemente es la manera más adecuada de preservarlo transformándolo constantemente.

Quizás la democracia está mejor mandada a hacer para navegar en mares movedizos y oscuros que para dárselas de soberana mandona congeladora del mundo.          

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