Flag and Bed: El lenguaje secreto de Jasper Johns y Robert Rauschenberg

por Cristina Wormull Chiorrini

A comienzos de los años cincuenta, Estados Unidos vivía una doble persecución que moldeaba la vida pública y privada con una intensidad difícil de imaginar desde el presente. Por un lado, el macartismo había instalado la sospecha como forma de gobierno: cualquier gesto, cualquier amistad, cualquier silencio podía interpretarse como una señal de infiltración comunista. Por otro lado —y de manera aún más íntima, más devastadora, más silenciosa— se desplegaba la llamada Revolución Lavanda, una campaña sistemática del gobierno federal para identificar, expulsar y humillar a personas homosexuales en puestos públicos, bajo la premisa de que constituían un riesgo para la seguridad nacional.

La maquinaria estatal se movía con una precisión casi obsesiva y el FBI (esos policías tan formales y buenosmozos que vemos en series importadas del norte) elaboraba listas de individuos potencialmente peligrosos, archivando nombres, direcciones, fotografías, rumores.

El Departamento de Estado despedía empleados sin explicación, amparándose en la idea de que la homosexualidad era una vulnerabilidad que podía ser explotada por potencias extranjeras y la policía realizaba redadas en bares, clubes y espacios de encuentro, fotografiando rostros, anotando nombres, enviando informes a las autoridades federales.

Los periódicos hablaban de desviados sexuales como si fueran una amenaza moral y política, reforzando la idea de que el deseo era una forma de traición, Así, la homosexualidad era declarada ilegal en casi todos los estados, y la sospecha bastaba para perder el trabajo, la reputación, la vida.

En ese clima, el silencio no era solo una estrategia: era una forma de supervivencia cotidiana donde la intimidad se volvió un territorio vedado, el deseo se transformó en un riesgo politico y el amor era condenado a una clandestinidad inevitable.

Nueva York, aunque más tolerante que otras ciudades, no estaba exenta de esta atmósfera. La bohemia artística convivía con una vigilancia social que obligaba a vivir en capas, en códigos, en gestos mínimos. Los artistas sabían que cualquier rumor podía arruinar una carrera, y que la libertad creativa no siempre se traducía en libertad personal. En ese país concreto —vigilado, paranoico, hostil— dos jóvenes del sur llegaron buscando un lenguaje propio, sin saber que ese lenguaje terminaría transformando la historia del arte estadounidense:

Jasper Johns, silencioso, casi hermético, recién llegado de Georgia, con una timidez que parecía una segunda piel. Robert Rauschenberg, inquieto, expansivo, con una energía que empujaba las paredes y una curiosidad que no sabía quedarse quieta.

Creo que lo que uno quiere de una pintura es una sensación de vida. La sugerencia final, la declaración final, tiene que ser no una declaración deliberada sino una declaración indefensa. Jasper Johns, Nueva York, invierno de 1953.

Se conocieron en una esquina cualquiera de Nueva York, presentados por Suzi Gablik, la escritora de arte especializada en Magritte.

Fue un encuentro mínimo, casi casual y una conversación que no parecía destinada a nada extraordinario.

Pero así ocurre a veces: la historia cambia de rumbo en un saludo que nadie recuerda, en una frase que se pierde en el ruido de la ciudad, en una afinidad que se enciende sin anunciarse.

Rauschenberg se había casado en 1950 con la artista Susan Weil con quien tenía un hijo, Christopher. El matrimonio duró poco, pero Weil siguió siendo una figura importante en su vida artística temprana. En inicios de de los años cincuenta, Rauschenberg también había tenido una relación amorosa con Cy Twombly, el pintor que luego sería una figura clave del arte contemporáneo.

Johns, como dijimos, era reservado, no se le conocían parejas anteriores.

Lo que sí recuerda la historia —o lo que reconstruye con paciencia— es que algo se abrió en ese encuentro: una curiosidad inmediata, una especie de reconocimiento silencioso, una intuición compartida que no era solo estética.

Nos dimos permiso mutuamente. Él y yo éramos los primeros críticos serios el uno del otro. De hecho, él fue el primer pintor con el que compartí ideas o discutí sobre pintura. Robert Rauschenberg refiriéndose a Jasper Johns

Poco después se mudaron a vivir puerta con puerta en Pearl Street en dos estudios contiguos, dos refugios improvisados, dos espacios que empezaron a mezclarse sin que nadie lo supiera.

