Estrenada hace casi 20 años, la puesta en escena impacta por su crudeza tanto en los textos como con las actuaciones soberbias de sus protagonistas.
Hubo un detalle que el asesino no logró borrar. En marzo de 2006, cuando Chile seguía con estupor el hallazgo de un cuerpo descuartizado cuyos restos aparecían dispersos en distintos puntos de Santiago, la identificación parecía imposible. Le habían quitado las huellas dactilares y hasta los tatuajes para impedir cualquier reconocimiento. Sin embargo, una pequeña marca sobrevivió. Un cupido sin alas. Ese tatuaje permitió identificar a Hans Pozo, de 20 años, protagonista involuntario de uno de los crímenes que más impactó a la sociedad chilena, en una época en que un asesinato de esa naturaleza parecía pertenecer más a películas que a la crónica policial nacional.
Casi dos décadas después, esa historia vuelve a conmover desde el escenario con una nueva temporada de H.P., la obra escrita por Luis Barrales y dirigida por Isidora Stevenson, que se presenta hasta el 5 de julio en Teatro Mori Bellavista. Lejos de reconstruir únicamente el crimen, el montaje propone una reflexión sobre la marginalidad, el clasismo, la pobreza y el tratamiento mediático de la violencia.

Uno de los recursos más potentes de la puesta en escena ocurre cuando la ficción deja de ser solamente ficción. El actor Max Salgado, quien interpreta a Hans Pozo, abandona por momentos al personaje y se dirige al público como él mismo. La cuarta pared desaparece. El espectador deja de ser un observador distante y el intérprete deja de ser exclusivamente Hans para transformarse también en narrador y testigo del montaje. La razon: darle humanidad a Hans Pozo a quien se deshumanizó en las noticias de la época.
Cuando ocurrió el crimen, Salgado tenía apenas 12 años. El impacto de aquella cobertura todavía permanece en su memoria. “Me acuerdo de esa noticia. Como se describió fue bien chocante. Fue un caso que abrió la discusión acerca del morbo en la televisión, acerca de la crónica roja, de cuánto estaba correcto mostrar. Se hizo de este caso algo muy mediático por la crudeza, porque además era un Chile en el que en ese momento no existían tantos casos como el descuartizamiento”, comentó.
Hoy, con 32 años, reconoce que jamás imaginó convertirse en el protagonista de una obra considerada ya un clásico del teatro chileno. La obra de Luis Barrales mantiene a gran parte de su elenco original y ha logrado trascender el tiempo pa través de una temática que se mantiene vigente: pobreza, marginalidad y muerte. Un ejemplo se da en el fragmento ‘el olor a pobre’, palabras que resuenan hoy tan fuertes como hace veinte años.
La obra no ofrece respuestas simples sobre el destino de Hans Pozo. En cambio, instala preguntas sobre las responsabilidades colectivas frente a vidas marcadas por la exclusión.

A casi veinte años del crimen que estremeció al país, H.P. sigue recordando que detrás del morbo, de los titulares y de las imágenes que ocuparon portadas, existía una persona. Quizás por eso la cuarta pared se rompe. Porque antes que un caso policial, Hans Pozo fue una vida. Y porque el pequeño cupido sin alas que sobrevivió al intento de borrar toda identidad continúa recordando que ninguna historia puede reducirse únicamente a la forma en que terminó.