La Revolución Lavanda seguía su curso, y la ciudad, aunque vibrante, estaba atravesada por una tensión que obligaba a la cautela. Las redadas continuaban, los despidos también, y la sospecha era un arma que podía caer sobre cualquiera.

Por eso su relación qse mantuvo por años en un silencio que no era vergüenza, sino supervivencia porque no podían nombrar lo que sentían, no podían mostrarse en público ni dejar rastros, pero podían trabajar, y en ese trabajo nació un lenguaje que les permitió decir lo que no podían de otra manera.

Durante varios años fuimos el público principal del otro. Jasper Johns.

Durante esos años, cada obra nacía bajo la mirada del otro, cada crítica era una forma de cuidado, cada madrugada en que uno cruzaba al estudio del otro era una escena íntima que no podía registrarse, pero que quedó inscrita en la pintura.

Mientras los expresionistas abstractos buscaban el gesto heroico, Johns y Rauschenberg eligieron lo contrario: lo cotidiano, lo impersonal, lo que ya existe. Era una forma de hablar sin exponerse.

Era una manera de decir “estoy aquí contigo” sin que nadie pudiera acusarlos de nada.

Johns pintó una bandera que no era símbolo sino superficie, un objeto que se ofrecía al mundo sin revelar nada de su autor.

Rauschenberg armó una cama que no era cama sino confesión, un ensamblaje que convertía lo doméstico en gesto público sin revelar la intimidad que lo había inspirado.

Flag y Bed son, en el fondo, dos piezas que se miran, dos obras emblemáticas, dos cuerpos que no no podían mostrarse, pero que encontraron un modo de estar juntos en la pintura.

Literalmente intercambiábamos ideas. Él decía: ‘Tengo una idea fantástica para ti’ y luego yo tenía que encontrar una para él. Robert Rauschenberg

Para sobrevivir, trabajaron como escaparatistas bajo el nombre Matson Jones Custom Display. Se dedicaban a diseñar vitrinas para tiendas de lujo, ocultando su colaboración para no dañar sus reputaciones.

Era un trabajo menor, pero también un laboratorio secreto: allí aprendieron a mirar lo cotidiano como materia estética, a transformar lo doméstico en gesto público, a convertir la vida en obra sin que nadie sospechara.

Era mi exceso sensual lo que le molestaba. Él siempre fue un intelectual. Leía mucho, escribía poesía… y a menudo criticaba cosas como mi gramática. Pero no dejas que una cosa así te moleste si solo tienes dos o tres amigos de verdad. Robert Rauschenberg.

En los inicios de los sesenta, Johns empezó a ser más reconocido que Rauschenberg, quien resintió mucho este rápido reconocimiento que él no había logrado de la misma forma. 

Y entonces llegó la separación, dura, inevitable y Johns se replegó hacia un silencio aún más hermético que el anterior a su relación. El lenguaje que habían inventado juntos se quebró y cada uno tomó un camino distinto.

Rauschenberg tuvo otras relaciones y amistades íntimas, pero ninguna con el peso simbólico y artístico de las que mantuvo con Johns. Después de la ruptura con Rauschenberg, Johns mantuvo una vida privada extremadamente discrete y   aunque hay menciones a amistades íntimas, vínculos afectivos no declarados, y relaciones breves, no existe documentación pública sólida sobre parejas posteriores.

Asumí que todo me llevaría al fracaso total, pero decidí que eso no importaba; esa sería mi vida. Jasper Johns.

Pero la huella de su relación afectiva y laboral quedó en la pintura, en los objetos, en la manera en que el arte estadounidense dejó de mirar el yo para mirar el mundo.

También quedó en la historia, aunque la historia tardó décadas en reconocer que ese cambio nació en una relación que no podía nombrarse. o que Johns y Rauschenberg inventaron en Pearl Street una estética que fue más que eso, fue un lenguaje.

Un lenguaje que transformó la modernidad tardía y abrió el camino al Pop Art, al Minimalismo, al Arte Conceptual.

Y así, una bandera que no es bandera y una cama que no es cama un amor que no podía nombrarse, dejó una huella luminosa en la historia del arte.

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